El partido del año Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Si los hombres no saben hacer dos cosas a la vez, ¿cómo es que DiMarco sigue, aun así, tomando mis labios con urgencia desesperada?

Si las mujeres no tenemos tantas ansias sexuales como ellos, ¿por qué yo cruzo los tobillos a su espalda, le araño la espalda y, sollozante, busco rozarme con su pecho porque su boca no parece suficiente?

—Dios mío —gimoteo contra sus labios.

Él no me deja hablar. No me deja ni respirar.

Es como si quisiera matarme, y se lo agradezco porque de lo contrario habría dicho algo que habría vulnerado mis principios.

Habría admitido ante Myles DiMarco que tiene razón, que una parte dormida de mi lado femenino, el que desea y acepta ser deseado, despertó cuando lo conocí y por eso he pasado una semana entera enferma de ansiedad de pensar en volver a verlo.

Como si hubiera leído mis pensamientos — como si hiciera falta.

Creo que está quedando todo dicho—, se separa de mí ruborizado, con la boca brillante de gloss y los ojos tan brillantes que parecen una noche en Alaska.

Sin apartar la vista de mi cara congestionada y sin recuperar tampoco el aliento aún, se arrodilla ante mí y me separa los muslos.

Parece pendiente de mi reacción y al mismo tiempo no. Por suerte, se pierde mi mueca de asombro y mi impulso de alejarlo al esconder la cabeza entre mis piernas y besar y lamer la fina tela húmeda de mis bragas.

—¿Qué haces? —tartamudeo. Lo agarro del pelo a la altura de la coronilla y tiro para intentar apartarlo, pero él insiste en cubrir de besos mis ingles y la cobertura cada vez más empapada de mi ropa interior, un arrebato de debilidad pasional que sin embargo encuentro terriblemente erótico—. DiMarco...

—Joder, qué bien hueles —gruñe.

—¿Qué dices?

Siento que me sube la vergüenza desde el cuello y tiro de nuevo, ahora con más fuerza.

—¡Auch! —protesta, pero no abandona el que ha decidido que va a ser su lugar. Solo me lanza una mirada de advertencia desde abajo—. Vuelve a hacerme daño y te vas a enterar.

El comentario me eriza todo el vello, y él, regocijándose, demuestra haberlo advertido llevando una mano a mi pezón erecto.

Sin apartar los dedos de ahí, me ordena alzar las caderas para subirme la falda con dos tirones impacientes y bajarme las bragas por las piernas.

No se detiene a confirmar que son de La Perla y vuelve al ataque con incluso más ansias, como si mi cuerpo fuera un imán: en concreto la parte íntima que se lanza a lamer con la boca bien abierta, como si no quisiera dejar desatendido ni un solo rincón.

Mi mano permanece anclada a su cabellera. No pretendo hacerle ningún daño, pero la presión de la lengua contra el pliegue superior, amenazando con adentrarse entre los interiores y secándome a la vez que humedeciéndome más aviva en mí la necesidad de defenderme y lo agarro con fuerza.

No sé si quiero que siga, no sé si quiero que esto vaya muy lejos, no sé qué está haciendo, no sé cómo hemos llegado hasta aquí, solo sé que esto no me lo han hecho nunca y el placer que experimenta mi cuerpo no consigue entender por qué.

Me arqueo hacia él y tirito involuntariamente, y aunque estoy roja y catatónica por la vergüenza, también jadeo incrédula, y suspiro, y gimoteo, y me arden todavía en los ojos las lágrimas que ahora entiendo que son de haberme reprimido de una manera tan brutal.

DiMarco clava los dedos en mis muslos y me atrae más hacia sí.

Su cabeza se mueve como si estuviera besándome —¿qué está haciendo, si no?

—, sus manos me recorren desde las rodillas hasta las nalgas ahora descubiertas y de las nalgas hasta los tobillos, y de los tobillos hasta las ingles, y de pronto tiene entre los dientes la delicada piel de mi sexo y succiona mientras me penetra con dos dedos.

La inesperada combinación de dolor y de placer me produce un espasmo, otro espasmo, otro espasmo, y para cuando quiero darme cuenta de lo que está pasando, descubro que esto es «alcanzar el clímax».

Dicho de forma coloquial, tener un orgasmo.

Mi cuerpo sufre una parálisis momentánea, tensión hasta el paroxismo, y durante unos segundos no soy nada, no soy nadie, solo floto y me estremezco, vulnerable. DiMarco sigue tocándome y chupándome con hambre hasta que reconoce la contracción de mi bajo vientre y poco a poco va bajando el ritmo.

En tanto que consigo recomponerme y recobrar el juicio, DiMarco me besa el pubis, la ingle y por último el ombligo, y se levanta tan tambaleante como sospecho que lo estaré yo cuando baje de la cómoda.

Él y yo nos miramos a los ojos; él sin haberse saciado, yo seguro que con miedo a su próximo paso. Pero no aparto la vista de sus siguientes movimientos, que son pasarse la lengua por la boca húmeda y limpiarse la barbilla brillante de mis fluidos con el dorso de la mano.

—Qué rica —me parece que murmura.

Se acerca a mí otra vez, tembloroso, y me agarra con tanta fuerza de los muslos que me hace daño. El corazón se me sube a la garganta de pensar que pueda seguir, que pueda tensar la cuerda aún más...

... Pero no.

—Por hoy te vas a librar de mí —me advierte con un ronroneo—. No volverás a tener tanta suerte.

DiMarco me suelta con dificultad, como si las suyas fueran las garras de una pantera y yo su próxima víctima, y se aparta con aire desvalido para salir por piernas de la habitación.