El partido del año Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—¿Cómo me has llamado?

—Elsie. Las letras de tu nombre son la L y la C , ¿no? Es un diminutivo apropiado.

—¡No te he dado permiso para ponerme apodos!

Pero es cierto que me parece muy mono.

Elsie .

¿Cómo es que a nadie se le había ocurrido antes?

—No me has dado permiso para hacer nada, así que a lo mejor deberíamos discutir los límites del contrato ese, ¿no te parece? Porque ahora mismo tiene unas cuantas cláusulas que, si no son abusivas, por lo menos desencadenan situaciones desagradables.

—¿A qué te refieres?

—A lo de que esté prohibido besarte, por ejemplo. No es justo. Y tampoco es justo que me ignores cuando lo hago.

—¿Qué querías que hiciera? ¿Que te diera otro de regalo?

—Por qué no.

—¡Porque no! —aúllo, histérica perdida. ¿Por qué tenemos que mantener esta conversación en la suite de un hotel?

, ¿una que me consta que han ocupado parejas de luna de miel?

—. ¡Estás tú para quejarte de que te desechen como un trapo sucio después de un pequeño.

.. encuentro! ¡Alguien debía darte a probar de tu propia medicina!

DiMarco se cruza de brazos y me mira desde arriba como si yo no fuera más que un pingajo.

—¿Se supone que me tengo que creer que me besuqueaste para vengar a todos los fantasmas de mis exnovias, si es que así se pueden llamar?

—¿Y por qué te iba a besuquear, si no?

—Porque te gusto —responde con una tranquilidad aplastante—. Me miras como si me quisieras comer. Ahora, sin ir muy lejos, lo estás haciendo.

Siento que mi anclaje al suelo pierde fuerza y la habitación da vueltas a mi alrededor.

—¿De qué estás hablando? ¡Tú alucinas!

—¿Ah, sí? ¿Alucino? —Cruza la distancia entre los dos.

No consigo retroceder a tiempo y él retira un mechón de mi cara, pero no con la tímida delicadeza con la que lo hizo en el probador.

Mantiene el mechón contra mi sien sujetándome la cabeza con una mano firme—.

Si mira cómo te pones cuando te toco el pelo, Elsie —añade en voz baja.

Esa entonación cuidadosa, casi tierna, me mece y por un segundo no sé qué decir.

—¡Porque... porque me fastidia que me lo puedas engrasar!

—Engrasar —repite con una sonrisa incrédula—.

¿También te «fastidia que te engrase» si te toco aquí?

—Me rodea la barbilla con el pulgar y me la levanta hacia él, obligándome a hacer contacto visual.

La mano libre la desliza por la cintura hacia abajo, hacia mis nalgas.

¿Mis nalgas? Espera un momento, ¡espera un momento!

—. ¿Te has ruborizado ahora mismo porque te preocupa que te manche con mi manos de bruto?

—Basta. ¿Qué haces? Esto es impropio, indecente, y...

—Lo buena que estás sí que es indecente —me suelta como si le mosqueara—. Lo cerdo que me pones es indecente.

—¡DiMarco!

—Si vas a fingir que estás cabreada conmigo y me vas a ignorar días enteros por haberte dado un besito...

—¡Aquello no fue un besito!

—... bien podrías cabrearte por razones de mayor enjundia, ¿no? —Me roza el nacimiento del pelo con los labios entreabiertos y los desliza en una caricia por el óvalo de mi rostro—. Porque te he metido mano, por ejemplo. Porque te he quitado la ropa y te he follado como un animal.

—¡No me amenaces! —lo interrumpo a trompicones, a estas alturas sedada por la vergüenza.

DiMarco me sostiene la cara por la mandíbula y clava la vista en mi boca.

Siento que se me cae el alma a los pies y pierdo del todo el equilibrio sobre los zapatos.

Los labios que me devoraron el otro día están a una distancia crítica de los míos, y da igual si es miedo, indignación o deseo lo que me bloquea la garganta, porque el resultado es el que es: una tensión insoportable.

—No te amenazo —murmura con dulzura—. Solo te ruego que no pases de mí.

—¿Cómo no voy a pasar de ti si te comportas como el hombre de cromañón? ¡Esto no puede ser! —balbuceo, enferma de los nervios. Mis ojos se desvían a sus labios entreabiertos, a la mandíbula que aprieta con impotencia—. Esto no puede ser, ¿me oyes? —repito sin voz.

Deja correr unos segundos que a mí se me hacen eternos.

—Vale —concluye al fin.

Mi decepción tiene que ser visible, porque DiMarco ni se aparta ni retira las manos de mi cuerpo.

Permanece rígido como una estaca en el sitio, esperando que le den una orden que no va a llegar porque a duras penas controlo mi aliento.

Lo que sí hace es ladear la cabeza sin dejar de contemplarme —es la palabra adecuada, porque no me mira, no me observa; me contempla como se contempla una idea, como se reflexiona— y recorrer mi mandíbula y mi cuello con los dedos.

No hay nadie mirando, ¿verdad? No, no hay nadie mirando.

Somos él, yo, un salón provisto de sillones estilo Luis XV y mi estúpida fascinación.

Porque sí, que Dios me perdone, pero qué guapo es .

No he visto un hombre tan guapo en toda mi vida, con esas pestañas tupidas, esos ojos egipcios, esa piel de bronce.

Huele a colonia masculina entremezclada con sudor, algo que, lejos de producirme algún tipo de rechazo, aviva mis nervios y me insta a acercarme todavía más, a presionar mis labios contra su garganta o contra su hombro o contra su barbilla rasurada o contra lo que sea.

La única condición es que huela a él. A hombre.

DiMarco me tiene que leer el pensamiento, porque se humedece una comisura con la punta de la lengua.

Con los párpados entornados por la ligera sospecha o quizá la misma emoción que me abruma a mí —apenas me aguanto de pie—, se acerca al filo de mi barbilla con la boca entreabierta y amaga un beso rozándola con la mía.

Y a esta estúpida servidora no se le ocurre nada mejor que ponerse de puntillas sobre los de por sí altos stilettos para alcanzar la boca que por lo visto quiero que sea mi surtidor.

Pero él no solo no me besa, sino que se aparta lo justo para que el corazón se me encoja de miedo a lo que me consta que va a decir a continuación.

Y lo dice, claro que lo dice.

—Si no me quieres comer —me susurra—, ¿qué acaba de pasar, entonces? ¿No me estabas pidiendo un morreo?

Noto a nivel visceral que me arden todas las células del cuerpo y el rubor me estalla hasta en la frente, en parte porque me ha pillado, en parte por lo espantosa que es la palabra utilizada.

Tratando de convencerme de que es ira lo único que siento, me aferro a mis propios puños crispados para rugirle que se largue, pero un sollozo frustrado me quiebra la voz:

—¡ QUE TE DEN !

Abochornada por la debilidad que se ha apoderado de mí, y no sé si porque llevo muchos días luchando contra mis pensamientos —los mismos que he dedicado a ignorarlo con fervor—, agacho la cabeza para esconderme de él.

Se me ha formado un nudo en la garganta.

Y, por si eso fuera poco, también se me saltan las lágrimas de pura rabia.

DiMarco impide que salga de la habitación rodeándome por la cintura como el condenado día del anuncio, como si alzara a un bebé en brazos, y con una facilidad alarmante me atrae hacia sí y me pega los labios al oído y la bragueta a la falda.

—No hace falta que te pongas a llorar, Elsie. Te voy a besar igual.

Me debato entre sus brazos sin energía, no porque no me quiera librar de él, porque de verdad me quiero librar de él , sino porque este hombre de aquí me drena las fuerzas.

DiMarco me da la vuelta con la misma facilidad que si fuera un trompo. Yo me niego a alzar la barbilla, pero es peor, porque en mi campo de visión se despliega un torso masculino ancho como un barco y con un escote que insinúa el vello oscuro del pecho.

Ni yo misma entiendo este acceso de sentimiento, pero no me hallo en condiciones de descifrarlo porque la amenaza de DiMarco no es latente: es física e inminente, y he de concentrar mis esfuerzos en hacerla desaparecer.

Me armo de coraje para enfrentarlo con un merecido rapapolvo.

.. E igual que la determinación ha entrado en mi sistema, se desvanece al contacto con la mano que me acaricia el cuello.

Algo pienso cuando se inclina sobre mí y me besa sin tanteos ni gentileza alguna, pero no me van a convencer de confesar el qué ni prometiéndome la primera fila en la Semana de la Moda de Milán.

DiMarco se agacha sin soltar mi boca y me levanta en vilo cogiéndome de la parte trasera de los muslos. El corazón se me encoge de pensar que pueda llevarme a la cama, pero solo me sienta en la cómoda empotrada en la pared del recibidor.

—Es que me duele el cuello de doblarlo para besarte —se justifica.

Resuelta ya la duda que al menos yo no tenía, planta las manos sobre los huesos de mis caderas y se acerca más ladeando la cabeza para seguir besándome.

¿Qué importa ya?, me digo. Aquí no nos ve nadie, y si un árbol cae en el bosque y nadie lo escucha, ¿realmente hace ruido?

La respuesta es que no. «No» es también la respuesta a si esta vez me pienso contener, porque la que sí suena soy yo jadeando en busca del aliento entre un beso y otro, que le devuelvo con un frenetismo en el que no me reconozco.

Le echo las manos al cuello, a la cabellera, y acaricio entre los dedos ese pelo suave y salvaje que tiene; también las mejillas suaves como la seda que normalmente refugian la lengua que se entrelaza con la mía.

No entiendo dónde están mis reparos y escrupulosidad cuando el beso se torna violento y húmedo, una combinación de saliva, gruñidos e impotencia.

No entiendo dónde me he dejado el respeto a mí misma cuando DiMarco introduce la mano bajo mi falda, se abre camino entre la tela de las bragas y me acaricia ahí donde me quema.

No entiendo dónde me he dejado el sentido común al abrir más los muslos y arrastrar las caderas en dirección a sus dedos, que me estimulan el clítoris con un movimiento constante, rítmico y por completo enloquecedor.