El partido del año Capítulo 11
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Capítulo 11

I fantasize about it… but only sometimes!

Lara Cosima

Evidentemente, no pienso probar los tripis ni nada que se le asemeje. Si quiero hacer un viaje sideral, lo haré bajo mis condiciones, o sea: honrando mis tradiciones familiares y mis raíces culturales calzándome nueve cócteles Sazerac, que para eso son la joya de la corona de Luisiana.

Pero sí que tengo que enfrentarme en persona al tripi que está resultando ser DiMarco.

No iba a ponérmelo fácil como el animal salvaje que es.

Según me han contado, en cuanto ha concluido el programa después de la segunda parte —Farah improvisa unos sketches divertidos sin sus invitados, a los que manda al rincón de pensar durante la otra media hora para calmar las aguas—, mi representado se ha arrancado el pinganillo y el micrófono de corbata, inactivo durante las preguntas del público, y se ha despedido de los técnicos con un brusco «a tomar por culo».

Tan elegante.

Es difícil confundir estas migajas de pan con otro Hansel.

Asumo que se ha escabullido solo al hotel y lo confirmo cuando coincido con un exasperado Vinny. El tight end me sacude el móvil con cara de circunstancia y me informa de su paradero leyéndome el mensaje que le ha enviado: «Tengo que ducharme».

—Ya sabes —lo ha excusado Vinny—. Johnson’s Baby.

Por primera vez le agradezco a DiMarco una de sus groserías épicas.

Me concede la excusa perfecta para yo desaparecer del radar de Alexia antes de que se le ocurra invitarme a pasar la noche con ella, su novio y mis examigos, que no dudo que habría concluido conmigo hecha un ovillo en la cama viendo vídeos antiguos.

Como aquel en el que Paolo tuvo que descorchar la botella de champán con unos alicates, lo único que localizamos en la caravana.

O aquel en el que rapamos el lustroso cabello de estrella de Bollywood de Manish por una apuesta.

O aquel en el que Alexia se rio tanto que se le escapó un pedo y todo el grupo entró en ese trance de hilaridad en el que ya no te carcajeas, solo enrojeces y te asfixias con la boca abierta.

Yo era la que sujetaba el móvil que grababa y recuerdo que la imagen estaba borrosa porque no podía parar de temblar.

Llego al palaciego hotel Plaza después de cruzar medio Manhattan en un taxi que no creo que cumpla las medidas sanitarias.

Aun sabiendo que no lo apreciará en absoluto, le he reservado a DiMarco una de las suites con recibidor, salón amplio, cama king size —de su tamaño, quiero decir— y con una barra de mármol por si quisiera festejar su acierto o su fracaso con unas bebidas espirituosas.

He escogido el Plaza y no The Pierre, mi primerísima elección cuando viajaba a NYC con Alexia por un tiempo breve, porque volver a cruzar los lujosos pasillos del segundo me habría traído dolorosos recuerdos.

Mi madre siempre se ha burlado de mí con que soy una sensiblera.

Supongo que he de darle la razón.

Llamo con los nudillos a la puerta de la suite de DiMarco rezando para que nadie me vea.

No creo que a ningún buen cristiano se le ocurriera confundirme con una prostituta a domicilio, si bien estoy convencida de que el Plaza está encantado de proporcionar el número de escorts así como garantizar su acceso con la mayor discreción si y solo si tienes dinero para pagar el servicio.

Pero por si acaso alguien tuviera el desatino de tomarme por una chica de compañía, vuelvo a llamar con más impaciencia y mascullo su nombre para que sepa que soy yo.

Entonces caigo en la cuenta de que está sonando una canción de rock a todo trapo.

Me escudo en la posibilidad de que no pueda oírme para sacar la réplica de su llave —¿cómo no la iba a solicitar, si este tipo es capaz de ahogarse en la bañera en un despiste?

— y cruzo el umbral a toda prisa. El Plaza cumple lo que promete —protección a las superestrellas—, pero cubrirse las espaldas nunca está de más.

DiMarco es el borrón del correcaminos cuando me planto en la sala de estar.

Camina de un lado para el otro pasándose las manos por el pelo.

Se saca el cinturón a tirones y lo arroja sobre la cama de la estancia contigua.

Hablaba para sí mismo, sacudiendo la cabeza, hasta que repara en mi presencia.

Los dedos que ya había guiado a la bragueta —está desabrochada cuando me mira— se quedan suspendidos en el aire.

También su paseo frenético y su respiración.

Me echa un vistazo de arriba abajo y aprieta los labios.

—¿Se puede saber por qué has desaparecido del plató? —me apresuro a intervenir por miedo a que se le ocurra una lindeza.

—Porque se me estaban inflando los cojones.

Suspiro con cansancio.

—¿Es necesario que emplees expresiones tan gráficas?

—¿No crees que sea muy fiel a la verdad? ¿Acaso no has visto cómo me los inflaban?

—La pregunta era esperable, DiMarco —vuelvo a suspirar—. E ibas avisado de que iban a someterte a un interrogatorio.

—¿Vas a negarme que la influencer haya ido a matar? ¿Vas a negarme que elegiste a Farah Fou y no a Jimmy Fallon porque sabías que ella prioriza sonsacar datos personales y no divertir al personal con un sketch ?

El sudor del estrés le ha formado círculos oscuros bajo las axilas y tiene el rostro brillante.

No sé por qué no me parece antihigiénico. Es lo que suelo pensar en estos casos.

—Elegí a Farah porque Jimmy no tenía hueco para hacerte, ¿de acuerdo?

Y nadie te ha sonsacado datos personales, como has podido comprobar tú solito durante la prudentísima y estrictamente futbolística entrevista —añado con las manos en alto—.

Si has hecho una confesión en prime time ha sido porque has querido.

—Claro, porque seguro que la habría hecho si la tía esa no hubiera ido a degüello.

Practico para mis adentros un argumento apaciguador en tono razonable y me acerco a él.

—No hace falta que te pongas a la defensiva.

—Ya. Solo tú te puedes poner a la defensiva, ¿verdad?

Solo tú te puedes cabrear y puedes montar pollos.

Habías venido a echarme la bronca, ¿a que sí?

Pero como has visto que yo también tengo de qué quejarme, porque tú y solo tú has sido la responsable de que no aten en corto al público y me pusiera nervioso, vas y das marcha atrás.

—Pues no, no he venido a echarte la bronca, listillo.

Es cierto que tengo alguna que otra crítica constructiva que hacerte, como que de ahora en adelante deberías vigilar el tono en el que te expresas, pero no estoy enfadada ni decepcionada con el modo en que te has desenvuelto.

Es más: pasaba a decirte que la reacción de los espectadores en redes sociales ha sido mayoritariamente positiva.

Estaré monitoreando X , TikTok y demás en los próximos días, pero en principio calculo que un setenta e incluso ochenta por ciento de la opinión pública. ..

—Me la suda la opinión pública —me corta, todavía sin moverse—. ¿Qué opinas tú?

—Yo no tengo opinión, DiMarco. Estoy al servicio de tus intereses. Todo lo que resulte en que te aplaudan me viene de perlas. Da igual si lo hacen por tus discursos humanitarios o porque has salido en un videoclip de Dua Lipa.

—O sea, que estarás o no estarás satisfecha conmigo dependiendo de lo que digan un puñado de soplapollas.

—¡Estoy satisfecha contigo! —trato de aplacarlo, perpleja con su reacción emocional.

No diré que me acerque sin reservas, porque reservas tengo siempre, pero siento que es necesario palmearle el brazo para reafirmar mi mensaje alentador—.

¿Lo estás tú? Has dicho lo que querías en el programa, ¿no?

Te has explayado y desahogado de lo lindo.

Estamos todos contentos, pues. ¿Por qué sigues enfadado?

—No estoy enfadado —masculla con la vista fija en la mano que he descansado sobre su antebrazo. Tiene las pestañas húmedas y se ha mordido tanto los labios que ha dejado marcas enrojecidas—. Estoy nervioso.

—Ibas a darte una ducha, ¿no? ¿Quieres que te pida algo de cenar?

—Necesito correr.

—¿Correr?

—Sí. Moverme. Hacer ejercicio. Correr. —Pausa—. O follar.

Se me atraganta la respiración al oírlo, más cuando acompaña la urgencia de una mirada penetrante.

—Pues vete a Central Park —balbuceo enseguida, sospechando que, si no soy directa y contundente, va a llevar a cabo otro movimiento brusco. Me apresuro a retroceder dos pasos. Por si acaso, me cubro los hombros con las manos—. Está abierto a estas horas.

Su mirada se intensifica sobre mí con una emoción rayana en la rabia.

—¿Y tú cuándo coño abres, eh? ¿Tú cuándo estás disponible?

—¿Qué? ¿A qué viene eso?

—A la semana que te has pasado sin hablarme porque «estabas muy ocupada».

—Imita las comillas con los dedos que forman las orejas del conejito, un gesto natural pero también infantil que me distrae un segundo.

No imaginarías a un hombre de sus dimensiones haciendo según qué ademanes—.

Lo de que estabas ocupada me lo he tenido que imaginar, claro.

No tuviste la decencia de decírmelo para que dejara de rayarme.

—¿Que yo no he tenido la decencia de...?

¡El valor que hay que tener para reprocharme a mí una falta de decencia!

¡Sobre todo siendo tú un...! —Corrijo la senda que había tomado para evitar sacar a colación el incidente en el set—.

¿Para qué querías que te escribiera? ¡Si nunca lees mis mensajes, no se diga ya contestarlos!

—Sí que los leo. A veces.

—¡No las veces suficientes!

—Bueno, pues ahora estoy aquí. En carne y hueso. — Por desgracia. No hace falta que lo jure —. ¿Tampoco me vas a decir nada?

—Ya te he dicho que has estado bien en el programa, y que...

—El programa me vale tres hectáreas de verga, como dicen los compas mexicanos.

Quiero que me digas qué te pasa y de qué se supone que íbamos a hablar después.

Me has enviado al sofá de Farah Fou con la cabeza dándome vueltas, Elsie.

Eso no se hace —añade, y aunque no suena del todo vulnerable, me ablanda ligeramente.