Capítulo 10 #3
Diciendo que asisto al intercambio de pullas entre Gina y DiMarco con los glúteos apretados es quedarse corto.
Quién me iba a decir a mí que encomendarme a las energías divinas para que me ahorren otra crisis reputacional sería más beneficioso para mi fortalecimiento muscular que las clases de pilates y el día de pierna.
Antes de darme cuenta, me he puesto de pie con la Coca-Cola Zero aún en la mano y me he plantado delante de la pantalla de la televisión con la respiración suspendida.
En cuanto DiMarco pronuncia la primera palabra malsonante, saco el móvil del bolsillo como un pistolero su revólver y, sin apartar la vista del primer plano de su expresión sombría, clico sobre el trending topic #LaNocheDeFarah.
No hace falta ni que refresque la página.
Los adictos a las redes sociales ya están aportando sus impresiones sobre la batalla campal entre DiMarco y quien por lo visto es una influencer , sí, pero de muy bajo rango.
Las de mediano rango anuncian marcas de joyería emergentes que aún no tienen tienda física; las de alto rango entrevistan a las celebridades en las alfombras rojas; esta chica, Gina, por pertenecer al último escalafón, todavía promociona productos de cuidado facial sin contrato con la esperanza de que Clinique le envíe muestras gratis o Nyx le regale un calendario de Adviento de maquillaje.
¿Quién puede culparla? Yo también quiero que me regalen un calendario de Adviento de maquillaje.
—La está cagando —oigo que dice Manish.
—Si es que vaya tela —suspira Paolo—. ¡Anda que mandarlo a un programa de entrevistas con la boca que tiene!
—Pues yo no creo que le falte razón —interviene Jean Harper.
El alegato de DiMarco ha conseguido que bloquee la pantalla del móvil y se aproxime también a la televisión—.
Dudo que esto vaya a hacerle un favor a su carrera, pero también es importante lanzar este tipo de mensajes.
Y se está quedando a gusto —apostilla con una sonrisita cargada de simpatía.
Contempla el rostro de DiMarco con el admirado candor que se dirige a un niño que está aprendiendo a caminar.
—Debería haberle dicho que sí a Farah —se lamenta Alexia. También se ha puesto en pie y me franquea por el lado izquierdo—. Podría haber metido baza en la conversación para defenderlo.
Y eso habría ayudado de forma significativa, porque basta con que DiMarco mencione a Alexia y el riesgo que presuntamente corrió a las puertas del bar para que el público, al que el cámara enfoca con mucho tino, relaje los hombros y se mire entre sí con aprobación.
En mí no hay más que asombro y un calor inexplicable cuando se pone de pie y termina la discusión de un modo inapropiado por su vehemencia y contenido político.
Sobre todo es inapropiado porque todos los discursos aleccionadores resultan sonrojantes, tengan o no una buena intención.
A nadie le gusta que le lean la cartilla, y menos cuando viene a divertirse con los sketches de la banda y las bromas de Farah.
Pero mencionar las casas de acogida y su pasado humilde me ablanda hasta a mí, que ya me estaba preparando para llamar a Roberta y decirle que tenemos que matarlo en directo, pues solo un sacrificio al estilo de Kennedy lo redimiría de tan bochornosa intervención.
—¿Casas de acogida? —repite Paolo con un hilo de voz—. Qué fuerte.
—¿En serio ha soltado eso en televisión? —jadea Manish, incrédulo.
—Se nota que no lo ha guionizado —aporta Jean Harper.
—Por supuesto que no. DiMarco no habla de sí mismo ni con sus amigos. Vinny me contó que tardó años en mencionar a su tío Henry —confirma Alexia, que mira la pantalla con gesto compasivo.
Me aterra consultar las redes sociales para averiguar cómo se ha recibido la noticia, pero es mi deber valorar los daños para poner en marcha cuanto antes la acción publicitaria que los contrarrestará.
Y he aquí la prueba de que sin importar cuánto la estudiemos o cuán listillos nos creamos los expertos en marketing, la opinión pública es una criatura caprichosa e impredecible.
Por supuesto que hay usuarios de la rama ideológica contraria que lo critica a hierro, pero la inmensa mayoría de los comentarios son no ya positivos, sino devotos.
—¿Lo están funando? —inquiere Jean Harper, asomándose a mi pantalla iluminada. Levanta las cejas, no menos sorprendida que yo, y se ríe—. ¿En serio han subido una foto suya con la hoz y el martillo de fondo? Qué rápida e ingeniosa es la gente cuando quiere.
Los memes inundan la red tan solo cinco minutos después de la repentina pausa publicitaria.
Van in crescendo , y no para peor: los usuarios se refieren al discurso de DiMarco como la primera piedra de la revolución socialista, crean fancams con imágenes suyas jugando al fútbol —las únicas que han podido encontrar en la web— mientras suena de fondo el himno de La Internacional o la canción She Don’t Give a Fo .
Veo un collage de La libertad guiando al pueblo , el cuadro de Delacroix, pero con la bandera estadounidense en lugar de la francesa y la cara de DiMarco sobre la del personaje principal.
Alguien ha grabado el programa y ha colgado un vídeo de él hablando con el micrófono con un rótulo inferior informativo que reza: Hoes Mad .
Más allá del posicionamiento positivo manifestado con sentido del humor, muchas cuentas con numerosos seguidores, algunas de ellas verificadas, expresan su conformidad.
El líder del Partido Demócrata y algunos políticos de rama socioliberal secundan el mensaje.
También unas cuantas celebridades de las industrias del cine y la música, entre ellas Susan Sarandon y Mark Ruffalo.
La propia Alexia se apresura a sacar su teléfono móvil del bolsillo y aportar su granito de arena.
—Ha caído de pie —sentencia Jean Harper. Prorrumpe en lentos aplausos—. Bravo.
No solo ha caído de pie, sino que aun sin tener idea alguna de cómo jugar al ajedrez de la publicidad ha sabido hacer jaque mate, demostrándome que puede ganar ateniéndose a sus reglas y no a las mías.
Porque he de reconocer que mi estrategia no había estado surtiendo efecto.
Lo más seguro es que la entrevista hubiera pasado desapercibida si no le hubiera cantado las cuarenta a la influencer : hasta el momento de la discusión parecía que solo Vinny hubiera acudido al sofá de Farah, y mi —ahora veo que vana— esperanza era que le alabaran por su constricción y su saber estar.
Ahora le están alabando por su corazón rebelde.
Pero yo apenas pienso en eso. Solo puedo pensar en lo elocuente que se ha vuelto defendiendo los intereses de quienes considera los suyos, en la inteligencia que ha denotado; en que, para variar, no parecía una impresora sin tinta que escupe frases inacabadas porque no da para más.
Me ha dejado estupefacta y sintiéndome tan culpable que hasta Alexia se ha dado cuenta.
—Esto es una buena noticia, ¿no, Pumpkin? ¿Cómo es que no lo estás celebrando?
—Yo... —balbuceo. Siento las miradas de Paolo, Manish y Jean Harper clavadas en mí.
Alexia es la única que espera mi respuesta sin expectación, segura de que tengo un muy buen motivo para haber perdido el habla.
En otra tesitura, con cualquier otro cliente, habría estado haciendo llamadas y gritándole a todo el mundo—. No me lo esperaba.
—¿La reacción del público o la de DiMarco?
Me ruborizo de vergüenza y espero a que el equipo de estilistas se enzarce en una conversación paralela para dirigirme a Alexia.
Trago saliva antes de confesar:
—Que sea listo.
Ella tarda en reaccionar.
—¿Cómo dices?
—O sea, siempre he sabido que tiene opiniones políticas, pero eso no es indicativo de sabiduría o ingenio, y pensaba... pensaba que era... no voy a decir «cortito de entendederas», pero sí un tanto...
Cada vez estoy más roja. Lo noto en el modo en que me arde la cara.
Echo un vistazo de reojo al móvil, donde siguen acumulándose las opiniones sobre el exabrupto del jugador.
«Voy a empezar a ver los partidos de los Boston Beasts», promete un usuario.
«Además de guapo, ¡con conciencia de clase!
¿Qué más se puede pedir?», dice otra. «¡Así es como uno tiene que usar su influencia y su plataforma!
». «¿Habremos asistido en directo a la caída de los influencers como piedra base de la sociedad?
¿Le ha cortado la cabeza DiMarco Robespierre a la reina María Antonieta? ».
Dios mío, ¿cómo que cortar cabezas? ¿Por qué la gente suelta esa clase de animaladas con total impunidad?
—¿Un tanto? —insiste Alexia.
Cuadro los hombros, consciente de mi derrota, y me dirijo a ella con humildad.
—Creía que soltaba comentarios polémicos por el placer de llevar la contraria, porque era un odiador profesional, no sé. Pero parece que le apasionan algunas cosas y que sus opiniones no son simple y llana rebeldía.
Alexia se echa a reír y me pasa un brazo por los hombros.
—DiMarco no es nada tonto, Pumpkin. Solo es un pelín desastre, se distrae mucho y no puedes pagarle para que se interese por las cosas que no le llaman la atención, pero tiene un coco alucinante.
Es un placer discutir con él de política porque está muy informado, y mira quién lo dice; a mí no me gusta posicionarme.
»También le interesa muchísimo la ciencia. Un día, cuando quedé con los del equipo, hizo una ponencia divulgativa sobre las teorías astrofísicas de Stephen Hawking. Te sorprendería la cantidad de libros que ha leído.
—Eso no es lo que yo tengo entendido por quién es DiMarco —refunfuño.
—Es verdad que una lo ve tan grande, callado y con esa cara de pocos amigos que piensa que ha venido al mundo a jugar al fútbol y nada más.
Tampoco le ayuda esta imagen pública de «me encantan las tetas, cuantas más, mejor» —cabecea con una sonrisa divertida—.
Pero es un buen chico. Le juega en contra lo desconfiado que es.
Luego se abre contigo y es como si te hubieras metido un tripi: de pronto tu mente se llena de colores y figuras que no habías visto antes. Deberías probarlo.
Y me guiña un ojo.