Capítulo 10 #2
Alexia me mira interrogante, a sabiendas de que me estoy reservando muchísima información.
Pero ¿qué espera? ¿Que le cuente que DiMarco es la personificación del huracán Katrina, un desastre de proporciones épicas?
, ¿que me lleva al límite de la paciencia incluso los días que no lo veo y que tuvo la desfachatez de robarme un beso en público?
¿Para qué? ¿Para que se lo cuente a Vinny en cuanto concluya el programa y se vayan juntos a cenar a un bistró francés con patio interior, así como Vinny le trasladará cada retazo de información que se le escape a brinde DiMarco más por casualidad que con la intención de cotillear?
Nunca me ha simpatizado compartir mis asuntos privados con una mujer enferma de amor.
He observado de cerca las consecuencias mil y una veces.
Las lealtades se le desdibujan, y aunque te quiera de aquí a la luna, como supongo que es el caso —todavía estamos analizando su presunto afecto fraternal en el laboratorio: no hay resultados concluyentes—, no le importaría sacrificar la confesión íntima de una buena amiga con tal de entretener a su hombre.
Entiendo que cuando convives con alguien se pueden agotar los temas de conversación y no hay nada más tentador que virar de lo personal al comadreo.
Cuántas veces no habré dedicado madrugadas a debatir con Alexia los modelitos de las actrices en la alfombra roja de los premios Óscar o el último escándalo hollywoodense.
Pero también entiendo —y comparto— la naturaleza egoísta e hipócrita del ser humano y confieso que no me gustaría que me hicieran lo que yo ya hago.
—Que le hayas conseguido a DiMarco una oportunidad como esta me dice todo lo que tengo que saber... que es lo que venía sabiendo, porque soy la prueba viviente de que tu talento para catapultar a alguien al éxito es único —señala Alexia con orgullo—. Pero ¿estás contenta con el reto?
Respuesta corta y diplomática: «Hombre, pues claro que sí. Nada como una crisis reputacional para poner en marcha mecanismos de emergencias que nunca tuve que emplear contigo y que hasta cierto modo me regocijan, porque me permiten seguir aprendiendo».
Respuesta larga y sincera: «No, no estoy contenta.
Yo quería ser tu mánager para siempre. Yo quería ser esa anciana con el maquillaje cuarteado en las ojeras y el código de barras, la nube de pelo ralo teñida de rojo, las perlas al cuello y la nube pestosa de Chanel nº5 que escucharía detrás de la cámara el testimonio personal que darías en el último documental sobre tu carrera artística.
Yo quería ser esa extensión de ti que terminaría comprándose una casita unifamiliar al lado de tu mansión en Beverly Hills para no tener que conducir o tomar un avión para llegar puntual a los viernes de cócteles, a los sábados de musicales de Stanley Donen, a los domingos de tomar el sol junto a la piscina.
Yo quería ser nombrada gestora de tu discografía completa, madrina de tu boda y de tus hijos, sombra cosida a tus talones.
Pero me despediste y ahora solo soy la representante de alguien que para colmo no quiere que le represente ni valora mi experto consejo en absoluto».
Antes era mucho más. Antes no iba a trabajar; antes había quedado con mi mejor amiga, que resultaba —y esto era una casualidad que me sorprendía a diario— que era una superestrella del pop, ahora del rock también.
No voy a volver a tener un vínculo así, una química similar, una complicidad casi mágica, con ningún cliente que le siga a DiMarco... siendo DiMarco, por supuesto, la persona menos indicada del planeta para tomarle el relevo a Alexia.
Pero eso ella no tiene por qué saberlo. Me importaría un comino que se sintiera culpable —¡se lo habría buscado!—; lo que sí me importa es que me compadezca.
—Es un cliente muy distinto —respondo al fin, mirando todavía la Coca-Cola. Se está derritiendo entre mis manos—. Tengo tanto trabajo que hacer con él que no me da tregua, pero ya sabes que eso es lo que me gusta. Estar ocupada.
Ocupada para no pensar en que me traicionaste, mala pécora.
Si de verdad fuera una malvada Médici, como me decía ella misma a menudo, la habría envenenado. Pero en realidad soy más Lara que Cosima y la que se envenena con pensamientos autodestructivos es la servidora a sí misma.
—Lo está haciendo estupendamente —subraya Alexia.
Señala la pantalla con sus uñas recién hechas: mucho más largas que como las llevaba antes, pintadas de negro brillante y con cadenitas y calaveras, todos los elementos idiosincráticos del estilo rockero al que se ha pasado para decepción de su público joven—.
Eso es cosa tuya, ¿no? A DiMarco lo conozco muy bien, y que se haya prestado a esto ya dice mucho.
Alzo la vista hacia la pantalla y observo la sonrisa de plástico de mi cliente, su pose rígida en el diván, las miradas nerviosas que le dirige a la botella de agua.
Nadie que no lo conozca como yo dirá que está incómodo.
Antes quedará deslumbrado por la sonrisa, que, de mentira o no, es una sonrisa en la cara de un hombre atractivo.
Supondrá también que la línea de sus hombros es perfectamente horizontal porque gracias al trabajo colecciona contracturas y no porque le va a dar un jari.
La verdad es que no le estoy prestando tanta atención como debería porque me siento violenta.
Me violenta que Alexia esté aquí, dándome conversación como si nada, reprochándome con naturalidad que no responda a menudo sus mensajes.
Me violenta que Paolo y Manish ignoren mi existencia insultándose entre ellos como antes nos insultábamos nosotros.
Sobre todo, me violenta fijarme en la cara que hace una semana tuve pegada a la mía.
Le estoy mintiendo con descaro a Alexia porque, a) antes muerta que revelando que me va fatal desde que me abandonó como a un perro, y b) me quedan dos telediarios representando a este atrevido.
No le he arrojado a la cara todavía los papeles de la rescisión porque ya teníamos cerrada la entrevista con Farah Fou y soy, ante todo —ahora es cuando la gente repite al unísono—: una profesional .
Pero en cuanto la presentadora se despida con su icónico «hasta la vista, baby », robado de la película Terminator 2 —ella dice que es «una referencia»; para mí es una plagiada con todas las de la ley—, se le hará entrega a Myles DiMarco de la resolución contractual.
No creo que Roberta vaya a echarme en cara que me haya tomado la justicia por mi mano.
Al final, ¿no había trazado ella misma el límite en el contacto físico?
Si necesita testigos traumatizados que corroboren mi causa, bastará con que cite en su despacho a Samantha.
Estará encantada de proporcionarle detalles sórdidos del Acontecimiento.
Estaba decidida a ignorar el resultado de la entrevista en cuestión —DiMarco dejará de ser mi asunto en menos de una hora y media, tictac, tictac—, pero entonces Farah anuncia la ronda de preguntas del público. Lo único que no he podido pactar con la presentadora.
No voy a decir que la primera me dé en la frente porque Vinny recibe sus flores y las de DiMarco a lo largo de cinco o seis intervenciones. No obstante, era cuestión de tiempo que alguien con muy mala baba se sacudiera la faldita vaquera con altanería y clamara:
—Yo me quiero dirigir a DiMarco.
Con el cuello rígido por la tensión, clavo la vista en la chica con gafas, babylights y un modelito aceptable que no me cabe duda de que han invitado a plató para la ocasión.
La ocasión de proporcionar carnaza al público a costa de enervar a DiMarco, quiero decir.
Sujeta el micrófono con una convicción moral totalmente absurda, como si fuera a hacer justicia en algún sentido tocándole las teclas al wide receiver cuando lo único que hará será buscarse la ruina.
Debería limitarse la venta de micrófonos como se limita la venta de alcohol. No todo el mundo necesita tener una opinión, y menos aún una plataforma para expresarla.
—¿Otra vez con esas? —bufa Alexia en cuanto la chica ha arrojado su pregunta: que si estaba borracho cuando atacó al paparazzi —. Cómo me jode que le vaya a perseguir de por vida el altercado aquel. ¡El tío se me tiró encima! ¡Se nos tiró encima! ¿Qué iba a hacer? ¿Abrazarlo?
Doy gracias al cielo y a la madre de Vinny por haber alumbrado a una criatura que sabe en todo momento cómo proceder.
Me estaba tocando la moral que se hiciera tan visible cuando solo ha ido al programa como muleta de DiMarco, no como superestrella invitada, pero cumple su función.
Se arroga el derecho a contestar con la diplomacia que le caracteriza cuando la situación es incómoda.
Por desgracia, mi cliente no podía permitir que luchara su batalla y le arrebata el micro.
Lo que yo diga. Hay que limitar el reparto de micrófonos en este país.
Aguanto la respiración a la espera de una respuesta fuera de lugar. DiMarco nos sorprende a todos, y cuando digo «a todos» estoy incluyendo a Jean Harper, que baja el móvil y levanta las cejas. Suena tan severo como justo al disculparse por su arrebato.
—Inesperado —valora la estilista.
La chica no iba a dejarlo correr así de fácil.
Reconocería a una influencer a primera vista en cualquier parte, y está claro que esta en concreto no se dedica a recomendar los libros del top ventas como si fuera la única que lo has leído, sino a hacer leña del árbol caído: clean look , ácido hialurónico en labios, barbilla y pómulos y ambición de llegar al millón de seguidores.
—Como siga provocándolo... —murmura Alexia.
Sí que tiene que conocerlo bien, porque en esos puntos suspensivos cabe lo que yo ya sé. Que va a haber fuegos artificiales como poco.