El partido del año Capítulo 10
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Capítulo 10

(Social) Murder On The Dancefloor

Lara Cosima

No estaba tan nerviosa desde que se me informó media hora antes de comenzar la función escolar que la actriz principal había contraído la varicela y yo, la suplente, tendría que cargar sobre mis hombros todo el peso de su protagonismo.

Huelga decir que estuve a la altura del papel de lady Macbeth —si no representas una obra shakesperiana siendo demasiado joven para entenderla, ¿de verdad has estado en el club de teatro del instituto?—, pero el ataque de ansiedad que sufrí entre bambalinas para mí se quedó.

Ser la mánager de un hombre con una destreza sociointeractiva limitada, por decirlo con elegancia, genera síntomas similares: pánico escénico, vergüenza ajena, necesidad de aplausos. Apuesto a que tener un hijo se diferencia bien poco de tener un protegido en el mundillo de la publicidad.

—Lo hará bien —me asegura Alexia.

Todavía no ha perdido el don de leer mis pensamientos.

Se ha aposentado en el hueco libre de la mesa de aperitivos que el equipo de Farah ha tenido la amabilidad de poner a nuestra disposición en la sala de visionado, ahí donde se aloja a los seres queridos de los invitados.

Si esto fuera un episodio de Got Talent , la cámara alternaría planos de las notas más agudas de los participantes con las expresiones teatrales de Simon Cowell y las lágrimas de una madre orgullosa.

Pero aquí no hay madre orgullosa que valga.

De parte de Vinny se ha presentado Alexia y de parte de DiMarco me he presentado yo, y el resto de gente que pulula por la estancia pertenece al equipo de estilistas —y amigos— de la primera, que como acaba de regresar de su última gira promocional por Norteamérica se niega a separarse de los incondicionales que la han acompañado.

Por supuesto, me refiero a Manish, el peluquero; a Paolo, el maquillador, y a su nueva estilista general, Jean Harper.

Ha sido apodada en Nueva York y Los Ángeles la no-me-caso-con-nadie por no firmar contratos largoplacistas con ningún artista y limitarse a las colaboraciones, pero sospecho que las hace de mánager de Alexia desde mi despido.

Conozco a Manish y a Paolo desde hace años.

He convivido con ellos en caravanas, tráileres y hoteles de lujo durante algunas de las giras más rentables y con mayor impacto cultural de Alexia Lux.

He visto a Manish sufrir una sobredosis de cocaína durante una de sus sonadas juergas y he acunado a Paolo entre mis brazos tras varias de sus aparatosas rupturas, que no fueron pocas porque tiene el síndrome del pirata: se echa un novio en cada puerto.

Fue en alguno de estos episodios delirantes cuando llegué a considerarlos mis amigos.

Mala mía.

Ahora tengo ante mis ojos la confirmación de que nunca lo fuimos, cosa que de todos modos podía sospechar dado que no volvieron a contactar conmigo una vez se formalizó el despido de Alexia.

Llevan la última media hora ignorándome en favor de Jean Harper, la joven prodigio de la moda que captó la atención de Lex después de tomarle el relevo al mítico Law Roach y vestir a Zendaya para la última gala MET .

Al menos la cantante todavía me dirige la palabra.

Pateando las piececitos como una niña en un columpio y armada con un refresco en una mano y un nacho con pico de gallo en la otra —en tiempos pasados le habría sugerido que bebiera agua mineral porque los refrescos le producen gases—, contempla los planos abiertos del programa con una sonrisa de embeleso.

Su sonrisa se acentúa cuando la cámara enfoca a Vinny, cuando Vinny hace alguno de sus chistes, cuando Farah le dirige un halago a Vinny.

Vinny, Vinny, Vinny, Vinny.

No estoy en posición de exasperarme porque su vida haya quedado reducida a un nombre de cinco letras. Mi vida también solía estar reducida a un nombre —solo que de seis letras: el suyo— y ahora está supeditada a un apellido de tres sílabas.

—Ha sido un acierto decirle que se deje el pelo largo —comenta Manish. Tiene las caderas apoyadas contra la mesa de tentempiés, a un lado de Alexia. Centinela número uno: en su puesto —. Está muy favorecido.

—Además de que ya le iba tocando empezar a trabajar en su marca personal desde la estética —conviene Paolo. Centinela número dos: preparado para el combate —. Ya hay un jugador en los Boston Beasts con un buzzcut .

—¿Te parece poca marca personal ser el más encantador de todo el equipo?

—protesta Alexia después de beber de la pajita.

Que yo sepa no ha habido un acuerdo entre Farah y ella para salir a escena, pero aun así procura que no se le altere el maquillaje con el refresco—.

Digo yo que vende más el carisma que las caras bonitas.

Habría que preguntarle a la profesional, aun así —apostilla, y se gira para lanzarme un guiño.

Paolo y Manish complacen a Alexia sonriéndome también, aunque de un modo tirante, y de inmediato regresan a su conversación privada.

Entiendo que el primero esté algo mosca conmigo por haberlo dejado tirado cuando lo cité para trabajar en el estilismo de DiMarco, pero ¿qué hay del peluquero? ¿Qué le he hecho?

En cuanto a Jean Harper, he podido comprobar de primera mano que es una mujer atractiva de un modo inusual y educada al estilo de las personas misteriosas.

Está muy por encima del colegueo —apuesto a que es de las que llegan y dicen del modo más diplomático posible «yo he venido aquí a trabajar, no a hacer amigos»— y salta a la vista que no deja de preguntarse qué hace allí para enseguida responderse «un favor personal», algo que terminará por parecerle injustificado y a lo que le calculará el precio para incluirlo en su porcentaje salarial.

Nada resulta tan atrayente para el maquillador y el peluquero, sobre todo para el maquillador, como una mujer segura de sí misma con una talla treinta y cuatro de pantalón que para colmo sabe lucir un corte bob sin parecer Edna Moda o Lord Farquaad.

Lo que viene siendo una suerte de Victoria Beckham de los noventa, cuando copaba las revistas con buzzcut -David, melena-larga-David, pelo-pincho-David, etc.

A diferencia de mí, que espero con el aliento contenido a que mi antiguo equipo me dirija la palabra y me incluya en sus debates —nada chic , huele a desesperación, 0/5 —, Jean Harper se ha marginado voluntariamente con el estilo que solo puede conferir la estudiada indiferencia de los tiburones de Los Ángeles: chic , exuda carisma, 5/5 .

Se entretiene consultando el correo electrónico.

Esto en algunas esferas se tildaría de grosero, pero, como todo el mundo sabe, uno solo queda como un maleducado si la gente que le rodea piensa que es un maleducado.

Si no, eres misterioso, inalcanzable y todos quieren ser tus amigos.

Ni Manish, ni Paolo, ni Alexia —ni siquiera yo, maldita sea— denotan en ningún momento estar molestos con su silencio.

De hecho, lo respetan. Le piden opinión de tanto en tanto, le dirigen alguna broma, y como ella contesta con afilado ingenio, recostada en la pared como un galán latino y rozándose el flequillo con las puntas almendradas de sus uñas sencillas, se ríen como adolescentes enamorados y continúan con la ilusión de haber recibido la venia de la reina.

Porque sí, a los treinta también hay abeja reina en las colmenas.

Yo observo desde el sofá la unidad que conforma el equipo con sensación de desamparo.

Hace tres meses formaba parte de ellos. Entendía sus bromas privadas. Tenía derecho a pinchar las sensibilidades de Paolo y él tenía permiso para devolverme las provocaciones hasta sacarme de quicio.

A lo mejor podría levantarme y meterme con calzador en la conversación, pero una chica tiene su orgullo.

No pierdo de vista que nadie me llamó por teléfono ni me escribió un mísero mensaje después de enterarse de que no volvería a acompañar a Alexia a ninguno de sus eventos. Fue como si nunca hubiera existido.

Ahora también es así: no existo .

Excepto para Lex, que termina incorporándose de un salto y viniendo a sentarse conmigo.

Me ofrece una Coca-Cola Zero que ha sacado de la neverita solo para mí y me da un pequeño codazo en el brazo.

Para no ponerme de mal humor, me tengo que recordar que no puede saber que he dejado los edulcorantes porque yo no se lo he dicho.

Pero entonces recuerdo por qué no se lo he dicho —porque rompió conmigo— y me reboto igual.

Solo que en la sombra.

Jean Harper no lo sabe, pero estoy compitiendo con ella. He de ganarle en aplomo, calma y sangre fría.

—¿Cómo va eso, Pumpkin? Estás muy perdida.

Entre líneas: «Me estás aplicando el tratamiento del ibuprofeno: una respuesta a mis mensajes cada ocho horas».

Agacho la vista hacia mis manos, que rodean la lata como si fuera una taza de té.

Está tan congelada que al rato no me siento los dedos.

—No quería molestarte mientras estabas de gira con The Life of a Rockstar .

—Tú nunca molestas. Lo que sí es molesto —prosigue con las cejas arqueadas.

Ha probado a afinárselas de acuerdo a la moda dosmilera.

Yo jamás habría dado luz verde a ese despropósito— es que me haya enterado por Vinny antes que por ti de que has firmado un acuerdo de representación con nada menos que DiMarco.

Por lo poco que sé, no es tu persona favorita del mundo mundial.

«Tampoco pretendía que lo fuera. Mi persona favorita del mundo mundial ya me despidió. Pero bueno, ¿quieres más pico de gallo?».

—No está tan mal. Ha sido un giro interesante en mi carrera. Aunque en Velvet Room nos hayamos especializado en celebridades de la industria musical, Roberta opina que da caché conquistar otros ámbitos. —Me encojo de hombros, tensa—. En eso estoy.