Capítulo 9 #3
¿Lo estará viendo Lara Cosima?
«¿A qué crees que te habrías dedicado si no hubieras conseguido ser una estrella del fútbol?
» es otra de las preguntas, a lo que yo contesto influencer de cuidado facial de forma irónica.
«¿Te preocupan los altos índices de encefalopatía traumática crónica entre jugadores de esta disciplina?
» es una de las primeras inquisiciones después de que la conversación adquiera tintes más serios.
Por lo que sé —me lo han contado, claro, yo no consumo este tipo de televisión—, Farah Fou se diferencia de Jimmy Fallon en que combina el humor con la profundidad de los interrogatorios de Oprah.
Por suerte, esta segunda parte de confesiones serias no se prolonga demasiado.
—¡Bueno! Como es costumbre en el programa, y antes de pasar a los juegos —retoma Farah con el torso girado hacia el público—, brindaremos a nuestros queridos asistentes la oportunidad de hablar con los invitados de hoy.
¿A quién de vosotros le gustaría plantear una duda? ¡Hablad ahora o callad para siempre!
Para sorpresa de nadie, Vinny es receptor de la inmensa mayoría de las preguntas del público, y casi todas giran en torno a su relación con Alexia.
Si piensa pedirle que se case con ella, si se siente amenazado por su éxito, si apoya el giro que le ha dado a su carrera, si se plantea formar una familia; preguntas de índole privada que no dejan de asombrarme.
Nunca entenderé por qué la gente se cree en el derecho de indagar en la vida personal de los demás.
Sí, estamos en un programa de entrevistas, pero Vinny no es un comentarista de la prensa rosa, sino el tight end de los Boston Beasts.
¿Por qué no le piden que cuente cómo lo hizo para llegar a petarlo en un ámbito donde es complicado llegar a las grandes ligas?
Y si es porque no les interesa, ¿para qué coño han venido?
Seguro que Farah Fou trae mañana a Perez Hilton, quien de seguro sabrá resolver todas las dudas citadas con anterioridad con mayor detalle que el propio Vinny.
—Yo me quiero dirigir a DiMarco —dice una chica en cuanto le ofrecen el micrófono.
Se sube las gafas de vista con montura fina hacia el entrecejo.
Mira el móvil para leer la pregunta, como si fuera periodista profesional—.
Ya que has mencionado las copas antes, supongo que no está fuera de lugar preguntarte por aquella vez que tuviste un altercado con un paparazzi . ¿Tenías muchas copas encima o algo así?
Ah, genial.
El Temita en mayúsculas.
Vinny aprovecha que sostiene el micrófono aún para adelantarse con una de sus sonrisas carismáticas.
—Hola, cielo. ¿Cómo te llamas?
—Gina. Soy influencer . Y tengo que decir —añade con petulancia— que he estado comentando aquel asunto en redes. Se han barajado tantas teorías que a estas alturas mis seguidores apreciarían una respuesta en firme.
Mejor no digo lo que yo podría apreciar viniendo de sus seguidores y de ella.
—Vale, estupendo. Gina —le habla con franqueza—, yo estaba allí cuando pasó aquello y te puedo asegurar que...
—Te puedo asegurar que no —lo interrumpo después de haberme pegado al micro.
Convenzo a Vinny de entregármelo. No se opone físicamente porque estamos en el aire, pero mantenemos una pequeña conversación mental mirándonos desafiantes.
«Me ha hecho la pregunta a mí».
«Ya, pero vaya que se te ocurra soltar una lindeza».
«Confía, hombre, confía».
—¿No estabas borracho, dices?
—No. Pero tampoco estaba en plena posesión de mis facultades, como se pudo ver en el vídeo —explico en tono neutro.
Lara Cosima me sugirió que intentara llorar si esto salía a colación (me ofreció un lápiz de cera con mentol y todo), pero no soy Viola Davis y, además, KJ y Ashton se estarían burlando de mí hasta el día de mi muerte—.
Te agradezco que hayas sacado el tema porque me había quedado debiendo una disculpa pública por mi reacción.
Gina arquea las cejas.
—Eso no fue lo que dijiste en la red social X .
—Ya. Pero he tenido tiempo para reflexionar, y se supone que vivimos en el país de las segundas oportunidades, ¿no?
—Supongo que no te has dirigido al fotógrafo en cuestión para referirle todo esto. ¿O sí?
—Por desgracia —intento no sonar sarcástico—, no sé dónde vive.
—¿Y a qué se debe el cambio de opinión? Sobre la agresión, quiero decir, porque en un principio te negaste a reconocer tu parte de culpa.
Recalca la palabra agresión para que quede claro que para ella no existen las segundas oportunidades.
Es una lástima, porque me importaba muchísimo que Gina me perdonase.
No sé cómo viviré a partir de ahora.
—Es verdad que en un principio estaba molesto por lo ocurrido —reconozco con un encogimiento de hombros—.
Soy una persona muy celosa de su intimidad.
Y la verdad es que no me gusta el lado oscuro de la fama.
Pero ahora que estoy en manos de una nueva agencia de representación, mi equipo me ha hecho ver que no solo le debo a la gente un buen partido, sino también una buena imagen.
Hay muchos chiquillos pendientes de lo que hago y no me gustaría que vieran en mí un ejemplo de comportamiento, ni mucho menos antes, cuando estaba tan equivocado.
Es importante rodearse de gente que no tiene miedo decirte que has cometido un error y que debes enmendarte.
Vinny asiente, aliviado, en reconocimiento de mi diplomacia. Farah me sonríe detrás de su mesa, entusiasmada porque su programa haya sido pionero en retransmitir este momento de redención pública que pasará a los anales de la historia.
—O sea —insiste Gina—, que ya no opinas, y cito textualmente, que «el paparazzi se lo había buscado por colarse en una fiesta privada y meter las narices donde no le llamaban».
A falta de decirle que se calle, agarro el micro con fuerza. No me he topado con mucha gente como Gina porque procuro alejarme de la esfera pública, pero sí que he coincidido con algún que otro sujeto de su quinta para reconocer al vuelo a un buitre en busca de carroña.
Voy a darle lo que ha venido buscando.
—Claro que opino que por muy paparazzi que seas no puedes colarte en fiestas privadas, no puedes agarrar de la muñeca a una persona y no puedes insistir en sacar fotos cuando ya te han dicho que te pires. Lo único que digo es que no estuvo bien reaccionar con violencia.
—Es curioso que seas tú quien deslegitime lo que hace una persona de clase media para llevar el pan a la mesa.
— ¿Qué coño dice? —. Tuve la suerte de leer tus tweets antes de que te cerraran la cuenta y vi que defendías con tesón las necesidades y sacrificios del pueblo llano, o, dicho de otro modo, que cada uno se gane la vida como pueda.
Le sostengo la mirada en la distancia a la tal Gina, que baja entonces el brazo del micro con una ligera sonrisa satisfecha, orgullosa de haber proporcionado suficiente contenido para TikTok el próximo mes.
O los próximos dos días, que es lo que dura un tema en la conversación pública.
Me agarro bien al micrófono y le lanzo una mirada firme.
—Que un trabajo sea de clase media no lo hace automáticamente honrado —le suelto con desdén—. Un sicario de baja estofa también se puede considerar de clase media y me parece que la suya no es la forma más adecuada de ganarse la vida.
Gina suelta una carcajada fría y busca una reacción similar mirando a su alrededor.
—¿En serio estás comparando a un paparazzi con un sicario?
—¿No se dedican ambos acaso a vender información personal o utilizarla en contra de alguien a cambio de pasta? Un tío que vive de meter el hocico en vidas ajenas, llegando a violar el espacio, la privacidad y las intimidades de los demás, no es más que un carroñero.
Gina me sostiene la mirada con la seguridad de haber ganado.
—Pues no parece que hayas cambiado de parecer como pretendías hacernos pensar.
—Mira, nadie se merece que le soplen una hostia en plena jornada laboral, pero yo tampoco me merezco que se cuelen en la primera fiesta de cumpleaños que he tenido desde que recuerdo para molestar a una de mis invitadas.
Porque ni siquiera me estaba molestando a mí.
Estaba molestando a alguien que considero mi amiga.
Y estoy seguro de que en esta misma sala hay al menos veinte o treinta personas que también se habrían interpuesto entre un fotógrafo y Alexia Lux para defenderla de un abuso.
—Yo el primero —confirma Vinny.
Por supuesto, no hace falta ni especificar que la inmensa mayoría del público, por no decir su totalidad, reacciona por primera vez con compasión y entendimiento cuando hablo de los sentimientos de la superestrella pop, que como todo el mundo sabe son más importantes que los de ninguna otra persona viva sobre la Tierra.
No tengo nada en contra de Alexia. Lo tengo en contra de la hipocresía.
Apuesto a que del mismo modo que en su día hubo un movimiento en mi contra en defensa del fotógrafo, mañana habrá un movimiento a favor del bienestar emocional de la cantante y que sucederá a costa de denunciar y acosar al paparazzi , que ya no solo no podrá acudir a platos a sacar rédito de la noche que Myles DiMarco le acarició la cara, sino que perderá su trabajo por haber alterado la paz de una pobre chica con un patrimonio billonario.
—Bueno —carraspea Farah—. Qué conversación tan estimulante.
—Voy a añadir una cosa más —la interrumpo.
Me pongo de pie con la mano libre sobre el muslo y hago un gesto hacia donde se acaba de sentar Gina con el morro torcido.
Vuelven a encender las luces del público para que ambos podamos mirarnos—.
Si tanto te preocupa que la gente de clase media pueda desempeñar su trabajo sin que lo acosen, lo agredan o simplemente recibiendo los honorarios que merece, como ha parecido que dabas a entender con tu discursito pseudoprogresista, podrías dedicar tu cuenta de TikTok, Instagram o lo que tengas a hablar de lo que está pasando con muchos inmigrantes y ancianos en Norteamérica, que sí que hacen malabares con uno o varios trabajos precarios, algunos en negro, con tal de llegar a fin de mes.
Eso sí que sería luchar por unas condiciones laborales dignas y por los sentimientos de los currantes, y no buscarle la boca en directo a un jugador de fútbol para rascar unas cuantas visualizaciones.
No puedo negar que me complazca ver cómo se le cae la cara de vergüenza. El encargado de ofrecer el micrófono se lo tiende a Gina, picado, para que responda si lo estima oportuno. Ella vacila, pero acaba agarrándolo por la base y replicándome con la voz alterada por la indignación.
—Yo también hago lo que tengo que hacer para comer.
—¿Y haces bien la digestión cuando recuerdas que estás comiendo gracias a generar polémica y a divulgar discursos de odio en la red?
—¡Es muy fácil criticar los medios de vida de los demás siendo millonario!
—Estoy de acuerdo, pero es que yo no soy ni cultural, ni histórica, ni éticamente millonario.
No he heredado la industria petrolera saudí ni pertenezco a una familia con apellido compuesto.
No me han estado educando en valores desde la tierna infancia para saber reaccionar con elegancia cuando se me tiran encima.
Vengo del barro. No he tenido un puto duro hasta que me ficharon los Boston Beasts.
Antes de eso curraba en los muelles de Jacksonville con mi tío, y antes de eso era un huérfano que iba de centro de acogida en centro de acogida.
Si defiendo a la clase media en mis redes sociales a costa de menoscabar la reputación de los que de verdad son ricos es porque sé de lo que hablo, y si no defiendo a quien se busca un medio de vida que depende de joder a los demás es porque antes que rico hay que ser honrado; porque una cosa es ser trabajador y otra muy distinta es ser un oportunista de mierda como tú.
Farah Fou se pone en pie con precipitación y señala a la cámara.
—¡Y... dentro publicidad!