Capítulo 9 #2
—Bueno —refunfuño. Vuelvo a mirar el móvil. No hay respuesta—. Espero que me cubras.
—Para eso estoy aquí, ¿no? Y me alegro de poder cubrirte por una vez. En el campo eres tú el que nos vigila las espaldas.
—Ya.
A lo mejor si le devuelvo el detalle del helado se digna a dirigirse a mí de nuevo.
Pero conociéndola un poco, lo más probable es que lo rechace con la excusa de ser alérgica a la lactosa o de que el azúcar engorda.
Y luego me acusaría de que se lo he traído en un cucurucho para que me deleite contemplando cómo lame un objeto con forma fálica, lo cual supongo que no sería del todo mentira, porque eso me gustaría verlo.
Y si alguien piensa que estoy «complicando» el carácter de las mujeres en mi cabeza, eso es porque no ha hablado con ninguna lo suficiente.
Aterrizamos en el aeropuerto JFK una hora y media después del despegue.
Me irrita que todo vaya según lo previsto —el avión ha sido puntual, desembarcamos los primeros, el chofer no ha olvidado recogernos—, porque si hubiera acontecido algún contratiempo, entonces a Lara Cosima no le habría quedado más remedio que llamarme por teléfono.
Para decirme que todo es culpa mía, de acuerdo.
Pero me habría llamado.
Por suerte para mí y por desgracia para ella, tendremos que coincidir en los camerinos del plató.
Supongo que es mi deber humano sentirme deslumbrado por encontrarme de cuerpo presente en un lugar legendario para los espectadores del canal.
Este es el escenario donde Rihanna anunció alguno de sus novecientos embarazos, Katy Perry enseñó el anillo de compromiso que le regaló el antiguo primer ministro canadiense y Kanye West y Taylor Swift hicieron las paces.
Por desgracia, no me suele conmover la combinación de escritorio, rótulo de neón —«Farah Fou Talk Show »— y chaise longue , así que voy a pasar de largo sin describir el set.
Tardo algo más de lo esperado en llegar al camerino porque Vinny conoce a media Norteamérica y la otra mitad quiere conocerlo a él, y él, como ha sido educado en hermosos valores, insiste en presentarme a un batería, un sonidista, una maquilladora, y ahí dejo de prestar atención, pero ya puedo asegurar que no es donde acaba la fiesta de la socialización, a la que siempre me invitan aun sabiendo que soy alérgico a las fórmulas de cortesía.
Enfilamos al pasillo media hora más tarde.
Desde fuera oigo la vocecita aguda pero militar de Lara Cosima, así como un coro de risas y las notas de una canción pop.
Rezo para que nadie se dé cuenta de que me pongo nervioso y me tiro del cuello del polo beis o camel —sigo sin enterarme— antes de entrar.
Lara Cosima está de espaldas a mí hablando con una mujer muy alta, teñida de rubia —lo sé porque tiene las cejas negro tizón— y trajeada con informalidad. Mi representante hace aspavientos que ponen a bailar su colección de pulseritas de oro.
Se ha calzado un vestido ceñido. Creo que eso es todo lo que importa. Lo del estampado atrevido y el pañuelo anudado al cuello al estilo de un acordeonista francés me es indiferente.
Al oír la voz de Vinny se le endurece la línea de los hombros. Como Farah ha cortado la conversación para ir a saludarlo calurosamente, se gira despacio, como si esperara toparse con un monstruo respirándole en la nuca, y me localiza inmóvil a unos tres o cuatro metros de distancia.
No sé qué esperaba. Lara Cosima no es de las que te gritan delante de una famosa entrevistadora cómo te has atrevido a meterle la lengua en la boca y solo aplica la ley del hielo por vía digital, pues únicamente por vía digital podría encontrar una justificación a su silencio que no la dejara en mal lugar.
Pero supongo que esperaba algo más que verla dirigirse hacia mí forzando una expresión más o menos natural y mirarme de arriba abajo para confirmar que he respetado el código de vestimenta.
—¿Has tenido un buen vuelo? —pregunta con el tono de un contestador automático.
—Sí.
—¿Has comido bien y te has hidratado?
—Acabo de beberme una botella de agua entera.
—¿Has ido al baño?
—Sí.
—¿Aliento?
Me acerca la palma de la mano a la boca. Obedezco a su orden no verbal echando un vaharada de aire; ella confirma que, de hecho, me he lavado los dientes nada más terminar la chocolatina, cortesía de la aerolínea, y asiente convencida.
—¿Preparado?
—Supongo.
Hay tanto ruido a mi alrededor que no termino de concentrarme ni en su cara ni en lo que está diciendo. Sé que no es el lugar ni el momento de interrogarla a propósito de su actitud, pero no quiero salir a escena sintiéndome así.
Así ¿cómo?
Pues no lo sé. No soy adivino.
—Suerte.
¿«Suerte»? ¿Ya está?
Evito que pase por mi lado sin prestarme más atención cogiéndola del codo. Lara Cosima me contagia sus nervios imposibles de aplacar echando un vistazo rápido al resto de la plebe. Yo también me aseguro de que la mayoría anda muy ocupada a lo suyo antes de acercarla a mí con discreción.
No pretendía sonar inquieto al preguntarle en voz baja:
—¿Por qué no me has respondido en toda la semana?
Ella no me mira a los ojos.
—Ya hablaremos de eso después —responde en el mismo tono. Se deshace de mi mano con un movimiento fluido y compone una sonrisa creíble para darle la bienvenida a Vinny.
Está claro que la fobia no es contra los jugadores de fútbol, sino conmigo en exclusiva.
Me consta que Noah también le cae de pelotas.
Claro que Noah le cae de pelotas a todo el planeta.
Es el síndrome del quarterback . A veces pienso que por eso es el quarterback , y no por sus credenciales deportivas.
Creo que Lara Cosima no es consciente del estado en el que me manda al chaise longue de Farah Fou.
Para cuando el cámara anuncia que estamos en el aire, los focos me han deslumbrado, noto un pitido insistente en cada oído, siento que el polo me aprieta en los bíceps y me pica todo el cuerpo como si hubiera pillado la sarna, comparación que puedo hacer porque he pillado la sarna dos veces.
Hay dos botellas de agua mineral en la mesilla auxiliar que sé que están ahí para Vinny y para mí, pero si la cojo la voy a vaciar entera y por lo que Lara Cosima me mostró en sus «vídeos referencia» los invitados suelen dar tres o cuatro sorbitos breves a lo largo de la hora.
Joder. Voy a estar una hora aquí.
No sé dónde cojones me he metido.
Intento permanecer recto y seguro en el sillón, dirigirme con el debido respeto a la plástica y seguro que perversa Farah Fou —nunca me he fiado de las mujeres muy rubias con las cejas muy negras, el contraste me produce una fuerte compulsión toquiana—, descruzar las piernas despacio, reírme cuando toca, ponerme serio cuando corresponde, mostrarme simpático con Vinny, meter baza solo si voy a soltar un comentario apolítico y brevísimo.
Con hincapié en «apolítico».
Lo intento con todas mis fuerzas hasta el punto de que empiezo a sudar y la botella de agua empieza a llamarme por mi nombre con voz erótica.
«Ya hablaremos de eso después», ha dicho ella.
Ha sonado definitivo, ¿no? Ha sonado a que después, cuando quiera que sea después , me va a sentar en la silla de la sala de interrogatorios del Mossad y me va a clavar agujas bajo las uñas.
Ha sonado a que me va a atar de pies y manos y me va a lanzar al mar del Norte, de donde salen todos esos vídeos de barcos a punto de irse a pique con una canción tétrica de fondo; vídeos que se han convertido en una institución en TikTok y que me salen a partir de las tres de la madrugada junto con los de explotar granos y limpiar las herraduras de los caballos.
Ha sonado a que va a despedirse, o despedirme, o como sea que funcionen las cosas en los mundos de Yupi en los que vive esta gente que se ha inventado trabajos que no existían hace cien años. Y si no existían, sería por algo.
Que sí, vale, el trabajo de jugador de fútbol americano tampoco existía hace cien años porque el fútbol americano no existía todavía entonces, pero no es lo mismo.
Ser jugador de fútbol no implica decirle a alguien que se vista de beis porque el beis es un color relajante y te va a ayudar a hacer amigos.
Seguro que el beis no existía hace cien años.
—¿Qué hay de ti, Myles? —me interpela de repente Farah Fou. Debe de verme la cara de pánico, porque especifica con tiento—: ¿Cómo te sentiste al ganar la Super Bowl? Es tu primera copa, ¿verdad?
—No, hombre, me he tomado muchas antes y después de la celebración.
Farah suelta una carcajada de pecho que juraría que ha practicado en el espejo.
Siempre he sospechado del sentido del humor de los presentadores de este tipo de programas.
Es imposible que todo te haga gracia. Es imposible que te hagan gracia RuPaul y Elon Musk al mismo tiempo.
Es como ser de los Celtics y de los Lakers a la vez.
Es como que tu hermano Gallagher favorito sea Liam y también Noel.
Pero bueno, el resto del público también se ríe.
Parece que estar nervioso de la hostia beneficia mi saber estar, porque Farah se dirige a mí unas cuantas veces y, a pesar de no sentirme del todo presente, salvo el culo.
—¿Cuál es tu gran amigo en el campo, ese Boston Beast al que le confiarías tu vida? ¿Es Vinny? ¿Por eso habéis venido los dos?
Sabe por qué hemos venido los dos porque Lara Cosima se lo ha explicado con peras y con manzanas, pero me brinda la oportunidad de inventar una bonita historia.
—Voy a tener que decir Vinny porque está delante y me tiene apuntado con una pistola por detrás del sofá. —Y añado por lo bajo—: Pero he venido con él porque Noah tenía clase de cerámica.
Más risas.
Ja, ja, sí, soy la polla.
¿De qué quiere hablar Lara Cosima conmigo?
—¡Ah, Noah, el quarterback ! ¡El chico estrella! ¿No sentís celos de él a veces? ¿No soñáis con ocupar su rol en el campo? ¿Recibir sus ovaciones?
—¡Qué va! Prefiero recibir palos por todas partes e ir al dentista cuatro veces al mes.
Qué divertido soy, no hay nadie como yo.