Capítulo 9
Everybody’s Trying To Ragebait Me Out
DiMarco
—Estás más huraño que de costumbre, tío. ¿Siguen acojonándote los aviones o qué?
No levanto la vista de la pantalla del móvil para responder como un autómata.
—Sí.
—Era una pregunta de cortesía. Sé que no estás rayado por el vuelo, o no solo por eso. A no ser que hayas decidido pagar el servicio de wifi porque alguien te vendiera la moto de que si activas los datos mientras surcas los cielos el boeing podría poco menos que reventar.
—Lara Cosima me dijo que tengo que estar localizable.
—Ah, es verdad. —Vinny se recuesta en el respaldo con gesto risueño—. ¿Cómo he podido olvidar que vives sometido a los deseos y caprichos de la gran y perversa heredera Médici?
—Lara Cosima no es perversa. Ni grande tampoco. Solo se pone unos tacones muy altos. No sé por qué hablas así de ella.
Vinny frunce el ceño por fin —prueba de que ha llegado a su tope— y me mira con una sonrisa incrédula.
—Tranquilo, Johnson’s Baby. Estaba bromeando —se explica muy despacio para no dar pie a malas interpretaciones—.
Entre lo mucho que la veo y lo que la menciona Lex, siento que tengo derecho a hablar de ella en según qué términos, pero lo hago siempre con el mayor de los respetos.
Perdona, ¿vale? No sabía que era un tema delicado para ti —insinúa con un codazo.
—No es un tema delicado para mí.
—Vale, vale. Joder, estamos en uno de esos días en los que no se puede ganar contigo, ¿eh?
—ríe, exasperado. Se rasca la nuca con una mueca de circunstancia—.
Vaya nochecita has elegido para ponerte raro.
Entre que vamos a llegar con la hora pegada al culo y el fabuloso humor del que te has levantado. ..
—Lo haré bien. No te preocupes.
Por supuesto que lo haré bien. Lo haré bien, en primer lugar, porque voy a un programa de entrevistas, y eso consiste en que una persona te hace preguntas y tú solo respondes.
O sea, que no hace falta saber hacer malabares.
Sé que mi experiencia no ha hecho sino demostrar que una pregunta es para mí poco menos que un tiro en cada rodilla, pero aquí es donde entra la segunda razón por la que lo bordaré: porque me da la sensación de que es la única manera de redimirme con Lara Cosima.
Estoy seguro de que si supero el lance con honores, me perdona por besarla en el set de grabación.
Y si no, pues no sé qué coño voy a hacer.
Yo no tengo cestas de regalos valoradas en torno a los treinta mil dólares con las que sobornar al personal.
Suelo sobornar al personal con largas noches de pasión y libertinaje, pero hasta yo sé que si eso es lo que me ha mandado al patíbulo de la indiferencia es porque no le haría ninguna gracia que utilizara mi cuerpo para disculparme.
Con Lara Cosima dejo de ser un hombre de recursos, qué le vamos a hacer.
Consulto de nuevo el teléfono móvil y confirmo que tampoco me ha contestado a este último wasap.
Le he enviado alrededor de sesenta y cinco desde la semana pasada.
Ella no ha respondido a ninguna pregunta de índole personal —«¿Estás enfadada conmigo?
» es un ejemplo—, pero sí se ha explayado cuando tocaba ponerme al día sobre sus avances en el ámbito de la representación.
He fingido interesarme por nuestros proyectos futuros con la esperanza de que hablar de su tema favorito —el trabajo— la fuera ablandando.
No ha habido suerte. Por eso ahora estoy tirando de la segunda alternativa.
Acosarla.
Tecleo la misma palabra que he tecleado siete veces en la última hora y media.
Hola.
Como me siento algo más desesperado por el nada desdeñable motivo de que estoy a veinte mil pies de altura respecto del nivel del mar, añado:
Estoy volando.
Y como me da pánico y no quiero morir sabiendo que Lara Cosima está mosca conmigo, envío un tercer mensaje.
A lo mejor el avión se estrella.
Deberías decirme algo por si acaso.
A ella o bien no le importa mi posible y traumática defunción o bien es de esas personas completamente imprudentes —psicópatas, incluso— que se montan en un avión y no piensan que esto de volar es una locura, que si los humanos no tenemos alas es por algo, que carece de sentido que se sostenga en el aire, que la comida sabe a mierda, que toda la tripulación de cabina está maquinando un motín, que alguien ha metido una bomba en la bodega.
Alguna de las dos será la respuesta correcta, porque sigue sin contestarme.
—¿Va todo bien, Myles? ¿Ha pasado algo?
Despego la vista de la pantalla blanca para mirar a Vinny.
Honrando ese carácter cotilla que él cree que se le da de maravilla disimular, estaba leyendo de reojo mi conversación con Lara Cosima.
Si es que se la puede llamar así.
Más que una charla bidireccional, nuestro chat reproduce el alegato desesperado de un abogado: «Señoría, no tengo la culpa, en realidad soy un buen chico, no me arruine la vida con una sentencia desfavorable, por favor, por favor, no es justo».
—Está mosqueada conmigo.
—¿Quién? ¿Lara Cosima?
—Sí. Solo me ha hablado para decirme lo que me tengo que poner, listarme los temas de conversación y preguntas que ha pactado con Farah Fou y darme la información del vuelo, el hotel y el chofer que nos recogerá en el aeropuerto.
—¿No es eso lo que hace una representante?
—Cuando le caigo bien es atenta. Me trajo helado a la consulta del dentista. Ahora creo que le da igual si me parte un rayo.
—¿La has cabreado de alguna manera?
Lo pregunta en el mismo tono en que preguntaría si Saturno es el planeta de los anillos.
Y ¿sabe qué le digo? ¿ Saben qué les digo , mejor dicho, tanto a la pitusa como al impertinente de Vinny Bravano?
Que esta vez no he hecho nada. No he hecho absolutamente NADA , ¿de acuerdo?
No he violado el acuerdo con la agencia de representación teniendo un acercamiento indecente con ella porque la afectada lo ha consentido, y si se consiente, ¿cuál es el problema?
Ninguno.
O eso dice internet. Y si internet me da la razón, es que la tengo. No por nada se recurre a Google para zanjar una discusión.
Tiene derecho a enfadarse porque no le gustara.
Porque la abordara en público. Porque le quitara el pintalabios de los cojones, que supongo que vale un millón de dólares en rebajas.
Porque el contacto le pareciera demasiado largo o demasiado corto.
Por lo segundo estoy furioso yo también, así que podríamos pelearnos tranquilamente al respecto y luego remediarlo.
Pero a lo que no tiene derecho es a decir que no quería que la besara.
¡Me devolvió el beso! ¡Me echó los brazos al cuello! ¡Me acarició la nuca! ¡Y el pelo también! ¡Y las mejillas! ¿Eso es «no querer»?
Ni siquiera en el planeta de los anillos significaría que no quiere.
A lo mejor está cabreada porque el anuncio no salió como ella pretendía, porque dije alguna de esas palabras malsonantes que le ponen los vellos como escarpias o porque se han agotado los zapatitos que quería comprarse, yo qué sé.
A lo mejor el mosqueo no está relacionado conmigo, o no con el beso, y me lo estoy llevando a ese terreno porque mi mente lo ha nombrado Hiperfijación De La Semana con la solemnidad de un cardenal, en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y no he podido concentrarme en otra cosa desde entonces.
Está siendo tortuoso, de veras lo digo. Por culpa de andar distraído, me he chocado con el marco de la puerta tres veces —mi compañero de piso llegó a decirme, el muy bufón, que si estaba practicando embestidas para el campo—, se me ha olvidado que tenía que embarcar a las cinco menos cuarto —Vinny se ha presentado en mi casa a las cinco para recogerme; ya le estaba preguntando a qué coño se debía la visita sorpresa cuando me ha explicado pacientemente lo del programa— y me he llegado a tirar una hora y media en la ducha perdido en mis pensamientos.
Perdido en mis pensamientos y reflexionando si sería buena idea masturbarme acordándome de ella.
No sé qué tienen las duchas. Uno empieza a enjabonarse el pecho y ni siquiera se lo plantea: da por hecho que se va a clavar una paja le apetezca o no.
Es una obligación moral. Un acto reflejo.
Creo que asocio el movimiento de verter el gel en la palma con el ritual universal adolescente de echarme crema corporal en la mano, coger papel higiénico y meterme bajo las sábanas para aliviar los ardores.
Pero, por algún motivo, esta semana me ha parecido grosero hacerlo.
Lara Cosima acechaba desde un rincón de mi mente.
Me disponía a tocarme y de repente me la imaginaba chasqueando la lengua, meneando el dedo índice y soltando la mítica regañina: «No puedes hacer eso, DiMarco, ¡es indecente!
». Y aunque no solo no estoy de acuerdo con ella —¿indecente?
Es de justicia —, sino que estos últimos días he necesitado masturbarme a nivel físico, mental y espiritual porque no he dejado de tener misteriosas erecciones, sí que coincido en que no le gustaría una mierda enterarse de que me moría por cascármela imaginando su cuerpecito.
Así que ahora, además de enfadado y confundido, estoy cachondo.
—Se le pasará —me asegura Vinny viendo que no voy a dignarme a responder a su provocación. Que si he hecho algo para cabrearla, dice, como si ella tuviera el monopolio del cabreo—. Verá lo bien que te desenvuelves en el programa y no le quedará otro remedio que felicitarte y comprarte otro helado.
Sé que no está siendo condescendiente, pero me jode que bromee con eso.
Seguro que a él su madre le ha estado comprando helado hasta los veinticinco por sacar buenas notas, porque al niño se le cantaba en los cojones al pasar por delante de un carrito o porque simple y llanamente lo quiere y le gusta hacerle feliz. Por eso lo da por sentado.
Yo no.
Pero cualquiera le explica a un hombre afortunado lo que puede llegar a significar para un desgraciado que lo sorprendan con un gesto amable.