El partido del año Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Ni siquiera tengo que fingir que me deleito con la suave textura.

Estoy segura de que la cámara ha captado a la perfección el discreto jadeo que escapa de mis labios al sentir la superficie tersa y cálida bajo la palma.

No lo estoy mirando a él. Estoy alucinando con el perfecto acabado de la barbera profesional a la que jamás volveré a referirme con condescendencia.

Y sea porque no le gusta que no le preste atención o porque Perry le ha hecho algún tipo de indicación desde las bambalinas, DiMarco entra en acción rodeándome el antebrazo con la mano, esa mano que vuelve a dejar en paños menores el tamaño de mis extremidades, y prodigándole una caricia ascendente hasta sujetarme por la muñeca.

Me da igual si la cámara ha grabado mi piel de gallina.

Lo que no me da igual es que él se haya dado cuenta de que se me ha puesto la piel de gallina.

No me da igual que haya procurado esconder una sonrisa triunfal detrás de mi propia mano, sobre la que se ha inclinado para presionar los labios contra el canto, contra las venas oliváceas que se transparentan debajo, contra las yemas de los dedos.

Al principio parecía estar haciéndolo para molestarme. En sus ojos brillaba la diversión. Pero esa diversión se transforma en algo muy diferente, no sé si porque empiezo a respirar con dificultad o porque se ha percatado de que a mí no me hace ninguna gracia.

Me hace tan poca gracia que no me atrevo ni a moverme.

—Corten —dice Perry, demasiado tarde para mi gusto—. Un poco excesivo, ¿no te parece, DiMarco? Tampoco anunciamos condones.

El comentario levanta carcajadas que deberían haberme sacado del trance, pero noto la cabeza embotada y el cuerpo pesado y ardiendo. No puedo percibir nada más.

Él no le hace ningún caso al director. Me sostiene la mirada, ya sin reírse, y todavía demora en dar un paso atrás y regresar escaleras arriba a su propio ritmo, con la cabeza fija en las puntas de los zapatos.

La becaria tiene que indicarme que debo volver a colocarme sobre la marca para que vuelva en mí misma. El ruido ha desaparecido a mi alrededor, me pican las puntas de los dedos, me quema el centro de la garganta y ya no quiero hacer esto.

No lo digo como un niño en plena pataleta. Se lo estoy rogando al ser superior.

«Por favor, Dios mío. No quiero hacer esto ».

Es casi como si supiera que todo va a salir mal.

E incluso si no saliera mal, ¿qué estoy haciendo?

Creo que esta no es la tercera, pero va a ser la vencida porque mi cuerpo no va a soportar mucho más la tensión.

Me yergo con una sonrisa tirante y espero al personaje de mi noviete, porque, que conste en acta, solo sería mi noviete en un anuncio de Gillette.

Pero la sonrisa se me tambalea en la cara y se convierte en una mueca que estoy segura de no haber compuesto en mi vida cuando DiMarco acude a mi encuentro sin sonreír, sin guiñarme un ojo, sin ninguna expresión remotamente parecida a la que uno esperaría ver en la cara de un hombre que ha echado de menos a su pareja.

Los ojos ya no le brillan en la cara; le arden las cuencas. No me rodea con los brazos con alegría juvenil; se lanza hacia mí como si nunca hubiera tenido otro destino, y en vez de sujetarme por la cintura, me rodea la nuca con una mano y con la otra me pliega a su torso.

Me apresuro a rodearle la mejilla, como indica mi breve guion, pero la mano me tiembla y la acerco sin querer a su nariz y su boca, y entonces él puede besarme en el lateral del pulgar en un movimiento fugaz al que pone la guinda con una mirada penetrante.

El corazón se me para cuando se inclina sobre mis labios.

Reconozco que estaba dispuesta a dejarlo pasar porque, en fin, es solo un besito, no se van a escandalizar los niños que vean la televisión; un besito se dan sus padres cuando se despiden o cuando se saludan, un besito se dan ellos mismos con la chica que les gusta del parvulario después de enviarle una nota preguntando «¿Quieres ser mi novia? ».

Pero es que no es esa clase de besito.

DiMarco presiona mi nuca con la suavidad y la contundencia justas, como pidiéndome que no me aparte, como diciéndome que va a ser solo un momento, que no pasa nada, y se las arregla para entreabrirme la boca con sus propios labios y besarme con propiedad.

El primer beso tantea. El siguiente me lo roba con la cabeza ladeada. El tercero lo termina irguiendo la barbilla hacia arriba con la intención de rozarme la punta de la nariz con los labios ya húmedos.

Me juro que, si intenta algo más, le voy a abofetear delante de todo el mundo, pero yo misma me sorprendo por ese pensamiento, porque ¿quién es todo el mundo?

¿Hay alguien a nuestro alrededor? ¿Hay algo más aparte de la presión ardorosa que noto en la parte de atrás del cuello, el nudo que se me ha formado en el pecho?

Además de DiMarco y los labios que me arrollan cada vez más hambrientos, ¿hay algo por ahí que esté vivo? , ¿que exista?

No sé explicar de otra manera el estado de enajenación en el que entro cuando ya se ha asegurado mi consentimiento y arropa mi lengua con la suya profundizando en un beso que me hace temblar.

Todos los olores que me inundan las fosas nasales son deliciosamente masculinos, desde el aftershave a la colonia que el otro día descubrí que se aloja en su cuello, y su boca es tan suave ahora que la barba no se interpone entre los dos que puedo fingir por unos delirantes segundos que no es Myles DiMarco, que no es mi cliente, que es cualquier otro.

Pero es Myles DiMarco, mi cliente, y lo recuerdo demasiado tarde y por las malas cuando oigo a lo lejos que alguien gimotea por lo bajini algo de la familia de «madre mía, se van a follar aquí mismo».

Solo la pronunciación de esa espantosa palabra que empieza por efe podría haberme espabilado.

Doy un paso atrás, mareada y sintiendo latir con vitalidad partes del cuerpo que una no debería sentir bajo ninguna circunstancia civilizada.

Me habría gustado no verlo, pero claro que lo veo: DiMarco todavía deja los ojos cerrados unos segundos de más, los labios separados, como si tuviera la esperanza de mi regreso.

El corazón me martillea en el pecho, extasiado con su gesto anhelante, pero giro en redondo para abandonar el decorado y pasar por el lado del perplejo Perry.

—Eso lo vas a borrar —le advierto— como que yo me llamo Lara Cosima.

—Desde luego —me confirma él, turulato—. La intención era pasar el anuncio en horario infantil, ¿sabes?

Ignoro el comentario en beneficio de mi paz mental y prosigo mi camino hacia Samantha con fingida normalidad. Sé que si me escabullo al baño, la reacción del equipo va a ser mil veces peor, y una chica debe mantener la compostura en todo momento.

Mi compañera y amiga se había quedado varada en el sitio con la mano que sujeta el iPhone suspendida en alto pese a no estar grabando.

Aunque lo que acaba de acontecer alimenta la narrativa que le interesa y sé que algún día lo sacará a colación con regocijo, al menos por el momento decide dejarlo correr, sea porque presento un aspecto lamentable o porque me siento peor aún.

—¿Qué hacéis ahí parados? —espeto en voz alta—. ¡Cada uno a lo suyo, que es para hoy!