Capítulo 8 #2
En eso estoy pensando —Prada, publicidad, posicionamiento de producto— cuando oigo la palabra «acción» y alzo la vista hacia el punto que enfoca la cámara.
DiMarco desciende las escaleras trotando con paciencia, unas gafas de sol colgando del escote de la camisa que se cierra tres botones por debajo para dar la impresión de cuello alargado.
Como la mayoría de los hombres, camina y corre con los pies ligeramente abiertos, como las bailarinas, y no sé si esto se lo ha pedido Perry o es de su cosecha, pero su actuación queda tan bien que por un momento me creo mi papel: alterna miradas distantes a un lado y al otro con una mirada hacia abajo y, por último, una mirada hacia mí.
Que lo capten las cámaras me es indiferente, porque antes lo capto yo.
Capto que una sonrisa cálida se extiende por su rostro, capto que es la primera sonrisa sincera y sin barba que le veo desde que lo conozco.
Lo que me parece a mí que no capto es que está fingiendo según las órdenes del director, porque mi cuerpo reacciona antes que yo misma devolviéndole el gesto y alzando los brazos para recibirlo.
Por suerte, vuelvo a ser mi verdadero yo en cuanto DiMarco me devuelve el abrazo y me aprieta contra sí. El atrevimiento me deja catatónica —¿esto estaba en el guion?— y enseguida busco a mi alrededor, desorientada, a alguien que se haya dado cuenta.
Nadie dice «corten», nadie dice «menudo atrevido», nadie dice «llamad a la policía».
De hecho, todo el mundo se me queda mirando expectante y luego fastidiado porque haya olvidado mi absurda aportación a esta fascinante pieza de cine.
Me apresuro a reaccionar alzando la vista hacia DiMarco, que a duras penas contiene una sonrisita suficiente —ya no hay barba que valga para ocultar ni sus expresiones ni las connotaciones de las mismas—, y poniéndole la mano en la cara.
Él no se esperaba que en el proceso le diera una palmadita lo bastante contundente para que respingara.
Yo tampoco lo esperaba. Los nervios de actriz primeriza me han jugado una mala pasada.
—Vamos a repetirlo —dice Perry sin perder el temple—. La bajada ha estado bien. Haría falta que tu movimiento fuera más fluido, Lara. Ponle las manos sobre el pecho primero, si quieres, y luego ya le cubres la mejilla. Se la cubres, a poder ser. No le pegas.
Estoy separándome para recuperar la posición cuando DiMarco mira el director y aclara en voz alta:
—Yo no saludaría así a mi novia.
Perry ya se había dado la vuelta para hacerle una consulta al cámara cuando gira la cabeza de inmediato y atiende a DiMarco como si Dios mismo le estuviera hablando.
—Perdona, ¿has dicho algo, cielo?
El actor se mete las manos en los bolsillos. Yo, que no sé qué pretende ni qué diablos va a decir, permanezco inmóvil en la marca, como si así pudiera desaparecer.
—Se supone que Lara Cosima es mi novia, ¿no?
—O una chica que te gusta, sí, ¿por qué?
—Pues porque uno no saluda así a su novia ni a una chica que le gusta cuando la ve.
—Depende —replico después de carraspear.
DiMarco me mira a los ojos desde el comienzo de la escalera—.
No sabemos de dónde viene tu personaje. A lo mejor ha dejado en la calle al mío solo un momento mientras le hacía una consulta a un funcionario de correos y hace menos de cinco minutos que se han visto.
—No creo que se hayan visto hace menos de cinco minutos, porque lo que caracteriza a tu personaje es que está sorprendido de que me haya afeitado. Está claro que hace al menos un día que no se ven. De hecho, yo diría que mi personaje está saliendo de su casa.
—Por supuesto que no. Eso implicaría que mi personaje haya ido a buscar al tuyo a su puerta, y eso es algo que un personaje femenino en un anuncio que pretende hacer apología de la masculinidad no haría jamás.
—Entonces vamos a intercambiar nuestros puestos. Puedes ser tú la que baje y yo el que te reciba.
No me puedo creer que le estemos dando una dimensión profunda a dos figurantes de un anuncio de Gillette.
DiMarco deja de dirigirse a mí, como si supiera con exactitud lo que le voy a decir como siga replicándome —que se deje ya de mangonear a los profesionales—, y lanza una mirada expectante a Perry, que ha estado escuchando el intercambio.
Hace un gesto con la mano que viene a indicar que repetimos desde arriba y me invita con un ademán a subir las escaleras del decorado.
Estupendo. De todos los directores de cortometrajes y anuncios publicitarios que hay en Norteamérica, hemos ido a parar con el único cuyo desmesurado ego no le impide ignorar cualquier sugerencia externa.
—Vamos a probarlo a la inversa, a ver cómo queda.
—Pero entonces yo ya no voy a salir de espaldas ni en un perfil borroso, sino que se me va a ver entera.
—¿Y qué pasa? —replica DiMarco.
—Pues que el protagonista eres tú, y a mí se me ha elegido precisamente para no destacar.
—¿Que se te ha elegido para no destacar? —repite, extrañado—. ¿Quién ha dicho que no destacas?
Le habría echado la bronca por improvisar un halago caballeroso delante de cuarenta personas si su perplejidad no hubiera sido genuina.
Retiro la vista de su rostro despejado, que todavía no me puedo creer que pertenezca a él, y espero a la señal del director para bajar las escaleras con mi mejor actitud tranquila.
Sé que lo estoy haciendo mal antes incluso de llegar a mi destino: todo lo que tengo de mediocre, lo tengo de segura de mí misma al moverme, y como la cámara me siga a mí, esto va a pasar de ser un anuncio de Gillette a un plano de la película El diablo viste de Prada .
Lo que tampoco funciona es que me detengo en el penúltimo peldaño, de repente invadida por la timidez.
Desde luego parece que el hombre que tengo delante es mi novio, porque da un paso al frente, me rodea por la cintura y me levanta en vilo para girar conmigo en brazos, tomándose una licencia cinematográfica que no creo que se haya permitido ni el loco de Tom Cruise tirándose de un helicóptero.
No es la vueltecita lo que me marea, sino que se agache lo justo para plantarme los pies en el suelo con gentileza y me retire el pelo de la cara con una caricia parecida a la que reprodujo en el probador del centro comercial.
La sensación que desata en mi cuerpo es idéntica y por eso mismo peligrosa. Me estremezco sin saber por qué y se me seca la boca.
—Bueno, lo hemos intentado —suspira Perry—, pero no me cuadra del todo.
Que DiMarco sea quien baje y Lara Cosima quien espera, como al principio.
Lo de la vueltecita ha sido adorable, pero esto no es un anuncio de tampones.
Queda poco masculino. Si insistes en que el recibimiento sea algo más caluroso, abrázala bien por la cintura o darle un beso en la frente.
Nada de volearla para demostrar que se siente fina y segura.
Con los brazos en jarras para disimular que me tiemblan las manos, le dirijo una mirada de horror a Perry, pero él no me está mirando, como tampoco me miran Morgan o Samantha.
De seguro asumen, como asumirá toda la población femenina que vea el anuncio, que no tengo ningún problema con que este tipo me abrace por la cintura o me dé un beso en la frente cuando no se me ocurre nada peor exceptuando las uñas cuadradas y la bichectomía de Erin Moriarty.
Pero es inminente. Perry vuelve a exclamar «acción», una palabra con la que tendré pesadillas, y DiMarco hace lo propio imbuido de una nueva seguridad en sí mismo que por un segundo me hipnotiza.
No le tenía mucha fe a que protagonizara el anuncio, porque si bien cualquiera podría afeitarse delante de un espejo, exudar un cierto carisma y atractivo emprendiendo una tarea tan sencilla es irónicamente difícil.
Una vez más ha quedado demostrado que tengo un olfato y una intuición para los negocios que más pronto que tarde me garantizará mi propia agencia de representación.
Pero no es eso en lo que pienso cuando DiMarco aterriza a mi altura, vuelve a sonreír de ese modo que parece de mentira y al mismo tiempo más sincero que nunca y su mano se desliza con detenimiento por mi cintura para luego estirar los dedos sobre mi baja espalda.
Me atrae hacia sí y me besa en la mejilla, y no como hizo para agradecerme el detalle del helado, dos segundos y adiós, sino con una premeditación criminal: sus labios me rozan la comisura de la boca y permanecen el rato suficiente para activar un foco volcánico en mi interior y debilitarme los tobillos, quiero pensar que por el miedo escénico o la indignación.
—Mejor —determina Perry en tono cansino—, pero Lara Cosima, querida, has vuelto a olvidar acariciarle la cara. Vamos con un par de tomas más. Si no, lo dejamos.
Empujo —espero que no de forma muy brusca— a DiMarco por los hombros para alejarlo de mí y me peino la melena con los dedos débiles.
Asiento con la cabeza, de los nervios.
«Sí, a ver si lo dejamos ya».
Inspiro hondo para prepararme mentalmente. No pienso decepcionar a mi público ni siquiera en un sector que no es el mío. Si hoy soy actriz, voy a ser La Mejor Actriz.
Me dispongo, pues, a cumplir con creces las expectativas que sean han depositado sobre mí.
DiMarco vuelve a bajar las escaleras, ahora con un aire indiferente que solo acentúa su magnetismo, y repite la jugada a la que no quiero acostumbrarme: me abraza con las dos manos y sostiene mi cintura como quien sujeta un jarrón de porcelana china.
Reparo en que mi cuerpo parece minúsculo en comparación, en que con esas manos grandes de dedos largos con los dorsos salpicados de tendones fuertes y venas, mi cintura parece la de una muñeca, apenas un espacio en el que de ningún modo se pueden almacenar los órganos, y esa impresión me conmociona al tiempo que extrañamente me estremece de placer.
Alzo la mano hacia él y, con cuidado, deslizo los dedos desde la línea de la mandíbula hacia el pómulo marcado.