Capítulo 8
Don’t Touch Me There, You Perv!
Lara Cosima
—¡Ah, Lara! ¿Qué te parecen nuestras imágenes? —Perry me señala las pantallas del técnico, donde se observa a diversos DiMarcos con variados cortes de barbería—. Respetaremos tu propuesta de montar el vídeo al estilo de la vieja escuela pero con un deje de fancam de TikTok. ¿Añadirías algo más?
—Creo que le falta un poco de... humanidad —opino en voz alta después de examinar el material.
—¿Qué quieres decir?
—El hecho de que vendamos un producto para hombres y que el actor sea un jugador de fútbol apela al público masculino, pero ¿qué hay de las mujeres?
Perry esboza una sonrisa incrédula.
—Algo me dice que las mujeres también se quedarán muy satisfechas con lo que verán, Lara —me dice en tono condescendiente.
—Es Lara Cosima. Cosima es mi segundo nombre, no mi apellido.
Y sí, sé que algunas mujeres agradecerán que les salte en los anuncios un.
.. tipo atractivo —eso lo añado en voz baja para que el aludido no lo escuche—, pero me gustaría involucrar lo femenino más activamente en el spot , ¿sabes?
Al final, son muchas las mujeres que compran la ropa interior, los cinturones, los perfumes y las maquinillas de sus maridos.
Ellas también tienen que pensar: «Quiero esa maquinilla en concreto».
—¿No crees que lo decidirán sin dudar nada más ver a DiMarco?
, ¿que no pensarán de manera inconsciente lo que pretendemos dar a entender: que si le compran la maquinilla a su hombre, su hombre pasará a estar tan bueno como el actor?
Un poco como vemos con Calvin Klein. Te puedo asegurar que me compré los calzoncillos que promocionaba Aaron Taylor-Johnson con la esperanza de que en mí lucieran así de bien.
—A ver, sí, claro, la manipulación pasiva está ahí, como en todo anuncio, pero ¿y si introducimos algo más de guion para que su decisión de comprar la maquinilla no sea inconsciente, sino que les parezca reflexionada?
Cogemos a alguna chica del set y terminamos el anuncio con ella acariciándole la cara a DiMarco y sonriéndole.
Eso reafirma el mensaje que venden todos los anuncios de perfume: ¡consigue el producto y no solo te sentirás bien contigo mismo, sino que conseguirás el amor de las mujeres!
Y las mujeres, por otra parte, pensarán que el anuncio también va dirigido a ellas a pesar de vender una maquinilla.
Entenderán que el acto de afeitarse es un asunto propio, algo que las beneficiará de alguna manera.
—Me gusta cómo piensas —confiesa Morgan, que no sé en qué momento se ha unido.
—Pero hemos alquilado el set solo para hoy —replica Perry—, y tardaríamos días en encontrar a la actriz adecuada.
—¿Te acuerdas de cuando utilizaron a Elsa Pataky para grabar un beso entre el personaje de su marido, Chris Hemsworth, y el personaje de Natalie Portman para una película de Thor ?
Natalie ya se había marchado a su siguiente proyecto y faltaba un plano, así que le pusieron una peluca castaña a Elsa y quedó resuelto.
Lo que vengo a decir —me explico viendo que Perry se ha perdido— es que no hace falta que se le vea la cara a la chica.
Puede aparecer de espaldas o en un perfil desenfocado, y para eso no necesita un graduado en Artes Escénicas.
Ni siquiera el atractivo físico de una superestrella.
Con que sea medio fotogénica bastaría, y veo en el set a suficientes chicas monas para cumplir el rol.
Perry y Morgan echan un largo vistazo a su alrededor. Sus ojos caen sobre las mismas posibilidades en el mismo orden. A sabiendas de los que son los criterios habituales, me sumo al proceso selectivo que me consta que están imitándose mentalmente el uno al otro diciendo:
—La ayudante de producción no. Es muy guapa, pero también morena, y está bronceada.
—No sé de dónde sacará el tiempo para pasar por el solárium .
Ser becaria consiste, grosso modo, en no tener tiempo ni para arreglarte las raíces ni para ir al solárium .
En no tener vida propia, a secas—. En pantalla se suele buscar el contraste rubio-morena o morena-rubio por motivos lógicos: compartir características físicas generales con quien será tu pareja en la ficción no contribuye a la estética que se diga, y a veces hace que parezcan hermanos.
—La barbera tampoco —aporta Morgan—. No tengo nada en contra de que las mujeres se rapen un lado de la cabeza y se hagan tatuajes hasta en el cuello, pero cuando la narrativa de un relato audiovisual enfrenta Lo Femenino con Lo Masculino, como va a ser el caso, tanto lo femenino como lo masculino debe ser visualmente estereotípico para apelar a la mayoría.
—La maquilladora es sexy —valora Perry—, pero en este caso lo veo problemático. La sensualidad la debe acaparar Myles DiMarco, que para eso es la estrella y quien vende la maquinilla.
Puedo entender por qué sus miradas caen sobre mí casi a la vez, por qué las acompañan de una sonrisa satisfecha. De estar en sus zapatos, yo habría tomado la misma decisión y la habría justificado así como lo hacen ellos:
—Tienes la altura adecuada para subrayar la supremacía física de DiMarco —determina Morgan después de mirarme de arriba abajo—, y eres lo bastante femenina en tu manera de vestir y gesticular, lo único que aparecerá en pantalla, para recalcar que DiMarco es el colmo de la masculinidad.
—No eres rubia, pero las mechas contrastarán con el pelo negro de DiMarco.
—Y de no ser por las marcas que llevas encima, que tendrías que quitarte —advierte Morgan—, no llamarías en absoluto la atención, algo que de nuevo contribuirá a engrandecer al personaje.
—Pero si decidieran fijarse en ti, raro sería que pensaran algo distinto de: «Sí, vale, es mona, me lo creo. Me creo que sea la mujer por la que Myles DiMarco se ha tomado la molestia de afeitarse».
—Se lo creerían porque tiene su parte de verdad, ¿no? Según me ha contado esta mañana, Lara tuvo que negociar con DiMarco para que se prestara a deshacerse del vello facial.
—Vale, ¡lo tenemos! ¡Me encanta improvisar!
—exclama Perry. Despliega un eslógan invisible con un aspaviento y dice—: Vamos a aprovechar la escenografía que montamos el otro día para el anuncio de compresas y al final no usamos para grabarlo bajando las escaleras ya vestido, como si fuera a alguna parte, y reuniéndose abajo con Lara Cosima de espaldas.
Hoy tienes el pelo estupendo, querida. Con dos toques de secador y laca estarías lista.
¡Y no te tienes ni que cambiar! Ese vestidito veraniego es ideal.
¡Estilistas! —Chasquea los dedos para captar la atención del equipo, que ahora revoloteaba alrededor de DiMarco para quitarle los pelitos de la barba del pecho—.
¡Ponedle a ese hombre una camisa y un chino! ¡Negros, a poder ser!
Por supuesto, el equipo ya estaba preparado para esta eventualidad, porque el estereotipo de anuncio de afeitado delante del espejo solo era una de tantas opciones posibles.
El encargado de vestuario desaparece corriendo para regresar con un perchero lleno de prendas, todas ellas adaptadas al estilo de DiMarco, de su talla e ideales para transmitir la imagen de símbolo sexual y elegante.
En tanto que este último ayuda a la estrella a cambiarse en la intimidad, los especialistas en escenografía disponen los detalles del set vecino arreglando las plantas y arbustos artificiales que enmarcan las escaleras por las que bajará.
El peluquero y la maquilladora acuden hacia mí para ahuecarme la melena, retocarme la sombra de ojos y el pintalabios y pasarme una plancha por el vuelo de la falda.
Me convenzo de que solo es una prueba, nada definitivo, y nadie me reconocerá a excepción de quien haya tratado conmigo, que no es la mayoría de los Estados Unidos de América.
Me convenzo también de que es muy probable que esto no supere el corte final porque el montador no lo verá apropiado ni fluido y simplemente lo descartará.
Me convenzo de que incluso si se respetara, luego se reduciría la extensión del anuncio y lo que se reproduciría en televisión serían los diez primeros segundos.
Es decir: la versión más breve en la que DiMarco es el único protagonista.
Y me convenzo de todo esto porque siento que no conseguiré estar a la altura de lo que se me pide, que es bien poco.
Lo siento sobre todo cuando DiMarco regresa ya vestido de príncipe oscuro y ocupa su puesto en la cima de la escalera.
A mí me han colocado sobre una marca blanca a los pies de los peldaños con el bolso echado al hombro, como si hubiéramos quedado para dar un paseo.
Ciertamente podría llegar a creerme la narrativa, porque el decorado de los edificios y de la calle está muy conseguido, porque en el set se concentra el mismo calor que vengo sufriendo en el exterior, si no más, y porque DiMarco atiende a las indicaciones del director mirándome desde arriba con ese brillo en los ojos de las primeras citas que me desconcierta y me pone los nervios a flor de piel.
Ahora que lo pienso, podrían haber elegido a Samantha. Quizá es demasiado alta para que DiMarco destaque tanto como les gustaría, pero es rubia, es atractiva, va vestida con gusto e informalidad...
¿Qué digo? No se habría prestado a esta tontería. No cuando la alternativa era elegirme a mí, algo que, a juzgar por la sonrisa que me dirige sujetando el móvil en alto, la está haciendo mucho más feliz que rascar un minutito de fama.
—Ya sabes, Lara Cosima —me dice Perry—. Sonríele mientras baja, deja que te abrace y acaríciale la mejilla. Grabaremos un primer plano de tus dedos y su mandíbula.
—Vale —murmuro, agarrada al asa del bolso sin marca visible que me ha proporcionado la becaria por razones obvias: Prada no necesita más publicidad, y si la necesitara, nos tendría que contratar antes o pagar el equivalente al posicionamiento de producto.