Capítulo 7 #2
—Solo están haciendo su trabajo, LC , cariño.
—Se lo están trabajando, más bien —rezongo, y echo un vistazo rápido alrededor por si acaso algún técnico gracioso o alguna que otra ayudante de producción resentida con su salario estuviera grabando a escondidas el modo en que DiMarco alterna con el equipo femenino.
Parece que todo el mundo, hombre o mujer, se ha quedado deslumbrado con su físico.
Incluida Morgan Reece, que, sin dejar de mirar a mi estrella —mala idea cuando caminas en la dirección contraria—, termina de darle algunas indicaciones al técnico de luces y trota sobre sus deportivas hacia mí para sujetarme por los hombros.
—Tenías razón, Lara. DiMarco era la mejor opción.
¿Qué digo, la mejor opción? ¡La única! Tendría que haberte escuchado desde el principio.
Menos mal que Perry compartía contigo la visión.
Se levantó del asiento en cuanto le mencioné a tu candidato y, en completo silencio, tiró a la basura el resto de las fotografías que andaba barajando. ¡Gracias!
—Gracias a ti. Espero que no te importe que mi compañera, Samantha, grabe algunos vídeos y tome fotos. Nos gustaría montar un pequeño teaser en formato reel para el Instagram de DiMarco y algún que otro cortometraje del proceso para la página web de Velvet Room.
—¡Por supuesto, por supuesto! ¡Haced lo que queráis!
Sí que os pediré que no publiquéis nada antes que nosotros, por eso de que la marca reciba el mayor número de visitas y me gustas , pero a partir de ahí DiMarco será tan vuestro como nuestro.
—Morgan me guiña el ojo y se despide exclamando—: ¡Madre mía!
¿Quién se acuerda ahora del paparazzi de las gafas rotas?
Hace una semana no era un paparazzi , era un fotógrafo, y se mencionaban las gafas rotas como si le hubiera prendido fuego a su bichón maltés.
Ahora se refiere al traicionero de la cámara con desprecio.
Es el poder del marketing, de la publicidad meticulosamente estudiada: en efecto, ¿quién se va a acordar de ningún paparazzi y de ningunas gafas rotas cuando DiMarco aparezca en pantalla?
Si el primer plano no convence al fanático de fútbol que verá el anuncio entre un partido y el siguiente o al ama de casa que despliega la plancha ante la televisión, los convencerá el plano que exhibe los músculos de su pecho y sus brazos contraídos mientras sigue la línea del mentón con la maquinilla.
Porque no, yo nunca he negado que tenga unas medidas corporales ideales.
Yo nunca he negado que sea alto y atlético.
Yo nunca he negado que los hombres puedan querer ser como él y las mujeres puedan desear estar con él.
Más que nada porque negar lo que una tiene en las narices es un síntoma de estupidez, y lo que veo es que la barbera se ríe como una tonta mientras le oscurece algún que otro pelito más claro con una brocha empapada de sombra negra.
—¿Y tú a qué te dedicas? —oigo que pregunta DiMarco.
—Además de barbera profesional, soy lo que se llamaría groomer especializada en piel masculina.
—Hay gente para todo —dice sin ninguna entonación concreta.
A mí me habría sentado mal el comentario, pero la barbera profesional y groomer especializada en piel masculina no está por la labor de que nada se interponga entre su objetivo de ligárselo y ella. Incluso si lo que se interpone en su objetivo de ligárselo es el hombre al que quiere ligarse.
Dejo a Samantha trasteando el iPhone de última generación para grabar el contenido y me acerco a DiMarco a toda prisa.
Nada más verme llegar, su expresión incómoda, camino de la franca irritación, se suaviza completamente, y estoy segura de que habría suspirado de puro alivio si no tuviese la sospecha de que la barbera profesional y groomer especializada en piel masculina interpretaría como una invitación el solo hecho de que entreabriera los labios.
—¿Estás listo?
—Supongo.
Tan elocuente como siempre.
—No olvides que más allá de que tenga que vigilar la producción estoy aquí por si me necesitas.
Si en algún momento crees que te piden que hagas algún gesto o digas alguna frase con la que no te identificas o que te da la sensación que podría convertirse en un meme de internet, llámame y lo negociaré por ti.
Nada de liarse a voces con el director, ¿de acuerdo?
Lo mismo te digo si sientes que el tono del anuncio contradice la narrativa que queremos vender o te violenta el modo en que alguien se dirige a ti —apostillo, y miro de reojo a la barbera profesional y groomer especializada en piel masculina.
Lo de groomer empieza a ser verdad, solo que en la acepción menos halagadora de la palabra, porque DiMarco no tiene una sola cana para justificar que siga aplicando sombra de ojos negra a la maldita barba.
Espero a que se percate de que alguien aquí la está juzgando y a que se retire a regañadientes en consecuencia para acercarme un paso más a DiMarco y advertir:
—Y nada de ligar con ningún miembro del equipo de producción, ¿me oyes? Quiero que estés al menos tres meses sin sacar a la calle a una mujer.
—¿Quieres que esté tres meses sin acostarme con nadie?
Todos los días aprendo algo con él. En este caso, que es un gran sacrificio ser célibe durante un trimestre.
Primera noticia.
—Acuéstate con quien te plazca, pero con la mayor discreción. No es nada discreto que te pongas a coquetear con alguien en un set de grabación en el que estamos trabajando alrededor de cuarenta individuos, muchos de ellos con amigos en la prensa y todos y cada uno con un móvil conectado a internet.
—No estaba «coqueteando» con nadie —se defiende, ceñudo. Escucho lo que no ha dicho, pero está implícito en su tono: «¿Por qué utilizas esas palabras? Pareces salida de Downton Abbey »—. No entiendo lo de salir desnudo en televisión si lo que queremos es vender la imagen de hombre tranquilo.
Dios mío, ¡es que no se estudia el guion del proyecto!
—A priori pretendemos quitarte el estigma de hombre problemático.
Por eso me encargaré de que te hagan fotos paseando tranquilamente, haciendo deporte, riéndote con tus amigos o con un libro de bolsillo metido en el pantalón mientras esperas en el aeropuerto, como hizo Jacob Elordi para petarlo.
Ahora bien; tenemos que trabajar por los dos frentes para que sigas siendo relevante.
Si solo eres un buen tipo, nadie va a volver a mirar en tu dirección.
Si, en cambio, trasladamos la idea de que eres de fiar y al mismo tiempo explotamos tu físico, o, lo que es lo mismo, lo bueno que tienes, conseguiremos que el público siga pendiente y espere tu próximo paso.
DiMarco me mira a los ojos fijamente.
—¿Crees que esto es lo bueno que tengo?
—¿Qué quieres decir?
—¿Crees que estoy bueno?
—¿A qué viene eso?
—Has dicho muchas palabras y me da la sensación de que eso es lo que significan.
—¡Claro que no pienso que...! —Me obligo a bajar la voz.
Al menos Samantha estará vigilándonos, y es precisamente la opinión de Samantha lo que me conviene tener atado en corto.
Avanzo un paso más y apunto a DiMarco con un dedo amenazador—.
Claro que no pienso que estés bueno. Yo no voy pensando eso de nadie, ¿me oyes?
—Pensaba que las representantes tenían el deber de dar charlas motivacionales a su cliente. No me estás ayudando.
—¡Como si a ti te hiciera alguna falta que te den charlas motivacionales, sobre todo en lo relativo a tu aspecto!
DiMarco me aguanta la mirada con seriedad.
—¿Y por qué no? Me estás haciendo sentir inseguro.
—Pues recurre a alguna de las mujeres del equipo de estilistas. Estarán encantadas de decirte lo que quieres oír.
—Pero yo quiero que me lo digas tú. ¿No estabas aquí para satisfacer mis caprichos?
—Si ese era un capricho tuyo, haber rellenado el cuestionario que te lo preguntaba.
Perry me salva de una situación que solo Dios sabe cómo habría terminado tocándole el hombro a DiMarco y pidiéndole que se coloque sobre la marca delante del lavabo de escenografía para hacer algunas comprobaciones de plano.
Él obedece sin rechistar a esta y a las órdenes que le siguen: métete en la ducha, un poco más a la izquierda, eso es, ahora corre la mampara, ¿dónde está el encargado de que la mampara esté empañada?
, ¿por qué no está empañado también el espejo?
, ¡empañadlos ahora mismo, ¿qué coño es esto?
!, ¿es que nadie hace bien aquí su trabajo?
, no es a ti, DiMarco, tú lo estás haciendo estupendamente, cielo; colócate sobre la cruz blanca del suelo, muy bien, ahora dame el perfil, ahora mira de frente, ahora pásate la mano por la nuca, ahora coge la maquinilla de afeitar, ahora haz un mortal hacia atrás, siente la superficie dentada, perfecto, estos van a ser los planos, ¡qué maravilla! , eres una estrella, chico.
Los cámaras terminan de situar sus mamotretos en posición —hay dos, la que sigue a DiMarco y la que pretende capturar otros puntos de vista más abiertos— y su técnico levanta el pulgar hacia Perry para indicar que puede comenzar la grabación.
Si el director va a respetar el storyboard que presentamos Morgan Reece y yo, la escena será la siguiente: DiMarco sale de la ducha atusándose el pelo y frotándose la barba con aire pensativo, meditando si habrá llegado el día de cortársela; se detiene frente al espejo, duda entre una cuchilla de marca blanca y la maquinilla Big Pro, escoge la segunda, la manipula con curiosidad y acto seguido comienza a afeitarse.
Lo cierto es que el tipo de escena respeta las dotes interpretativas del actor, porque DiMarco arrastra a todas partes o el ceño fruncido o el gesto reflexivo, y esas son las dos expresiones necesarias para vender el producto.
Eso y una sonrisa satisfecha al final.
He conseguido que acepte afeitarse la barba porque total, dentro de dos semanas la iba a tener igual que ahora, y eso es lo que hace según le va ordenando Perry.
Estaba convencida de que dar su brazo a torcer había sido una victoria hasta que la barbera profesional y todo lo demás que ya sabemos procede a afeitarlo en condiciones.
Haciendo uso de más instrumentos aparte de la maquinilla de Gillette, todo sea dicho. Instrumentos que no comercializa Gillette y que no van a mencionarse en el spot publicitario.
El caso es que para cuando la especialista ha terminado su obra y a DiMarco le toca ser grabado acariciándose la línea de la mandíbula y aplicándose el aftershave , este sí marca de la casa, me veo obligada a aceptar que me he equivocado.
No porque sea de esos tipos que sin la barba pierden un ochenta por ciento de su atractivo —a mí nunca me han gustado los hombres con barba, además—, sino por todo lo contrario.
Samantha debe leer en mi lenguaje corporal que se me han activado los nervios, porque se me acerca por detrás, iPhone en mano, y dice con retintín:
—¿Ni siquiera te gusta ahora? ¿Ni un poquito?
—¡Claro que no!
Y es verdad que no me gusta. ¿Por qué me iba a gustar?
Simplemente ahora está más favorecido. Eso no es una opinión personal.
Es un hecho fehaciente. No por nada, sino porque sin la barba de Tarzán de la jungla ahora se le ve la cara en condiciones, y eso, además de transmitir una imagen más higiénica, accesible y formal, le ayuda a aparentar la edad que tiene.
Más que eso: revela datos que no estaban al alcance del público, como que su mandíbula consiste en cuatro cortes precisos, que tiene el cuello largo, grueso y masculino, que un hoyuelo sutil le marca la barbilla y que sus labios son. ..
Pues unos labios. Unos labios como otros cualquiera. Carnosos, perfilados por naturaleza. Ya está. Labios.
¿Qué es esto? ¿Un examen de anatomía?
La cámara lo graba secándose de la garganta la espuma que el pertinente encargado ha procurado que se derramara de un modo muy específico.
Es el mismo profesional que ha procurado que los poros permanecieran cerrados y no hubiera irritación real al pasar la maquinilla.
Se han grabado tomas de DiMarco con una barba más recortada y perfecta, DiMarco solo con el bigote y la perilla, y ahora DiMarco con el rostro liso como la piel de un bebé.
Si de repente me parece guapo es porque el poder de los estilistas no debe subestimarse, nada más.
En cuanto pase cuatro días sin afeitarse, se me pasará el efecto.
De hecho, se me pasará en cuanto se quite el aceite de los hombros y se calce el chándal que le viene enorme con la camiseta de AC/DC .
DiMarco me lanza una mirada desde el set, a unos cincuenta metros de distancia, y yo me pongo firme en el acto, como si me hubiera pillado in fraganti cuando eso es imposible: todavía no sabe leer la mente.
Pero a lo mejor sabe leer algo más, como el lenguaje no verbal o el rubor facial, porque por lo menos se enteró de un asunto privado del que ni yo misma era consciente cuando fuimos al centro comercial a renovar su fondo de armario.
Desde entonces siento que debo comportarme con cuidado a su alrededor, y eso hago enderezándome con lo que espero que se entienda como profesionalidad y me dirijo al satisfecho Perry ignorando que DiMarco me sigue con la mirada.