Capítulo 7
Sexy on the cover
Lara Cosima
—Si dices que DiMarco no te gusta ni un poquito, te creo.
Dejo de consultar el móvil a la espera de la confirmación de Farah Fou para mirar a Samantha con legítima sospecha.
No hace falta conocerla tan bien como yo la conozco —es Aries, su personaje favorito de Pequeñas mentirosas es Alison, de niña llevaba un parche en el ojo derecho— para saber que en esa frase vibra la presencia invisible de un «pero» como una catedral y no es ni la mitad de prudente de lo que se cree para tener la gentileza de reservárselo.
Espero con las cejas enarcadas a que dé su veredicto.
Ella continúa con la vista fija en el material de preproducción en el que Morgan Reece, Perry Jackson y yo hemos trabajado a contrarreloj en los últimos días para afinar lo que pronto será un anuncio televisivo.
Como Sam tenía que estar presente por narices como representante de los intereses de Gillette —yo represento mucho antes a DiMarco, y sus necesidades y objetivos pueden diferir—, he tenido la idea —que ya no me parece tan maravillosa— de mostrarle el brief de marca y el desarrollo del concepto visual.
Ha estado convenientemente callada en tanto que leía los ganchos y eslóganes obvios —¡masculinidad moderna!
¡Piel perfecta! ¡Acabado suave! ¡Corte preciso!
—, pero en cuanto ha llegado al storyboard , es decir, al diseño plano por plano de lo que sucederá en los treinta segundos de spot publicitario, una sonrisa enigmática se ha ido abriendo paso en sus labios.
Quince minutos más tarde, sigue pasando las páginas de los bocetos con una lentitud exasperante.
Inquieta por la que pueda ser su conclusión, lanzo una mirada rápida al set que los subcontratados de la agencia y el departamento de marketing han montado para simular un baño de lujo.
El operador empuja la cámara por los rieles; el director, Perry, y Morgan Reece intercambian opiniones con grandes aspavientos; los técnicos de luz comprueban que los focos funcionan y que pueden graduarlos a su gusto; los encargados de sonido están tan relajados que se han sentado en el borde de un escalón y mastican sus respectivos sándwiches de pastrami mientras bromean con los especialistas de la escenografía, o sea, los responsables de que tengamos paredes desmontables para rodar ángulos imposibles.
Del equipo de estilistas no hay ni rastro por ahora. Están ocupados en el camerino con DiMarco, del que he huido en cuanto le han pedido que se desnude.
—Pero —entona al fin Samantha. Reagrupa los papeles y los guarda en la carpeta antes de mirarme con regocijo— eso no es lo que da a entender tu propuesta publicitaria, cielo.
—¿Qué se supone que da a entender, más allá de que si tienes una buena barba y no la utilizas para parecer guapo, va tocando cortarla con la maquinilla Big Pro?
He oído más de una y más de dos veces comentarios maliciosos sobre lo engañoso que es el maquillaje en las mujeres, pero ¿qué hay de los tipos que se dejan crecer el vello facial y lo perfilan para disimular que no tienen mandíbula?
—Mírate, intentando cambiar de tema. Qué monada.
—¡No intento cambiar de tema! Estoy esperando a que me expliques qué ves sospechoso.
—Para empezar, me parece sospechoso que eligieras a DiMarco como protagonista del anuncio. Es casi como si supieras que tendrías que verlo semidesnudo.
¡Como si necesitara una excusa para verlo semidesnudo! ¡Es un maldito exhibicionista!
—Elegí a DiMarco como protagonista del anuncio para matar dos pájaros de un tiro: de esto se van a beneficiar dos de los clientes de Velvet Room, por si no lo sabes.
—No, si es una idea excepcional. —Sacude la carpetita en mis narices con los ojos guiñados—. Es solo que sabiendo lo que sé sobre tu... relación con DiMarco...
—Mi relación laboral.
—... que es que no estáis en los mejores términos, me extraña o por lo menos me sorprende que pensaras en él como primera opción para actuar en un spot tan sexualizado.
Habíamos quedado en que no era nada atractivo, ¿no?
—Se abanica con la carpeta con fingido aire reflexivo—. Has cambiado de opinión muy rápido.
—A mí no me parece atractivo, pero la inmensa mayoría del público femenino sí. Y no lo he elegido porque la gente vaya a quedarse viendo la tele solo porque aparece su pecho. Lo hemos elegido entre Morgan, Perry y yo —recalco— porque tiene una barba perfecta.
—Por eso le vais a grabar empapado con nada más que una toalla anudada a la cintura y con la canción Boombastic de Shaggy sonando de fondo. —Hace una pausa dramática—. Porque tiene una barba perfecta.
—¡ Boombastic le va al pelo!
—Oh, sí. Mister Lover-Lover ... —canturrea Samantha en tono sugerente. Se acerca a mi oído y me recorre el cartílago de la oreja con la yema del dedo índice—. Sexy on the cover.
Me estremezco de repugnancia y la aparto de un manotazo.
—¡Estamos vendiendo una imagen de masculinidad sensual —defiendo mi idea débilmente—, y qué mejor que rematarlo con una canción que fue viral en TikTok!
—Entonces reconoces que su masculinidad es sensual.
—¡Yo no reconozco nada!
—Eso ya lo veo, ya. Pero me gustaría que al menos admitieras que no estás acompañando a tu cliente en el camerino porque sabes que se te pondría cara de cerda viendo que le llenan el pecho de vaselina para que brille como un muñeco de cera.
No te juzgo, que conste —se digna a aclarar levantando las manos—.
Yo también mantendría mis distancias si supiera que me va a costar controlarme.
—¡No estoy haciéndole compañía en el camerino porque lo iban a desnudar, y es importante respetar la intimidad y la sensibilidad de los demás!
—Cuando dices «la intimidad y la sensibilidad de los demás» te refieres a la tuya, ¿verdad?
Por descontado. DiMarco no se caracteriza ni por su sensibilidad ni porque tenga la costumbre de esperar a que haya abandonado la estancia para quitarse la toalla de la ducha, y yo no tengo por qué verle las partes pudendas a nadie.
Ni mucho menos al hombre para el que trabajo.
No tengo por qué verle los abdominales. Ni los hombros torneados. Ni los recios muslos. Ni la cintura estrecha. Ni los oblicuos que desembocan en...
Carraspeo ante la expresión expectante de Samantha. Adopto la postura discursiva de juntar las yemas de los dedos y mirarla con gravedad, a lo que ella finge disponerse a escucharme con toda solemnidad irguiendo la cabeza.
—Mira —intento razonar—. No tengo ni que explicarte el momento social que estamos viviendo, ¿verdad?
—Ya tardaba en llegar la explicación sociológica.
—Con el desnudo integral de Eric Dane en Euphoria comenzó un movimiento de destape en el cine y las series que hemos seguido pagando cada vez más caro, como se ve, por ejemplo, en las coreografías eróticas de Los Bridgerton .
¡Vivimos en un mundo que está a una temporada de Élite de pasarse al porno!
¡En un mundo en el que ya hasta Catherine y Heathcliff tienen sexo encima de una mesa y se meten los pulgares en las bocas, por favor!
¡Catherine y Heathcliff de Cumbres borrascosas !
¿Cómo no iba a escribir un anuncio televisivo que se adaptara a las corrientes actuales?
—Cariño, True Blood empezó hace casi veinte años y le vimos el culo a Alexander Skarsgård. No es un «momento social».
—Cierto. Es lo que pide el público desde siempre. Más en mi favor.
—Por ahí te vas a salvar, mona —acepta al fin—. Solo por hoy, que conste. No he terminado contigo, así que no te relajes.
No me da tiempo ni a respirar tranquila porque me haya dejado estar por un rato.
Perry da una palmadita aliviada para captar la atención del equipo y exclama, no sin entusiasmo, que por fin ha llegado la estrella: DiMarco aparece en el set escoltado por el estilista contratado por Morgan Reece, la barbera profesional que le afeitará la barba entre planos para que quede perfecta, la maquilladora y el asistente de vestuario, que hoy va a trabajar más bien poco porque, como cabe esperar, el actor puntual se lucirá en cámara con tan solo una toalla de color blanco nuclear pulcramente planchada.
A estas alturas se podría decir que lo he visto más veces desnudo que vestido, pero todavía no me acostumbro.
Y hoy es el día que menos podría acostumbrarme, porque el equipo ha cuidado cada pequeño detalle.
Le han echado el pelo negro hacia atrás salvo por un pequeño mechón rizado, que le cae sobre la frente como a un joven Elvis Presley, y le han embadurnado la piel bronceada con un producto aceitoso que la hace brillar como si estuviera sudando.
.. o como si acabara de salir de la ducha, que es el caso.
DiMarco es, como siempre, ajeno a la conmoción que causa a su alrededor.
Mira a un lado y al otro con la aprensión de quien no entiende lo que está sucediendo, una vulnerabilidad que podría encontrar adorable si no supiera que no tiene un pelo de tonto, y camina descalzo hacia donde le indica el deslumbrado Perry sujetándose el borde de la toalla con un brazo venoso.
—Dios mío —oigo que murmura Samantha, anhelante—. Esa cara va a romper internet.
No es la única que lo piensa. La estilista y la barbera profesional lo rodean con sonrisitas que, si pretenden disimular lo que andan pensando, mejor sería que las devolvieran al fabricante por producto defectuoso.
En tanto que Perry ahonda en sus explicaciones sobre lo que DiMarco habrá de hacer ante la cámara, explicaciones a las que, como siempre, DiMarco atiende con la vista fija en el suelo, el equipo de mujeres le prodiga toda clase de atenciones innecesarias.
—Ya tiene suficiente bronceador en la frente, no necesita más —mascullo por lo bajo—.
Ya tiene la barba lo bastante rizada y descuidada para que el cambio sea brutal, puede parar de darle toquecitos en la barbilla con el peine.
¡Lo que haría falta es que le pongan polvos translúcidos para controlar los brillos de la frente!