Capítulo 6 #5
Agudizo el oído para captar el comentario que masculla por lo bajo antes de ponerse en marcha sobre los tacones.
Permanece al otro lado al preguntarme qué necesito, pero no por mucho tiempo.
Saco una mano firme y la arrastro al interior cogiéndola por la muñeca, un movimiento calculado para que su pecho casi impacte contra el mío.
En los segundos previos a la deseada explosión de rubor, Lara Cosima abre mucho los ojos y una emoción aprensiva cruza su mirada como una advertencia para sí misma.
Me gusta estar ahí para verla. Me gusta saber que soy el que la produce.
No suelo ser un flipado, pero ella me lo pone muy fácil.
—¿Cuál es el camel y cuál es el beis? —pregunto inocentemente.
Pone los brazos en jarras.
—¿Te estás quedando conmigo?
—Me encantaría quedar contigo.
—DiMarco.
—Te juro que no sé cuál es cuál.
—Camel —señala de mala gana la camisa con una de sus uñas largas. Luego gira el torso en la dirección contraria y apunta al pantalón—. Beis. ¡Espera! —se corrige de inmediato—. Es al revés. Beis y camel. ¿Cuál es mi problema? —rezonga por lo bajini.
—Espera que me lo ponga.
Lara Cosima no se mueve del sitio, intuyo que para demostrarme —o demostrarse— que en realidad no tiene problema alguno con quedarse a solas en un habitáculo con un hombre por el que se siente atraída y que resulta que la corresponde.
No soy ni rápido ni lento al introducir los brazos por las mangas de la camisa, pero sí concienzudo cuando empiezo a abrocharme los botones de arriba abajo para asegurarme de que su mirada hace el recorrido descendente y, por tanto, más sugerente: cuello, esternón, vientre, ombligo.
Obliga a su vista vidriosa a permanecer en la tirilla del bóxer negro hasta que cierro la bragueta del chino, a lo que sí le dedico todo el tiempo del mundo y más, y como todavía no ha girado la cara, me recoloco la entrepierna con una caricia premeditada, no muy brusca para no asustarla.
Eso puede con su fuerza de voluntad y por fin agacha la mirada.
—Te sienta bien.
—No me has mirado.
—Sí te he mirado.
—No es verdad.
Exasperada —y no sin razón—, alza la vista otra vez, se retira por unos pasos para recorrerme de arriba abajo, de abajo arriba, otra vez de arriba abajo; lo hace tantas veces y de un modo tan rabioso que podría haberme echado a reír si no me produjera una insólita satisfacción, además de unos nervios absurdos, tener sus ojos sobre mí.
—Visto. Nos lo llevamos.
Impido que se dé la vuelta y se vaya cogiéndola de la mano y tirando en mi dirección con suavidad.
—¿Y de cerca me sienta bien también? —pregunto en voz baja. Aprovecho que la tengo bien sujeta de los dedos índice y corazón para posar su palma sobre mi hombro—. ¿No te parece que me aprieta un poco el brazo?
Lara Cosima traga saliva.
—No. Está bien —responde como el robot de un contestador automático—. Es el brazo que tienes. No te lo podemos recortar.
—Pero este botón tiene pinta de que va a salir volando si me siento.
—Guío su mano hacia la hilera de la camisa, en concreto a la zona que me cubre por debajo del ombligo, y ante un jurado alegaré que es cierto que me aprieta tanto que entre un botón y otro se ha abierto un espacio lo bastante amplio para introducir los dedos de Lara Cosima—.
A ver si me van a criticar en redes sociales ahora por atacar a alguien cuando se me salte.
—Bueno, vale, es verdad. Voy a decírselo a Gilda para que el sastre te ajuste a la cintura la talla siguiente.
—¿Y el pantalón? —insisto, sosteniéndola ahora también por la otra muñeca.
Lara Cosima se permite lanzarme una mirada cargada de inquina y de vulnerabilidad: me pregunta qué coño me propongo y a la vez me ruega que por favor la deje en paz.
Respuesta a lo primero, no lo sé . Respuesta a lo segundo, ni loco .
—¿Qué le pasa al pantalón, DiMarco? —mastica de mal humor.
—Me aprieta.
Todavía no ha forcejeado conmigo para recuperar el dominio de su mano, así que la llevo a la altura de mi bragueta, ahí donde es cierto que me presiona el botón del chino, y la insto a confirmarlo introduciendo los dedos en la cinturilla.
Lara Cosima ha entrado en una especie de trance, como me indica su mirada fija y su boca entreabierta, y debo admitir que yo también.
Hoy lleva un pintalabios algo más oscuro de lo habitual —aunque sigue siendo muy pálido—, y esa cobertura brillante que aplica encima una y otra vez, producto de un tic nervioso, me recuerda al glaseado de una tarta.
—El pantalón te queda como te tiene que quedar —murmura con voz ausente.
La intuición me dice que no va a salir huyendo si la suelto. Corro el riesgo recuperando el dominio de mis manos y procediendo a desabotonarme la camisa despacio, advirtiéndola con la mirada para que no se vaya porque pienso probarme el polo que he dejado en la percha.
Estoy tan poco acostumbrado a tener que emplear esta clase de jueguecitos que me sorprende mi propia originalidad a la hora de insistirle y me sorprende también estar disfrutando de algo que sé que no me va a llevar a ninguna parte.
Porque una cosa tengo clara, y es que Lara Cosima no permitiría ni hoy ni si alguna vez aceptara que le atraigo que me la follara en el probador de un centro comercial con Gilda y sus groupies al otro lado.
Por lo general, me molesta no tenerlo todo ya .
He trabajado la disciplina para conseguir lo que me propongo a largo plazo, sí, pero es una disciplina selectiva que solo aplica al fútbol, nunca al sexo.
Si una mujer se hace la difícil, asumo que no le intereso lo suficiente y me largo.
Será por tías en el mundo. El comportamiento de Lara Cosima no dista mucho del que despliega una chica tímida a la que le gusto pero le falta valor para decírmelo, prototipo que me saca de quicio y mando a pastar al toque.
Pero a lo mejor es que las otras chicas tímidas no permanecen inmóviles como estatuas de sal mientras me saco la camisa, casi como si las hubiera hipnotizado; no atienden al modo en que me desvisto igual que un fotógrafo de animales salvajes, tensa de la cabeza a los pies y con el aliento contenido, no se le vaya a escapar el plano perfecto.
No estoy familiarizado con el silencio que se instala entre los dos mientras aguanto desnudo de torso.
He estado más próximo al cuerpo de otras mujeres en circunstancias similares, pero el cuerpo de Lara Cosima tiene que ser distinto, porque me altero de pensar en acercarme.
Tengo que sacar la cabeza rápido del polo para no perderme ni una sola de sus microexpresiones.
Para cuando estoy ya vestido, esperando su valoración de la prenda camel o beis —sigo sin saber cuál es cuál—, tengo la respiración extrañamente agitada y la polla dura.
Suerte que ella no se dará cuenta si no agacha la vista.
Lara Cosima desliza una mirada mucho más deliberada y pormenorizada por mi pecho con el polo enfundado.
Vacila a la hora de decir algo, y al final renuncia a la opinión verbal.
Avanza un paso, todavía indecisa —yo también estoy indeciso, porque yo también quiero decir algo y no sé el qué—, y alarga los brazos a mi cuello para cerrar uno solo de los botones del escote en pico.
No me roza la piel siquiera, pero se ha detenido a un palmo de mi cara si me agachara a su altura, y desde arriba puedo ver la curvatura rizada de sus pestañas y que respira por la boca entreabierta.
¿Y si la beso? ¿Qué es lo peor que puede pasar?
Es una idea que surca con vaguedad mi pensamiento y que sin embargo impacta en mi vientre como un gancho ascendente, como si todo mi sistema me dijera que sí, que sí, sí, sí, sí.
Podría besarla en la mejilla. O en la punta de la oreja que asoma entre su pelo.
O en la frente. No tendría por qué ser en la boca, quiero decir.
Con poner mis labios en alguna parte de su cuerpo me podría conformar.
La idea va tomando forma y ocupándolo todo a costa de desterrar el sentido común, y mi vientre se va preparando enviando oleadas de calor hasta las puntas de mis dedos, que doblo y estiro, doblo y estiro, hasta que no puedo más y le acaricio un mechón de pelo.
Ella levanta la barbilla de golpe y me mira entre recelosa e inquisitiva.
—Tenías un... —me justifico con un ridículo balbuceo— un... una cosa ahí.
Lara Cosima pestañea tres veces seguidas.
Por suerte para mí, la he dejado tan perpleja con mi repentino ataque de nervios que se le olvida que he estado provocándola hasta sacarla de sus casillas.
De pronto es como si su frente se volviera transparente y pudiera leer sus pensamientos, porque así de expresiva es: «¿Qué le pasa a este tío?
¿Va de flor en flor y conmigo se pone a temblar como un niño? ».
Yo estoy igual de pasmado.
Ella se recupera antes, supongo que porque no la ha atacado por la espalda el insoportable deseo de ponerme la mano encima, y logra encontrar la voz de las sentencias para decir:
—Nos quedamos ese polo para la entrevista con Farah. —Pausa en la que titubea—. Si te parece bien.
Soy incapaz de abrir la boca, todavía en estado de shock por lo que quiera que me haya pasado hace un momento.
Solo asiento con la cabeza y me bato en retirada dando un paso atrás para protegerme de su influencia, que no tengo ni puta idea de cuál es pero empiezo a darme cuenta de que no me viene nada bien si no vamos a consumar.
Lara Cosima corre la cortina, pero antes de salir del probador me hace una advertencia que curiosamente me deja más tranquilo.
—Sea lo que sea que hayas hecho hace un momento, no lo vuelvas a hacer.
No me deja contestar. Me abandona mucho antes de que formule un pensamiento coherente que se asemeja bastante a una réplica que no por infantil es menos cierta: «Yo no he hecho nada. Me lo has hecho tú a mí».