Capítulo 6 #4
—Porque todo el mundo, y cuando digo «todo el mundo» me refiero a los productores de los sellos discográficos, me veía, sonreía con condescendencia y me llamaba «pelirrojita» a la menor oportunidad.
«¿Qué tienes para mí, pelirrojita?», «Ah, ¿eso es lo que quieres, pelirrojita?
», «Lo que tú digas, pelirrojita». Cuando tienes un aspecto del montón, la gente se aburre de fijarse en tu físico y presta más atención a lo que dices.
—Corta la conversación devolviéndome el jersey verde, así como otras tantas prendas, y me señala el probador—. Ve a cambiarte.
—Pero es que no me gusta el verde. Me gusta más el azul.
—El azul no es tu color. Eres deep autumn .
—Me da igual que no sea mi color. A mí me gusta y eso es lo importante.
A falta de patear el suelo como un crío berrinchudo, Lara Cosima se encomienda al cielo.
—¡Eso no es lo importante, DiMarco! ¿En qué mundo es importante lo que a uno le gusta o lo que uno prefiera? ¡Lo importante —recalca de nuevo— es hacer, decir y ponerte lo que es mejor para ti, no lo que tú quieras!
Puede que no sea el tío más brillante de la habitación, pero hasta yo me doy cuenta de que se lo ha llevado al terreno personal. Me molesta que tenga que pagar conmigo lo mucho que la frustran a veces sus propios principios.
Principios que puede cambiar por otros si no la convencen, por cierto.
Claro que no parece que nadie la haya avisado de eso.
—¿Y eso quién lo dice, eh?
Ella me encara.
—Es ley de vida, ¿o es que naciste ayer?
Pero si eso no te convence —suaviza el tono sin más remedio.
Se suele dar cuenta antes que yo de que se está excediendo—, recuerda que tenemos que hilar muy fino para moldear la opinión pública.
El azul eléctrico es un color muy vivo y con muchísima personalidad.
Este verde apagado simboliza mejor el carácter tranquilo que vamos a vender.
Lo hacemos por ti, DiMarco. Para que la gente te deje en paz.
—¿Cómo se supone que van a dejarme en paz porque lleve un suéter verde?
—El suéter verde contribuye a la narrativa de hombre civilizado —explica en tono cansino—, y es la narrativa lo que te garantizará la tranquilidad.
Ahora mismo te graban, te persiguen; miden cada paso que das porque saben que con uno de tus exabruptos les vas a brindar contenido de calidad para alimentar a las bestias de las redes sociales y copar las portadas de las revistas.
Pero en cuanto se te vea pasear a tu perro por las calles de Boston con un sencillo jersey de ochos blanco y la barba recortada, en cuanto te pillen cenando con amigos en un restaurante íntimo con una camisa desenfadada y unos vaqueros oscuros, se van a dar cuenta de que has madurado, te has serenado, y dejarán de pincharte.
Es como cuando a uno lo acosaban en el instituto.
En el momento en que se dan cuenta de que ni te inmutas cuando te llaman Pippi Calzaslargas o calabaza, se cansan de insultarte.
A mí me gusta Pippi Calzaslargas, pero supongo que ese no es el tema.
Ni que la acosaran en el instituto.
Son dos cartas que voy a guardar para cuando sea seguro indagar. Creo que si lo hiciera ahora, me arrojaría cuatro preguntas seguidas de su cuestionario infernal.
—Sigo sin saber si me merece la pena. Sacrificar hasta el modo en que me visto me parece una exageración.
—No me digas que represento a la única celebridad en todo el planeta a la que no le gustaría caerle bien al mayor número de gente posible.
—De pequeño me importaba porque de eso dependían muchas cosas. Si no le caías bien a los chavales del centro, te hacían la vida imposible —medito en voz alta—, pero ahora lo único de lo que depende mi tren de vida es de que juegue bien al fútbol, así que me la suda.
Pensaba que Lara Cosima sonreiría como si se alegrara de haberme visto tropezar, porque sí, he tropezado con mi respuesta: le he dado el argumento perfecto para que me recuerde que dependo más de los inversores de los Boston Beasts que de mis habilidades, y que esto no va de fútbol porque nunca va de lo que haces, sino de quién te permite hacerlo.
Pero ni sonríe ni me recuerda nada. Se queda momentáneamente patidifusa, y no entiendo por qué hasta que caigo en la cuenta de que he mencionado el centro de acogida.
También he dicho «me la suda», algo que me consta que la saca de sus casillas.
—Te traeré el jersey azul también —cede con la boca pequeña—, pero pruébate el verde y verás que además te favorece el doble.
—Vale.
Le tiendo la mano para sellar el acuerdo y ella me la estrecha conteniendo una sonrisa.
Para mi inmensa desgracia, descubro nada más salir con el primer modelito que Lara Cosima y sus temporales esbirros ya se han apropiado de unas veinte prendas más y esperan a que me dé brío para abarcarlo todo.
La dinámica durante la hora siguiente es la que describo a continuación: las cuatro me rodean, algunas con la expresión de un inspector policial que te toma por el asesino, otras como si esperaran que les diera mi número de teléfono, y tras dirigirse un asentimiento inquietante que bien podría significar «abrid fuego», proceden a opinar.
Me deja de una pieza que se dediquen a echar pestes de un atuendo que han elegido ellas.
Ahora no pienso probarme el azul. Si así es como se las gastan, ya me veo siendo apuntado con un revólver: «Quítate eso o te mato».
No sabía que ir de compras podría ser tan violento.
Las primeras diez veces que me cambio lo hago obedeciendo al pie de la letra las indicaciones de las jefas al mando.
Es fácil adherirse sin rechistar a dichas órdenes cuando estás disociado contando los pasos que hay entre el probador y el punto de exhibición, recordando lo que pasó en el último episodio de Yellowstone o pensando en lo que tendría que ocurrir a nivel social para erradicar al ICE del sistema norteamericano, pero al cabo de dos horas —podrían ser diez minutos, podrían ser los cuarenta días que Cristo pasó en el desierto—, se me olvida el orden en el que debo hacer las cosas y ni me encierro en el probador.
Me quito la camisa que me han tendido en medio de la tienda y me calzo un polo de Ralph Lauren — ¿esto no era Zara?
¿Dónde coño estamos? — bajo las miradas de mis celadoras, que varían entre el asombro, el deseo y el absoluto espanto.
Es fácil imaginar qué cara pone cada quién o, dicho de otro modo, qué cara pone la pitusa.
—Madre mía —murmura Gilda, boquiabierta—. Si llego a saber lo que escondes ahí abajo, no te mando castigado al probador.
Las dos ayudantes intercambian un vistazo cómplice y se echan a reír como gallinas cluecas.
—¿Qué haces? —me reprende Lara Cosima, ruborizada. Acaba de volver de otra sección con un par de pantalones de traje. Se apresura a alcanzarme, procurando no mirarme por debajo de la barbilla—. ¡Tápate ahora mismo! ¡Estamos en un lugar público!
—No estoy enseñando nada.
—¡Claro que estás enseñando algo! ¡Te estás exhibiendo a ti mismo!
—Solo estáis las personal shoppers y tú.
—¿Y te parece poco? ¡No tengo por qué verte desnudo!
—¿No has visto desnuda a Alexia?
—¡No es lo mismo!
Claro que no. Olvidaba que Alexia le gusta y yo no, y que, de otra manera distinta, Alexia no le gusta y yo sí, pero eso no se puede decir en voz alta.
Pierde la paciencia y me empuja con sus propias manos hacia el probador.
Me hace gracia que una mujer que hace un momento se ha marcado una tesis doctoral sobre por qué es más adecuado ir a un programa culturalmente norteamericano vestido de un diseñador neoyorquino y no con una marca española sea, al mismo tiempo, tan ingenua: tanto que no se da cuenta de que con sus actitudes mojigatas no solo no me está escarmentando, sino que se está poniendo en evidencia.
No pierdo de vista que, en cuanto me ha metido en el probador, agacha la cabeza con las mejillas todavía ardiendo y corre la cortina con los nervios a flor de piel.
Al mirarme en el espejo para compartir con alguien mi diversión, descubro que estoy sonriendo como los villanos que traman un plan.
No descubro mucho más, porque vengo sabiendo qué aspecto tengo, pero ¿en serio es para tanto?
No he visto a nadie poner el grito en el cielo como lo hace Lara Cosima solo porque un tío esté razonablemente bueno.
Pero podría volverme adicto a sus reacciones melindrosas. Por eso me hago el imbécil saliendo antes de tiempo, ahora también sin pantalón, y sostengo en alto dos prendas distintas.
—¿Esto me lo tengo que probar con esto otro?
Lara Cosima se gira hacia mí con la brusquedad de un depredador acechante.
No se esperaba encontrarme desnudo como a lo mejor sí se lo esperó el día que me vio saliendo de la ducha y los primeros impulsos la traicionaron haciéndola recorrerme con la mirada de la cabeza a los pies.
El resultado de su escrutinio de hoy es el usual: inflar el pecho como un pavo, preparando una bronca astronómica, pero perder el aliento enseguida porque mucho antes que gritarme en público prefiere serenar su conmoción.
Se da la vuelta con los puños crispados. Entonces es la falda la que me mira a la cara.
No es un mal cambio.
—El pantalón camel con el verde oliva, DiMarco. Y el chino marrón chocolate con la camisa beis.
—Vale.
Vuelvo al probador y lo dejo entreabierto por si le diera curiosidad y quisiera asomarse, aunque tengo claro que eso no lo va a hacer porque entra en el perímetro prohibido de indecencias que estipula el contrato.
Espero unos dos, tres minutos mirándome el reloj y digo en voz alta:
—¿Puedes venir?