El partido del año Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Estaba en la despedida de soltero de uno del equipo.

En un momento dado, me sobreestimulé con tanta gente y me fui a otro lado.

A los chicos les pareció gracioso enviarme a todas sus acompañantes de repente con una botella descorchada en la mano.

Y les tuve que pagar, claro. Es lo que se hace en esos sitios.

Tirarle dólares a la que se te ponga por delante, te parezca guapa o no, y hacer como que te diviertes si se sienta en tu regazo. Es de mala educación espantarlas.

Lara Cosima me sigue sondeando con la mirada.

—¿Estás diciendo la verdad?

—No tendría ningún problema en admitir que me he tirado a todas las strippers de Las Vegas si fuera cierto.

—Eso sí que me lo creo —murmura para sí.

Vuelve a girarse hacia la ventanilla y exclama en voz alta—: ¡Déjanos aquí, Dan!

¡Gracias por el viajecito! Intenta venir a recogernos para las dos o las tres, por favor.

Me pondré en contacto contigo de todos modos por si nos alargáramos.

Saluda a Sharon de mi parte y dile que me llame si necesita algo.

Baja del coche tan rápido que parece que le hayan comunicado que han puesto una bomba debajo y me hace señas para que la acompañe a la entrada.

Antes de cruzar el umbral del centro comercial —no he estado antes; parece lujoso.

A lo mejor por eso no he estado antes—, saca del bolso un amasijo de tela que resulta ser una gorra que me cala en la cabeza.

Luego me señala la sudadera que llevo anudada a la cintura.

—No es que vayas a resultar irreconocible solo porque te tapes los tatuajes, pero póntela por si acaso.

Y cúbrete la cara con esto. —Con ese brío de mujer-polvorilla que tiene, me ofrece una mascarilla negra que llevaba escondida en la falda.

Que es más corta de lo normal—. Aparte de un estilo de vestir callejero sin igual en todo el planeta, los chinos nos han legado la moda de llevar mascarilla como un accesorio estupendo para coronar un modelito urbano.

Una moda que os viene muy bien a los famosos.

O sea, seguro que alguien te señalará y exclamará «¡DiMarco!

», pero en principio no tendrían por qué acorralarte.

—Nadie me suele acorralar. Por eso de que le pegué a un paparazzi .

—Qué raro, ¿verdad? Tú póntela por si acaso.

Lara Cosima se ciñe el bolso al hombro como un soldado su fusil y espera a que las puertas automáticas le cedan el paso para a continuación dirigirse como un tiro al primer destino.

Apuesto a que cualquiera que nos mire pensará que ella es la estrella y yo soy su guardaespaldas, si no porque es ella la que hace bailar la faldita ajustada con su caminar de ratita presumida, pues porque yo la sigo a una distancia prudencial con las manos en los bolsillos y la cara de malo.

Me pregunto por qué no habrá contado con esto antes de obligarme a llevar la sudadera puesta con el calor que hace.

Me refiero a lo de que la gente se fijaría en ella, en la chica mona y briosa que va por los grandes almacenes como si llevara un cheque de medio millón de palos para gastar en colonias, y no en mí, que al final solo llamo la atención por ser alto y estar tatuado.

—He conseguido convencer a Morgan Reece para el anuncio de Gillette.

La semana que viene tendremos que estar en el set.

En los próximos días te haré llegar el guion por correo electrónico, vía postal, iMessage, WhatsApp y mensaje en botella si fuera necesario —me explica en cuanto la alcanzo en las escaleras mecánicas—.

Y dentro de quince días vas a ir con Vinny Bravano al sofá de Farah Fou en Nueva York.

He pensado en que te acompañe él para reconducir la conversación con su encanto natural si te diera uno de tus brotes de terquedad y sintieras el deseo de dinamitarlo todo.

Me ha parecido la opción adecuada, pero la secretaria de Farah me ha dado carta blanca para sustituirlo por Noah si te sintieras más cómodo con él.

Y me mira esperando que le diga si me siento más cómodo con Noah. O eso creo.

—Vinny es más dicharachero.

Ella sonríe de oreja a oreja y da una palmadita entusiasta.

—¡Eso mismo pensaba yo! ¡Me alegro de que estemos de acuerdo!

Y yo me alegro de que no se enfade conmigo por mucho tiempo, la verdad. Me estaba temiendo un día infernal soportando reproches por mi descuido. Supongo que una persona llamada Lara Cosima siempre tiene asuntos más importantes de los que preocuparse.

—No estamos de acuerdo —replico, aun así—. Me has avisado de que voy a hacer un anuncio para Gillette y de que voy a ir con Vinny a un programa, no me has preguntado si estoy de acuerdo.

—No te lo he preguntado porque todo te parece mal, DiMarco. Pero ya que estamos, ¿dirías que he cruzado un límite infranqueable? ¿He tomado alguna decisión que vaya contra tus principios? ¿Te he colgado algún muerto?

—No.

—Pues ya está.

Se da la vuelta para zanjar la conversación por todos los flancos, el físico incluido.

No creo que lo hubiera hecho si hubiese caído en la cuenta de que va unos cuantos peldaños por delante y ahora tengo la curvatura trasera de la falda en cuestión —que es más corta de lo normal— un palmo por debajo de la cara.

Hoy no va tan disfrazada como otras veces. La falda es de cuero o de un material que lo imita, se ha puesto unas medias oscuras pero transparentes debajo y lo ha combinado con unas botas por la rodilla que brillan como el látex.

A lo mejor porque son de látex.

Me encanta cuando una mujer lleva unas botas altas con tacón. Se parece a Catwoman.

De lo que sucede a continuación me acordaré mañana muy por encima, como siempre que me veo arrojado de buenas a primeras a una situación social que involucra a varios desconocidos y conlleva que se me toque sin mi consentimiento, se me hable sin respetar los turnos y se me trate como si fuera un muñeco descerebrado.

Sé que hay una personal shopper principal que se llama Gilda —seguro que se llama Karen o Hannah y se ha puesto Gilda para sentirse especial, más o menos por la razón por la que te pones «oficial» en Instagram—, sé que tiene dos becarias más tontas que correr con diarrea explosiva y sé que todas gesticulan con las manos como si estuvieran haciendo voguing .

(Por si alguien se pregunta por qué coño sabría yo, el wide receiver de los Boston Beasts, lo que es el voguing , resuelvo la duda: uno de mis compañeros de piso hace espectáculos de drag queen y una vez me pidió opinión sobre su coreografía. Estuvo de puta madre.)

—Necesitamos blazers de Suitsupply —dice Gilda— y entallárselos, claro. A este hombre no le sentaría bien ni una L ni una XL de grandes almacenes. Le apretaría por arriba y le quedaría holgada por abajo.

—Yo apoyo un estilo Hackett London.

—Y Massimo Dutti premium para un look más elegante.

—Ralph Lauren para cuando aparezca en cámara.

—Vamos a medirte, cariño.

—Ya sé qué talla tengo —replico al ver que Gilda se me acerca con un metro.

—Intuyes —me corrige— la talla que tienes cuando vas a comprar en las rebajas, pero estamos hablando de prendas de un cierto nivel. Ven aquí. ¡Te prometo que no te va a doler!

Busco a Lara Cosima más o menos como la busqué en la consulta del dentista, con una nube de sudor frío en la nuca.

Ella ya se ha desentendido de mí para consultar las prendas de uno de los percheros junto al probador, y digo «los percheros junto al probador» porque los que había entre el probador y yo han sido debidamente asaltados, como demuestra que esté sujetando con el codo unos cuantos amasijos de tela.

No sé quién sería más rápido, si un ninja arrojando sus shuriken o Lara Cosima corriendo las perchas que no le interesan. El misterio queda resuelto para cuando Gilda ya ha anotado en una libretita lo que me mide la cintura: gana mi representante.

—Pruébate esto.

«Esto» es nada menos que tres camisas, un polo, unos tejanos negros, unos pantalones de traje y dos jerséis.

Acepto su ofrenda con la misma solemnidad con la que me la tiende y los dos acordamos tácitamente que vamos a fingir que mi opinión no importa una mierda en tanto que husmeo entre las prendas y ella espera a que haga mi valoración.

—Este color te favorece más a ti.

Ella desvía la mirada al jersey verde oliva y frunce el ceño.

—Para nada. A las chicas de pelo castaño nos va mucho más el rojo y el azul eléctrico.

—Pues yo creo que tu color es el verde. O el dorado.

Lo del dorado lo he dicho a ver si cuela. En mi habitación de la adolescencia tengo un póster de la princesa Leia con su mítico bikini, y desde que me alcanza la memoria, la prueba de fuego que he pasado para confirmar que una mujer me interesa ha sido imaginarla con ese disfraz.

Pero no creo que Lara Cosima siga ceñuda porque me haya leído la mente. Que yo sepa, hasta ahí no llegan sus superpoderes.

Todavía.

—¿Cómo sabes que esa es mi colorimetría original?

—¿Tu colorimetría original?

—Eran los colores que me sentaban bien cuando no me había teñido.

—Entonces eres rubia.

—No, te equivocaste aquel día al preguntarme —ironiza—. Soy pelirroja. Y bastante pálida, también. Es que me he vuelto a aficionar al solárium desde que Odessa A’zion volvió a las alfombras rojas.

—¿Eres pelirroja? —Espero que no haya notado mi ilusión—. Pero ¿en plan Danna Scully? ¿O en plan Poison Ivy?

—Nadie es pelirrojo natural «en plan Poison Ivy», DiMarco. —Viendo que sigo esperando una respuesta, suspira—: En plan Danna Scully, sí, lo has bordado. Es una mezcla de cobrizo y strawberry blonde .

Lo que sea que signifique eso.

—¿Y por qué te tiñes?