Capítulo 6 #2
En realidad, Lara Cosima tiene mayor manga ancha que las mencionadas mujeres que se me unen en la hamburguesería.
Viene, me dice cuatro frases entre signos de exclamación y luego me da por perdido.
Las demás no funcionan así. Las pasivo-agresivas tienden a abordarme con preguntas como: «¿Por qué me has dejado en leído?
», «¿Me estás haciendo ghosting ? ¿ A mí ?
»; las que no se creen la última Coca-Cola del desierto, prefieren un prudente «¿Te pasa algo conmigo?
». Y luego están las categóricas, que son mis favoritas, porque o zanjan el asunto con un sólido «¡Que te follen!
» o directamente captan la indirecta y me dejan tranquilo.
Lo de «captar la indirecta» es una forma de hablar, porque no hay ninguna indirecta.
No es que me oponga a nivel espiritual a responder un mensaje o tenga algún compromiso político con borrarme de la vida de los demás.
Es que veo que me escriben y luego se me olvida.
Y para cuando quiero acordarme, he recibido textos de sesenta párrafos elaborados con Chat GPT llamándome cabrón de forma asertiva.
Creo que eso es lo que le piden a la IA : «Dime cómo llamarle cabrón de forma asertiva».
Pero supongo que Lara Cosima no aceptará estas excusas como no las ha aceptado ninguna otra. Porque sí, todas piensan que son «excusas» y que en realidad soy un genio del mal que conjura el modo más perverso de traumatizarlas de por vida mientras se frota las manos en la oscuridad de un sótano.
La triste realidad es que ni siquiera es que no me interese hablar con ellas, porque a veces me interesa. Es que me distraigo.
Lara Cosima comprueba con gesto aprensivo que estoy solo en el vestuario antes de adentrarse por fin sacudiendo el smartphone . La pulsera Pandora que le cuelga de la muñeca emite un tintineo de cascabel a la vez.
—Paolo y yo te hemos estado esperando dos horas y media. ¡Dos horas y media!
—¿Quién es Paolo?
—¿Cómo que quién...? —Se calla para buscar las palabras adecuadas, porque según su filosofía no me puede llamar gilipollas y ponerse a otra cosa mariposa. Empieza a darse cuenta de que esa va a ser su cruz—. Como te explicaba en los mensajes, DiMarco, Paolo es el estilista de Alexia Lux.
—Ah.
—Ha tenido la gentileza de no largarse a los veinte minutos porque le he pedido que viniera como favor personal, pero un profesional de su talla no iba a perder el tiempo porque tú te hayas quedado en la vieja creencia de que llegar tarde es elegante.
Al final se ha marchado. ¡Me has dejado en ridículo!
—¿Por qué habíamos quedado con un estilista?
— ¡TE LO EXPLIQUÉ ANOCHE EN UN MENSAJE!
Es verdad. Abrí el mensaje, vi por encima algo de un estilista, pero lo recuerdo como un sueño que estás intentando descifrar mientras derramas los Froot Loops en el tazón de leche con los ojos aún legañosos: a ráfagas y sin confiar del todo en que no sea tu imaginación la que rellena las lagunas.
Creo que iba a contestarle y a programar la alarma y el recordatorio en el calendario para ser puntual cuando me llamó mi compañero de piso para que viera algo en la televisión, y después sonó el timbre del microondas anunciando que mi lasaña estaba lista, y luego vi una mancha misteriosa en la encimera de la cocina, y de pronto eran las tres de la mañana y yo estaba terminando de montar una pieza de Lego que había dejado a medias hace dos meses.
Pero no creo que mi plan de anoche vaya a sosegar los nervios de Lara Cosima, así que voy a lo rápido y a lo fácil:
—Lo siento. Se me ha olvidado.
—Se te ha olvidado —repite, anonadada—. ¿Cómo se te ha podido olvidar que tenías un compromiso?
¡He cambiado toda tu agenda para la cita con Paolo!
¡No ibas a hacer nada! ¡No se te pisaba con el entrenamiento porque yo.
..! —Repara entonces en dónde estamos, la hora que es, y jadea—.
¿Qué haces aquí todavía, sentado en el suelo. .. y con la toalla de la ducha?
Agacho la vista y coincido con el vello de mis piernas.
Es cierto que había salido de la ducha, pero con todo eso de mirarle el Instagram se me ha pasado.
Lo peor es que ahora me voy a resfriar. Hay que joderse.
—Oye, no te he plantado adrede —intento explicarle—. Es que yo soy así.
Savannah me tiene dicho que eso es lo peor que puedes soltar cuando alguien ha expresado que una actitud desconsiderada le ha afectado. Confirmo que no se equivocaba, porque el semblante de Lara Cosima se vuelve sombrío.
—Eso no es una justificación, DiMarco —contesta, ya sin ira o exasperación—. Vístete. Nos vamos en quince minutos.
Una vez me pongo en marcha con los cinco sentidos afinados, me sobran alrededor de siete para reunirme de nuevo con Lara Cosima en el que los compañeros llaman «el salón de la fama», el pasillo que exhibe los trofeos del equipo entre otros objetos legendarios.
Una vez más queda claro que la pitusa está aquí por la pasta y no por vocación, porque tiene a su alrededor suficiente material para empaparse de lo que es o conlleva ser uno de los Boston Beasts y en su lugar se dedica a teclear en el móvil.
Nada más verme reaparecer, me mira de arriba abajo como uno de esos estilistas crueles que aparecen en programas de televisión. Se cruje el cuello a un lado y al otro, estira los brazos entrelazando los dedos de las manos y proclama:
— Elia yacta es .
O algo así.
No hablo el idioma.
Bueno, pues lo he buscado en internet y es alea jacta est , y significa «la suerte está echada».
Un chofer particular nos está esperando en la acera a las puertas del estadio.
Lara Cosima lo saluda por su nombre y, sin desatender en ningún momento los mensajes que la requieren presta y concentrada en la realidad virtual, ametralla al conductor con preguntas del palo de: «¿Cómo llevas los dolores de espalda?
», «¿Le gustaron a Sharon las flores que le mandé?
» y «¿Al final le han dado la beca a Pete para jugar en el extranjero?
», a lo que este contesta que los lleva fatal, gracias, que le encantaron, gracias, y que Pete lo ha conseguido, gracias.
A un lado que me deje estupefacto su capacidad para retener información, la charla amistosa que entabla con el conductor me recuerda de nuevo que, a pesar de su apariencia y su nombre propio, es humana.
Al verla uno piensa que es una niñata descerebrada, pero se dirige a todo aquel con el que habla con una cercanía que no depende del aspecto, la capacidad adquisitiva o la simpatía que le tenga al interlocutor; una cercanía que, por lo visto, solo me incomoda a mí.
La mayoría de la peña responde a su energía gratamente sorprendida porque una cosita tan pequeña, tan anecdótica, tan parecida a Reese Witherspoon en Una rubia muy legal , tenga lo que diríamos un corazón de oro.
Ella no es rubia ni tiene los ojos azules, claro, y tampoco viste de rosa.
De hecho, se viste con cada trapo que da para capítulo aparte.
Entre las blusas cerradas de uniforme de colegio privado, mormona o ambas, los accesorios exagerados —lazos enormes, gorritos ridículos, felpas sacadas de los años cincuenta, pañuelos estampados— y el rastro de perfume denso que le haría un flaco favor si pretendiera huir de los perros de la droga, ha creado su propia categoría dentro de lo que se entiende por una pija.
En cuanto concluye la charleta con el chofer y deja de teclear furibunda una respuesta a un mensaje de texto, se gira hacia mí con la solemnidad de un entrenador de boxeo en pleno ring y me dice:
—A pesar de todo, creo que conseguiremos lo que me había propuesto para hoy: renovar tu fondo de armario y buscar el conjunto adecuado para la entrevista que harás con Farah Fou.
Vamos a ir a un centro comercial con servicio de personal shopper en el centro de Boston.
Priorizaremos marcas como Zara y Massimo Dutti y pediremos ayuda a las encargadas de las tiendas para que nos asesoren.
—¿Zara y Massimo Dutti? —Desvío la vista a su bolso, que sé que es de Prada porque el rótulo cosido al borde así me lo chiva—. ¿Eso no te parece de muy bajo nivel?
—Para mí, desde luego —resuelve con un desahogo que me deja pasmado—, pero te recuerdo que la estrategia es desestigmatizarte.
Cuando uno es un bruto que va en chándal a todas partes y se baña en champán con un coro de strippers , ponerle un traje a medida de Etro no hace sino empeorar su imagen: pasa de ser un bruto a ser un mafioso, y solo te faltaría que te acusaran de proxeneta.
Para empezar a vender la narrativa de que en el fondo eres un hombre sensible y sencillo que está trabajando con un terapeuta para superar sus malos hábitos. ..
—¿Qué malos hábitos?
—... hay que recurrir a marcas buenas pero accesibles.
—Guiña los ojos y con los dedos de ambas manos formando una pistola, emula el objetivo de una cámara para enmarcar mi rostro.
Su teatralidad me hace gracia—. Priorizaremos los colores neutros, las capas discretas, los tejidos cálidos y cómodos y los accesorios minimalistas.
Puliremos un estilo smart casual con opción de ponerte trajes sobrios sin perder el aire informal.
Intento hacer una recopilación de todos los datos que me ha arrojado en un momento.
—Yo nunca me he bañado en champán con un coro de strippers . No me gusta el champán. Y me agobio en sitios llenos de gente. Incluso si esa gente son strippers .
Deja caer las manos sobre el regazo y me dirige una mirada penetrante, como si me estuviera hipnotizando: «Te ordeno que digas la verdad».
—Hay imágenes en internet en las que apareces metiendo billetes de cincuenta dólares en el tanga de una atractiva rubia, DiMarco.