El partido del año Capítulo 6
23%

Capítulo 6

O.G. Original Gangster

DiMarco

A lo mejor viniendo de otra persona me habría parecido patético, pero tratándose de ella tiene sentido.

Llamarse @laracosimaoficial en Instagram, quiero decir.

Podría más o menos entender que agregues la coletilla «oficial» al usuario si tienes el mismo nombre ordinario que otra figura pública, y ni siquiera, porque para eso están las biografías: para aclarar que no eres el jugador de hockey, sino el actor porno polaco.

.. aunque si eres un actor porno polaco digo yo que tu app de confianza no va a ser Instagram, entre otras cosas porque no puedes publicitar tu contenido +18 , pero bueno.

El caso es que, en mi opinión, a no ser que te llames Stephen King o John Cena —o sea, seas un tipo tan cojonudo por tu grandiosa aportación a la cultura que puedes convertir algo propio de soplagaitas en un rasgo épico—, no tienes derecho a dártelas de oficial.

De todos modos, Stephen King y John Cena no harían tal cosa porque están verificados.

A propósito de eso, lo que ya adelanto que no entiendo ni pienso entender es que añadas «oficial» a falta de la insignia azul que te lo reconoce. No hay nada como un tío que ha pedido el verificado para que el detector de pringados empiece a pitar como si te hubieras dormido sobre el claxon.

Pero a Lara Cosima se lo he perdonado todo porque a pesar de no ser una exluchadora de artes mixtas ni haber escrito La milla verde , a pesar de que su nombre sea lo bastante pretencioso de por sí para empeorarlo agregando el doblemente pretencioso «oficial», lo suyo me parece un ejercicio de honestidad.

Me explico.

Lo que me molesta de la gente que se hace llamar «la oficial» o «la real» —hasta donde sé, ninguna cuenta de X es una proyección astral, si acaso un bot de Elon Musk, así que ya sabemos que eres tú quien está al otro lado, gilipollas .

Además, ¿quién iba a querer hacerse pasar por ti, si no te conocen ni en tu casa.

..? Bueno, que me desvío — es que es prefabricada.

En el mejor de los casos son aspirantes a famosillos que han llevado lo de la manifestación demasiado lejos; en el peor, se han convertido en una caricatura de sí mismos.

Lara Cosima, en cambio, es tan auténtica que juraría que al igual que yo no ha pedido perdón en toda su vida por ser quien es.

¿Y quién es? Pues eso llevo alrededor de dos horas intentando descifrar.

El entrenamiento terminó hace un buen rato.

Desde entonces, he estado tirado en el vestuario con la espalda apoyada en las taquillas y el móvil en la mano.

Con la única compañía del goteo de las duchas y el zumbido de los fluorescentes LED , me he dejado absorber por la pantalla blanca que exhibe la huella digital de Lara Cosima.

La suya es una cuenta profesional. Lo dice justo debajo para que te enteres.

Cuenta profesional. La foto de perfil consiste en un primer plano de su cara.

Se ha quitado las pecas con Photoshop, con Canva o con lo que quiera que se lleve ahora, pero eso no es una falsificación.

Creo que ella es eso. Lo de ocultar con orgullo y dignidad lo que no la convence de sí misma, digo.

A pesar de que publicó anteayer el último post, ha respondido todos los comentarios que han caído debajo desde entonces y ha subido tres historias en lo que llevamos de día, aún no ha quitado de la biografía que es la mánager de Alexia Lux. Supongo que le da pena.

Cabe señalar que son las once de la mañana y ya se ha hecho las uñas y un facial —no sé qué es eso, pero llena mi mente de imágenes sugerentes—, ha echado una hora de spinning y ha opinado sobre el último álbum de Lana del Rey: le ha «superencantado» y «va a demandar al jurado si siguen sin darle el Grammy».

Habría que ver si para las seis de la tarde no ha derrocado al gobierno.

Tras una radiografía inicial de lo que muestra la pantalla, puedo concluir que se esmera con las fotos que publica.

Ninguna es un selfie de cara o en el espejo, supongo que eso es demasiado middle-class para ella.

Todas sus publicaciones están tan producidas que se nota que ha pensado al detalle la escenografía y lo que lleva puesto, y eso lo digo yo, que no tengo ni puta idea de escenografía ni de lo que lleva puesto.

Respeta una paleta de colores de tonos neutros que solo se permite romper apareciendo a veces, en algunas imágenes, con un vestido de algún color chillón, como la de su vigésimo noveno cumpleaños: ahí luce una prenda ajustada con mangas abullonadas color fucsia y sujeta unos globos dorados con la forma de los respectivos números.

Parece Tarta de Fresa.

Pero está guapa.

Otra sospecha que tengo es que el setenta por ciento de sus seguidores está ahí por Alexia, lo que se me antoja injusto porque Lara Cosima es más interesante que Alexia, pero también comprensible dado que muchas de sus publicaciones están centradas en la cantante: Alexia en el escenario con su ya idiosincrásico body de lentejuelas, Alexia posando con una fan disfrazada de ella — qué mal rollo —, Alexia en su último cumpleaños.

Exceptuando lo relativo a su mejor amiga y representada, todo lo que he citado podría parecerme asquerosamente falso, como falsas me parecen las influencers de cualquier género: hables de libros, hables de moda o hables de comida, al final lo que vas a hacer es vender algo, y para vender tienes que generar una necesidad o un complejo.

Pero es que Lara Cosima no vende nada. Ni siquiera se vende a sí misma.

Un rasgo curioso que tiene y que podría responder a la pregunta de Noah que me tortura —qué coño me pasa con ella— es que su presunto artificio es una parte real y a ratos conmovedora de su personalidad.

Lara Cosima es todo eso. Es esa paleta de colores y esos trapitos, y lo sé a ciencia cierta porque habla con los hashtags que usa y porque se quita las pecas aunque se hayan puesto de moda.

No se esfuerza por tener el perfil curado para aparentar algo que no es cuando en realidad su vida es una mentira.

Como testigo de lo que ha hecho con Alexia y como su cliente actual, doy fe de que se esfuerza lo mismo con absolutamente todo y de que procura que su vida sea igual de limpia y ordenada que sus publicaciones.

O a lo mejor es una pija de mierda y yo la estoy halagando porque me trajo un helado después del dentista y no estoy acostumbrado a que sean atentos conmigo.

Menos que nadie una mujer que me tiene por la encarnación del Hombre del Saco o el monstruo al que quiera que aludiese la niñera de su familia rica para que se durmiera de una puta vez.

Porque de niña rica también hay mucho en su Instagram, ¿eh?

Se ha sacado fotos vestida de amazona a lomos de un caballo pelirrojo —no sé cómo se le dice a los caballos pelirrojos, solo faltaría— y se ha sacado fotos abrazando a su padre, que solo por su pelo repeinado hacia atrás y el puro que sujeta la mano ya anticipo que se trata de sujeto despreciable.

Siempre he pensado que la gente que monta a caballo es una estirada.

¿Cómo coño llegas a la conclusión de que debes montar a caballo en pleno siglo XXI si no has heredado la cultura mongola, trabajas en el campo o eres amish ?

¿Y no tienes suficiente con que tu padre te regalara un animal tan caro y majestuoso para que vayas a disfrutarlo cuatro ratos las dos veces al año que visitas a tu familia, que encima debes comprarte el disfraz a juego y llamar a la criatura, si no me engaña el pie de foto, Diamond Duchess ?

Yo llamaría a mi caballo Colossal Clutch , como la llave ideada por Big Show que es a mi parecer la más devastadora de la historia de la WWE .

A no ser que fuera una tía, que entonces se llamaría Pamela Anderson.

La verdad es que Lara Cosima también es un nombre cojonudo para un caballo, pero no creo que infundiera miedo, y no me parece que nadie deba tener un caballo si no es para infundir miedo en sus enemigos.

Creo que es evidente que podría pasarme toda la vida sentado en el suelo con mis propios pensamientos.

De hecho, es una anotación que tuve la mala suerte de leer en el expediente que la trabajadora social redactó sobre mí cuando hizo la primera ronda en el centro de acogida: «Es un chico excepcionalmente activo, pero también disfruta de su soledad.

Puede estar callado, sumido en sus reflexiones, durante horas y horas».

Supongo que por esto, en parte, se da lugar a la situación que se desencadena al cabo de unos minutos, cuando estoy preguntándome si no sería mejor llamar a mi corcel hembra Margaret Thatcher —Pamela Anderson no da miedo que se diga— y el derrape de unos tacones me advierte de la llegada de Lara Cosima.

—¿Se puede saber por qué no coges el teléfono? —ruge nada más plantarse a las puertas del vestuario.

Alzo la vista y me fijo en que hoy lleva una falda más corta de lo habitual.

¿Eso también es porque me porté en condiciones en el dentista?

—Lo tengo en la mano.

—¡Con más razón! ¡Llevo tres horas llamándote! ¡Y no has contestado a mis mensajes! ¿Cómo esperas que estemos en contacto si no miras el maldito WhatsApp? ¡Tienes que comunicarte conmigo para saber dónde tienes que estar y a qué hora!

—Joder, suenas como mis ex.

O a las que ella insiste en llamar «mis ex», pero que solo son mujeres con las que me he acostado y a lo mejor me he tomado una hamburguesa antes o después solo porque me gustan las hamburguesas y ellas se me han acoplado.

—¡Pues no me extraña! ¡Les harías lo mismo que a mí: dejarlas colgadas durante horas!

Mis ex, si confirmamos que vamos a llamarlas así, contestarían: «¿Horas? ¡Ja, ja! ¡Más bien para siempre !».