El partido del año Capítulo 5 #5
22%

Capítulo 5 #5

Tiene algo de atractivo ver a un hombre de ciertas características en semejante estado de vulnerabilidad.

Así, encogido de miedo y necesitado de mi cuidado, hasta se me podría olvidar que suele intimidarme el solo hecho de que me sostenga la mirada desde la otra punta de la sala.

Todos los factores que le hacen peligroso a mis ojos —su forma de hablarme, como si estuviera dictando un telegrama; su forma de mirarme, como si quisiera ver lo que hay debajo de mi ropa— desaparecen en la consulta del dentista, y por eso me atrevo a, en un gesto imprudente, retirarle el mechón oscuro de la frente y posar la palma ahí un instante.

—Ya queda poco —susurro.

DiMarco me aprieta la mano y yo, no sé por qué, se la aprieto en respuesta.

Hay que ver lo que tiene que hacer una para mantener su trabajo. Por suerte, no tardo en volver a mis cabales y comprender que esto cruza líneas infranqueables.

A Alexia podía cogerla de la mano en la consulta del dentista porque es —¿era?— mi mejor amiga, pero ¿a DiMarco? No puedo tener con él la misma confianza o intimidad que con alguien que me conoció antes de la primera menstruación y con la que, de hecho, tengo sincronizado el ciclo.

Además; ahora me coge de la mano, pero después me agarrará del codo. Ya lo veo venir.

Le hago un gesto rápido a la higienista, que observa la labor del doctor Ralston en calidad de aprendiz, y le pido que se haga cargo de la situación mientras yo atiendo la tarea que me proporcionará una excusa para justificar mi estampida.

Ella me toma el relevo encantada.

Supongo que hay quien agradece la oportunidad de erigirse heroína de un hombre atractivo. Para aquella a la que DiMarco le parezca atractivo, claro, que no es mi caso.

Salgo de la consulta con cuidado de no hacer ruido, sintiéndome miserable por mi traición —al final, lo he abandonado—, y cojo la receta de analgésicos que ya estaba preparando la chica de recepción para los días posteriores a los puntos.

Bajo corriendo a la farmacia más cercana para adquirir los antiinflamatorios, siendo en todo momento consciente de mi propia angustia: la que te genera la certeza de que deberías estar en otra parte.

«No es para tanto. Son unos puntos. En lo que he bajado y subo otra vez, el doctor Ralston ha terminado».

Eso es. Habrá terminado y DiMarco estará adormilado por la anestesia, que, aplicada en la encía, te descuelga la boca y te entorpece el discurso, e incluso si me reprocha que lo haya dejado solo ante los lobos, no podrá expresarlo con claridad.

Y no le quedará otro remedio que perdonarme porque en mi camino de regreso descubro que hay una heladería, y tras consultar en el cuestionario las pocas preguntas que he podido rellenar —le gusta el dulce y el salado—, decido comprarle una tarrina XL de caramelo salado.

¿Por qué XL ? Porque a juzgar por su físico estará en la fase deportiva que los locos del gimnasio denominan «volumen».

En efecto, cuando vuelvo a cruzar el pasillo principal de la consulta, localizo la figura de DiMarco erguida ante la secretaria, a la que imagino que le está firmando un cheque, recitando el número de su seguro o tarjeta bancaria, cuadrando la visita de mantenimiento o pidiendo una orden de alejamiento.

Ha tenido que reconocerme por el sonido de los tacones que sé que me precede, porque gira primero la cabeza, luego el cuerpo entero y por último me mira con desencanto.

—Me has dejado solo.

Logra sonar sorprendentemente a sí mismo pese a la anestesia.

—Te he dejado con el doctor y con la higienista —corrijo, y levanto la bolsita de la farmacia—. ¿No conoces el dicho? ¿«Divide y vencerás»? Pues mira, me ha dado tiempo a comprar la medicación y traerte un regalo por haberte portado tan bien.

La palabra «regalo» le hace arrugar el ceño con desconocimiento, pero igual que lo frunce, lo desfrunce nada más reconocer lo que solo puede ser una tarrina de helado.

La alzo con una sola mano, como un camarero de lujo su bandeja, y poco me falta para exclamar: «¡Tachán!

». Si no lo hago es porque tenemos una espectadora —la secretaria, que adolece de la condición de todas las secretarias: ser una cotilla— y porque voy a cumplir treinta años en noviembre.

Imaginaba que DiMarco apreciaría el detalle a su manera indolente, pero no veo venir la intensidad de su reacción.

La cara se le ilumina de repente. Como un niño tímido pero tan complacido que se ruboriza, se acerca para destaparlo y confirmar que el sabor es el que se ha dignado a anotar en el cuestionario.

Observa la suave cobertura color beis y enseguida me mira con los ojos tan brillantes que por un segundo me desconcierta.

—¿Me has traído helado?

Podría haberle espetado que sí, claro, ¿no lo ves o qué?, pero nunca le había visto tan contento. De hecho, caigo en la cuenta apenas unos segundos más tarde de que nunca lo había visto sonreír, ni de verdad ni de mentira, y ni mucho menos genuinamente conmovido.

DiMarco me quita la tarina de las manos, rescata la cucharilla que había en la bolsita y lo prueba.

Casi sonrío yo también con la expresión de éxtasis religioso que compone antes de cubrirse la mejilla afectada por la anestesia con la mano, un gesto adorable.

No lo hago porque me turba a la vez el sonido que hace con la garganta, un ronroneo sugerente.

Por un momento me debato entre la perplejidad y la incomprensión.

No quiero quitarle importancia a mi detalle porque, en fin, más allá de que me dedique a anticiparme a las necesidades de mis clientes, soy la leche, pero ¿tanto le gusta el helado?

¿O es que no han tenido nunca antes un gesto amable con él?

—Qué rico —murmura. No es que de normal sus ojos parezcan opacos o carentes de emoción (todo lo contrario, y he ahí el problema), pero ahora destellan como piedras preciosas—. ¿Quieres probarlo?

Trago saliva y me preparo para negar con la cabeza. Él ya está acercando la cucharilla a mis labios, sin embargo, y me descubro abriendo la boca como un autómata, la vista fija en la suya, y aceptando una pequeña porción del mismo cubierto de plástico que él ha chupado.

Alguien me ha enviado de cabeza a un episodio de Los Bridgerton , en concreto a aquel en el que la protagonista de turno contempla, anonadada, cómo un hombre ajeno a su deseo lame a cámara lenta una cucharilla.

Es así como vivo los delirantes segundos posteriores, cuando DiMarco pasa la lengua por la superficie de plástico semitransparente, esa que yo he lamido, y gime de gusto.

Por primera vez en su vida sin la intención de sacarme los colores, cabe decir.

—Oye, esto no es... no es... No creo que se pueda comer aquí —balbuceo a falta de gritar que esto es inapropiado, inadmisible, escandaloso, obsceno; que debe detenerse ahora, de inmediato, ya, ipso facto .

Pero él alza la vista con inocencia, como si no supiera de qué hablo (¿sé yo de qué hablo?

¿Sé yo qué está pasando? ¿Sé cómo me llamo?) y solo puedo musitar—: ¿Te. .. ha dolido? ¿Estás bien?

—Ahora estoy de puta madre. Pero que sepas que me he dado cuenta del cambiazo —me advierte, y, como un perrito detrás de su dueño, camina en pos de mí cuando decido que he tenido suficiente espectáculo y me pongo en marcha—. Lo de sustituir tu mano por la de ese esbirro satánico.

—Solo es una higienista dental.

—Un esbirro satánico —repite. Una zancada de DiMarco equivale a cuatro pasitos de los míos, así que no le cuesta colocarse a mi altura e inclinarse sobre mí—: Me he dado cuenta porque cuando sales de una habitación te llevas todo el perfume contigo.

—Ya, bueno —mascullo sin saber qué otra cosa decir—. Es mi perfume. Me lo llevo cuando quiera y a donde quiera.

DiMarco suelta una pequeña risa que me produce una profunda satisfacción. Lo sé porque la satisfacción se manifiesta en mi vientre como una explosión de calor.

Me detengo en la salida de la consulta para echarme el bolso sobre el hombro contrario.

O para disimular que estoy nerviosa. Él tiene el primer gesto caballeroso desde que lo conozco empujando la puerta, pero no me deja pasar primero.

Bloquea el acceso colocando todo su cuerpo erguido — Dios mío, parece agrandarse con el paso de los segundos — y espera a que yo alce la vista con recelo para dirigirme lo más parecido a una sonrisa considerando que está anestesiado.

Podría haberme burlado del aire de borracho que le confiere el pinchazo, pero en todo caso sería una borrachera divertida, una borrachera de esas tiernas que te hacen echarle el brazo por encima a tus amigos, ir bailoteando por la calle y gritarle a alguien que lo quieres.

—Gracias, pitusa.

Y me roba un beso de labios fríos con sabor a caramelo salado.

Decir que me quedo catatónica es quedarse corto, incluso si ha sido un beso casto en los labios, incluso si no ha durado más de dos segundos, incluso si es un beso que podría haberme dado mi propia madre —si mi madre fuera de dar besos en la boca, o de dar besos a secas, o si fuera una madre normal—.

Me preparo para echarle la bronca, como se ha buscado él solito, pero a sabiendas de la que podría haberle caído, me ha adelantado bajando por las escaleras con su helado en la mano, más contento que unas pascuas.