Capítulo 5 #4
No es que quiera torturarlo. Al final, uno de mis deberes para con el cliente es llevarme bien con él. Pero me alegro de saber que puedo poner fin a una discusión utilizando la llave maestra que ha resultado ser el cuestionario.
—El dentista —dice por lo bajo.
Me inclino hacia él.
—¿Cómo has dicho?
—El dentista —repite en el mismo tono— es una de las cosas que me dan miedo.
Estoy preparándome para preguntarle de qué está hablando, pero justo entonces aparece en la salita una jovencísima higienista dental con el cabello recogido en una coleta ideal. Entrelaza las manos sobre el pijama blanco y le sonríe igual que a un niño.
—Usted debe ser DiMarco. ¿Me acompaña? El doctor Ralston le está esperando.
Confirmo que no me estaba mintiendo al comprobar que toda la sangre le desaparece del rostro. Viendo que se resiste a ponerse en pie y se frota los muslos de manera compulsiva, buscando el valor en la fricción de los vaqueros, me levanto y lo cojo de la muñeca.
—Venga. Solo va a ser un momento.
—Has dicho que me van a coser —rezonga por lo bajo.
—Depende de la gravedad de la lesión, pero incluso si lo hicieran sería para evitarte dolores futuros. —Enarco las cejas—. ¿Es que quieres sufrir por una tontería que tiene fácil arreglo?
No, claro que no, pero tampoco quiere sufrir por lo que dure la tontería que el doctor Ralston piensa practicarle al otro lado de la puerta.
Tengo que apiadarme de él, no me queda otro remedio. Además, no es el miedo más absurdo con el que me he topado. A Alexia le dan miedo los chihuahuas, y hace un par de años acompañé a un escritor que tenemos en plantilla en su gira por la Costa Oeste y descubrí que le tenía pavor a los pelirrojos.
«Son el precio que pagar por las pelirrojas», decía, pálido como la tiza.
Consigo que DiMarco se levante y me siga reticentemente camino de la consulta.
—Tenemos que trabajar en esta fobia tuya. No puede darte miedo el dentista, DiMarco. Juegas al fútbol americano. Es como si te dieran miedo los traumatólogos. O los balones.
—No me digas —refunfuña por lo bajini—. No puedo evitarlo, ¿vale? La primera vez que fui, cuando era pequeño, me arrancaron de cuajo un diente de leche con tres raíces profundas. Sin anestesia. Salió tanta sangre que me salpicó la cara.
—Eso fue a las claras una mala praxis. Yo te he buscado al mejor dentista de la ciudad, y si es el mejor según cuatro páginas web comparativas, es porque no hace esas cosas.
DiMarco se detiene ante la puerta, donde destaca el rótulo con el nombre del profesional.
—¿Es que a ti no te da grima? El sabor de los guantes de látex en la boca, la dentera cuando te rayan un diente con la maquinita, la sensación de plástico y de tener una dentadura que no es la tuya después de una limpieza...
Se estremece de espanto.
—Ninguna grima. A mí me encanta el dentista. —Me encojo de hombros—. Desde pequeña estoy buscando razones para ir, y eso que tuve aparato durante cuatro años. Claro que estaba enamorada de mi dentista. Eso ayuda.
El semblante de DiMarco se ensombrece cuando vuelve a mirar al frente.
—Yo jamás podría enamorarme de mi enemigo.
—No seas exagerado.
Pongo los ojos en blanco y asiento hacia la higienista, que procura no juzgar la conversación —por lo que vamos a pagar, ya podría ponerse unos pompones y gritar «Dame una D , dame una I , dame una M ...», etcétera— y solo llama a la puerta con los nudillos.
«Adelante», pronuncia el señor Ralston.
DiMarco tiembla de la impresión, pero yo le pongo una mano entre las escápulas y lo empujo lo justo para que lo note, entre otras cosas porque nunca podría empujarlo lo justo para moverlo.
—Vamos, si no te van a hacer nada. Les tienes miedo porque te arrancaron un diente, ¿no? Pues despreocúpate. ¿No ves que ya te lo arrancó Ash?
Mi argumento tiene que convencerlo, porque asiente con la cabeza, se llena de determinación tomando aire y cruza el umbral con la misma solemnidad con la que los fantasmas van hacia la luz.
Pretendía cerrar la puerta para concederles intimidad, pero DiMarco capta mis intenciones con el rabillo del ojo y me advierte con voz de ultratumba:
—Te quedas conmigo.
—¿Es una petición o una orden?
—Las dos.
No me da tiempo a contestar. El doctor Ralston termina de limpiar sus instrumentos quirúrgicos y se levanta del taburete para darle la mano a DiMarco, como dicta el protocolo.
Puedo figurarme por qué Horace Ralston está a la cabeza del ranking de dentistas: es lo bastante mayor para inspirar respeto hacia su experiencia, pero no tanto para temer que esté desactualizado.
Tan rígido como una lámina de cristal y disociado de las palabras del doctor, DiMarco se tumba donde se le indica procurando dejar claro con su mueca terca que no le simpatiza la situación.
Ralston tiene suficiente recorrido para reconocer al vuelo a un hombre con una fobia, porque nada más pedirle que abra la boca, se echa a reír.
—Ah, aquí tenemos a otro pobre traumatizado por profesionales cuestionables —comenta con afabilidad—. No se preocupe, DiMarco. Solo vamos a echar un vistazo y ver... Oh, vaya.
DiMarco busca algo en la habitación con los ojos muy abiertos. Descubro que ese algo soy yo al recibir su mirada inquieta por la valoración. Me aproximo por un costado con el permiso de Ralston —él asiente con benevolencia— y le pongo una mano indecisa sobre el hombro.
—¿Todo bien, doctor?
Por un instante me siento la actriz secundaria de un episodio de Anatomía de Grey , la clásica novieta que permanece en pie y con gesto atribulado junto al paciente que morirá en el quirófano de Derek Shepherd.
—Tuvo que ser un golpe contundente, pero tanto el que se lo dio como él mismo hicieron un buen trabajo: el primero arrancando la muela de cuajo, sin dejar ninguna raíz dentro, y el segundo deteniendo la hemorragia.
Aun así, tal y como esperaba cuando me contó usted por teléfono las razones que hacían urgente la visita, se le ha desgarrado la encía. Tendremos que limpiarla y darle puntos.
DiMarco sacude la cabeza y hace ademán de incorporarse, pero lo detengo colocando la palma sobre su pecho.
Me sobresalta lo rápido que late su corazón, a punto de salir disparado.
—No. No quiero puntos.
—Claro que los quiere, doctor. Los quiere porque le encantan, le vuelven loco los puntos. No le haga caso. Es que no sabe lo que es bueno. —Le lanzo una mirada de advertencia a DiMarco, que ni siquiera asustado se deja intimidar.
—¿Estás aquí para torturarme o qué? —masculla entre dientes.
—No poner puntos es una opción como cualquier otra —conviene Ralston—, pero una muy arriesgada.
Podría formar un coágulo estable durante la cicatrización secundaria, y le resultaría más doloroso que la atención directa.
Aparte, la encía es una parte del cuerpo muy vascularizada.
Podría sufrir hemorragias, y eso por no mencionar las infecciones.
Yo recomiendo encarecidamente la sutura.
—Claro que lo recomienda, no vaya a ser que pierda dinero.
—DiMarco —lo regaño, aunque estoy de acuerdo con él—. Haga lo que tenga que hacer, doctor. Solo faltaría que volvieran a arrearle un guantazo en el próximo entrenamiento y terminaran lo que empezaron.
—La gente no se moría por una muela saltada en la Edad Media.
—¡Por supuesto que la gente se moría por eso en la Edad Media! —me desespero, bizqueando—. ¡La gente se moría por todo en la Edad Media!
O bien confía en el dentista y en mi determinación o bien sospecha que voy a interponerme entre la puerta y él para que no se escabulla —yo no infundo miedo; de mi bolso, en cambio, no puede decirse lo mismo—, porque después de refunfuñar algo que suena peligrosamente a «matasanos de los cojones», vuelve a descansar la nuca en el asiento.
Con resignada obediencia, abre la boca para que el señor Ralston pueda comenzar a irrigar la encía afectada y limpiarla a conciencia antes de la sutura.
A falta de algo mejor que hacer —estoy cruzada de brazos a su lado, más como su carcelera que como su representante—, me distraigo vigilando las muecas que va haciendo.
No es muy cómodo mantener la boca abierta de par en par mientras un desconocido introduce toda clase de instrumentos puntiagudos en la cavidad, pero tampoco es como para que te tiemblen los párpados, palidezcas y aprietes los puños sobre el vientre como un niño enfurruñado, ¿no?
Cualquiera presentaría un aspecto patético en estas circunstancias, pero puedo asegurar que no es eso lo que te viene a la cabeza cuando un jugador de fútbol americano con las dimensiones de un bloque de hormigón se atreve a exhibir su debilidad.
Las pestañas rizadas, negras y tan tupidas que parecen alas de golondrina proyectan una sombra con forma de medialuna en los pómulos ruborizados.
Un mechón del flequillo se ondula entre la frente y la sien.
Sus hombros sobresalen por mucho del asiento, complicándole la posición al doctor Ralston, quien aun así trabaja con eficiencia.
—Ahora vamos con los puntos. Va a notar un ligero pinchazo, pero nada más. Es para que no note ninguna molestia mientras coso la zona.
En un gesto involuntario, DiMarco presiona los párpados ya cerrados y alarga el brazo hacia mí.
De buenas a primeras, mi pobre mano se ve atrapada por la suya.
No podría haberla apartado ni aunque me hubiera puesto a forcejear.
Me aferra con tanta fuerza que siento que retirándola le estaría haciendo un desaire imperdonable.
Sorprendida con el descubrimiento — Dios santo, le aterra de verdad —, cubro su dorso con la palma libre y le transmito mi apoyo con un par de golpecitos, al principio condescendientes, luego espero que tranquilizadores.
DiMarco no se relaja ni por asomo, ni siquiera después del «ligero pinchazo» de la anestesia local, pero al menos deja de llevar los hombros como pendientes cuando nuestras manos empiezan a fundirse con el calor de la otra.