Capítulo 5 #3
—El caso es, DiMarco —retomo, ignorando su intento de burla—, que he tratado con gente que se siente como tú respecto a la intimidad.
Por eso respeto que a ti sí se te haga cuesta arriba abrirte.
Aun así... —Vuelvo a agarrar el bolso, que esta vez deposito sobre mi regazo.
Tiro de la esquina de los papeles grapados del cuestionario y los hago asomar entre las cremalleras con una sonrisa esperanzada.
Los sacudo como quien dice ante su perro: «¿Quién quiere una chocolatina?
»—, ¿serías bueno y contestarías al menos a la mitad? Solo la mitad, venga.
DiMarco me mira con desconfianza. Un par de mechones negros interrumpen su visión, dándole el aspecto de un John Wick despeinado tras una pelea.
—No creo que nadie que me conozca pudiera responder a un veinte por ciento del cuestionario si les preguntara sobre mí —murmura, contrariado—, ¿y se supone que debo confesarte a ti, alguien a quien le pago, lo que no sabe ni mi propio tío?
—Bueno, pues contesta a un veinte por ciento. Hay preguntas que no veo por qué iban a comprometer tu integridad personal. Esta, por ejemplo, quiere saber si eres más de salado o de dulce.
—Me gusta la mezcla de dulce y salado. Pero se supone que eres mi representante, no mi cocinera.
—Mira —me desdigo enseguida, inspirada—, el problema es que ves el proceso de rellenar el cuestionario demasiado impersonal, ¿no?
Sientes prostituidos tus secretos, ¿me equivoco?
¿Por qué no aprovechamos que queda un rato para que te llamen y te voy haciendo las preguntas yo en voz alta para que al menos parezca una conversación orgánica?
—¿Puedo preguntarte cosas yo a ti también?
—Claro. —Entonces recuerdo con quién estoy hablando y puntualizo—: Siempre y cuando no abandonen el terreno de lo respetable. Puedes ponerte personal, pero no muy personal, y con esto quiero decir que no me puedes preguntar de qué color es ninguna prenda que no estés viendo ahora mismo. ¿Estamos?
DiMarco asiente con la cabeza con aire distante.
Vale, es un hombre fundamentalmente callado y huraño.
Y no pretende ser misterioso: lo que pasa es que no le suele interesar meter baza, y cuando lo hace es tan poco diplomático que parece recién salido de una granja aislada.
Pero hoy en concreto se le han acentuado los síntomas del ermitaño.
Percibo en él un halo de inquietud... o a lo mejor es que es la primera vez que lo veo sin el uniforme de wide receiver .
Quieras que no, unos tejanos oscuros y una camiseta de algodón de manga corta contribuyen a restarle ferocidad a su aspecto.
No tanto como pudiera pensarse, aun así. Sigue siendo enorme, la barba enredada le ocupa medio rostro y los mechones ondulados que le enmarcan la cara y que deberían suavizarle la expresión solo endurecen sus rasgos.
—Vale, pues... —carraspeo nada más apoyar el cuestionario sobre mis rodillas—. El nombre legal lo conocemos. Myles DiMarco. ¿Fecha y lugar de nacimiento?
La pregunta le tensa los hombros aún más si cabe, porque es entonces cuando reparo en que ya estaba rígido como una estaca.
He dado por hecho que él es así de compacto porque, de nuevo, estoy acostumbrada a verlo con las protecciones, que siempre le hacen ver macizo como un bisonte.
Pero ahora que no hay accesorios cubriendo y alterando las líneas de su cuerpo, puedo fijarme en que no es que los músculos le ensanchen la figura —aunque también—, sino que está encogido.
Murmura algo que no alcanzo a oír.
—Perdona, ¿qué has dicho?
—Que no lo sé —repite a la defensiva—. Entre mediados y finales de marzo.
Se me habría escapado una carcajada por lo absurdo de la respuesta si su mueca no me hubiera instado a ser prudente.
Pronuncio lo que nunca me imaginé pronunciando:
—¿No sabes cuándo ni dónde naciste?
—Vivía en Jacksonville, Florida, antes de que los Boston Beasts me ficharan. Con mi tío Henry —contesta, solo que no a mi pregunta—. Si es que eso te vale.
De forma involuntaria, aflojo el agarre del papel y deposito encima el bolígrafo con el pompón que había utilizado para rellenar los primeros espacios en blanco.
Me paso la punta de la lengua entre los labios, entre confusa y preocupada. No tengo que forzarme a mirar el resto de las preguntas iniciales con otros ojos. Si ya le ha supuesto un problema decirme su fecha de nacimiento, me puedo figurar lo que opinará del resto del cuestionario.
Jamás pensé que me invadiría la indecisión calibrando si preguntarle a alguien cómo se llaman sus padres, en qué trabajan o trabajaron, si tiene hermanos y qué piensan de que se dedique al fútbol.
Y vacilo antes de siquiera plantearme abrir la boca porque recuerdo que ayer, sin ir muy lejos, ya me transmitió su contrariedad: «¿Por qué tengo que decirte cómo se llaman mis padres?
». Luego frunció el ceño, aún más irritado, y me preguntó, como si le asombrara que alguien se lo hubiera planteado alguna vez, a quién le importaría averiguar su bebida favorita.
Pues considerando que es uno de los jugadores de fútbol americano más admirados de la nación, ganador de la última Super Bowl y vinculado a uno de los mejores equipos que han formado los Boston Beasts desde su creación hasta la fecha presente, yo diría que unos cuantos.
Sí, unos cuantos matarían por comprarle su refresco preferido y acercárselo a los labios en el intermedio del partido.
Unos cuantos y unas cuantas, a saber: los fanáticos del fútbol y las fanáticas de los morenos con barba.
(Me consta que también hay fanáticas con A del fútbol, pero como no conozco a ninguna y sí he tratado con mujeres que van a los partidos porque Noah Armstrong —también moreno con barba— está sudando en vivo y en directo, he separado así los grupos).
El caso es que me extrañaría que tuviera que comentarle la agitación que causa para que se enterara.
Hasta donde sé, está en el mundo real. Está tan en el mundo real, de hecho, que no se ha metido en problemas por un mal uso de las redes —no solo por eso, no en principio—, sino por soltarle un puñetazo a una persona de carne y hueso.
¿No debería saber mejor que nadie las pasiones que levanta, entonces? ¿No lo abordan por la calle? ¿No lo ha alabado alguna de sus doscientas noventa y cinco novias?
No son doscientas noventa y cinco, vale, pero desde que juega en la NFL y el bello sexo lo tiene fichado por guapetón, se le han conocido cuarenta y seis ligues oficiales. Cuarenta y seis ligues —que nos conste, porque podrían ser más— en el curso de tres años. Toca a más de una novia por mes.
Sí, lo he contado. Lo he contado y luego lo he dividido entre treinta y seis. Sale 1,2777777 (periódico). Uno con veintiocho, si queremos redondear.
Concluimos, pues, que desde que es wide receiver de los Boston Beasts ha salido con una mujer y un cuarto al mes.
Añado el cuarto porque digo yo que será a donde se las lleva y porque como mínimo se ha ennoviado con la entrepierna de la susodicha, y el aparato reproductor femenino es, siendo fiel a las matemáticas, un cuarto de la totalidad del cuerpo.
Una mujer y un cuarto por cada ciclo lunar, ¿y se pregunta por qué alguien querría saber si es más de vino semidulce o de cerveza?
Si no recordara con precisión de cirujano la expresión de incredulidad que tuvo el valor de poner, habría dado por hecho que reaccionaba así porque quería que yo le dijera: «¡Todo el mundo, Myles, cielito!
¡Todo el mundo quiere saberlo todo sobre ti porque eres el mejor, el más guapo, el más fuerte y el mejor dotado!
¡Toma, aquí tienes un beso, mis bragas y un millón de dólares también! ».
La línea de mis pensamientos me lleva a recordar que no es digno de mi piedad y le suelto con ironía:
—¿Pareja actual? ¿Te gustaría presentarla de forma oficial o preferirías mantenerla en la privacidad? Si quieres, uso el plural: ¿las presentamos o las ocultamos?
—Ahora mismo no estoy saliendo con nadie.
Me gusta una chica, pero parece que yo no le gusto a ella —suelta como si tal cosa, y antes de que yo le pueda recordar la cláusula que prohíbe flirteos, exige saber—: En serio, ¿por qué has venido?
¿Solo querías mi muela y el cuestionario o también pretendías acompañarme?
Porque eres mi mánager, no mi escort. Por desgracia.
No lo dice con retintín ni desprecio. Empiezo a darme cuenta de que habla así y ya está, y de que aunque el mensaje sea inequívocamente provocador, no busca gresca.
Le lanzo una mirada de advertencia.
—Eso no ha sido muy elegante, Myles.
—Y qué.
Cualquiera le enseña modales a este.
—Pues mira, he venido, en parte, para informarte de mis avances en las últimas veinticuatro horas.
Estoy intentando conseguir un acuerdo con Gillette para que seas la nueva cara de su próximo anuncio televisivo.
Aparte, Farah Fou ha prometido hacerme un hueco en su programa dentro de un par de semanas y Paolo me ha dicho que estaría encantado de dejar a Alexia unos días ahora que ha terminado la gira para venir a echarte un vistazo.
—¿Un anuncio con Gillette?
—Sí, para promocionar una maquinilla nueva.
—¿Una maquinilla nueva? No me voy a cortar la barba.
—Claro que te vas a cortar la barba. Apuesto el alma a que es la primera medida que tomará Paolo en cuanto te vea para que transmitas una imagen algo más confiable.
—No me voy a cortar la barba.
Lo desafío con la mirada y, en un gesto infantil, bajo la vista al cuestionario y le arrojo la pregunta que más sensible me parece:
—¿Experiencias negativas previas con la prensa? ¿Algún hábito dañino que pueda afectar a tu rendimiento, como, por ejemplo, consumo frecuente de alcohol o pastillas? ¿Mayor miedo profesional y personal?
Mi estrategia surte efecto inmediato. DiMarco se abruma con el interrogatorio y se echa hacia atrás, apoyando la nuca contra la pared blanca. Cierra los ojos un instante y coge una gran bocanada de aire.