Capítulo 5 #2
No va a ser necesario que recorra tres manzanas más sobre las sandalias de Miu Miu que me hacen rozaduras. Justo al lado de la consulta del dentista Horace Ralston, el que es mi destino, se erige una droguería que comercializa la marca Dior.
Nada más colgar la llamada con el compromiso de seguir en contacto, entro en un visto y no visto y compro un modelo Shimmer Macadamia que me aplico compulsivamente mientras subo a la séptima planta del edificio.
Cruzo el umbral de la consulta unos minutos antes de la hora prefijada, a las doce y dieciocho del mediodía, sintiéndome poco más que Dios en la Tierra.
Con perdón, que eso es blasfemo.
Para mi inmensa sorpresa, porque estoy acostumbrada a que DiMarco llegue tarde a todas y cada una de sus citas —incluso estando en el lugar físico de dicha cita, lo que ya tiene mérito—, reconozco su inmensa figura sentada con cierto desvalimiento en la sala de espera.
Todo en la consulta es como cabría esperar cuando uno pronuncia la palabra «dentista»: baldosas brillantes de un blanco cegador, paredes desprovistas de decoración salvo por un par de cuadros de familias sonrientes compradas en un banco de imágenes, ficus de interior de metro y medio y sofás modernos color crudo.
Exceptuando a una mujer entrada en los cuarenta que finge hojear una revista —en realidad, se dedica a mirar a DiMarco con una mezcla de grato asombro y temor—, la consulta está vacía.
A un espacio tan blanco que uno se pregunta si no habrá muerto y estará en el cielo, el moreno y vestido de negro Myles DiMarco le queda como a Cristo dos pistolas.
Caray, cómo estamos hoy con las blasfemias.
Practico una sonrisa antes de captar su atención.
—¡Qué bien que hayas sido puntual! —exclamo con energía en cuanto deposito el bolso sobre el sofá.
Él respinga como habría respingado un solitario beduino si se hubiera topado con un espíritu en el desierto.
Pálido como la tiza, me dirige una mirada inquieta—.
Vaya, qué mal te sienta respetar los horarios ajenos, ¿no?
Bueno, que sepas que reservé las doce y veinte, las doce y cuarenta y cinco y la una y cuarto por si no aparecías hasta las tantas.
Te iba a traer un café en el caso de que te hubiera dado el bajón del mediodía y necesitaras espabilarte, pero entre que no has rellenado el cuestionario para hacerme saber tus preferencias (si café o té) y que ahora van a hacerte un reconocimiento bucal, no me ha parecido conveniente.
—¿Y sí te ha parecido conveniente venir a hacerme compañía?
En absoluto.
—Teniendo en cuenta que se han puesto de moda las carillas dentales, sobre todo entre los futbolistas de tu quinta, debía estar aquí para impedir que pidieras unos veneers .
—No se me ocurriría ponerme carillas dentales.
—¡Está bien saberlo! Como iba diciendo, lo que sí he estimado oportuno —revuelvo el interior del Celine para, esta vez, encontrar lo que buscaba al vuelo— ha sido traerte un cepillo de dientes, pasta dental y spray para el aliento, porque no queremos que el nuevo dentista se lleve una pésima impresión, ¿verdad?
No vaya a ser que sea influencer en sus ratos libres y hable de tu mal aliento en un reel .
DiMarco no me ha mirado en ningún momento, y tampoco hace ademán de aceptar el cepillo envuelto en plástico que le tiendo con toda mi buena voluntad.
Se lleva las manos a las sienes y se las frota con una mueca derrotada.
—Entonces eres tú la que me ha cambiado de dentista.
—No te he cambiado. El seguro del club cubre los servicios de un prostodoncista, que será el que dentro de un tiempo razonable, diría entre uno y tres meses, se encargue del implante que repondrá la muela que perdiste.
Ahora mismo, como lo que seguramente necesitas sea que te atiendan la infección de la herida, te ayuden con el dolor y te cosan la encía desgarrada, te hace falta un cirujano oral y maxilofacial.
Por eso te he traído aquí y no allí. Mejor que se encargue un especialista, ¿no?
Y hablando de traer —prosigo, ignorando que se ha girado a mirarme pasmado—, ¿tienes algo para mí?
Extiendo la mano a la espera de que me entregue lo que le he especificado vía mensaje.
Él echa un vistazo a mi palma abierta, luego a mi expresión afable y de vuelta a mi palma. Desliza su propia mano sobre la mía en una suerte de caricia torpe; caricia torpe que me sobresalta y me insta a retirar el brazo enseguida.
—¿Qué haces? —balbuceo.
—¿Qué haces tú? ¿Qué se supone que quieres? ¿Dinero?
—¿Cómo que dinero? ¡No! ¡La muela, DiMarco! ¡La muela que perdiste ayer!
—¿La muela? ¿Para qué la quieres?
Me acuerdo de cuando le pregunté a Capobianco si me tomaba por el hada de los dientes.
Parece que sí, lo soy también. Entre otras muchas cosas.
—¡Yo, lo que soy yo, Lara Cosima, no la quiero para nada!
—exclamo en voz alta. Recuerdo entonces que estamos en un espacio más o menos público, no en el despacho del entrenador, y echo un vistazo rápido a la mujer que nos observa por encima de la revista.
Carraspeo y repito, de vuelta a la conversación—: Yo no la quiero para nada, pero la necesitamos por si el dentista puede reimplantarla.
—¿Re... implantarla?
—Anoche estuve leyendo sobre tu situación y descubrí que a veces se reimplantan dientes saltados.
Los incisivos más que los molares por un tema de raíces múltiples y de daños en el ligamento periodontal, eso es verdad, pero a lo mejor había suerte y después del doctor Ralston podíamos ir a ver al doctor Yates para que te recolocara la misma muela.
Para eso tenías que traerla en suero. ¿Es que no has leído mis mensajes?
—No.
—¿No has leído mis mensajes?
—Te lo acabo de decir.
Lo sé, te estaba dando la oportunidad de corregirte.
Imbécil.
—¿Por qué no los has leído?
—No los he visto.
—¿Que no los has...? ¿Qué clase de psicópata no lee los mensajes que le llegan? ¿Es que no consultas el móvil antes de acostarte? ¿Tampoco en cuanto te despiertas?
—No.
—¿Y en el baño?
—No.
—¿Ni cuando te encuentras en una situación incómoda y tienes que fingir que estás ocupado?
—Si estoy incómodo, me voy, no finjo.
Olvidaba que estaba hablando con el hombre ajeno a todo contrato social.
—Entonces supongo que no has traído tampoco el cuestionario que te di. Rellenado —recalco, haciendo hincapié en cada sílaba.
—No me gusta lo del cuestionario. No lo voy a hacer.
Me palmeo los muslos en un arrebato exasperado — lo que me faltaba — y echo un vistazo rápido a la sala de espera, ya al límite de mi paciencia.
Es cierto que en menos de veinticuatro horas he tenido que empezar a materializar los primeros pasos que daré para rehabilitar a DiMarco llamando a Morgan Reece, poniéndome en contacto con Farah Fou para que me haga un hueco en su programa y contactando al estilista que le hará un necesario cambio de imagen.
Luego he buscado los mejores dentistas de la ciudad y averiguado qué es lo peor que te puede pasar si te arrancan un molar de cuajo, si cabe la posibilidad de que se muera como resultado del procedimiento y, en ese caso, qué sucedería con nuestro contrato de representación. ..
... pero sigue siendo demasiado temprano para estar al borde del ataque de nervios.
Con Alexia todo era mucho más fácil. Nunca tuve que acompañarla al dentista, por ejemplo... a no ser que quisiera que la entretuviera en la sala de espera con alguna batallita.
DiMarco sale perdiendo en comparación con ella, esa es la verdad.
—Tienes que hacerlo —le explico con el mismo tono dulce y pausado que se emplea con los niños—. ¿Cómo esperas que te ayude, si no?
—Puedo entender que quieras saber cuáles son mis objetivos profesionales, pero no tienes por qué enterarte de si alguien depende económicamente de mí o si hay temas familiares que «debamos manejar con discreción».
Tampoco tienes por qué saber cuál es mi mayor miedo.
Entre otras cosas, porque no te interesa —concluye con la vista fija en las manos que no deja de frotar de manera compulsiva.
Podría haberse hecho la víctima, pero solo suena robótico de tan objetivo—.
No me merece la pena que te metas en mi vida a regañadientes para concederme caprichos sin los que he vivido muy bien hasta ahora.
Pestañeo dos veces después de unos segundos de silencio sepulcral.
—Vaya. Entiendo tan bien de dónde viene tu tajante negativa que yo misma me sorprendo. Nunca pensé que llegaríamos a un pequeño punto común.
—No era muy difícil. Apuesto a que a ti tampoco te gusta airear tus trapos sucios.
—Ah, no, ahí te equivocas. —Sacudo la mano para ahuyentar su absurda teoría—.
Yo no tengo ningún problema con revelar mis intimidades, sea a mis amigos o sea en redes sociales.
De hecho, soy muy activa en Instagram. Subo alrededor de siete u ocho historias al día para informar en todo momento de dónde estoy y lo que hago. ¡Soy adicta!
—No creo que eso sea algo de lo que estar orgullosa.
—Tú te enorgulleces de pegarle a los paparazzis y yo me enorgullezco de participar en el mundo digital. Cada palo que aguante su vela.
—¿Cómo te llamas en Instagram?
Por un brevísimo instante, tan breve que negaré que el pensamiento haya cruzado mi cabeza, me enfado y me decepciono con él porque haya confirmado sin saberlo que no cotilleó mis redes sociales después de nuestra conversación telefónica.
Una remota parte de mí quiso pensar que estaba tan picado con el misterio de mi rostro que puso mi nombre en la barra de búsqueda de Google.
Se ve que no.
«Bueno, ¿y a ti qué más te da?».
—@laracosimaoficial.
—¿Oficial? ¿Es que alguien se ha intentado hacer pasar por ti? ¿Tienes clones repartidos por el mundo?