Capítulo 5
Coming Like the Ice Cream Man
Lara Cosima
—Pero... ¿ese tipo, DiMarco, no es el que le rompió las gafas a un fotógrafo?
Aprovecho la maldición que no pienso pronunciar en voz alta —pero que ya te digo que reproduzco para mis adentros— para cambiar el teléfono de mano.
Bueno, más correcto sería decir de hombro .
Llevo quince minutos buscando a dos manos el gloss en las cavernosidades del bolso de piel de becerro de Celine, y como siguiera haciendo equilibrismos con el iPhone iba a inducirme una tortícolis de agarra y no te menees.
El resto de mis sentidos están puestos en evitar una debacle humana mientras transito el corazón de Boston a las doce del mediodía.
A esta hora la mayoría de los currantes se ponen de acuerdo para abandonar sus oficinas y salir a la caza del almuerzo.
Hay quien lo encuentra penoso —los europeos, por ejemplo—, pero yo, con tal de evitar tapones en la vía pública a hora punta, establecería por ley que la gente se comiera en su coche una fiambrera preparada en casa.
Lo de grabar un tiktok entremedias quejándote de algo quedaría a gusto del consumidor.
—Lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien, ¿no? —pruebo a bromear—. Nunca he sabido si la cita es de Dalí o de Oscar Wilde. Prefiero pensar que es de Wilde porque me cae mejor. Era una víctima de la moda, como tú y como yo...
—¿Pero estaban hablando mal de él o estaban contando un hecho objetivo? ¿ Ese DiMarco es tu cliente?
«Es un bulo, un rumor, ¡una mentira fabricada por los enemigos de la oposición! ¡O sea, por los Miami Dolphins!», me encantaría responder.
Imposible . A estas alturas de la película no puedo jugar a escurrir el bulto, y menos con Morgan Reece, la cabeza del departamento de marketing de Gillette.
Al igual que yo, es una mujer a un iPhone pegada , que rezaba el poema de Quevedo, y el vídeo viral al que alude indirectamente cuando menciona al fotógrafo y las gafas de marras lleva meses pululando por las profundidades de la web.
Ya se ha adherido a la memoria popular.
Pero ¿sabe qué le digo? Que ahora que represento a Myles DiMarco por contrato —o, dicho de otro modo, que estoy comprometida de manera oficial con sus intereses—, no le voy a quitar el mérito a ninguna de sus pequeñas y agridulces victorias.
Seis segundos de cortometraje casero han conseguido, aunque sea por las malas, lo que yo misma pretendo: hacer de mi cliente una estrella.
Una estrella estrellada , pero estrella al fin y al cabo.
—Es cierto que le rompió las gafas, sí —le concedo con la paciencia pendiendo de un hilo.
Llaves, monedero, cuestionario de cien preguntas enrollado, caramelos de menta, spray pimienta, pinza del pelo, muestra del perfume Sweet Vanilla de Montale.
.. ¿y el gloss? —, pero te aseguro que no fue adrede.
Es que siempre se magnifica el golpe cuando alguien o algo se cae, ¿no?
Mucho más cuando se involucra un accesorio asociado al friki de la clase, y sé lo que digo porque yo llevaba lentes.
Lo que vengo a decir es que eso no necesariamente significa que la bronca fuera brutal. Solo se ve más aparatosa.
—Ya. Entiendo lo que dices.
Por razones obvias, Morgan no las tiene todas consigo.
Yo tampoco, y eso que he pasado la noche en vela poniendo mi talento al servicio de la improvisación de argumentos que minimizarían o incluso respaldarían la agresión.
#ModoAbogadoDelAcusado ON .
A fin de calmar mi sentimiento de culpa, tuve que repetirme tres veces ante el espejo, como si quisiera invocar a Verónica, que todo el mundo tiene derecho a una legítima defensa.
—De eso hace ya un par de meses, aun así.
—Hago un quiebro de superhéroe a tiempo para evitar que un ejecutivo me embista con el hombro y sigo rebuscando en el bolso.
¿Dónde he puesto el maldito pintalabios?
—. No tengo ni que explicarte cómo funciona la memoria de la gente.
Todo lo que no haya pasado antes de ayer ha sido borrado del disco duro, sea un escándalo sexual o sea una guerra, sobre todo si de repente aparece una nueva tribu urbana.
Fíjate cómo los therians le robaron el protagonismo a otros asuntos políticos más acuciantes.
—¿Con «otros asuntos políticos más acuciantes» te refieres a la lista Epstein? —señala, no sin la ironía con la que pretende poner de relieve mi presunta frivolidad.
Como si ella se dedicara a defender los derechos humanos y no a publicitar cuchillas.
—Aparte, para lo que nos proponemos, que es vender una nueva maquinilla de afeitar —continúo sin hacerle ni caso—, ¿no nos interesa contratar como actor principal al prototipo de macho duro y peligroso? ¿Quién mejor que mi cliente?
Con DiMarco me pasa como a los fisioterapeutas: ¿lo llamo cliente o paciente?
—Macho es un rato, y peligroso, según se ha visto, también —confirma con un sentido del humor que negará si la conversación se hiciera pública.
«¡Yo nunca he bromeado con que le rompieran las gafas a nadie!
¡Sé lo caras que son! ¡No las cubre ningún seguro!
»—, pero... No lo veo claro, Lara. Coincido en que el público olvida muy rápido las afrentas.
Lo malo es que son igual de rápidos haciendo resurgir tweets antiguos y recordando el pasado turbio de la celebridad de turno en cuanto reaparece.
Myles DiMarco quedaría de maravilla en el anuncio de Gillette, eso es incontestable, pero no queremos que nos boicoteen el producto porque a los dos días de viralizarse un clip en redes salga un listillo a rebrotar el vídeo de las gafas del fotógrafo.
—Era un paparazzi , no un fotógrafo.
—Bueno, ¿y qué es un paparazzi , sino un fotógrafo? ¿Un tipo de hortaliza?
Freno en seco, en parte para que no me arrolle una cansada ama de casa con un carrito de mellizos, en parte para no soltarle una fresca.
Odio cuando me tratan como si fuera estúpida.
—No pretendo justificar el despliegue de violencia de mi cliente, entiéndeme, Morgan —explico con premeditada lentitud, como si me estuviera dirigiendo a un animal rabioso.
Así se devuelve con elegancia una puntualización condescendiente.
A ver si tomas nota —, pero al César lo que es del César: no golpeó al fotógrafo de la Met Gala cuando salía de su hotel.
El tipo estaba esperando a Alexia Lux camuflado entre las sombras a las afueras de un pub reservado para una fiesta privada y se abalanzó sobre ella como una hiena tirando fotitos. No es un pobre inocente.
Si ahora me dice con sarcasmo que, en cambio, DiMarco, es una carmelita de clausura, me lo habré buscado.
Por suerte, eso no sucede.
—Si yo lo sé, Lara —suspira Morgan al fin—. En lo personal, encuentro más que apropiado a DiMarco para la campaña. Es sexy, es indolente y tiene la barba ideal. Pero ya sabes cómo es el público. Hay que moverse con muchísimo cuidado.
Todo esto es culpa de las gafas, maldita sea.
¿Quién mandó al paparazzi a tener miopía, eh?
Si esa noche se hubiera tomado la molestia de ponerse lentillas, algo de cajón cuando te dedicas a un trabajo que bien merece un bofetón de vez en cuando, el inconsciente manotazo de DiMarco apenas le habría rozado la cara y la sociedad habría olvidado el incidente a la mañana siguiente.
Pero no. Debía llevar un accesorio vistoso cuya violenta desposesión resultara en las imágenes que conmovieron a Spielberg.
«No te creas demasiado a tu personaje, Lara Cosima», me recuerda la voz interior. «Por más que sea tu cliente, aquello estuvo mal».
Peor estuvo lo de Epstein y aun así la gente prefiere hablar de una puta montura de cincuenta dólares.
Pero así funciona el mundo, ¿no? Habrá que adaptarse.
—Respóndeme a una pregunta, Morgan —retomo con renovada energía. Ha sido salir del tapón humano, respirar aire fresco y dar con la clave—. ¿Quién es el público objetivo de Gillette?
—Los hombres.
—Exacto. Los hombres. Los hombres con barba en específico. No sé si sabrás que en antiguas investigaciones se ha observado que los señores con vello facial abundante suelen tender a la exhibición de actitudes tradicionalmente masculinas. O sea, las dominantes. O violentas, si lo prefieres.
—¿De qué universidad es ese estudio?
—En conclusión —prosigo. No hay universidad que respalde mi teoría.
La leí en alguna página web no verificada y juraría que la tacharon de reduccionista—, es muy probable que el consumidor al que queremos venderle cuchillas y maquinillas sea un forofo del fútbol americano y, además, le importe menos que nada que DiMarco se peleara con un paparazzi .
No seguirán las redes o los escándalos ni la mitad de lo que siguen la NFL .
—No sé yo, Lara...
Estoy a un solo «Lara», huérfano de «Cosima», de quitarme un zapato y arrojárselo a alguien a la cara. Y si le rompo las malditas gafas, mejor que mejor.
Cómo se nota que tengo dos horas de sueño encima.
—Tú solo dale una vueltecita y me llamas, ¿vale?
—le propongo, tratando de no sonar suplicante o desesperada—.
Pero antes de colgar, imagínalo. Imagina un guiño a la escena de Vincent Cassel en La haine chuleándose ante el espejo, ese plano mítico que tuvo a los cinéfilos preguntándose durante años cómo habían conseguido que la cámara no saliera reflejada.
Sustituyes a Cassel por DiMarco, la pistola que forma con las manos por la maquinilla de afeitar, y tienes un plano interesante con el hombre al que el género masculino sueña con parecerse.
¡No me digas que no es una idea maravillosa! ¡Te mandaré por correo el storyboard !
Freno en seco al caer en la cuenta de que no encuentro el gloss porque he cambiado de bolso y se me ha olvidado mudar lo más importante, que no es el monedero y no es el spray pimienta —sí podría serlo el perfume, por otra parte—.
¡Ah!, pero a grandes males, grandes remedios: echar una mirada alrededor y, en el caso de no encontrar el cofre del tesoro, consultar Google Maps en busca del Sephora más cercano.