Capítulo 4 #4
—Cuando estés dando vueltas como un tigre enjaulado, loco de los nervios porque vas a salir a escena en tan solo dos minutos, agradecerás poder darle un trago a una botella de Powerade sabor uva menta, créeme.
—Tampoco es una necesidad primaria. Yo no soy Alexia Lux. Juego al fútbol.
—Tú solo deja que haga mi trabajo, ¿vale?
Sigo con la vista fija en el listado de preguntas, a cada cuál más inquietante.
Como si se hubiera dado cuenta de que mirándola un rato más entraría en combustión, Lara Cosima me desliza con sigilo el contrato en sí mismo por la última página, ahí donde debería firmar en presencia de un abogado.
Recuerdo que son seis meses lo que me espera poniéndome en manos de una completa desconocida que no ha tenido pelos en la lengua al prohibirme opinar nada más empezar la reunión y sacudo la cabeza.
—Esto no me gusta.
—¿El qué?
—No me gusta tener que callarme. No soy el único que tiene una opinión. Y no digo ninguna barbaridad. ¿A esto te dedicas? —le pregunto, y creo que sueno dolido o al menos perplejo. Menos mal que es una mujer con carácter, o pensaría que estoy hablando con un robot—. ¿A silenciar a tus clientes?
—Depende del cliente —contesta, en lo absoluto ofendida—.
Si fueras un artista musical con una amplia mayoría de fans alternativos, podría politizar tu marca y convertirte en un activista.
Pero los inversores de los Boston Beasts son de derechas, DiMarco, y el objetivo principal de todo esto es evitar que pongan su dinero en otra parte.
Para eso tendrás que ser cauto. No te voy a pedir que te hagas fotos con Melania, pero guarda silencio.
—Eso es lo mismo que ser cómplice de lo que está pasando.
Aparte —continúo, espoleado por la sensación de injusticia.
Dejo a un lado el contrato y el cuestionario y la miro ceñudo—, ¿a quién coño le importa con quién salga o no salga?
¿Acaso ellos no invitarían a una copa a una supermodelo si les hiciera caso?
¿Qué pasa si no quiero una novia seria?, ¿si me lo paso mejor echando polvos esporádicos y fines de semana en Palm Springs?
¿Por qué tengo que dar explicaciones de mi vida privada?
—Porque eres una figura pública —resuelve sin inmutarse.
Empiezo a ver a qué se refiere cuando se proclama «una profesional»—.
Estoy segura de que no debo explicarte que la fama tiene un precio.
Si es uno que no te ves en condiciones de pagar, búscate un trabajo con otra clase de inconvenientes.
Pero tal y como yo lo veo, DiMarco, no está tan mal aguantar que una masa imprecisa de gente que jamás conocerás opine que eres un guarro si a cambio puedes ganar dinero a espuertas jugando a tu deporte preferido.
»¿Sabes? Para haberte declarado activista hace un momento, tienes unas quejas muy propias de «una pija de Alabama» —hace las comillas con los dedos—: He leído también lo que el público opina de ti, y a muchos les parece que eres un llorón en un Ferrari.
—Esa opinión me importa lo mismo que cualquier otra: una puta mierda.
—No te preocupes —canturrea con brío. Ha sido entrar de lleno en la cuestión laboral y armarse de seguridad—. Ya estoy yo aquí para que me importe en tu nombre.
—¿Y qué hay de mí?
Ella acaba de firmar al lado de un garabato a nombre de Roberta Montessore y alza la mirada, desconfiando de mi pregunta al tiempo que me devuelve de nuevo el contrato.
—¿En qué sentido?
—¿Yo también te voy a importar, o eso no? Porque si ni mi propia mánager entiende mis recelos, no vamos a llegar ni al tranco de la puerta.
—¿Cómo quieres que te entienda si suenas como un crío caprichoso? ¿En serio ha de venir una pija de Alabama a decirte que no lo puedes tener todo en la vida?
—Sé que no lo puedo tener todo —contesto con acritud—, pero lo más importante para mí es sentirme dueño de mis actos. Eso, por lo que sea, no lo preguntas en el cuestionario.
—Sí que lo pregunto. —Apoya una mano en la mesa y se inclina hacia delante para señalarme una frase.
Con el movimiento, la cadenita de la que pende una cruz cristiana escapa de su escote cerrado y baila ante mi rostro como un péndulo de hipnosis.
Por supuesto que para colmo tiene que ser creyente —.
Número sesenta y tres: «¿Cuál es tu objetivo prioritario en tu carrera profesional? ».
—Esa pregunta ya la has respondido tú. Atraer inversores, ¿no?
Lara Cosima eleva la vista y clava en mí una mirada determinada.
—Puedo trabajar en varios frentes a la vez siempre y cuando no se contradigan.
Me fijo en sus pestañas rizadas, en el brillo rosado de sus labios y el colorete quizá excesivo; en la nube de perfume a vainilla intensa, mareante y pesado, que me ha llegado cuando se ha echado hacia delante.
La cruz sigue colgando entre los dos como un recordatorio de que es pura y virginal y, por tanto, está fuera de mi alcance.
¿Podría, entonces? ¿Podría de verdad trabajar en varios frentes? ¿Podría trabajar en mi futuro en el mundillo deportivo y trabajarme a mí mientras tanto, o eso no? ¿Se puede trasladar el don de la multitarea a otros ámbitos más placenteros?
No se lo pregunto porque sé que no hace falta.
A juzgar por cómo se comporta a mi alrededor, me lee la mente al vuelo y procura reaccionar en consecuencia quitándose de en medio cuanto antes.
No lo hace tan rápido esta vez, y no puede evitar que atrape la cruz entre los dedos y me entretenga sacándole brillo al oro con la yema del pulgar.
Me tienta tirar fuerte para acercarla más a mí, pero como me cargue la cadena, voy yo detrás.
Lara Cosima carraspea y recupera la cruz. Se la guarda en el interior de la blusa, la camisa o lo que quiera que sea esa prenda —nunca lleva nada que haya visto antes— y se yergue.
—Tú sabrás lo que es importante para ti, DiMarco. Firma o no firmes, pero no me tengas esperando todo el día.
Se me ocurren al menos cinco razones para romper el papel delante de sus narices y armar una fiesta de confeti blanco.
No quiero someterme a las órdenes de nadie.
No quiero que moldeen mi personalidad hasta reducirme a un muñequito al que das cuerda y suelta cuatro frases predeterminadas, siendo la principal «me acojo a la Quinta Enmienda».
No quiero tener a nadie pegado al culo, aunque ese alguien sea una monada follable.
En especial, no quiero tener a una monada follable que me la pone durísima pegada al culo si no me va a dejar pegarme a mí al suyo.
No quiero que se me conozca tan íntimamente como pretende ese cuestionario de mierda, y ni mucho menos si la motivación para hacerlo son cien mil sucios pavos.
Pero ninguno de estos motivos pesa tanto como el miedo a perder mi trabajo, que es, a la vez, la pasión de mi vida, la fuente de mi valor, aquello de lo que más me enorgullezco y una de las pocas cosas en las que soy bueno de verdad.
Así que echo una firma rápida, como si así pudiera evitar ser consciente de la magnitud del acuerdo —esto es un pacto con el diablo, ni más ni menos— y se lo entrego sin mirarla a la cara, decepcionado conmigo mismo.
Lara Cosima me concede un ratito de gracia para empezar a hacerme a la idea, o a lo mejor está tan descorazonada con el trabajo que se le viene encima como el menda.
Sea como sea, no retoma la conversación hasta unos minutos después, cuando ya se ha echado el bolso-transatlántico al hombro y ha rodeado la mesa.
—Dame tu número de teléfono. Así estaremos en contacto para próximas reuniones. Y para hacerte saber a qué hora te tocará ir al dentista. Hoy mismo tendré que concertarte una cita con él —añade, lanzando una mirada aprensiva al charco de sangre.
Bueno, al menos ahora tengo su contacto.
—No me gusta el dentista.
—A ti no te gusta nada, ¿no? —se exaspera.
Alzo la vista hacia ella, que solo ahora que está en pie y yo sigo sentado es más alta.
—Alguna que otra cosa me gusta, sí.
Lara Cosima se obliga a poner los ojos en blanco para disimular que ha vuelto a ruborizarse.
Después de anotar mi número en su apuesto que infinita lista de pobres jóvenes torturados, guarda el móvil en el bolso y se despide de mí con una sonrisa de plástico.
Yo me quedo donde estoy con los codos apoyados en los muslos y la vista perdida en la muela que me han extraído violenta pero eficazmente.
Me pregunto si igual que me la ha saltado, Ash no podrá ayudarme con el nuevo implante y así ahorrarme la visita al diablo de la bata blanca.
—Dices que si voy a ser tu mánager tendré que entenderte, ¿no?
—oigo que dice desde la puerta. Espera a que la mire de soslayo para continuar—.
Pues sí estoy dispuesta a concederte que lo de pegarle al paparazzi estuvo más o menos justificado.
Soy de hacer el amor y no la guerra, pero no le arreaste tan fuerte y fue lo que se te ocurrió para defender tu intimidad y la de tus amigos.
Además —añade a regañadientes—, no quiero ser hipócrita.
Si me pareció chic a rabiar que Naomi Campbell le rompiera la cámara a un mirón y la llevaran a juicio, a ti al menos te lo tendré que perdonar.