El partido del año Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Estoy acostumbrado a que su entonación sea un viaje en montaña rusa con curvas ascendentes, descensos drásticos, suspiritos y gritos ahogados, todo esto según el acento que le apetezca poner.

Esta lectura pausada y profesional no me estimula lo suficiente.

Además, si se me presenta la oportunidad de concentrarme en el movimiento de sus labios, ¿cómo no me voy a distraer?

No soy de piedra. Si lo fuera, Ash no podría hacerme cirugía dental cada vez que se le suelta el codo.

Si lo fuera, a lo mejor podría haberme impuesto a este acuerdo de representación en lugar de poner el culo sin rechistar.

Pero no todo es malo, y para muestra, un botón.

Detrás del escritorio de Capobianco y sujetando las dos tapas de la carpeta como un sacerdote su Biblia, Lara Cosima parece una princesa. Lleva la melena como siempre, totalmente alisada, con la raya en medio y las capas escalándose de barbilla para abajo.

(Sé lo que es una melena escalada porque Savannah me lo explicó.

Un día salió de la peluquería, me preguntó si la notaba diferente y fui incapaz de advertir el cambio, así que, «por el bien de mi vida sentimental», esto es textual, se explayó sobre el sentido de cortar el pelo a capas. Me enteré más o menos).

Cuando Lara Cosima está nerviosa, se divide el pelo en dos segmentos por detrás y se lo coloca sobre los hombros con remilgo.

Es un movimiento involuntario del que dudo que sea consciente.

Yo tampoco debería serlo —al final, y en palabras de Noah, «no me enteraría de una mierda ni aunque me la tirasen a la cara»—, pero en este caso concreto lo soy.

Me gusta pensar que eso de peinarse es un tic compulsivo que nace como respuesta a los nervios que le genera estar conmigo tanto si le gusta como si no.

Cuando se largó del vestuario el otro día, nuestro quarterback esperó a que se extinguiera el eco de sus tacones para averiguar qué coño me pasa con ella.

Siendo sincero, no tengo ni puta idea. Se parece muchísimo a María Sharápova, una de mis famosas fetiche desde que era un adolescente, pero eso no tendría por qué sellar el trato. Una vez me lie con un calco de Candice Swanepoel y no se me abrió el tercer ojo.

Suelo gustar a las mujeres, eso es un hecho, y que nadie me pregunte por qué si no quiere oír una respuesta grosera.

También suelo disgustar a las mujeres, y ahí tampoco se me puede preguntar la razón.

Es tan evidente que podría cabrearme por tener que explicarlo.

Se deduce, entonces, que odiarme no hace especial a Lara Cosima.

Es el curso natural de la interacción conmigo: primero amarme y luego despreciarme.

Ella ha ido directamente a lo segundo porque es una chica eficiente.

Por otra parte, no es insólito que a mí me atraiga una mujer.

Es el pan de cada día. Voy por ahí buscándolas hasta que alguna me llama más o menos la atención y sobre eso actúo.

Necesito subidones de dopamina y necesito, también, descargar mis continuas sobredosis de testosterona.

Si no me vuelco en la persecución y la consumación sexual, me ahogo de la angustia y el estrés.

Estamos hablando de un problema de salud nacional, ¿vale?

Tengo que estar haciendo algo todo el tiempo, y me gusta que ese algo sea tocar a una chica guapa.

No voy a decir que me valga cualquiera, porque, como muy bien señala Noah, «para no tener un tipo, me las saco todas del catálogo de modelos» —habló de putas La Tacones, por otro lado—.

Lo que sí voy a decir es que sea cual sea ese tipo, Lara Cosima no lo es.

No solo porque se dedique a lo que quiera que se dedique, que todavía no lo pillo, sino porque es bastante insufrible.

A raíz de esta disonancia que confieso que a mí mismo me saca de quicio, me he estado preguntando estos meses cuál es el intríngulis; qué es lo que planta de repente una imagen de la pitusa en mi cabeza cuando estoy en pleno entreno, voy borracho o no puedo conciliar el sueño.

Es una mujer que me odia. Típico .

Es una mujer bastante normal. Aburrido .

Es una mujer que no me quiere follar. Poco práctico.

Entonces, y retomando la pregunta de Noah, ¿qué coño me pasa con ella?

Ahora que la tengo delante con su pose de reina de Saba, la espalda erguida, las pestañas rizadas casi tocándose las mejillas mientras lee el texto, las piernas elegantemente cruzadas bajo la mesa, lo entiendo mejor.

No es que sea guapa o mojigata. Esas dos cosas ni me atraen por separado, ni me seducen si van juntas, ni nada.

Son dos cosas que, hablando en plata, me la pelan.

Lo que sí pasa es que es muy mujer . Es como si hubieran fusionado a veinticinco tías en una sola, o como si hubieran encarnado el concepto de feminidad en un individuo, o como si la hubieran diseñado en un laboratorio a base de azúcar, especias y muchas cosas bonitas.

Huele como una mujer. Tiene el aspecto de una mujer. Actúa como una mujer. Es tan femenina, hiperfemenina, incluso, que cuando la veo me siento impelido a actuar como su contrapartida, una caricatura hipermasculinizada.

Me vuelvo un poco idiota, lo reconozco. Un poco primario.

Pero es que me gusta, ¿vale?

Se coloca el pelo detrás de la oreja con una delicadeza que me hace concentrarme al toque.

Pasa las páginas del contrato como si estuviera acariciando el pelaje de un perro herido y se me eriza el vello igual que si me estuviera tocando a mí.

Cuando suspira es como si cantase, a lo que yo respondo imitando a las ratas del flautista de Hamelín: chapo la boca y la sigo.

Y todo eso porque está tranquila, ¿eh? Pero las veces que pierde los nervios, que son las de más por lo poco que la conozco, sigue sin perder ese aire femenino.

No paro de pensar en cómo mueve las caderas cuando camina a toda prisa, como uno de esos pomerania peludos que las pijas de Los Ángeles llevan en los brazos a sus sesiones de spa ; cómo se cubre la boca cuando se ríe, con el mismo gesto que si fuera a decir algo teniendo comida aún en los carrillos.

Todo lo que hace me sorprende pestañeando, embobado, y con unas dolorosas ganas de cogerla en brazos y apretarla contra mí.

Solo para ver qué hace. Para ver cómo suena.

Es muy mona, supongo. Si pudiera, me encantaría llevarla en el hombro como Peter Pan a Campanilla y tenerla ahí armándome bronca... que es lo único que hace, por cierto. Lo hace ahora mismo al alzar la vista y reparar en que no me he enterado de nada.

—¿Me estás escuchando?

—No.

Su cara de asombro me hace gracia.

La de indignación también.

—¿Crees que estoy aquí para que te tomes a risa mi trabajo?

—Cierra la carpeta de golpe—. ¡Te recuerdo que tu situación es crítica!

¡Deberías atender y aprovechar la oportunidad que Capobianco ha tenido la amabilidad de concederte volcándote en el proyecto!

¿O piensas que vas a encontrar a otra experta solucionadora de problemas así como así?

—Si es verdad eso de que eres una solucionadora de problemas experta, ¿por qué no te has librado del problema que claramente piensas que soy yo?

—¡Porque soy una profesional!

—A mí no me parece profesional que me eches broncas de tres pares de cojones antes de preguntarme siquiera por qué no me apetece entrar al trapo.

Me ha parecido oír en toda esa sarta de movidas con lenguaje legal que has dicho que «trabajaremos en equipo».

Se nota que no lo haces mucho. Te comportas como si tuviera que obedecerte en todo.

Cuando me mira así, sus ojos se abren tanto que parecen dos bombones.

—¿Cómo no quieres que me ponga a la defensiva con la actitud que tienes? ¡No se puede trabajar en equipo con alguien que te toma por el pito del sereno!

Me levanto del asiento procurando que no chirríen las patas traseras.

—Entonces yo diría que hemos acabado.

—De eso nada. Tranquilidad en las masas —interviene Capobianco.

Ha extendido los brazos en la que es su postura de negociación—.

Mirad, voy a salir del despacho y voy a cerrar la puerta para que podáis hablar con intimidad.

No quiero que DiMarco sienta que debe fingir o mentir para agradarme, y si vais a ser un equipo, entonces yo sobro.

—No hace falta que te vayas —se apresura a balbucear Lara Cosima, que tiembla como un potrillo de pensar en quedarse a solas conmigo. Hasta se ha levantado y alargado un brazo hacia el escurridizo entrenador—. De hecho, y siendo el club mi contratador, lo más lógico es que...

Capobianco le lanza una sonrisa con un mensaje clarísimo —«confío en ti»— y cierra la puerta tras él sin otra mediación.

Yo, que lo conozco algo mejor que Lara Cosima y leo entre líneas su comportamiento, sé que se ha hartado de que le calienten la cabeza, que no tiene el día para pamplinas y que llevaba quince minutos desesperado por enchufarse un cigarrillo en la boca.

No puedo decir que no lo entienda. Yo también me beneficiaría de una calada. Y de una ducha. Y de un polvo rápido. Pero Lara Cosima me requiere aquí, como indica la expresión irritada que me dirige desde el otro lado del escritorio, y no creo que vaya a ayudarme con ninguna de las tres cosas.

Parecemos un par de pistoleros, cada uno en un extremo de la única calle desierta que conforma el Salvaje Oeste.

Como en algunos aspectos sí soy un caballero, dejo que sea ella la que tome la palabra.

—Seis meses —determina tras bufar de puro hartazgo—. Si en seis meses no he logrado que te empiecen a llegar ofertas publicitarias y el club no consigue al menos un nuevo inversor o recuperar alguno de los que ha perdido, desapareceré y no tendrás que volver a verme.

No sé por qué piensa que eso me haría feliz.

A lo mejor es porque me falta expresividad para trasladar lo contrario, como suele decirme Vinny.

—O sea, que asumes que si las cosas salen mal, será tu culpa.

—Igual que si salieran bien me atribuiré toda la gloria.

Me hace gracia su tono petulante.