El partido del año Capítulo 4
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Capítulo 4

Another One Bites the Dust

DiMarco

—¿Eso es... —Lara Cosima hace una pausa dramática— un diente?

Como si me hiciera falta para confirmarlo, agacho la vista y contemplo con distancia emocional las gruesas raíces de una muela que hace tan solo cinco minutos estaban enterradas en mi encía.

Son gajes del oficio. A veces, el corredor del equipo no mira por dónde va, y cuando se dispone a saltar para recibir un pase, proyecta el codo hacia atrás y te lo clava en la mandíbula a ti, que en principio solo tenías planeado arrebatarle el balón, no soportar una hostia.

No sería para tanto si no tuviera que programar una visita al dentista, que digamos que no es mi lugar favorito del mundo. Y la verdad es que, para no serlo, el secretario de Capobianco me concierta citas con una regularidad preocupante.

Supongo que hay que amortizar el seguro médico.

El club deportivo paga una desorbitada cantidad de pasta para asegurar que sus jugadores no sufren un derrame cerebral a consecuencia de un entrenamiento y, a poder ser, lucen también una sonrisa de anuncio de dentífrico.

En mi caso creo que lo consiguen, porque hasta la fecha solo he necesitado dos implantes molares —las pérdida de muelas no afecta a la foto, únicamente al disfrute de la hamburguesa doble de mi tío, lo cual es peor—, pero nadie lo diría cuando siempre que he intentado sonreírle a la mujer que tengo delante no he obtenido más que una mueca de espanto.

Ya se me ha olvidado qué es lo que ha preguntado, pero no se me ha olvidado lo que me dijo la última vez que nos vimos.

Espero a que Capobianco me haya ofrecido un vaso de plástico con agua, exasperado pero acostumbrado a que me den palos y yo se lo haga saber de la manera más prosaica, y me enjuago la boca de sangre antes de inquirir:

—¿Y tú cómo es que has venido? Pensaba que te rajarías.

Lara Cosima reacciona a mi réplica como reacciona a todas mis réplicas, irguiéndose igual que un soldado y cubriéndose el torso con lo que le pilla más a mano.

A veces es uno de sus bolsos de tamaño desproporcionado, cuyo contenido puede abarcar desde un pintalabios hasta, no sé, un trasatlántico.

A veces son sus propios brazos, que cruza como un maestro Shaolín.

Una vez fue una cesta de regalos. Ahora es la carpeta que ha sacado del mencionado bolso.

La sostiene como un gladiador blande su escudo.

—Yo siempre cumplo mis promesas.

Cabeceo, meditabundo.

Dentro de que yo sea un puto desastre, me suelo acordar de vez en cuando de Lara Cosima, de sus apariciones estelares y, como ella dice, de sus promesas cumplidas.

Cuando me juró que me pagaría el esfuerzo de acudir a la fiesta de compromiso de una chica con la que me estuve acostando un par de semanas, aunque también pudieron ser un par de meses, trajo su culo de Nueva York o de dondequiera que viva hasta Boston para entregarme la cesta como símbolo de gratitud.

No esperaba que lo hiciera y lo hizo.

Tampoco esperaba que cayera en mis provocaciones, las que dirigí contra ella en el vestuario solo porque me pareció que debía defender mi honor —me importaba una mierda que pensara que soy un animal, pero uno no puede permitir que esa clase de ofensas se repitan—, y hela aquí, preparada para hacer de mí un hombre de provecho.

Así que será verdad eso de que es una mujer de palabra.

—Bueno. —Me rasco la nuca empapada de sudor—. ¿Y ahora qué?

—Ahora, señor DiMarco —me llama con un tonito repipi que a ratos me hace gracia y a ratos me deja pasmado.

¿Quién coño habla así a estas alturas del calendario gregoriano?

Solo Lara Cosima y el mayordomo de la Casa Real—, deberías sentarte a la mesa conmigo para comentar las distintas cláusulas del contrato.

Si todo estuviera en orden, empezaríamos a debatir las primeras estrategias que he pensado para mejorar tu reputación.

En resumen: me va a tocar tragar mierda por un tubo.

Capobianco me lo advirtió antes de citar a la pitusa en su despacho: «Te guste o no, tendrás que hacer un esfuerzo por el bien del club».

Y como es por el bien del club, refunfuñé lo justo.

Pero espero que nadie se piense que dos días de reposo para asentar la idea y la promesa de pasar tiempo con la cosita de Alabama, Tennessee o de donde coño sea no es suficiente para dar mi brazo a torcer.

Aparte, ¿no debería llamar a mi abogado? Mi abogado siempre insiste en que tiene que estar allí donde haya alguien con un taco de papeles grapados que exija mi firma.

Mi abogado es un coñazo, la verdad. Yo creo que se aburre y quiere apuntarse a un bombardeo.

Pero me he vuelto a distraer de donde estamos, que es en el despacho de Capobianco con la tarea pendiente de sentarme a negociar con Lara Cosima.

No creo estar en las condiciones óptimas para afrontar ninguna clase de conversación, ni mucho menos una que me va a poner de mala hostia.

Odio la rigidez de la piel cuando el sudor se seca, odio notar el nylon de la camiseta adherido al pecho y cortándome la circulación en el contorno del bíceps, odio que el pelo mojado se me meta en los ojos, que luego me escuecen y me impiden tirarme a ver hasta las tantas la última serie de polis que me tiene enganchado.

Odio el dolor de una muela arrancada de cuajo.

Todo el mundo sabe que necesito estar limpio y seco. No por nada me llaman Johnson’s Baby. Y, por lo general, a todo el mundo le importa porque, si no lo estoy, suele haber problemas.

Si las dos personas que me instan a sentarme forman parte del grupo, no lo demuestran. Ella acepta el gesto con el que el entrenador retira su sillón y él me lanza una mirada de advertencia para que me comporte.

Vuelvo a rascarme la nuca y busco a mi alrededor algo con lo que retirarme el sudor de la cara.

Lo más parecido que encuentro es una especie de pañuelo de tela muy fina con un estampado hortera.

Lo agarro sin pensarlo, asumiendo que será de Francesca y me perdonará el atrevimiento, y me lo paso por la cara y el cuello.

Iba a pasármelo también por las axilas cuando reparo en que Lara Cosima ha palidecido y suspendido todo movimiento cuando se disponía a nivelar los papeles del contrato.

—¿Qué pasa?

—¿Cómo que qué...? Esa... esa... esa es mi pashmina .

La habría mirado de arriba abajo si hubiera estado de pie.

—¿Tu qué?

—Es un pañuelo de cuello de lana de cachemira de primera calidad. Es de Balenciaga.

—Allí estuve de vacaciones. Comí un arroz amarillo.

Bueno, pues gracias. —Le entrego la pashmina , que más bien debería llamarse posh- mina, porque menuda pijada.

Viendo que ella la mira horrorizada y se niega a alcanzarla, me encojo de hombros y la deposito sobre la misma mesa antes de sentarme con una incomodidad que creo que es visible—.

Espero que acabemos rápido. Tengo cosas que hacer y ya dejé muy claro que todo esto me parece una gilipollez.

—Haz el favor de ser amable, DiMarco —me advierte Capobianco con el dedo en alto.

Llegados a este punto, no sé quién me ha señalado más como si debiera marchar al mismísimo patíbulo, si el árbitro que pita las faltas —me tiene manía, nunca es para tanto—, mi tío cada vez que me ha regañado, el entrenador en las últimas tres ligas o la pitusa a lo largo de las cuatro veces que nos hemos visto.

Yo diría que ella es la que se ha coronado.

—Estoy siendo amable.

—Pues intenta que se note más. Lara Cosima nos ha hecho un inmenso favor al acceder a trabajar para nosotros.

—¿Un inmenso favor? —Cruzarse de brazos con las protecciones todavía ancladas a los hombros es un tanto incómodo, pero lo hago aun así.

Se me escapa una sonrisa incrédula—. Yo pensaba que los favores se caracterizaban por su gratuidad.

Hacer una cosa por cien mil palos me suena más bien a un intercambio justo.

De hecho, creo que es un atraco a mano armada, pero a lo mejor es porque no entiendo la naturaleza del empleo.

—Desde luego que no lo entiendes —rezonga ella con el cuello muy tieso—, o ya sabrías que un acuerdo económico desahogado es lo mínimo que se me podía ofrecer para que me dignara a venir aquí.

—Lo que está claro por descontado es que tu trabajo no es arriesgado ni exige esfuerzos físicos, porque siempre que te veo vas sobre unos zancos y con ropa muy apretadita.

—DiMarco —me reprende Capobianco.

Lara Cosima agacha la mirada, ruborizada, y esconde detrás de los labios apretados lo que seguro es un insulto.

No entiendo por qué. Me he limitado a señalar una verdad como un templo, ¿o es que soy el único con ojos en la cara?

La he visto cruzar brincando el campo de los Boston Beasts encima de unos tacones de quince centímetros, y si no tiene la talla XS , al menos es la que se compra.

¿Por qué es maleducado decirlo? ¿Acaso no se pone ese calzado y esos vestidos porque le gustan y quiere que la gente a su alrededor lo perciba?

Al menos, yo cuando me planto una camiseta de Queen o AC/DC es porque pretendo que el mundo entero sepa que me gusta el rock.

Y si algún fan quiere venir a decirme algo al respecto, mejor todavía.

Lara Cosima inspira hondo y procede a separar las tapas de la carpeta para dictarme con voz firme las cláusulas del contrato de los cojones.

Intento prestar atención porque es verdad que se lo merece habiéndose clavado un viaje en avión desde Nueva York —a mí no me gusta volar, así que valoro el esfuerzo—, pero se me va el santo al cielo en cuanto profundiza sobre las que son las responsabilidades y derechos del cliente.