El partido del año Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

—Qué maravilla. Me lo podía imaginar, así que he cortado el entrenamiento unos veinte minutos antes de nuestra cita para que le diera tiempo a estar presentable.

—Consulta su reloj de pulsera con un vistazo rápido.

Su ceño fruncido me dice todo lo que he de saber, pero por si acaso no confiara en mi capacidad para leer el lenguaje no verbal, suspira—: Ya debería estar aquí.

Como si lo hubiéramos invocado, a él y a todos sus compañeros, el equipo al completo aparece en el pasillo igual que una manada de rinocerontes.

Son tan ruidosos y mastodónticos que hacen temblar el suelo y las paredes.

Todos ellos me reconocen a pesar de la distancia, de un pasillo y medio, y al menos tres —Vinny Bravano, Noah Armstrong y Ashton Creed— levantan la mano para saludarme.

El tight end tiene al quarterback cogido de los hombros y se ríen de algo que ha dicho el primero; el corredor se pelea con las protecciones mientras silba una canción que lleva una semana copando los canales de radio mainstreams .

Detrás de esta primera fila y de la siguiente, que se limita a comentar con mayor o menor entusiasmo los pormenores del entrenamiento, camina un concentrado DiMarco. Lo sé porque su cabeza oscura asoma por encima de la del resto, así como la frente arrugada por una misteriosa contrariedad...

... de la que espero que no me haga partícipe, por favor y gracias .

Mi cuerpo ha aprendido en el curso de cuatro o cinco coincidencias que ese hombre es una molestia y, cuando no, un peligro, porque se pone firme nada más verlo.

No necesita ni que alce la vista, cosa que no hace a pesar de saber a dónde se dirige y para qué: todos los jugadores se internan en el vestuario menos él, que continúa su camino hacia delante con los labios sellados y la punta de la lengua presionando el interior de la mejilla, como si se hubiera hecho una herida.

Presenta un aspecto que sería patético si no fuera por sus dimensiones, que le harían pensar a cualquiera que, en el caso de haberse enzarzado en una pelea, el otro estaría ahora en el mundo de los sueños. O en el mundo de los muertos.

Lleva el pelo recogido en una minúscula coleta de la que escapan los mechones ondulados más cortos, el uniforme de wide receiver manchado de haberse revolcado en el campo y una marca de violencia en la mejilla.

—¿Qué habéis estado haciendo? ¿Por qué no has vuelto al vestuario en cuanto ha terminado el entrenamiento?

—se exaspera Capobianco. Acaba sacudiendo la cabeza, a sabiendas de que con este tipo no se puede negociar, y lo apremia a entrar y sentarse atrayéndolo por el hombro—.

Venga, venga. No se hace esperar a las señoritas, DiMarco.

Entonces él deja de rumiar lo que quiera que esté rumiando y alza la vista para mirarme.

Por más que Capobianco le haya insistido en que pase, se ha quedado clavado bajo el umbral, sus hombros casi encajados en el marco, su coronilla casi rozando el zócalo superior.

Sigue pasándose la lengua por los dientes, la cara interna de la mejilla o, qué sé yo, la muela del juicio, pero ya no con el gesto reflexivo de antes, sino con una ligera satisfacción que a mí me hace apretar los labios.

Cree que ha ganado.

No sabe cuánto se equivoca.

Soy Lara Cosima. Eso quiere decir que soy exactamente quien me creo que soy: una profesional excepcional por su disciplina y compromiso, por su intuición y su creatividad.

Y quiere decir, también, que aquí se hace lo que yo digo cuando yo lo digo.

Si piensa que este acuerdo de representación va a ser el pretexto ideal para llevarme a la cama, que no va a conllevar sacrificios y esfuerzos por su parte, entonces es mucho más idiota de lo que creí en un principio.

Después de ponerse en mis manos durante estos seis meses, va a dejar de pensar que soy un rico caramelito y se va a dar cuenta de que puedo convertirme en su peor pesadilla.

Y aunque terminará dándome las gracias porque cuando acabe con él será una estrella, también me las ingeniaré para que me odie tanto que no quiera volver a poner un pie en la misma habitación donde yo me encuentre.

Abro la boca para darle la bienvenida con mi mejor tono profesional, pero él se me adelanta arrugando la nariz de repente y haciendo una mueca con la boca.

Voy a preguntarle a qué viene esa cara, furiosa ya de entrada, cuando el propio DiMarco resuelve el misterio agachando la cabeza para escupir en el suelo.

Me quedo helada. No solo porque es la primera vez en la vida que alguien escupe delante de mí, sino por el desdén que encierra el gesto.

Ni Capobianco ni DiMarco sabrán nunca lo que había estado dispuesta a hacer después de la falta de respeto, de la que parece enorgullecerse sorbiendo por la nariz y volviendo a mirarme inexpresivo, de no haber sido por lo que le dice el entrenador:

—Joder, DiMarco, ¿otra vez?

El wide receiver lanza un mensaje muy claro con su indignado bufido —«¡como si fuera culpa mía!»— y después se seca la boca con el dorso de la mano. Luego esboza una especie de sonrisa para pasarse la lengua por los labios y retirar un resto de sangre.

Es ahí cuando se me ocurre mirar al suelo, donde creía que encontraría un escupitajo de saliva.

Nada más lejos de la realidad. Como un anillo de compromiso en el suave cojín de terciopelo rojo de una cajita de Harry Winston, un diente blanco reposa sobre un charco de sangre.

—Lo que me faltaba, macho. Ahora a pagarle al sacacuartos del puto dentista.