El partido del año Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

El gruñido fue lo que le precedió. Luego fue su inmensa figura recortada sobre el fondo colorido del salón de la fama de los Boston Beasts, el corredor perpendicular en el que habían expuesto los trofeos, medallas, fotografías históricas, contratos que merecían enmarcarse y un largo etcétera.

Decidí perdonarle la tardanza al verlo aparecer con las protecciones y una camiseta de entrenamiento con los colores de los Boston Beasts —blanco y morado— bañada de sudor.

Caminaba como un toro bravo después de cinco o seis toreadas, bufando por la nariz y por la boca, haciendo mohínes y muecas de incomodidad como si le picara la cara o le molestara algo, y ya de lejos se intuía que mascaba un chicle.

Por algún motivo, pensé que mirarlo durante lo que tardara en recorrer cincuenta metros de pasillo sería indecente.

Agaché la vista hacia la bonita cesta de Velvet Room, cuyo contenido había supervisado y coronado con un grueso papel transparente que se cerraba con un lazo rojo.

Me había cuidado de quitar las distinciones que delataban que hacía tan solo dos meses había sido un regalo navideño.

Esperé con el pulso disparado a que sus pies de talla desproporcionada entraran en mi campo de visión — ¿un cuarenta y seis, podía ser? —, y entonces alcé la vista muy rápido con la esperanza de acabar con la entrevista cuanto antes.

Lo que me pudiera sugerir que llevara los pantalones manchados del verde y el ocre del césped se quedará para mí, así como lo que opiné de que al detenerse a la distancia de una cesta me llenara las fosas nasales de olor a hierba natural, piel calentada por el ejercicio y algodón limpio de la prenda adherida a los volúmenes de su torso.

El corazón se me encogió al mirarlo a la cara.

Si hubiéramos estado en el exterior, su cuerpo habría tapado la luz del sol y bajo su sombra podría haberme estremecido de frío.

El pelo negro, más largo y greñudo de como lo llevaría un hombre preocupado por su imagen, se le había pegado a las sienes, pero no a la frente; debía de habérselo sacudido como se sacude un perro después del baño, porque los mechones se le metían en unos ojos tan negros y de pestañas tan espesas que parecían pintados con kohl.

Quise achacar al deporte que un reflejo desafiante hiciera brillar sus pupilas, pero no era solo desafío ni era solo el subidón de un entrenamiento satisfactorio.

Comprendí enseguida, cuando se cumplieron al menos diez segundos de intensa y silenciosa observación, que era el interés sexual lo que le hacía mirarme de aquella manera.

«Vete de aquí ahora mismo», fue lo que me dijo el instinto. «¡Ya de ya!».

—Tal y como hablamos —me apresuré a decir con la voz vacilante—, aquí tienes lo que te prometí. Y mi agradecimiento también.

Prácticamente le golpeé el pecho con la cesta y esperé con los labios apretados a que se dignara a cogerla.

Pero DiMarco no la agarró del asa, asintió y me dio las gracias por las molestias, sino que primero posó la vista en el lazo rojo que cerraba el papel y luego la dirigió a mi lazo, el de mi blusa, perfectamente decoroso y a lo mejor excesivo.

Alexia me había dicho alguna que otra vez que con la prenda parecía uno de los ayudantes de Santa Claus.

DiMarco alargó la mano hacia la moña de la camisa, que gracias al cielo y a todos los santos era decorativa. El cierre del escote no dependió del nudo que él deshizo tirando de uno de los extremos.

—¿Cuál de los dos es mi regalo? —murmuró con la vista fija en el cuello vuelto y rizado de la blusa—. Porque lo de los lazos se presta a confusión.

Es posible que mi primerísima reacción, esa de la que no soy responsable porque ni siquiera fue un pensamiento que filtrara mi cerebro, fuera sentir un alivio inmenso.

No dejo de ser una víctima más de la vanidad femenina, y no perdí de vista en ningún momento que DiMarco quería que le llevara la dichosa cesta para averiguar si yo era tan mona como había predicho.

Con su actitud inapropiada acababa de confirmar que no le había decepcionado, y eso me tranquilizó.

Que Dios me perdonase.

Lo que no me tranquilizó tanto fue que avanzara un paso más —de nuevo la cesta manteniéndome a salvo—, se enrollara el extremo de mi lazo en la mano como un boxeador su venda y me dijera:

—¿Puedo desenvolver este primero?

Entonces volví a mis cabales. Le arreé un manotazo en la muñeca que estimé merecido, lo obligué a sujetar la cesta para que no se estrellara en el suelo y me escabullí por el costado para evitar el que a posteriori ha demostrado ser su modus operandi : acorralarme para que escuche lo que me tiene que decir, que nunca es nada inspirador y sí espantosamente ilustrativo.

Por suerte, no es de los que salen en pos de ti cuando te largas indignada.

Solo faltaría .

Esa fue la historia que Samantha quiso que le contara hace un par de días y que me ahorré relatar gracias al inciso de Roberta, pero que, aun así, acudió a mi cabeza para recordarme por qué no puedo ni quiero que DiMarco sea no solo la persona a la que dedico mi tiempo material, sino a la que dirijo cada uno de mis pensamientos.

La jefa tuvo que averiguar o al menos intuir la senda que había tomado mi diálogo interno, porque, con una expresión suspicaz, eligió salir de dudas:

—¿Es que te has acostado con él?

Si hubiera estado sujetando algo con las manos, se habría caído al suelo con estrépito.

—¿Qué? ¿Yo? ¿Con él? ¡No! —exclamé con voz aguda—. ¡Claro que no!

Ella se agarró el pecho con un gesto dramático.

— Meno male! De ser así, yo misma te habría pedido con encarecimiento que declinaras la oferta de Capobianco.

Pero si no ha habido ningún tipo de contacto sexual o romántico, no veo por qué debas privarlo de tu magia, cara .

El deber de una buena mánager, y bien sabes que tú eres la mejor, es el mismo que el de un médico: ir allí donde se le necesita.

.. y donde está bien pagado, ovviamente .

»Insisto en que si no quieres coger el guante, estás en tu derecho —continuó, pero ya había sembrado en mí la semilla de la vergüenza recordándome que por más que ese derecho estuviera ahí, sin Alexia Lux en mi cartera yo no podía ejercerlo—.

Allora , no es una oportunidad que Velvet Room vaya a dejar pasar.

Si tú te niegas —advirtió, y eligió ese preciso momento para recordarme que tenía lumbalgia crónica estirándose y componiendo una mueca de dolor—, tendré que encargarme yo misma.

La suya fue una estrategia tan bien calculada que, aun dándome cuenta de lo que se proponía, no pude sino hacerle una reverencia interna, admirada de su astucia.

Roberta sabe que la aprecio y es una carta que juega en mi contra, en la de Samantha, en la de Ashley y hasta en la de Tyler Fox, su abogado puntual, cuando estima necesario. No abusa de ella, lo que solo hace aún más terminante el momento en que reclama sus privilegios.

Al amenazar con atribuirse el trabajo, me estaba diciendo lo siguiente: «Yo, la dueña de la empresa, voy a tener que recortar aún más el tiempo que dedico a mi familia, así como mi horario de sueño, para que tú, una jovencita sin pareja, hijos y nada mejor que hacer que catapultar su carrera a costa de mi nombre pueda concederse el capricho de rendir no ya por debajo de sus posibilidades, sino de los objetivos anuales que marca Velvet Room».

Así que al final, y como queda sobradamente demostrado ahora que he descendido del avión y tomado un taxi con destino al estadio, no me quedó otra que agachar la cabeza y prometerle que llamaría al representante de los Boston Beasts cuanto antes para cuadrar la primera reunión estratégica.

Siguiendo las indicaciones de los últimos mensajes de Capobianco —como si lo necesitara para orientarme por este lugar infernal, que tengo más que visto por culpa de Alexia— atravieso a toda prisa el corredor que hace solo unos días me vio abandonar los vestuarios en plena crisis.

—Lara Cosima —suspira Capobianco nada más verme cruzar el umbral.

Se pone en pie y rodea la mesa con los brazos extendidos para darme las gracias a la europea y luego a la italiana: con los míticos dos besos y un abrazo laureado con un par de palmaditas en la espalda—.

No sabes la alegría que me diste cuando me llamaste ayer para confirmarme que habías cambiado de opinión.

Admito que la tarde posterior a nuestra reunión los chicos mencionaron que DiMarco había conseguido persuadirte.

No me lo quise creer porque, por experiencia propia, sé que el muchacho tiene un don para dar brazos a torcer en el momento, pero no para arrancar de raíz la indecisión.

Más de una vez me ha liado para lograr lo que se proponía y, por suerte, he vuelto a mis cabales un rato después, cuando he reflexionado al respecto.

.. En fin, ¿qué te voy a contar que no sepas?

—Seguramente nada, porque vengo con los deberes hechos.

—Palmeo el bolso que llevo colgado del hombro y pegadito al costado, la tote de Loewe con piel suave de calidad artesanal—.

Aquí dentro traigo el contrato y la estrategia a seis meses vista que se me ha ocurrido para empezar a sacar a tu jugador del fango.

—Bendita seas, Lara.

—Lara Cosima —corrijo con hastío—. Me gustaría que DiMarco estuviera presente mientras se firman los papeles y hago un breve resumen de mi lluvia de ideas.

En Velvet Room intentamos incluir a nuestros clientes en cada uno de los proyectos y procuramos que no solo interioricen que cada estrategia está pensada para ayudarlos profesionalmente, sino que crean de verdad en ellas y tengan ganas de ponerlas en práctica.