El partido del año Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Lara Cosima, amore —me cortó atravesándome con una larga mirada. Curvó los labios pintados de su eterno marrón canela en una sonrisa escueta—, si no quieres aceptar la propuesta de Brady Capobianco, lo respeto. Sabes que tienes libertad total para escoger a tus clientes.

Solté todo el aire contenido en un suspiro.

—Gracias, Bee.

—Pero también es verdad —prosiguió, y debería haber previsto que proseguiría, porque siempre prosigue— que te otorgué en su día esa libertad porque trajiste a nada menos que la meravigliosa Alexia Lux a Velvet Room.

Alexia Lux nos suponía veinte millones de dólares al año.

Veinte millones, Lara Cosima. Nos puso a la cabeza del negocio de representación.

Nos brindó premios a la mejor agencia de Nueva York y de la Costa Este.

Nos popularizó entre superestrellas de la industria del entretenimiento, la que, como sabes, hoy es nuestra especialidad.

Nos permitió mudarnos a esta maravillosa oficina —abarcó su despacho con un gesto— y quitarnos de encima clientes mediocres con poco presupuesto y que nos proporcionaban más dolores de cabeza que alegrías.

»Sabes que no te culpo de que Alexia rompiera relaciones con nosotras, cara mia , pero entenderás que ha sido una pérdida muy significativa.

Tan significativa que en otra agencia a lo mejor te habrían despedido.

—Hizo una pausa para que el mensaje calara, y enseguida volvió a sonreír—.

Hay que compensarla cuanto antes, ¿no te parece?

Y, a poder ser, con un contrato que se le equipare a nivel económico y sobre todo reputacional.

«En otra agencia a lo mejor te habrían despedido», retumbó en mis adentros. Y digo «mis adentros» porque lo oí en mi cabeza, en mi corazón y en el estómago donde se me acababa de formar un nudo de ansiedad.

Aunque me tentó postrarme de rodillas y rogar su perdón por haberla decepcionado, como ya hice en su día después de que Alexia me mandara a tomar viento fresco, aproveché que ella misma me diera el pretexto ideal para seguir escabulléndome.

—Es el aspecto reputacional lo que me preocupa, Bee. El jugador en cuestión no es Vinny Bravano. No es Noah Armstrong. Con cualquiera de esos dos tendría material de sobra para trabajar. Pero se trata de nada menos que de Myles DiMarco.

La mueca de asombro que compuso me dio razones para mantener la esperanza.

—¿El que le arreó un pugno sul naso a un paparazzo ?

—Ese mismo —pronuncié con el mismo desdén que si hubiera dicho «esa bestia».

Había malinterpretado la expresión de Roberta, claro. No estaba sorprendida por la osadía de Capobianco al insinuar que podríamos rehabilitar a La Cosa, como demostró que rompiera a reír de pura hilaridad.

—¡Ah! Me cae de maravilla ese chico. Sigo muy de cerca sus pasos. Ha grinta, ha coraggio , ¿no te parece? No dudo que sería un auténtico desafío, pero si alguien puede convertir a la rana en un príncipe con el toque de su varita, esa eres tú.

Si no la corregí recordándole que la rana se convertía en príncipe con un beso y no con una varita, fue porque me desinflé como un globo al comprender que no iba a librarme ni de DiMarco, ni de los Boston Beasts, ni de mis obligaciones laborales.

No mientras Roberta tomara las decisiones.

Con mucho gusto le habría dicho que se equivocaba, que yo era la persona menos indicada en todo el planeta para llevar a cabo la encomienda.

Sé en qué consiste ser mánager de alguien.

No solo tienes que pasar más tiempo con el cliente que con tu propia madre para conocer con una profundidad intimísima sus puntos fuertes y débiles, negociar apariciones públicas, tramar el guion de las entrevistas y barajar estrategias; ser el mánager, al menos según los estrictos principios de Velvet Room, supone mutar a una paradójica combinación entre amo y esclavo.

Puede significar tanto citarte con el productor de un documental para recitarle todos los aros por los que el cliente no va a pasar como retirarle la melena de la cara cuando está vomitando en la acera los últimos seis margaritas de fresa, y todo esto vigilando que nadie lo ha visto, porque en el caso afirmativo serás responsable de que el vídeo desaparezca por arte de magia de internet.

Se trata de memorizar su agenda de compromisos al dedillo, pero también sus alergias, su colorimetría y el número del único médico particular en el que confía por si acaso necesitara un blíster de Valiums a última hora del día.

Se trata de recordarle que tiene que estar a las siete de la mañana en el gimnasio con el batido proteico ya digerido para comenzar su clase de spinning y tener siempre un discursito motivador bajo la manga por si se pusiera caprichoso y armara una pataleta porque no quiere acudir a los premios MTV tres horas antes de la alfombra roja.

Se trata de acompañarlo allá donde vaya como la sombra cosida a sus talones y, en los ratos que no estás con él, no pensar en nada que no sea él.

Si no te preguntas cómo está y qué anda haciendo, al menos te devanarás los sesos barruntando lo básico —cómo puedes hacerlo más rico y cómo puedes hacerlo más famoso—, pero también aspectos de una concreción espeluznante que nunca pensaste que te cuestionarías: cómo ayudarlo a adelgazar sin que tenga que renunciar a la barrita de Twix que le gusta comerse a las once y cuarto de la mañana, qué modelo de gafas de sol disimulará mejor los ojos vidriosos que se le quedan cuando se hace un cóctel de somníferos para conciliar el sueño después de tres rayas de cocaína y cuál de sus cuatro amantes simultáneos, todos ellos del mundillo del espectáculo, es el más apropiado para presentar ante la prensa como su pareja formal.

Son preguntas que no te haces ni sobre ti misma porque tú misma quedas en un segundo plano.

Siempre he aceptado que esto debe ser así, que no se me malinterprete. Me encanta mi trabajo. Pero solo puede encantarte si crees en el proyecto de tu cliente. Si respetas a tu cliente. De lo contrario, tu vida puede convertirse en un infierno.

Tengo el nivel de compromiso y las habilidades para catapultar a alguien al estrellato.

Eso es incontestable. Yo podría hacer de Dove Cameron, de Madison Beer y de Tate McRae —por mencionar tres cantantes que no terminan de despegar— artistas con el mismo nivel de popularidad del que gozaba Rihanna allá por el año 2012 .

Pero podría obrar un milagro con Cameron, Beer y McRae porque ellas no me despiertan ni me despertarán jamás las inquietantes emociones que Myles DiMarco me disparó la tarde de finales de febrero que fui a entregarle la dichosa cesta de regalos.

Más adelante me familiarizaría con los pasillos y recovecos del estadio de los Boston Beasts, pero aquella ocasión fue una de esas Primeras Veces con todas las de la ley, porque presentaba los síntomas del libro: me sentía fuera de lugar, creía haberme equivocado de sitio, me sudaban las manos y me había convencido de que DiMarco me la iba a jugar.

Iba preparada, eso por descontado. Me había cerciorado de que mi atuendo diera a entender lo único que pretendía transmitir, es decir, la más estricta profesionalidad —blusa vaporosa de gasa cerrada al cuello con un gran lazo de seda negro, falda de tubo azul marino, manoletinas a juego—, y no había llegado ni un minuto antes ni un minuto después.

O sea, no pretendía ni aprovecharme de su tiempo ni malgastar el mío.

El afable secretario de Capobianco, un jugador de fútbol ya retirado pese a su juventud —no había querido abandonar el mundillo después de lesionarse—, me había conducido a la salita anexa a los despachos del presidente del equipo y del entrenador respectivamente, pero yo me había negado a entrar porque tenía una misión calculada al milímetro: decirle «buenos días» a DiMarco, entregarle la cesta, darle las gracias por hacer negocios conmigo y marcharme por donde había venido, y para eso no hacía ninguna falta ni ponerse cómoda en los sillones de escay barato ni servirse un café quemado.

Cuando digo que «fui preparada» no me refiero solo a ir con las ideas claras y un modelito apropiado.

Antes de hablar por teléfono con DiMarco, yo no tenía la más remota idea de qué aspecto tenía porque suelo pasar el canal de televisión si está retransmitiendo un partido.

Nunca he soportado la incertidumbre, así que al poco rato de colgar —y de serenarme haciendo las respiraciones de mi instructora de yoga— me zambullí en internet con la determinación de conocerlo tan a fondo que nunca más volviera a sorprenderme con su conducta.

Ni con doce sesiones de waterboarding podrán sonsacarme el número de horas que dediqué a encontrar una sola fotografía en la que no saliera en pleno pase de partido —es decir, empapado de sudor y con una mueca poco favorecedora— y a horrorizarme con titulares a cada cuál más siniestro.

Pero ya puedo adelantar que dediqué las suficientes para que ni Capobianco, ni Roberta, ni Samantha, ni el propio DiMarco puedan decirme jamás que no sé de lo que hablo cuando digo que La Cosa es irredimible.

Claro que entonces no lo había confirmado en primera persona, y no lo confirmaría a la hora en la que me había citado.

Ahí donde yo me había tomado muy en serio la reunión, él se había tomado todo el tiempo del mundo para honrarme con su presencia.

El reloj marcaba las doce y veinticuatro cuando oí unas voces al fondo del pasillo, hasta ese momento sumido en un silencio que no hacía sino desquiciar mis nervios.

—Myles, ¿puede ser que quedaras con una chica al mediodía? —preguntaba el secretario—. Ha llegado hace alrededor de media hora. Te está esperando en la sala.

La respuesta que recibió fue un gruñido. ¿Afirmativo o negativo? A saber. Nunca había tenido que comunicarme con neandertales para descifrar fórmulas del habla primitiva.