Capítulo 3
God Is a Woman (From Louisiana)
Lara Cosima
Para sorpresa de nadie —quizá solo mía—, dos días después estoy volando con Delta Airlines destino Boston.
Aunque el trayecto es de hora y veinte, le saco provecho a los privilegios de la clase business : pido todos los tentempiés gourmet que vienen con el billete, entre ellos un mousse de manzana con crumble , frutos secos premium y champán.
Es el premio de consolación que me ameniza la ruta en tanto que recuerdo amargamente cómo es que yo, Lara Cosima, he llegado hasta aquí.
Porque ni la brevedad de una ruta aérea, ni un asiento amplio y reclinable, ni una holgada cartelera de películas a mi disposición podrían haber impedido que lamentara cada segundo de cada minuto haber cedido a la clarísima manipulación de Roberta Montessore.
En sumario, después de oír el sospechoso fragmento de mi conversación con Samantha —o, mejor dicho, después de capturar la pronunciación de su nombre, sonido que la haría levantar la cabeza incluso si estuviera en la otra punta de Manhattan—, mi jefa me hizo un gesto impreciso pero contundente con la mano en la que sujetaba el móvil para que la acompañara a su despacho.
El suyo es el único al que se accede subiendo unas escaleritas, el único que goza de un ventanal con vistas al barrio del SoHo y el único que permanece a salvo de miradas indiscretas gracias a una puerta de hierro con cristal armado.
Los demás están separados por láminas de cristal esmerilado, y tiene su sentido porque si no vamos a recibir clientes —Roberta sí nos cita a nosotros, sus empleados, a solas—, ¿para qué fomentar la intimidad?
¿Para dar pie a llamadas privadas, ojeadas a WhatsApp y siestecitas? Nanay del Paraguay.
Mi jefa me pidió que cerrara la puerta con otro aspaviento de la misma mano, este más impaciente pero no por ello exento de elegancia, y tomó asiento detrás del refugio amurallado de su escritorio, una pieza de madera maciza con estructura de hierro.
Me indicó que me sentara en la silla a juego, incómoda pero espectacular en su diseño, y arqueó las cejas en una mueca expectante que venía a significar: «¿Qué escondes, Lara Cosima? ».
Roberta siempre ha dicho que se enamoró de mí en cuanto vio mi potencial. Se topó con un manojo de nervios vestido de Louis Vuitton llamado como una Médici florentina y pensó que no existía persona más adecuada para el puesto vacante de talent manager .
También es importante señalar que ese manojo de nervios vestido de Louis Vuitton era la mejor amiga de Alexia Lux, que ya entonces iba camino del estrellato, pero prefiero no mencionar ese detalle porque le resta valor a mi trabajo.
Desde entonces, almorzamos juntas dos veces por semana —una con Samantha, otra a solas—, nos hemos sentado la una al lado de la otra en los desfiles de la Semana de la Moda de Nueva York, la he acompañado a casi todos sus viajes de trabajo a Los Ángeles, hemos intercambiado los números de nuestras manicuristas y soláriums y hemos quedado para valorar los servicios de masaje capilar en el spa de moda de Manhattan.
Ya puedo anticipar que tanto ella como yo somos un público difícil a ese respecto.
Dicho de otro modo, sé que mi jefa tiene un piercing en el pezón, una hija gótica y dermatitis atópica, tres curiosidades que solo podrían estar en el conocimiento de una empleada a la que le confiaría su vida.
También sé otras cosas igual de importantes, pero no porque me las haya contado, sino porque soy su fan número uno y la observo tan de cerca como un acosador a su presa: va a cumplir cuarenta y tres años, aunque aparente treinta y dos y vaya por ahí diciendo que tiene treinta y nueve, y es la única mujer en todo el planeta que se lleva mejor con su exmarido ahora que se han divorciado que mientras estuvieron casados.
Debe tener algo que ver que el esposo en cuestión saliera del armario.
— Allora —me invitó a hablar con un floreo. Como todo italiano que se precie, Berta se expresa a través de las manos—. ¿Tienes algo que contarme sobre tu viaje, Lara Cosima, cara ?
Si alguien me preguntara por qué adoro a Roberta Montessore, le proporcionaría tres razones: la primera de ellas es que no solo me ha llamado por mi nombre completo desde el primer día, sino que no ha osado en ningún momento proponer diminutivos.
La segunda es que tiene un parecido asombroso con Monica Vitti, una de mis grandes referencias de belleza.
La tercera es que levantó Velvet Room con solo treinta y cinco años, y ya entonces traía consigo una cartera de clientes por la que matarían tanto los principiantes de la representación como los veteranos.
Pero a pesar de admirarla como profesional y quererla como ser humano, todavía dudé si contarle la verdad acerca de mi entrevista con Capobianco. Venía sabiendo lo que iba a decirme y no quería escucharlo.
—Un conocido de Alexia se enteró de mi labor profesional y me pidió que me reuniera con él aprovechando mi cita con Gillette en Boston.
—¿Y ese conocido es...?
Roberta hace mucho eso de dejar una frase al aire para que la completes tú.
—Brady Capobianco, el entrenador actual del equipo ganador de la última Super Bowl. Me ha hecho una propuesta laboral. Quiere que gestione la crisis de imagen de uno de sus jugadores.
Berta me había estado escuchando asintiendo con la cabeza todo el tiempo, como siempre hace así le esté detallando mi reunión con la editora de Vogue o le esté contando las últimas novedades entre Kourtney Kardashian y Scott Disick.
Más que dar la impresión de estar interesada, y me tengo que disculpar por lo indecente del símil, parece que esté apremiándome como un amante en la cama: «Eso es, así, más, más, casi llego».
Como también es habitual, me cortó con una sola palabra:
—¿Cuánto?
—Seis cifras.
—¿Porcentaje de patrocinios aparte?
—Ajá. —Ya estaba canalizando a mi DiMarco interior.
Roberta no reaccionó. Estamos hablando de una mujer que con solo veinticinco años ya había relanzado la marca Dove ideando una estrategia de inclusión —hoy día sus anuncios siguen destacando por contratar a mujeres diversas, no a modelos— y reposicionado a Dwayne Johnson en el panorama mundial con una nueva marca personal alejada de su carrera como luchador.
Digamos que está bastante acostumbrada a oír según qué ofertas.
—Habrás dicho que sí, ¿verdad? —inquirió en su lugar, mirándome con fijeza.
Tiene unos ojos grandes y almendrados. Los resalta con un ahumado oscuro que en otra persona me habría parecido excesivo en según qué horas del día, pero no en ella.
Ella es como una actriz de la época dorada, excéntrica en la medida justa y lo bastante guapa para romper las reglas básicas de los estilistas.
—Le he dicho que tengo que pensarlo —contesté con tiento—. Me parece delicado trabajar con un hombre vinculado con personas con las que mantengo una relación de amistad. Ya sabes. Alexia, Vinny...
—¿Eso piensas? —preguntó con premeditada sugestión.
Mientras, se peinaba el flequillo con las largas uñas lacadas.
Se niega a cortárselo a pesar de que se le mete en los ojos—.
Porque yo siempre he opinado, cara mia , que tu especialidad es precisamente colaborar con gente de tu círculo.
Eres estupenda, ya lo sabes, l’impiegata geniale , pero tus ideas destacan en particular cuando te preocupas por el cliente.
Aun así, vienes de representar a Alexia.
Más de lo que quieres a tu mejor amiga no vas a querer a este jugador que mencionas, ¿no crees, amore ?
Roberta se mudó de Roma a Nueva York con seis meses y no habló hasta los dos años.
Su primera palabra fue en inglés. Una noche que me invitó a su casa y bebimos champán en el jacuzzi, me confesó que si introduce de repente algún término en italiano es porque le gusta desconcertar a su interlocutor, cuando no hacerlo sentir idiota por no entenderla del todo, y porque le da un aire muy chic .
—También es que ya he aceptado dirigir la campaña publicitaria de Gillette y eso me tendrá muy ocupada los próximos meses —me apresuré a agregar, y esbocé una sonrisa orgullosa—.
¡La empresa ha puesto a nuestra disposición un presupuesto de entre doscientos mil dólares y medio millón para un anuncio televisivo!
¡Y me las he ingeniado para que el contrato recalque mi libertad creativa para escoger actores, guionistas, y. ..!
—No esperaba menos de ti, Lara Cosima —me interrumpió, y de inmediato adoptó un deje reflexivo tan calculado como cada uno de sus movimientos. Se había recostado en el sillón, girado de perfil a mí, y golpeaba la mesita con el extremo de un bolígrafo—. Pero me inquieta que te aburras, capisce?
—¿Que me aburra?
—Le eché un vistazo a las condiciones de la campaña publicitaria de Gillette cuando me la enviaste por correo.
Va a ser un proyecto a corto plazo con una fecha límite, y, por eso mismo, poco exigente.
Entre esto y que hace ya un par de meses desde que soltaste a Alexia Lux como clienta, te noto muy.
.. desocupada. —Compuso una mueca de preocupación—.
No me gustaría que ese cerebrito tuyo dejara de recibir estímulos.
La voz interior que me cae fatal y procuro silenciar a toda costa tradujo su respuesta como: «No me gustaría que tu dispersión me hiciera facturar menos de lo que merezco».
Qué estupidez. Roberta me adora y quiere lo mejor para mí.
—Puedo compartir contigo carga laboral —me apresuré a ofrecerme—.
Siempre he pensado que te esfuerzas demasiado.
Está claro que eres una supermujer, y lo demuestra que saques adelante una empresa, una casa y una familia, pero no tienes por qué multiplicarte teniéndome a mí aquí. Yo podría ayudarte a...