El partido del año Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Más tarde descubriría que DiMarco había elegido también esa altura de la conversación para abandonar lo que por lo visto era una partida de póquer y gozar de una mínima intimidad para seguir sacándome las canas verdes.

¡A esa altura! ¡Cuando ya me había soltado que tenía voz de estar buena!

Unos días después me moriría de vergüenza imaginando a parte del equipo de los Boston Beasts siendo cómplices de nuestra estúpida charleta de besugos.

—Tú misma has dicho que puedo extender invitaciones.

Dos o tres —recalcó, y debo decir que me sorprendió que se acordara de algo que había comentado.

Parecía tan distraído (siempre parece tan distraído) que me chocó su habilidad para almacenar detalles—.

Una para Bravano y otra para ti. ¿Qué te parece, Lara?

—No me llamo Lara —repetí cansinamente. Unos momentos antes había tenido que aclarárselo a Bravano, que había tratado de atribuirse unas confianzas que yo no le había concedido dirigiéndose a mí por uno solo de mis nombres—.

Me llamo Lara Cosima. Lara y Cosima. Es como Ramón y Cajal, como Ortega y Gasset. ..

—Vale, Lara y Cosima.

—¡Es Lara Cosima! ¡Sin la «y»! ¡Solo estaba ejemplificando!

—Me lo pones muy difícil.

—¿Qué va a ser difícil? L-a-r-a-C-o-s-i-m-a.

.. Bah, ¡da igual! ¡No me interesa que sepas quién soy!

¡Si nunca llegas a conocerme, mejor! Por si no te hubiera quedado claro, no voy a presentarme allí, con o sin tu invitación, y ni mucho menos para que flirtees conmigo delante de Terry, una profesional a la que admiro y respeto por su dedicación al modelaje.

—Pues entonces no voy.

Lo peor es que no lo dijo como los niños, porque en ese caso me habría reído a mi pesar. Lo dijo como un secuestrador en la llamada que realiza alterando su voz para fijar el precio del rescate.

—¿Cómo puedes ser tan caprichoso y desconsiderado? ¿Es que no te importa tu amigo? Es obvio que le gusta Alexia. ¡Y a Alexia también le gusta él!

—Le tiró un cubata a la cara el otro día.

—¿Y qué? ¡Eso no significa nada!

—Entonces que me estés gritando tampoco tiene por qué significar que yo no te guste a ti, ¿no?

¿Ahora estaba utilizando la psicología inversa para convencerme del que era su interés?

«¡Ja! ¡Este quiere venir a robar a la cárcel!».

—¿Por qué no les haces un favor? ¿Eres incapaz de hacer eso, eh?

¿Hacer algo bonito por alguien sin esperar nada a cambio.

..? —Frené en seco la lluvia de reproches y me obligué de nuevo a serenarme.

No iba a llegar a ninguna parte acusando su lado rastrero, y ni yo misma me tragaba lo que le estaba ladrando.

Aunque a veces no lo parezca, soy una persona muy empática y podía figurarme las razones detrás de su rotunda negativa—.

¿Es porque te duele verla de nuevo? ¿Porque no has superado lo vuestro?

¿Has fingido que no te acordabas de ella por orgullo, no porque fuera irrelevante para ti. ..?

—No, no me he acordado de ella de verdad. Y no quiero ir porque odio los sitios llenos de gente. Me sobreestimulo.

Se cargó de un plumazo toda mi disposición a hacer borrón y cuenta nueva.

Si hubiera sido lo bastante inteligente para al menos fingir tener sensibilidad, se lo habría agradecido y hasta le habría hecho el favor de aparentar que me creía sus excusas, pero no lo es. No es lo bastante inteligente.

Yo tampoco demostré ser un ejemplo de astucia emprendiéndola a recriminaciones.

—¿Cómo no te vas a acordar de ella? ¡Estamos hablando de una mujer con la que seguramente has mantenido relaciones carnales! ¡Con frecuencia!

—¿Relaciones carnales? ¿Por qué hablas así?

—¡A la que has visto desnuda, insisto! ¡Y además es modelo!

—Siempre salgo con modelos. No es especial.

—¿Cómo vas a decir que una mujer que es la nueva cara de Dior no es especial? Está claro que no te sobra el buen gusto en lo que a la moda respecta, pero parece que también te falta corazón, porque sigues hablando de alguien a quien querías como si no valiera nada.

—Yo no he dicho que la quisiera en ningún momento. —Hizo una pausa que me llevó a pensar que iba a hacer algún tipo de confesión transformadora, pero de pronto inquirió—: ¿Qué llevas puesto?

—El albornoz del hotel —contesté con hastío, sin detenerme a reflexionar sobre las connotaciones de la pregunta. Estaba demasiado agitada para pensar—. ¿Por qué?

—¿Estás en un hotel?

—Sí.

—¿En Chicago?

—Sí.

—Yo también. ¿Qué hotel?

—El... Oye, ¿qué te importa a ti eso?

—Quiero verte.

—¿Que quieres...? —Ni siquiera pude completar la oración.

En la conversación había pasado por todos los estados: de la perplejidad que me despertaba su indiferencia a la indignación por el mismo motivo, luego a la curiosidad hacia su relación con Terry, después a la ofensa y, al final, a la total y absoluta desorientación—. ¿De qué estás hablando?

—No sé cómo es tu cara. No me gusta hablar con gente a la que no le pongo cara.

—¡Esa no es razón para ir a visitar a una desconocida a su habitación de hotel!

—No me preocupa que seas una depredadora sexual, si lo dices por eso. Si lo fueras, mejor. Me gustas.

Tuve que separar el móvil de mi oreja y contemplar la pantalla iluminada con pasmo.

—Pero... pero... pero... ¡¿Qué dices?! —le rugí a la rendija del micrófono—. ¡¿Has perdido el juicio?!

La rápida ojeada que le eché una hora más tarde a su historial romántico calmaría mis nervios.

Según supe a raíz de mi investigación, no es para nada difícil gustarle a Myles DiMarco.

Diría que es tan fácil entrarle por el ojo como fácil le resulta a él olvidar tu nombre entre tres semanas y seis meses después de haberte seducido.

A veces incluso la misma noche, como comentó alguna de sus amantes en un get ready with me de TikTok.

Entre el maquillaje propio del año 2016 que se hizo y la historia que contó, esa noche tuve pesadillas.

—¿Por qué lo preguntas? —insistía con su tono neutro—. ¿Eres fea? Descríbete.

Decidí concluir que se estaba quedando conmigo y que solo pretendía distraerme. Me obligué a recordar que todo el mundo tiene un precio, así como yo siempre tengo un objetivo —y lo iba a cumplir, ya te digo que lo iba a cumplir— y pregunté:

—¿Qué te parece si a cambio de tu aparición en la fiesta te hago llegar una cesta de regalos?

Incluiría entradas vip para el próximo concierto de Alexia Lux que podrás extender a quien tú quieras, un par de muestras de charcutería española de la mejor calidad, desde queso manchego hasta jamón de Jabugo; una botella de ron jamaicano valorada en treinta mil dólares.

.. —Tenía los nervios de punta y no conseguía recordar el resto del contenido de las famosas cestas navideñas de Velvet Room.

Me constaba que todos los años sobraba alguna que otra y me constaba, también, que Roberta estaba de acuerdo con que las usáramos para sobornar al personal si se ponía obtuso—. Y mucho más. ¿Te suena bien?

—Solo si me la traes tú. Al estadio de los Boston Beasts. Antes del próximo partido.

Me di cuenta de que hablaba como si estuviera dictando un telegrama. Solo si me la traes tú, stop . Al estadio de los BB , stop . Antes del próximo partido, full stop , cambio y corto.

Quise gritarle qué demonios le había dado conmigo.

Hasta me planteé satisfacer su deseo infantil colgando y volviendo a llamar al número de Vinny, esta vez con la cámara frontal encendida, pero a) no iba a satisfacer los caprichos de un idiota, y b) no estaba ni de lejos en condiciones de exhibirme, ni en público ni en privado, y a mí nadie me va a ver jamás la cara si no llevo al menos máscara de pestañas y el colorete Soft Pinch de Rare Beauty.

Me preparé, pues, para soltarle que podía hablarle a la mano y que nuestra negociación había tocado a su fin, pero me acordé de Alexia aguantándose las lágrimas por orgullo y cabezonería después de romper con Brian; me acordé de Alexia sentada en el borde de la cama con la mirada perdida en la pared de enfrente y las manos exánimes sobre los muslos; y luego me acordé de Alexia defendiéndose de las provocaciones que yo le había arrojado a propósito de sus encuentros con Vinny Bravano, cómo le brillaban los ojos pese al pasmo cuando volvía de ser besada en su espectáculo de la Super Bowl y de ser vacilada en la fiesta posterior por el mismo y encantador sujeto.

Digamos, resumidamente, que sufrí un acceso de amor incondicional, un arrebato protector, y me convencí de que merecería la pena convertirme en repartidora a domicilio por un día con tal de que aquel botarate propiciara el reencuentro entre los que yo ya intuía que serían el uno para el otro.

—Vale, te haré llegar la cesta yo misma al estadio a cambio de que cumplas tu parte.

—Bien.

—Bien. Y que sepas —añadí a trompicones— que lo hago porque quiero a mi amiga y porque sospecho que tendré que ir a Boston por narices. Si no se me hubiera perdido nada allí, te iba a llevar la cesta quien yo me sé.

—Vale.

—Vale.

Esperé con el teléfono todavía pegado a la oreja. Lo oía respirar tranquilo al otro lado de la línea. Su serenidad me consternaba porque ponía de relieve mi falta de paz interior, porque no, yo no respiraba tranquila. Yo respiraba frenética y tenía el corazón en un puño.

—¿De qué color es el albornoz? —inquirió al cabo de unos segundos.

Si no tuviera un compromiso con la buena educación, lo habría mandado a la palabra que empieza por eme y le habría colgado, pero en su lugar espeté:

—Buenas tardes, señor DiMarco.

—¿Eres rubia o morena?

Y entonces sí que colgué, mordiéndome antes la lengua para no decirle que me buscara en internet. Sabía mi nombre completo, sabía mi ocupación, y si quería saber también cómo de especial soy, que se lo currara demostrando una pizca de iniciativa.

¿Cuántas Lara Cosimas dedicadas a la representación de la superestrella del pop Alexia Lux podía haber en el planeta Tierra? Pues las hay en la misma cantidad en que hay descarados e indolentes jugadores de fútbol americano llamados Myles DiMarco: solo una, la primera y última de su nombre.

—Y esa es la historia de cómo lo conocí —concluyo la exposición ante la atentísima Samantha, que se ha olvidado de que tiene el Frappucino en la mano. Apuesto a que se le ha derretido el hielo y con él se ha disuelto el anecdótico sabor artificial del que dependemos emocionalmente.

—¡Esa no es la historia de cómo lo conociste!

¡Al menos, de cómo lo conociste en persona!

—rezonga para mi sorpresa. Ya sabía yo que le iba a fascinar el relato.

Samantha es team Damon Salvatore, no team Stefan.

No hay nada más ilustrativo que eso para definir lo que una mujer encuentra atractivo en un hombre—.

¿Por qué paras ahí? ¿Qué hay del momento de la entrega?

Porque imagino que cumpliste tu palabra.

No hay nada más propio de LC que llevar sus promesas hasta las últimas consecuencias. ..

Y sigue con lo que es propio de LC y lo que no.

—¿Qué más da eso? Quería ilustrar lo indecoroso que es el comportamiento de ese tipo, razón más que suficiente para negarme a trabajar en su nombre.

—Indecoroso, dice la señorita Escarlata —imita la voz de Mammy en Lo que el viento se llevó, como siempre que la exaspera mi mojigatería—. No seas apretada, LC , por favor.

—¡Estaba trabajando y se me insinuó!

—No estabas trabajando. Estabas tramando a espaldas de Alexia, y no para beneficiar su carrera, sino para concertarle una cita.

.. cosa que yo diría que entra más en la responsabilidad de la amiga que de la representante.

Por tanto —concluye con pedantería—, en vuestra conversación tenía cabida la coquetería.

—¡Nada justifica que me preguntara qué llevaba puesto!

—Esa pregunta estuvo tan fuera de lugar como que tú le dijeras lo que tenía que hacer con su exnovia y que te tomaras la libertad de reprenderlo.

—Ante eso no me queda otro remedio que callar—.

Te escuchó, le gustaste y te dijo que quería verte.

En ese momento no os unía ninguna relación laboral.

A lo mejor cuando empecéis a trabajar en su marca. ..

—Eso no va a suceder —la interrumpo, en mis trece—.

Y ni tú crees que vaya a aprender a comportarse de la noche a la mañana, ni siquiera si firmara un documento con la cláusula obligatoria de ser respetuoso conmigo y supiera que violándola podría exponerse a seis meses de cárcel. No lo conoces como yo.

—Por desgracia —suspira con una sonrisa. Bate las pestañas y se inclina hacia delante con gesto inocentón—. Por eso te he pedido que me cuentes cómo fue ese primer encuentro.

Junto los labios en un rictus amargo, y antes de que se me tiñan las mejillas de rojo con el recuerdo, balbuceo:

—¿Por qué no puedes simplemente apoyar mi deseo de rechazar la oferta?

No me sentiría cómoda cerca de ese hombre, Samantha.

No te voy a negar que mi sensibilidad me hace percibir según qué acercamientos masculinos como una especie de acoso, incluso si no es acoso en absoluto, y que mi carácter y yo tenemos mucho que ver en el modo en que me tomo las cosas, pero el caso DiMarco es superior a mí, ¿entiendes?

Samantha se ablanda al verme agitada.

—Yo puedo apoyarlo, cielo. Claro que sí.

Al menos en mi papel de amiga. Pero como profesional que soy, estoy en la obligación de recordarte que es una oportunidad de negocio sin igual.

Todos sabemos que quienquiera que represente a Sabrina Carpenter está haciendo un trabajo glorioso, pero no es comparable con el talento de los que obraron el milagro de reinsertar a O. J. Simpson o Kobe Bryant.

»Tú has catapultado a Alexia Lux a un éxito sin parangón, pero ¿cómo no lo ibas a hacer?

Más allá de tu talento, que es indiscutible, ella tenía el don musical, el carisma, el físico.

Era pan comido. Ahora necesitarías abordar una crisis reputacional para consolidarte de veras.

No sé, cariño. Yo pensaba que buscabas la grandeza.

—¡Claro que la busco!

—Y eso por no mencionar la bronca que te echará Berta si se entera de que has dejado pasar a la gallina de los huevos de oro.

Abro la boca para pedirle que por favor no le nombre mi entrevista con Capobianco a la jefa, que ya me puedo imaginar cómo reaccionaría, pero entonces la voz de la reina de Roma —literalmente, porque nació allí— se alza por encima de nosotras:

—¿Y quién sería esa gallina de los huevos de oro, si no es mucho preguntar?