Capítulo 2 #3
—¿Te ha pagado ese tipo para que lo defiendas a capa y espada o qué pasa?
—De hecho —continúa sin hacerme ningún caso—, no entiendo por qué la gente está empecinada en mantener el contacto con sus ex.
O están tan aburridos que solo metiéndose el dedo en la herida consiguen sentir algo o andan desesperados por un poquito de la validación que únicamente puede brindarle alguien que estuvo obsesionado con ellos.
.. Pero prosigue, por favor. Me tienes en ascuas.
En un alarde de ingenuidad que todavía estoy pagando —y que siento que pagaré el resto de mi vida... a no ser que Alexia rompa con su novio deportista— exigí que Vinny le pasara el teléfono a DiMarco.
Y maldita la hora.
Debería haber sabido que me estaba enfrentando a un pedazo de carne con ojos y no a una criatura con la mínima sensibilidad en cuanto me soltó «qué».
Eso es todo. «Qué». No fue interrogativo.
Tampoco desagradable. Fue algo peor. La suya era una indiferencia brutal.
Estoy segura de que si le hubiera llamado el presidente de los Estados Unidos o su abuela desde el Más Allá habría contestado con la misma ilusión, que era ninguna en absoluto.
—Buenas tardes, Myles. Estoy hablando con Myles, ¿verdad?
—le pregunté con mi mejor tono diplomático, el que utilizo para llamadas laborales, primos segundos y gente que me consta que me ha puesto verde a mis espaldas—.
Encantada de conocerte. Soy Lara Cosima, la mánager de la cantante Alexia Lux.
Como bien sabrás, tu amigo Vinny y mi representada se conocieron en la Super Bowl y desde entonces han coincidido en un par de ocasiones para hacer las delicias de la prensa.
Me gustaría, no tanto para fomentar la conversación pública, sino para que, en vista de la delicada situación, al menos las partes involucradas se conozcan y aprendan a sobrellevar lo que está sucediendo, que Vinny y Alexia tuvieran la oportunidad de verse en un sitio libre de cámaras.
Había pensado en la fiesta de compromiso de Terry, a la que tú has sido invitado.
—Ajá.
Ajá. ¡Ajá! ¡No pensaba ni presentarse en condiciones, ni desearme unas buenas tardes, ni aplaudir mi buena voluntad, ni aportar una opinión acerca de mi propósito! ¡«Ajá» y ya está!
—He oído que no te simpatiza la idea de toparte de nuevo con tu expareja. Y lo entiendo, claro que lo entiendo. Me puedo imaginar que no es plato de buen gusto...
—Ajá.
¡Y otra vez!
En ese caso, no obstante, pude perdonárselo porque había empezado a tantear el terreno para adivinar qué había sucedido entre los dos y estaba en su derecho de mostrarse esquivo.
Como persona que jamás ha roto lazos con nadie, siento una fuerte curiosidad por los motivos por los que alguien decide cortar su relación con otro alguien.
—Por eso te propongo lo siguiente —continué—: que te presentes allí con Vinny solo para justificar su presencia, te des una vuelta y te marches en cuanto te apetezca.
De hecho, no tienes ni por qué ir a saludar a la futura novia si no quieres.
—Tuve la bondad de morderme la lengua y no añadir que «total, nadie se sorprendería» porque ya entonces sabía que DiMarco es un maleducado de libro—.
Con que hagas acto de presencia bastará.
—Ah, que no tengo ni que quedarme. Solo entrar. Ajá.
—Bueno, si me permites la quizá impertinente sugerencia, yo te animaría a pasar, darle la enhorabuena a Terry, hacerte alguna que otra foto con ella y subirla a redes sociales para que quede constancia de que estáis en buenos términos. Sería beneficioso para tu imagen.
—Me la suda que sea bueno para mi imagen, como tú comprenderás.
No exagero cuando digo que nadie en la historia de mi carrera profesional se había atrevido a hablarme de ese modo.
Una cosa es que algunos productores se hayan aprovechado de mi juventud y presunta inexperiencia para tirarme los tejos, hacer alguna alusión inapropiada a la raja de mi falda —siempre tres dedos por encima de la rodilla, por cierto— o directamente abalanzarse sobre mí sin haber solicitado antes mi consentimiento.
Pero eso de escucharme como si le estuviera arruinando la tarde, como si le estuviese haciendo un favor, y soltar un «me la suda» tras oír gratis mi experto consejo era una novedad que me habría gustado no conocer.
—También sería positivo para la imagen de Terry.
—A pesar de saber que entré en piloto automático por el shock, hoy día me sigo preguntando por qué me tomé la molestia de insistir—.
Si la ruptura fue traumática, como me figuro que sería el caso dado que no se os volvió a ver en la misma habitación y Terry hizo algunos reposts cuanto menos sospechosos, echaros alguna que otra foto sonrientes, ella con el pedrusco en el dedo, lanzará a la prensa la confirmación de que habéis hecho las paces como amigos y no volverán a torturarla a propósito de vuestra relación. Ni a ti, claro.
—Ya.
—Y le serviría para afrontar esta nueva etapa vital libre de rencores —proseguí, hablando cada vez más rápido.
Que yo persistiera en darme golpes contra la pared, una metáfora fiel de lo que es hablar con DiMarco, ya no era culpa suya.
Habían entrado en juego mi estúpida incapacidad para aceptar que mi consejo no es bien recibido y la consecuente desesperación por reivindicar mi valía—. La ayudará a cerrar el ciclo. A sanar.
—Bueno.
—Porque me imagino que deseas lo mejor para ella, ya que fue una persona importante en tu vida, aunque fuera durante un breve período de tiempo, y...
—¿Por qué no hacemos un trato? —me interrumpió, por lo visto hastiado de mi cháchara.
La última vez que alguien me hizo sentir tan pequeña e insignificante todavía vivía en Abita Springs y no me había quitado el aparato dental.
No me gustó revivir la sensación, y estaba preparada para mandarlo a arder en los fuegos del infierno cuando soltó—: Tienes voz de estar buena y me hace gracia tu acento.
Si vienes tú también, me paso un ratito y nos conocemos.
Diciendo que me dejó boquiabierta me habría quedado corta.
Lo primero de todo es que no estoy acostumbrada a la agresividad del presunto halago que es «estás buena». No creo que nadie me lo haya dicho en la vida, y ni mucho menos en referencia a mi voz, que han comparado con la sirena de una ambulancia.
Lo segundo que me sorprendió fue que se percatara de mi acento.
Como es natural —al menos, lo es en mis círculos sociales—, lo primero que hice nada más emprender mi carrera profesional fue pulir mi marcado deje sureño, que, cuando no se asocia a los paletos de la América profunda, se estima lo bastante divertido para que de buenas a primeras te rodeen formando un corro y te digan: «¡Venga, ahora di esta palabra! ¡Y esta otra! ¡Ja, ja, qué gracioso!».
Él no fue la excepción. Lo había tildado de gracioso.
Pero no sonó despectivo, sino muerto de curiosidad y hasta cierto punto fascinado, como si nunca hubiera oído hablar a una chica de Luisiana.
Y era probable que no hubiera oído hablar a una chica como yo, es decir, una chica de Luisiana con diez meses de clases de pronunciación a las espaldas y que cuando se enfada, se pone nerviosa o logran descolocarla con un «me la suda» y un «estás buena», sustituye su pulido acento neutro por una mezcla del sureño, el bostoniano y hasta el británico si me apuras.
—¿Por qué? —fue lo único que atiné a contestar, desconfiada.
—¿Que por qué? Pues porque necesitaré entretenimiento.
—¡Entretenimiento! —exclamé, perpleja—. ¡Trabajo en la industria del entretenimiento o al menos se me asocia con ella, pero no soy el entretenimiento de nadie, señor!
¡Además! ¿Qué esperas? —arranqué a balbucear caóticamente—.
¿Que te haga unos malabares con una mano atada a la espalda?
¿Que te haga un bailecito, como en la clase de Educación Física? ¿Que...?
Se me atragantó la tercera opción al caer en la cuenta de que era esa, la innombrable, la que había insinuado con la espontaneidad de quien está acostumbrado a flirtear.
Si es que eso podía llamarse flirtear.
—¿Cómo? —fue la primera vez que le entendí una emoción en la voz, en este caso la desorientación después de mi clase de acentos.
—¡Que si lo que quieres es compañía femenina, allí habrá mujeres de sobra!
—Ah. Sí, sé que habrá otras tías.
—«Otras tías» —repetí, ofendida—. Desde luego no eres conocido por tu sensibilidad.
—¿Cómo quieres que las llame para no ofenderte, si no? ¿«Damas»?
—¡Pues por ejemplo! ¡Es lo que haría un caballero!
—Yo no soy un caballero. Ven y te lo demuestro.
Recuerdo dónde estaba y lo que había estado haciendo mientras conversaba con Vinny antes de que ese sinvergüenza me escandalizara con su actitud.
He realizado tantas llamadas a lo largo de mi vida profesional que he perfeccionado el arte de la multitarea: sea con el móvil entre el hombro y la oreja o sea con la opción de manos libres, soy capaz de estar cerrando un trato millonario con un productor conocido por su salacidad o su ambición mientras veo un episodio de Amas de casa de Beverly Hills con los subtítulos, deslizo tiktoks en el iPad o me pinto las uñas de los pies, como fue el caso aquel día.
En cuanto DiMarco cogió el teléfono que Vinny le había pasado y pronunció su grosero «qué», la mano con la que había estado sujetando el esmalte milky white se me quedó suspendida en el aire.
A esas alturas de conversación ya me había levantado, furiosa, y había salido de la habitación que compartía con Alexia en Chicago para asomarme al balcón.
—¡No pienso acudir a una fiesta a la que no se me ha invitado! —mascullé, acelerada. Con la otra mano me aferraba al escote cruzado de mi albornoz, lujosa cortesía del hotel—. ¡Es de una grosería imperdonable!