El partido del año Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—¡Ahora no cambies de tema! ¿No crees que puedas explotar los privilegios del guapo con Myles DiMarco? ¿No te pusiste las lentillas cuando fuiste a ver a Capobianco y coincidiste con él o qué?

—Que sea tu tipo no significa que tenga que ser el mío.

—DiMarco es el tipo de todo el mundo.

—¿Y eso quién lo dice?

—Bob —llama al portero y espera con una mano apoyada en la cadera, la otra sosteniendo el Frappucino , a que el aludido se aproxime con la solemnidad que le otorgan la estatura y el uniforme de trabajo—. ¿A que Myles DiMarco está bueno?

—¿El jugador de los Boston Beasts? A mi mujer le encanta. Y a mí también —añade con sentido del humor.

Samantha me devuelve la mirada con una sonrisa triunfal.

—¿Ves?

—¡La mujer de Bob no es Dios!

—¿Y eso lo sabe ella? —bromea el portero entre suspiros.

—¡Hace falta un muestreo de muchísimas más mujeres para hacer una afirmación tan terminante! —insisto, ignorando que Bob y Samantha se siguen riendo, cómplices, con el comentario del primero.

Todos aquí conocemos a Norma, la mencionada esposa, porque Bob tiende a olvidarse el almuerzo que le prepara con cariño.

Más correcto sería decir, de hecho, que todos aquí conocemos los gritos y reproches de Norma, que todavía no se puede creer que su marido se tome el equilibrado contenido de sus fiambreras por el pito de un sereno y siempre que pueda lo sustituya por un Big Mac.

— LC , cariño —continúa Samantha cuando ya nos hemos cruzado el recibidor.

Esperamos la bajada del ascensor, reformado hace poco respetando el estilo de los sesenta que tenía el antiguo edificio—, sé que nunca has sido un colmo de objetividad y sentido común, pero que niegues que DiMarco es un monumento de tío está a la altura de defender el terraplanismo.

—¡Eso lo dices tú porque te encantan los brutos!

Sam hace un movimiento ambiguo con la cabeza, como si reflexionara.

—Sí, es verdad —accede al fin—. Tengo ya suficientes ultraprocesados en mi comida, físicos inalcanzables en la multimedia que consumo y obligaciones sociales a las que atenerme fingiendo ser otra persona para encima fijarme en los hombres que perpetúan este modelo de vida superficial y forzado haciéndose las cejas y estudiándose la carta astral para refinar el arte del lovebombing .

Ahí donde se me ponga un tío en el pleno sentido de la palabra, con su torpeza emocional, su sinceridad casi grosera y sus manchas de aceite de coche en la wife-beater blanca, estaré yo batiendo las pestañas como Betty Boop.

Bob descuida su puesto para correr la verja del ascensor, un gesto de amabilidad que solo exhibe con nosotras.

Ya en camino a la tercera planta, me giro hacia Samantha con una sombra de temor.

—¿Es que conoces a DiMarco? Porque lo has descrito con una precisión aterradora.

—¿Lo conoces tú? Lo odias demasiado para haberlo visto solo una vez.

A lo mejor debería haber empezado a contarle la historia desde el principio.

Ese principio ofrece una perspectiva global de lo que es en realidad DiMarco, es decir: no solo un provocador recién salido de la ducha que se sabe las canciones de Beyoncé, algo que entiendo que pueda apelar al interés femenino.

Lo que denomino El Origen también aporta razones de peso para justificar mi rechazo, al menos si quien me está escuchando es una mujer con sensibilidad.

No es el caso. Samantha encontrará muy sexis las confianzas que La Cosa se ha tomado.

—Como bien sabes —comienzo a relatar sin la menor esperanza de recibir su comprensión. Me consuela que me brinde su curiosidad, que siempre es un acicate para lanzarse a narrar una anécdota—, solía ser la manager de Alexia Lux.

—Y también su mejor amiga.

—Y también su mejor amiga —confirmo sin variar la expresión.

Siguiendo las órdenes de la llave magnética que he usado en el moderno ascensor, las puertas se abren en Velvet Room, un bien aprovechado espacio de ciento veinte metros cuadrados con salón a doble altura, despachos separados por cristaleras esmeriladas y decoración estilo industrial, como puede apreciarse en las vigas del techo alto y los fragmentos de ladrillo visto que se alternan en las paredes.

Solo los empleados podemos acceder a la oficina.

Está pensado de este modo porque Roberta Montessore, mi jefa e ídolo, ha querido respetar el espíritu laboral neoyorquino perpetuando la costumbre de citar a los clientes en bares lounge de moda o restaurantes que le interesa promocionar porque se está acostando con el sous-chef .

Siempre le ha parecido una ordinariez —y lo que es peor, un contrasentido— plantear Velvet Room como una empresa exclusiva y devotamente dedicada a su cartera de tan solo diez clientes para luego tratarlos como algo distinto de un amigo con el que ponerte al día.

Es de la opinión, además, de que el esfuerzo de conseguir una mesa en un establecimiento con una lista de espera de nueve meses, la intimidad de invitar a un postre detrás de un biombo y las luces cálidas de ambiente inspiran al mencionado cliente a ponerse cómodo y sincerarse de veras, algo necesario cuando se pretende hacer con él una labor fiel a sus deseos.

Como somos un total de cinco empleados y uno de ellos, el abogado, solo se presenta cuando Roberta tiene una crisis que requiere el manejo de un experto, puedo seguir mi narración con toda tranquilidad.

—Te acordarás de que hace unos meses, durante el espectáculo de la Super Bowl, Vinny Bravano le robó un beso a Alexia delante de la afición.

Ella no quiso aceptar que le había gustado porque estaba de luto por la traumática ruptura con su exnovio, y.

.. en fin, no te estoy diciendo nada que no se haya teorizado en Twitter y en las revistas del corazón hasta el hartazgo.

—En X , no Twitter.

—En X . —Pongo los ojos en blanco—. La cosa es que yo me empeciné en concertar un reencuentro entre los dos a espaldas de Lex con la esperanza de que se olvidara del idiota de Brian Harris.

Vinny es un chico muy divertido, te lo podrás imaginar de las entrevistas que concede y el desenfado con el que lleva sus redes sociales.

—Es toda una inspiración para las community managers . Un ejemplo de simpatía natural —confirma Samantha, que no ha demorado ni dos minutos en arrojarse sobre su sillón favorito, uno de cuero envejecido negro mate, para poner los cinco sentidos en mi relato.

—El caso es que para concertar el reencuentro que te digo tuve que llamar a Vinny.

Después de hacer las respectivas comprobaciones, me había enterado de que otro miembro de su equipo, Myles DiMarco, había sido invitado a la fiesta de compromiso de una modelo con la que había salido; la misma fiesta a la que Alexia iba a acudir para intentar despejarse de lo que le venía pasando en su vida sentimental.

Mi plan era que DiMarco aprovechara que en el mundo socialité las invitaciones se pueden extender a segundas y hasta terceras personas para acudir con Vinny y así. ..

—Forzar el reencuentro —completa Samantha.

Nunca olvidaré lo que oí a través del teléfono después de describir con todo género de detalles la que era mi estrategia.

Vinny se separó el móvil de la oreja para llamar a DiMarco, que entonces no era para mí más que un nombre asociado a una mole de masa muscular y sudor que de vez en cuando salía en televisión.

«¿Te parece que vayamos a la fiesta de compromiso de Terry?», preguntó el tight end , a lo que siguió un prolongado silencio y, de pronto, el profundo latido de la voz de aquel despreciable sujeto.

Aun habiendo salido con Terry en torno a seis meses el pasado año según los tabloides —podía ser más o menos, pero los tabloides nunca se equivocan en sus hipótesis—, soltó: «¿Quién es Terry?».

—¡No se acordaba de su exnovia, Sam! —exclamo con un exagerado aspaviento—. ¡De su e-x-n-o-v-i-a!

—Sería su ex por una razón.

—¿Y cuál insinúas que es? ¿Que sufrió un brote de amnesia selectiva y por eso de repente no sabía quién era?

—Seguro que sabía quién es Terry pero no la asoció en ese momento —insiste Samantha. Parece haberse compinchado con DiMarco en persona para dar mi brazo a torcer—. En su defensa diré...

—¡No tienes que defenderlo!

—... que no es el nombre más original del mundo. No se llama Lara Cosima —añade, y me lanza una miradita juguetona antes de sorber de la pajita del Frappucino con cuidado de no arruinar el pintalabios.

—En ese caso, lo lógico habría sido que preguntara: «¿Te refieres a mi ex, la modelo?». ¡Porque, además, es modelo! ¡La ha tenido que seguir viendo en los desfiles de Victoria’s Secret, en los de la temporada primavera-verano de Georges Hobeika, en las campañas de perfume de Mugler...!

—Por lo que sea, querida, no me imagino a DiMarco sentado como un clavo delante de la tele de plasma de su penthouse con un martini y un cigarrillo mentolado para engañar el hambre frotándose las manos con la ilusión de ver a Adriana Lima con unas alas de ángel.

—Eso seguro —mascullo de mal humor—. Es más de abrirse una cerveza con los dientes, dar un trago, eructar y seguir con la mirada adónde mandan el balón los campeones de la NFL .

Me estremezco de solo imaginarlo.

Pero volviendo al tema.

«¿En serio? ¿No se acuerda de ella?», fue lo que bramé yo, indignada en su nombre y en el de todas sus compañeras, que de seguro recibirán el mismo trato.

Vinny fue un cielo y transmitió el mensaje tal cual: «¿En serio? ¿No te acuerdas de ella? Salisteis juntos una temporada. Es modelo».

«Ah, sí, esa Terry», le oí pronunciar en la lejanía como quien decía «ah, sí, ese profesor de Matemáticas que tuvimos en la secundaria» o «ah, sí, el partido que ganaron los Lakers a los Dallas Maverick por veinte puntos» o incluso «ah, sí, esa almorrana que tuve en agosto».

—¡Se negó a hacerme el favor! —jadeo, ofendida, ante la expresión divertida de Samantha—. Dijo, y cito textualmente: «No me gustan las fiestas de compromiso. Ni las ex».

—Me parece una razón válida para no ir a una fiesta.