El partido del año Capítulo 2
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Capítulo 2

Bitch Better Have My Basket

Lara Cosima

—Eso no lo haría la LC que yo conozco —sentencia Samantha en cuanto termino de relatarle mi encontronazo y posterior discusión con La Cosa.

(Con « LC » no se refiere a La Cosa, sino a mí, Lara Cosima).

Como si no acabara de romperme el corazón con una de sus frases contundentes —es la reina de las frases contundentes; cómo no serlo, si se dedica a llevar las redes sociales de la mayoría de nuestros clientes y a preparar las estrategias publicitarias, eslóganes y logotipos—, da un sorbo indolente a su Frapuccino con base de crema.

Y por si su opinión verbal no hubiera sido suficiente, enarca las cejas primorosamente depiladas con hilo para recalcar su inmensa decepción.

Le arrebato de las manos mi Pumpkin Iced Latte al nuevo barista, que ni se inmuta con mi despliegue de energía, y lo alzo como si fuera a brindar para advertir a Samantha.

Tengo un talento inconmensurable para llevar hasta tres cosas en la mano. En este caso, sujeto el vaso venti con los dedos corazón, pulgar y anular; del meñique cuelgan las llaves de la oficina y el índice se yergue como un pelo rebelde para reprocharle a Sam su comentario.

—No me digas eso, ¿vale, mona?

—¿Y qué quieres que te diga, si no? Es la verdad.

—Se encoge de hombros—. La LC que yo conozco, para empezar, habría aceptado la propuesta de Capobianco; si no porque la estimación de beneficio por un solo cliente es de cien mil maravillosos dólares americanos, pues por el reto laboral que supone.

En el remoto caso de que se hubiera negado porque no la considerase una suma lo bastante jugosa, la LC que adoro no habría justificado su decisión ante nadie, ni mucho menos ante el cliente en cuestión.

.. sobre todo con el riesgo que existía de que le sacara los colores.

Pero, sobre todo, LC no habría vuelto a Nueva York diciendo con la boca pequeña que va a bajarse del proyecto sin dar explicaciones justo después de aceptar el encargo en un arrebato histérico.

»¿Qué se supone que vas a hacer, cielo? ¿Fingir que no le diste el sí a DiMarco y evitar a los Boston Beasts al completo de por vida? ¿Cómo, si tu mejor amiga sale con el tight end y, según me cuentas, se ha convertido en su llaverito y no puede quedar contigo sin traérselo?

A continuación me mira por encima de las Wayfarer con una sorna insoportable. Solo se retira las gafas de sol como una diadema cuando tiene que trabajar con el ordenador, echándose hacia atrás a la vez el cabello rubio con mechas balayage .

Siempre va tan a la última que es la primera en poner de moda lo que va a llevarse dentro de un año y medio.

Por eso la quiero.

No iba a quererla por cantarme las cuarenta, eso seguro.

—¡Tú no lo entiendes!

—A lo mejor no —medita con esa indiferencia chic de reina del baile que tanto me fascina.

Para ser una persona a la que todo le resbala, un rasgo que por desgracia yo no poseo, ostenta una opinión categórica sobre todas las cosas—.

Si quieres que lo haga, vas a tener que darme una explicación pormenorizada de las formas en las que ese tipo te ha ofendido, porque, cariño, por cien mil dólares fijos más un veinte por ciento de cada acuerdo de patrocinio, aparición pública y contrato comercial, yo sería capaz de redefinir la marca del mismísimo Satanás.

A fin de ganar tiempo y ordenar mis ideas, porque a Samantha no le puedes dar esquinazo con un pretexto absurdo, doy el primer sorbo a mi café aguado de litro y medio.

En el SoHo, donde se erige la agencia de representación donde trabajo, le das una patada a una piedra y brotan cafeterías de especialidad como setas en el campo.

Por eso el pequeño equipo de management de Velvet Room, así como mis compañeros y compañeras de edificio, procura salvar Manhattan de la gentrificación de las grandes superficies adquiriendo su desayuno en uno de estos florecientes negocios.

Me consta que, según ellos, es un insulto a la cultura de barrio neoyorquina, al menos la que impera en las zonas «alternativas», que yo rehúse unirme a la moción y haya instaurado en su lugar la costumbre de ir a por mi refrigerio a nada menos que a la franquicia de Starbucks.

Cuando me preguntan mirándome por encima del hombro por qué no participo yo también en la salvación del pequeño comercio pagando por cafés ecológicos, mi respuesta es muy sencilla: porque vengo de Abita Springs, Luisiana, un pueblo de dos mil quinientos habitantes al que jamás llegó Starbucks, y estoy en mi legítimo derecho de desquitarme por esta carencia hasta darme por satisfecha.

Cuando me mudé a Nueva York hará casi una década, lo primero que hice para sellar mi destino y compromiso con la gran ciudad fue pedir un Caramel Macchiato tall y un rollito de canela, y tuve que esconderme detrás de las gafas de sol Clubmaster para que no me vieran llorar de alegría mientras lo consumía delante de Tiffany’s.

Pero volviendo al tema que nos ocupaba...

—¡Te estoy diciendo que ese hombre es peor que el diablo!

—Coincido en que tiene una reputación pésima y no ayuda que el mismísimo presidente de Estados Unidos lo haya despreciado en público —me concede Samantha en cuanto salimos del local.

Montadas sobres nuestras adorables kitten heels , emprendemos nuestro camino de regreso a Velvet Room, que se encuentra en la tercera planta de un edificio industrial remodelado—.

Pero, a ver, teniendo en cuenta que Trump utiliza su cuenta oficial para ser un troll hasta el punto de haber advertido a Robert Pattinson de que Kristen Stewart no era trigo limpio, tampoco es el fin del mundo.

—Trump solo le dedicó un tweet a Kristen. Se ha metido con DiMarco al menos seis veces. ¡Seis veces! ¡Seis tweets ! ¡El presidente de Estados Unidos lo ha mencionado más en sus redes sociales que al primer ministro canadiense!

—¿Qué le iba a decir Trump al primer ministro canadiense, si en Canadá todo el mundo es tan feliz que insultarlos aburre?

Como coreografiadas, nos detenemos ante el escaparate de una galería de arte con un espejo monumental.

Sacamos nuestros respectivos pintalabios para aplicar al unísono la tercera capa de la mañana.

El suyo es el Captive Audience de MAC , un arriesgado tono ciruela; el mío es el brillo Glass Slipper de Fenty, en mi opinión más apropiado para el día a día.

—Pongámoslo así —retoma Samantha en cuanto ha vuelto a reservar el labial en el bolsillo de sus vaqueros de tiro bajo—. ¿Dirías que su situación es peor que la de Martha Stewart?

—Oh, por favor —pongo los ojos en blanco—, no mezcles la velocidad con el tocino.

Es verdad que la gente se altera más por los delitos financieros, como fue el caso de Martha, que con el acoso sexual, pero si una colaboración con Snoop Dogg consiguió rehabilitarla es que no era para tanto.

No voy a salvar a DiMarco de sí mismo animándolo a juntarse con leyendas del rap; con su reputación, Norteamérica pensaría que ahora vende marihuana.

—De acuerdo, de acuerdo. Pensemos en otro sujeto en teoría insalvable. ¿Dirías que DiMarco está peor que Monica Lewinsky después de saberse de su lío con Bill Clinton?

—Eso fue un caso flagrante de misoginia, Sam. Si hubiera sucedido ahora y no cuando ocurrió, apuesto a que Monica no habría tenido que pasar años en cuarentena antes de convertirse en una activista antibullying y pro dignidad digital.

—No te voy a quitar la razón. Sería complicado reinsertar a DiMarco como a Lewinsky.

.. Pero tengo otro ejemplo: Winona Ryder cuando la pillaron robando en Saks Fifth Avenue.

Fue a juicio y durante mucho tiempo estuvo en la lista negra.

Pausó su carrera hasta Stranger Things .

¡Estamos hablando de unos veinte años de castigo social!

—Oh, venga ya, ¿cómo que veinte años de castigo social?

¡Si a los dos años del robo Marc Jacobs la convirtió en el rostro de su campaña y al mismo juicio asistió con ropa del diseñador!

Eso no fue ni un escándalo público, aunque algunos mojigatos lo vivieran como tal: ¡fue una prueba de lo icónica que es!

Y para que te perdonen una falta como esa, Sam, tienes que ser una superestrella.

DiMarco no ha aportado una filmografía de más de cinco películas de culto al mundo del cine.

—Entonces bajemos el nivel.

—Y dame un ejemplo masculino que se le pueda asemejar, te lo ruego.

—Te pongo ejemplos femeninos porque reinsertar a un hombre siempre es mucho más fácil, cariño.

¿Qué me dices de Robert Downey Jr.? En su día, hasta su novia Sarah Jessica Parker se dio por vencida con él.

¿Cómo va a ser la situación de DiMarco peor que la de un adicto con penas que podrían haberlo mandado a prisión?

—¡Pero por supuesto que es peor! ¡Robert Downey Jr. tiene un encanto personal y un atractivo únicos!

¡Entre el privilegio de guapo, que su padre era director de cine y que ya por aquel entonces la gente no estaba por la labor de culpar a un pobre hombre por sus adicciones, su rebranding tuvo que ser pan comido! ¡Y es Iron Man!

Samantha frena a las puertas de la portería del edificio, donde por encima de «Rose Hayfield: cirugía plástica» y «Richard Norton: ortodoncistas» destaca una placa plateada con las palabras Velvet Room: Agent Management .

Después de saludar a nuestro querido portero, un afroamericano de dos metros con una elegancia natural solo equiparable a su corazón de oro, me confronta con una sonrisa incrédula.

—No irás a decirme ahora que DiMarco no goza del famoso privilegio de guapo.

Eso sí que no estaría en línea con lo que conozco de mi querida LC , que a lo mejor no tiene el mal gusto de describirme con pelos y señales qué hizo a medianoche con su última cita, pero sí se dedica a sexualizar bellezas masculinas por deporte durante la jornada laboral.

—Durante la jornada laboral no —mascullo con la boca pequeña—. Solo en las pausas.