Capítulo 1 #4
—Eres un coñazo. Eso es lo que eres. —Arroja a desgana la toalla del pelo sobre el banco y se dirige hacia su taquilla con toda naturalidad.
Uno de los chicos pronuncia su nombre en tono de advertencia—.
Menos mal que al menos tienes dos dedos de frente y sabes lo que te conviene.
Estaba cansado de verte ir de acá para allá revoloteando como una mariposilla.
Ahora que no trabajas para Alexia y tampoco lo harás para nosotros, me quedo tranquilo.
—¿Que tú estabas cansado de...? ¡¿Que tú te quedas tranquilo?
! —repito, alzando cada vez más la voz. El que mi amiga suele llamar mi Dedo De Los Regaños se sacude entre nosotros como una varita mágica—.
¿De qué estás hablando? ¡Si has estado persiguiéndome como un perro sarnoso desde que coincidimos la primera vez!
¡Seguro que rezabas para que dijera que sí con tal de estar cerquita de mí!
KJ y O’Keefe aspiran entre dientes, como cuando adviertes una caída aparatosa que ha tenido que doler, e intercambian una mirada. Ashton lanza un silbido ominoso que viene a decir «oh, oh». Noah chasquea la lengua y menea la cabeza: «¿Qué hago yo aquí?», parece decir.
Vinny solo se muerde el labio para no echarse a reír.
—¿A quién se supone que le rezaba? ¿A Dios, a las Fuerzas Armadas o a las lobotomías?
—se burla de mí con el semblante neutro.
Siempre lo hace con el semblante neutro.
Cierra la taquilla en cuanto saca lo que le interesaba, una muda limpia.
Le habría dedicado algún pensamiento al hecho de saber a ciencia cierta qué tipo de ropa interior usa si no hubiera vuelto el torso de gladiador hacia mí.
Me mira de arriba abajo lenta y concienzudamente para al final torcer el morro muy poco impresionado—.
Eres mona, pero ya sabes que yo solo me muevo con modelos.
Porque imagino que tendrás un archivo con mi expediente en tu oficina, ¿no?
Por eso estás tan segura de que mi proyecto te viene enorme.
—¡Que tu proyecto me viene enorme! —suelto una carcajada helada—. ¡Al revés! ¡Te me quedas pequeño! ¡Minúsculo! ¡Una mota de polvo! ¡Eso eres en comparación con mi talento y...!
Enmudezco de golpe, sobrecogida por el gesto que tiene de quitarse la toalla de la cintura con la mirada fija sobre mí.
Me apresuro a cubrirme la cara con las manos, pero es demasiado tarde, porque mis ojos han volado hacia su entrepierna como cuando ocurre un accidente de tráfico y he podido comprobar de primera mano que al menos esa parte de él no se me queda nada pequeña.
Ni ninguno de sus sinónimos.
DiMarco se viste en completo silencio con toda tranquilidad.
Por lo poco que le conozco, puedo decir esto de él: no teme hacerle perder el tiempo a nadie.
No entiende de contratos sociales, como el que estipula que uno debe mirar a la cara a su interlocutor cuando habla y no interrumpirlo.
No rehúye de la soledad, a la que no le teme en absoluto.
Le importa un bledo si se malinterpretan sus palabras, que nunca filtra, y te dará a entender en todo momento que le estás molestando si en efecto le estás molestando.
El mundo podría arder y él se haría un chuletón a la parrilla.
—No creo que haga falta talento para mirar el catálogo de Zara en el iPad, pero mientras seas feliz, me alegro por ti.
Su desdén es humillante. Porque sí, me está humillando.
Y delante de los demás, para más inri.
Aferro con ímpetu el asa del bolso. Voy a quitarme la otra mano de la cara, pero compruebo que todavía se está vistiendo, ahora de espaldas a mí, y lo que hago es girar en redondo para no recrearme en sus nalgas prietas, no mucho más pálidas que el resto de su cuerpo.
¿Tomará el sol desnudo?
¿A mí qué me importa?
—Si tan seguro estás de que no se requiere talento para posicionar a una celebridad en lo más alto, ¿por qué no lo demuestras? ¿Por qué no te ayudas a ti mismo a salir de la lista de personas más odiadas de los Estados Unidos de América, y del mundo si me apuras?
—Porque estoy ocupado jugando al fútbol y poniendo en su sitio a las pijas como tú.
Es la segunda vez que me llama así.
Con independencia de los motivos por los que use la palabra —porque he nacido en el seno de una familia privilegiada cuya fortuna se remonta a la Guerra de Secesión o porque me gustan las prendas de diseñador—, no se equivoca. Esa es una descripción muy acertada de quién soy.
Pero odio que se ponga en la boca uno solo de mis nombres. Lara, Cosima o pija. El que sea.
—A ver si sigues jugando al fútbol después de que el último patrocinador haya retirado su mecenazgo —replico con malicia—. Cuando los inversores obliguen a Capobianco a elegir entre tu fichaje y la subsistencia de los Boston Beasts, ya veremos quién se ríe de los dos.
—Seguro que la que no se ríe eres tú, porque entonces solo me quedará la pasión de torturarte y podré dedicarme a ella las veinticuatro horas del día.
—¿Ya estás orientando tu carrera profesional alternativa a andar detrás de mí? ¿No se supone que no me soportas?
—¿No se supone que no me soportas tú a mí? ¿Por qué no te largas por donde has venido en lugar de amenizarme el post entreno piando, piando y piando?
—¡Porque...! ¡Porque...! — ¿Por qué? Rápido, Lara Cosima. Improvisa algo —. ¡Porque me solidarizo con tus compañeros! Quería darles una explicación acerca de la propuesta y disculparme por no...
—Por no tener huevos para afrontar el reto —completa con aire distraído.
—¡Claro que tengo...! Quiero decir, ¡por supuesto que no tengo de eso! ¡Soy una chica! —vocifero, ruborizada todavía. Al menos solo la pared es testigo de mi bochorno—. ¡Lo que sí tengo es sentido común!
—Y muy poca ambición, además de miedo y cobardía —contraataca con voz grave.
Lo escucho tan peligrosamente cerca de mí que el vello de la nuca se me pone de punta, y antes de pensar si será o no buena idea, me doy la vuelta.
Respingo al confirmar que se ha detenido a un palmo de mi cara.
Agacha la vista con el aire despiadado de un rey sentenciando a muerte para mirarme a los ojos—.
Admítelo. Sabes que vas a fracasar conmigo, y además eres incapaz de estar cinco minutos delante de mí sin salir corriendo con el rabo entre las piernas.
Y dale con que tengo gónadas masculinas.
—¡Eso no es verdad! ¡No me das ningún miedo!
El flequillo ondulado que le cae sobre la frente camufla su gesto de levantar las cejas. Y esa no es su única provocación. Apoya una mano a un lado de mi cabeza y se inclina con esa sonrisa de malo —porque es la única descripción posible— pintada en la cara que a mí me pone la sangre hirviendo.
—¿Ah, no?
Enrolla los dedos en el tirante fino de mi vestido, un sencillo little black dress con escote cuadrado.
La amenaza del roce piel con piel y de su cercanía me acelera el pulso y por un momento veo la vida pasar por delante de mis narices: la primera vez que monté a Diamond Duchess, mi yegua zaina thoroughbred , la noche que Alexia y yo nos escapamos de su casa para emborracharnos a las fiestas del pueblo, que teníamos prohibidas; la única ocasión en la que un chico me besó y me gustó de verdad de la buena.
Me invade la terrible certeza de que solo tengo dos maneras de salir del encierro de sus brazos: o le arreo con el bolso en la cabeza y espero que la dureza del iPad le cause un traumatismo craneoencefálico — mala idea. Vinny podría enfadarse — o cedo a su clarísima manipulación psicológica.
Al final solo le suelto un manotazo en la muñeca para que aleje el brazo.
—Ya verás cómo te vas a tragar tus palabras —mascullo entre dientes, fulminándolo con la mirada—. En solo seis meses te voy a convertir en el hombre más deseado de la nación. ¡En el partido del año! ¡Aunque tenga que hacerlo con una pinza en la nariz y unos guantes de látex!
Mi farol surte efecto, porque DiMarco se aparta con la máxima expresión de sorpresa de la que es capaz; una que de seguro algún literato habría descrito como Cara de Partir Piedras.
Vuelve a mirarme de arriba abajo y asiente de forma casi imperceptible. Ojalá pudiera decir que está orgulloso o satisfecho con el desenlace de su tanteo, pero no reconozco ninguna expresión de alegría en el conjunto de sus rasgos.
Como si aquí no hubiera pasado nada de nada, se da media vuelta, sube el volumen del altavoz, que está reproduciendo otro éxito de Beyoncé — Tyrant , de Cowboy Carter —, y procede a terminar de vestirse ignorando mi presencia.
Todavía con la cara colorada —desventajas de ser pelirroja natural; el tinte castaño no las soluciona—, me ciño el bolso al hombro.
Paso por alto las miradas entre pasmadas, divertidas y compasivas que me dirigen los miembros de los Boston Beasts, que no se atreven a decir nada después de la confrontación, y salgo de allí haciendo sonar mis tacones contra el linóleo como si cada paso fuera un disparo.
Ya casi en la desembocadura del pasillo, me llega el eco de la voz de Noah:
—Joder, Myles. ¿Se puede saber qué coño te pasa con la chica?
Eso mismo me gustaría averiguar a mí.
O no. Mejor no. Ojos que no ven, corazón que no siente.