Capítulo 1 #3
—No me enfado —mascullo, aferrándome al bolso—, pero deberíais aprender modales.
—¡Eso! ¡Modales! —le grita O'Keefe a KJ , es decir, Buzzcut Boy a Tattoo Guy , y le asesta un azote en el culo—. ¡Compórtate!
—¡Compórtate tú, que eres el que ha empezado!
—En serio —insiste el quarterback —. Te pido perdón en su nombre. No querían amedrentarte, solo estaban siendo ellos mismos. O sea, unos idiotas.
Segunda radiografía: Noah Armstrong, apodado «el Astronauta», indiscutible amo y señor de los Boston Beasts.
No solo por ostentar el rol más importante del equipo o exhibir sus dotes de liderazgo dentro y fuera del campo, sino porque también es el que imbuye de sentido común y pone en su sitio a cada uno de los lobos del equipo.
Si Alexia Lux era la novia de América, Noah es el rey, el sueño, el dios.
Tiene la mandíbula afilada como la hoja de un cuchillo, los ojos más azules del mundo y ese orgullo tan atractivo como exento de engreimiento que solo puedes cultivar cuando sabes que tu superioridad es un hecho científicamente demostrable, no una opinión.
—¿He oído Lara Cosima...? ¡Ah, sí! ¡Larita!
—exclama Vinny, que me localiza nada más cerrar la taquilla.
Me da tiempo a contemplar el par de fotografías con las que de seguro se había abstraído: una Polaroid que capta a una Alexia concentrada mientras escribe letras en el balcón de su piso de Nueva York y otra de su hermana y él con orejas de Minnie Mouse en el Disney World de Orlando—.
Qué rápido has terminado la reunión con Capobianco.
¿No ha conseguido convencerte de salvar al club?
No se plantea ni por un segundo que pueda no apetecerme restregarme con un hombre cubierto de sudor. Viene a saludarme con uno de sus abrazos de oso y yo no puedo negarme porque hay algo irresistible en los hombres con bondades tan grandes como ellos mismos.
El poder del golden retriever , lo llaman.
Como también lo llaman por su costumbre de cantar cuando gana un partido es «el Bardo».
—No tenía que salvar al club —señala el quarterback —. Tenía que salvar a DiMarco.
—Peor me lo pones —masculla KJ .
Noah conviene con él moviendo la cabeza de manera más o menos afirmativa.
—Sobre todo si hay que salvarlo de sí mismo —apostilla Ashton con una mueca.
—Como si hay que salvarlo de la ira del demonio que se le mete dentro de vez en cuando. —Vinny me sujeta por los hombros con seguridad, así como un ejecutivo presenta a su hija adolescente—. Eso es pan comido para nuestra Larita, ¿a que sí?
Me zafo del contacto de Vinny con cuidado de no ofender sus sensibilidades y doy un prudente paso a un lado con cara de circunstancia. Él no se da cuenta, pero el quarterback se divierte con mi incomodidad al tiempo que se apiada de ella lanzándome un guiño amistoso.
Es el único miembro de esta tribu neolítica que se adhiere a mi definición de caballero.
—Lo siento mucho por vosotros, que vais a tener que pagar el pato por vuestro amigo —intervengo por fin. Si no me tiembla la voz en lo que entiendo por territorio hostil, al menos para una jovencita, es porque estoy hablando de mi trabajo—, pero he rechazado el acuerdo.
Ashton finge sufrir un ataque al corazón llevándose la mano al pecho y cayendo sobre las rodillas. O’Keefe, en la misma línea, imita la pose de El grito de Munch, y KJ directamente grita:
—¡No, por favor! ¡No! ¡ NOOOOOOO !
Decido ignorarlos y centrarme en la decepción de quien me propuso como candidata para ayudar al insalvable DiMarco: un ceñudo Vinny ya está abriendo la boca para protestar.
—Antes de que digas nada —me adelanto—, os prometí a Alexia y a ti que como favor personal escucharía al entrenador y me plantearía la propuesta. Me la plantearía . No dije en ningún momento que fuese a comprometerme a entrar en la boca de ese lobo.
—Pero Lara...
—No es Lara. Es Lara Cosima. Me pusieron dos nombres por algo —le corrijo por decimoquinta vez, y dirijo una mirada de advertencia a mi alrededor para que quede claro que esto va por cada uno de los que se han arrogado el derecho de llamarme «Larita»—.
Y no intentes convencerme. Para hacer de DiMarco un hombre de provecho haría falta la intervención de Dios, de las Fuerzas Armadas. .. y una lobotomía, si me apuras.
Como si lo hubiera invocado, la mampara opaca de una de las duchas se abre de par en par y una figura masculina surge de la nube de vapor.
Mi mirada se desvía hacia él porque ha procurado hacerse notar dando un golpe, como siempre se hace notar en todo su esplendor neandertal —le falta darse puñetazos en el pecho—, pero reculo a tiempo para no apreciar sus. .. partes pudendas.
Con la cara ardiendo de vergüenza y, sobre todo, de humillación —¡lo ha hecho adrede!—, giro la cabeza hacia otro lado. Pero la sorpresa de su repentina aparición me ha paralizado, y oigo con un rigor inquietante su chapoteo baldosas a través hacia la toalla púrpura.
Que, por desgracia, tenía que colgar del gancho de la pared de azulejos que está justo a mi espalda.
Chorreando ante mí como el protagonista de una comedia romántica en la dramática escena final —salvo por el detalle, insisto, de que está d-e-s-n-u-d-o—, alarga el silencio unos segundos.
No es porque quiera brindarme la oportunidad de hablar primero.
Solo le gusta ponerme nerviosa con su insolente contemplación.
No se oye una mosca. Solo el zumbido de los fluorescentes, las gotas que caen del cuerpo de DiMarco para estallar en el suelo y el carraspeo de algún que otro jugador expectante.
—¿Me la pasas? —pregunta él con su clásico tono monocorde. Llevaba tanto tiempo sin oírlo hablar que me estremezco—. No me la he metido en esa boca que tanto miedo te da, así que es improbable que esté infectada de la rabia o de alguna otra enfermedad de lobos.
Ah, genial. Ha oído la conversación.
Me aclaro la garganta para balbucear:
—Cógela tú. Yo diría que la alcanzas.
Pues claro que la alcanza, si tiene unas extremidades con las que podría tocar el cielo y el fondo del mar al mismo tiempo.
Es aterrador.
Ni corto ni perezoso, alarga un brazo bronceado, tatuado en blanco y negro y rematado de trazos venosos y tendones inflamados por el ejercicio reciente.
No dice nada. Deja que el gesto de inclinarse sobre mí hable por sí solo y me recuerde que no soy más que una chiquilla impresionable.
Sin apartar la vista de mí, porque sé que tiene los ojos puestos en lo poco que pueda apreciarse de mi rubor con la barbilla gacha, se anuda la toalla a la cintura.
—¿Lo repetirías mirándome a la cara?
—¿El qué? —replico con impostada chulería. Es fácil vacilar cuando tienes a DiMarco en la periferia de la visión—. ¿Que no pienso ayudarte a salir del agujero negro reputacional en el que te has metido tú solito? Claro que puedo repetirlo.
—Pues venga. Dímelo con todas las letras. Estoy esperando.
Me convenzo de que tengo que inspirar hondo para no arañarlo, no para prepararme para lo que ya sé que viene: una mirada erótica que es un atentado contra mis creencias religiosas.
Pero es justo que después de haberme oído decir barbaridades me exija responsabilidad.
Eso es lo único que puede convencerme de mantener una conversación con Myles DiMarco: el sentido del honor.
Lo encaro temiendo que de un momento a otro se me escape un estremecimiento delator.
Ahí está esa cosa . Esa cosa en el sentido Cuatro Fantásticos de la palabra: una vertiginosa mole de músculos desarrollados cubierta por la piel morena de un príncipe romaní y la tinta negra de una colección de tatuajes sin pies ni cabeza.
Al no haberse secado el pelo, las gotas de agua le llueven sobre los hombros torneados y se deslizan en una carrera delirante por el surco entre los pectorales definidos y el valle del vientre para morir en el ombligo, a partir del que comienza una hilera de vello tan negro como los ojos que me atraviesan de parte a parte.
Todo en él es feroz, desde la postura defensiva que no bajará ni cuando se esté riendo, si es que se ríe; la copiosa barba cerrada que no se molesta en recortar y que sume en la oscuridad la mitad de su rostro; la mirada retadora y permanentemente malhumorada; el cuerpo de Goliat.
Tengo que echar la cabeza hacia atrás para enfrentarme a él, y eso que mido un orgulloso metro setenta y cuatro con mis relucientes tacones.
—Creo que eres un caso perdido —declaro con una voz grave que no sé de dónde rescato—, y yo he venido a la industria de la publicidad y la representación a coleccionar victorias.
El violento silencio se asienta en los vestuarios. Es así como descubro que alguno de los chicos ha puesto en este rato a un volumen moderado una canción de Beyoncé.
—Vale —responde al cabo de un rato que sin duda ha prolongado para torturarme. Se aparta de mí con aire impasible—. Eso nos simplificará las cosas, porque seguro que te habría sentado como el culo que os mandara a ti y a tus habilidades a tomar viento fresco.
De acuerdo, ese comentario no me lo esperaba.
Sin darme cuenta, avanzo un paso con una mueca que dice: «¿He oído bien?».
—¿Perdona?
Él ya se había dado la vuelta para tomar prestada otra toalla.
La estaba usando para secarse el pelo como no debe hacerse —no hay que frotar la cabeza como si te la estuvieras enjabonando, hay ir estrujando con gentileza cada mechón; sobre todo si lo tienes ondulado— cuando me mira por encima del hombro.
—¿Pensabas que yo había mandado a Capobianco a buscarte para echarme un cable? ¿No sabes que estaba actuando por cuenta propia? Si me hubiera preguntado a mí qué me parece que venga una pija de Alabama a sacarme las castañas del fuego, le habría dicho que preferiría que me graparan los huevos.
La expresión es tan gráfica que por un momento me quedo catatónica.
—Soy de Luisiana —es lo único que se me ocurre replicar.