El partido del año Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Pensaba que fingiendo no reparar en la existencia de este animal podría solucionar el problema que se venía manifestando cada vez que nos cruzábamos, pero es difícil ignorar que tienes a una bestia de dos metros de alto y uno y medio de ancho respirándote en la nuca.

Así que de la indiferencia pasé a la estrategia del desdén, algo que, por algún motivo que solo entenderán aquellos con el encefalograma plano, él encontraba atractiva de narices, porque sus sesiones de miradas salidas empeoraron de manera exponencial.

Al final tomé la decisión más radical: no oponer resistencia cuando mi última clienta, la ya citada superestrella pop Alexia Lux, decidió renunciar a mis servicios de representación.

Así no tendría que volver al estadio de los Boston Beasts ni para grabar videoclips, ni para hacerle fotos con su novio, el tight end , ni para tragarme un partido por petición suya, a quien nunca le ha gustado ir a los sitios sin compañía.

No tendría que toparme de frente con el dichoso Myles DiMarco.

—Tienes algo personal contra él —afirma Capobianco sin esperar mi respuesta.

Se echa la manos a la cabeza, superado por la exasperación que DiMarco despertaría en cualquier criatura sintiente.

Me lanza una mirada de disculpa—. Te pido perdón en su nombre y te pido perdón en el mío por insistir aun así.

Entiendo que si aceptas representarlo tendrías que pasar mucho tiempo con él y que eso te superaría, pero. ..

La acusación me pone firme en el acto.

—A mí nada me supera, entrenador. No es cuestión de que no me vea capaz, sino de que no me parece una oportunidad de negocio.

—¿Una suma cercana a los cien mil dólares anuales por tus servicios más el porcentaje que cierres por patrocinios no te parece una oportunidad de negocio?

Se me escapa una sonrisa condescendiente.

—Se nota que entiendes tan poco de últimas tendencias como yo de fútbol — córcholis, no puedo parar de reprochárselo —, o de lo contrario sabrías que una mujer que lleva unos Jimmy Choo del archivo de Sexo en Nueva York no necesita poner el dinero como prioridad.

Si no estuviéramos hablando de un asunto serio, me levantaría la pierna por el tobillo y espetaría: «¡Esto lo ha llevado Sarah Jessica Parker!».

—¿Y cuál es tu prioridad, entonces? ¿Con qué podría sobornarte?

Ha llegado el momento de levantarme del asiento, alisar las arrugas que se forman irremediablemente en el regazo de los vestidos ajustados —una pieza de primavera-verano de Valentino, por cierto— y sonreírle con amabilidad.

—Me temo que, en este caso, mis servicios no tienen precio. Ahora, con tu permiso, voy a retirarme. No quiero llegar tarde a mi reunión con el departamento de marketing de Gillette. Mucha suerte encontrando tu milagro, entrenador.

Agarro mi bolso de Prada, un pequeño caprichito que me concedí para consolarme después de quedarme en el paro, y salgo del despacho con aire triunfal.

Qué bien sienta declinar un contrato que se intuye millonario a largo plazo cuando todavía tienes recientes las heridas de un rechazo.

Entendí la decisión de Alexia de suspender nuestras relaciones profesionales.

Lo hizo en beneficio de nuestra amistad, que en los últimos tiempos corría riesgo de resentirse de forma irreversible por nuestras, digamos, diferencias irreconciliables, pero a nadie le gusta perder de la noche a la mañana sus privilegios, y menos todavía aceptar la verdad tan universal como decepcionante de que tener buenas intenciones no basta para que las cosas salgan adelante.

Si eres capaz de hacer autocrítica, lo normal es que después de un palazo monumental como un despido revises tus actitudes.

Por desgracia, el problema de base de mi acuerdo con Alexia no era que yo no desempeñara mi trabajo correctamente, sino que, a) no se debe meter el aparato reproductor donde se tiene al benefactor —me tomé la libertad de corregir la expresión, vulgar en su origen, porque una señorita respetable debe tener un vocabulario rico e impecable—, y b) mi afán por catapultarla a la cima implicaba sacrificios que ella no estaba dispuesta a llevar a cabo, lo que resulta en una simple y llana incompatibilidad profesional.

El tema se podría resumir alegando que a ella le gusta Måneskin y yo soy más de Sabrina Carpenter.

Caso cerrado, señoría .

Cierro la puerta del despacho tras de mí y lanzo una mirada cansada al pasillo.

Iba a ponerme en marcha con toda serenidad, pero, para mi espanto, el bullicio estalla en los vestuarios, que se encuentran muy próximos a las oficinas de los mandamases: golpes de taquilla, carcajadas, zapatazos, el impacto sordo de un nudillo amigo en un hombro, la llave del agua de las duchas, insultos que no me veo con el valor de reproducir textualmente. ..

Los chicos han terminado el entrenamiento y, como aves migratorias, regresan de su hábitat natural —el campo— a entornos menos hostiles.

Vinny Bravano sigue siendo el novio de Alexia, lo que significa que en lo que a mí respecta sigue recibiendo el título honorífico de cuñado.

No puedo pasar de puntillas vestuario a través sin desearle las buenas tardes, grosería de todos modos impensable en el imaginario de la educación que he recibido.

Suspiro para mis adentros. Hecha a la idea de que seré agredida por un cañón de testosterona, me preparo a todos los niveles: físico, mental, espiritual, capilar —porque hay que ahuecarse el pelo— y labial, porque también hay que retocarse el ligerísimo overlip al estilo sutil de la maquilladora Nina Parks.

El arquitecto que diseñó los interiores del campo no era un lumbreras. No se le ocurrió pensar que nadie querría respirar aire viciado de sudor y feromonas y, peor, oír comentarios cuanto menos cuestionables sobre atributos femeninos o minorías, para tener que vérselas con Capobianco.

O, bueno, eso no es del todo cierto. Hay apasionadas del modelo de hombre-armario que pagarían su peso en oro para ver a la mencionada raza jugando a azotarse las nalgas con el extremo de una toalla enrollada.

No es mi caso. Asistí a la vieja escuela del esbelto Edward Cullen, y ahora me proclamo orgullosa graduada de la universidad de Timothée Chalamet.

Los hombres con unas manos lo bastante grandes para partir cráneos humanos me dan un miedo aterrador.

Habrá quien lo llame cobardía, pero para mí es puro darwinismo, un síntoma del desarrollado instinto de supervivencia que garantizará mi continuidad en el mundo.

Montada sobre unos stilettos clásicos y aferrada al asa del bolso — porque sí, tengo un bolso y no dudaré en usarlo, Myles DiMarco —, cruzo el pasillo.

Primero me recibe el púrpura de la laca de las taquillas, a juego con la equipación de los Boston Beasts.

Después, los bancos pintados de blanco. Para finiquitar, un hombre de espaldas con las dorsales marcadas como las aletas de un tiburón.

Estaba entretenido secándose el sudor de la hilera de vello castaño claro que le baja hacia el ombligo, detalle que capto cuando se gira con aire inocente y me sonríe como si estuviera borracho.

Ashton Creed, corredor del equipo. Que no se me pregunte nada más a ese respecto.

En cuanto al estilismo, puedo proporcionar cuantos detalles gusten.

Lleva un corte de pelo à la mode , si es que sigues la moda del viejo cine quinqui y tienes la osadía de combinarla con el rollito alternativo de los fanáticos del indie : baby bangs —un flequillo dentado adrede a media frente— y un mullet .

Del triángulo de vello que irrumpe en la gruesa nuca como un cabo en el mar pende un mechoncito rizado del mismo rubio ceniza.

Tiene el cuerpo de un atleta, esbelto y musculado, pero nada fuera de lo normal.

Claro que una señorita no se detiene a describir esas cosas.

—¡Chicos! —grita para llamar la atención, formando una cueva con las manos—. ¡Hay una mujer en la guarida! ¡Repito! ¡Hay una mujer en la guarida!

—¿Cómo se atreve...? —finge ofenderse un jugador con un buzzcut decolorado— ¿... a venir sin traer a una amiga?

Atraído por el comentario, un tercer futbolista cierra la taquilla y se gira al tiempo que se echa al hombro la camiseta sudada. El tatuaje de un dragón chino a color le sale del hueso de la cadera y le sube por el costado hasta enroscarse en su cuello.

Me mira de arriba abajo con curiosidad.

—Pobrecita, se ha perdido. Habrá que adoptarla y darle de comer.

Un escalofrío de impresión me recorre el cuerpo al saberme vigilada por tres de estos hombres-armario.

Mi primer impulso es dar un paso hacia atrás, ese mismo que el tipo del tatuaje del dragón avanza con una sonrisita demente, pero cuando quiero darme cuenta Ashton se ha unido al par de tipos cuyo nombre no conozco y me rodea también poniendo cara de idiota.

El del buzzcut , que asumo que será el graciosito del equipo, me coge un mechón de pelo y lo examina con los ojos bizcos y moviendo la cabeza a intervalos cortos, como un pájaro.

—¿Qué raza será?

—Raza superior, sin duda —confirma el del tatuaje, que se ha puesto a dar vueltecitas a mi alrededor—. Raza buenorra.

Buzzcut Boy se inclina sobre mí y me olisquea exagerando una mueca pensativa.

—Huele muy bien. Apuesto a que sabe aún mejor.

—¡Eh, ya vale! —interviene el quarterback .

Hasta el momento había estado distraído mirando el móvil sentado en una de las bancas—.

Estate quietecito, KJ . Y tú también, O'Keefe.

Ash, no te pases ni un pelo. Estáis hechos unos gilipollas, joder.

¿Es que no la reconocéis? Es Lara Cosima.

—Chasqueando la lengua, me toca por el hombro para alejarme de los tres pajarracos—.

No les hagas ni puñetero caso. Son imbéciles.

«No hace falta que lo jures», habría contestado si no siguiera horrorizada por el acorralamiento.

—¡Solo era una broma! —se defiende Ashton con las manos en alto—. Venga, Larita, tú lo sabes; sabes que era una broma. No te enfades.