El partido del año
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Capítulo 1
I’m A Tyrant (Everytime I Want It)
Lara Cosima
—¡De ninguna manera! ¿Por quién me has tomado? ¿Por el hada de los dientes?
—Por el hada de los milagros publicitarios, más bien.
Por favor, Lara Cosima —Capobianco junta en un rezo sus dos manazas de antigua gloria de la NFL —, tienes que ayudarnos.
Eres nuestra última esperanza. Hemos perdido muchísimos patrocinadores con este escándalo.
La mala reputación de DiMarco empieza a afectar a sus compañeros, que en parte viven de sus colaboraciones con marcas, y ya sabes que un club de fútbol no sobrevive sin inversiones.
La experta en marketing que vive dentro de mí y no quiere cavar su propia tumba profesional se niega en rotundo a ceder a este despropósito.
Pero la chica de la Luisiana profunda que no está acostumbrada a lidiar con el atractivo de un hombre con ADN italiano —digamos que no es el gen dominante en mi Abita Springs natal— no puede resistirse a sus súplicas.
Es un momento único que hay que detenerse a saborear: ese en el que un hombre rico, hermoso y con pintas de no-me-toques-las-narices necesita el inmenso favor de una mujer como yo; mujer que al ser demasiado mona para imponer no suele tener precisamente la sartén por el mango.
Si alguien embotellara este delicioso olor a desesperación, cargaría conmigo la pequeña fragancia en el bolso de Yves Saint-Laurent y, como un ravero con su botecito de Popper en plena fiesta de techno , lo sacaría a cada tanto para olisquearlo.
¿Qué puedo decir? Adoro el poder. Adoro sentirme importante. Adoro que me adoren.
Disimulando el subidón de adrenalina, me cruzo de brazos y me echo hacia atrás en la silla giratoria del despacho, que cede a mi peso permitiéndome recostarme.
Es la primera vez que el entrenador de los Boston Beasts, equipo campeón de la última Super Bowl, me cita en su guarida para hablar de negocios, y espero también que sea la última si este es el nivel de sus propuestas.
La estética del despacho es tan predecible que una no sabe si sentirse aliviada o parafrasear el sarcasmo de Miranda Priestly en El diablo viste de Prada —«¿Estampado floral?
¿Para primavera? Innovador »—: diplomas a la excelencia enmarcados a lo largo y ancho de la pared alternados solo por el batiburrillo de dibujos infantiles de su nieto; trofeos y medallas con su nombre distribuidos y colgadas respectivamente en los estantes de metacrilato; en el escritorio, una pieza de Ikea que no hace justicia a la grandeza —o la cuenta bancaria— de su propietario, se despliega una colección de fotografías de su única hija.
Cada escena hace partícipe al invitado de algunos de los momentos más trascendentales de su vida: Francesca tomando el biberón en brazos de su padre recién salido de la pubescencia, Francesca aprendiendo a montar una bicicleta con una cestita rosa y un par de ruedines atornillados al eje trasero, Francesca probando la vera pizza napolitana en un restaurante con manteles de cuadros rojos y blancos, Francesca abrazada a Capobianco con el birrete de la graduación universitaria calado en la cabeza morena y, para terminar, Francesca cerrando el círculo con una conmovedora regresión: o sea, sosteniendo a su propio bebé en brazos.
Al otro lado del mayor homenaje que un padre puede hacerle a su criatura, al menos en un despacho de veinte metros cuadrados, se erige el padre en cuestión. Está a punto de hincar la rodilla en el suelo como si fuera yo su señor feudal y él un humilde vasallo.
—Arreglar la reputación de tu jugador es imposible —sentencio, y no voy a negar que me esté regocijando—.
Ya era bastante malo que se descubriera la cuenta de Twitter en la que se dedicaba a verter odio contra el gobierno y otras celebridades republicanas, pero lo de soltarle un puñetazo a un paparazzi y regodearse en entrevistas póstumas en lugar de grabarse vestido de blanco y con ojeras en TikTok (o, en su defecto, subir un pantallazo de la app Notas) para pedir disculpas ha sido el colmo.
¿Y no lo pillaron el otro día rodeado de modelos y borracho como una cuba en un club de alterne de Las Vegas?
Capobianco arquea las pobladas cejas negras, herencia mediterránea de la que ya me gustaría gozar a mí, Joven de Finos Cabellos . Es él quien se regocija ahora teniendo el valor de soltarme a los diez minutos de comenzar la entrevista:
—Lo tienes fichadísimo, ¿no?
—¡Todo el mundo lo tiene fichado! ¡En la lista negra, si quieres concreción! —balbuceo, ruborizada por el bochorno. No estoy mintiendo, pero su expresión pícara me obliga a defenderme de tamaño ultraje—. Sé inteligente, Brady. Ahórrate un dolor de cabeza y búscate otro jugador con talento.
Las mencionadas cejas salen disparadas hacia el nacimiento del pelo.
—¿Con el talento de DiMarco? ¡Eso sí que es imposible! —exclama con la mítica vehemencia italiana—. Apuesto a que si lo vieras en vivo y en directo, comprenderías que estás ante una leyenda. Incluso sin entender de fútbol.
¡Incluso sin entender de fútbol, dice! ¿Por quién me ha tomado?
Vale, a ver, lo más seguro es que me haya tomado exactamente por lo que soy, alguien que enciende la televisión cuando empieza el espectáculo de medio tiempo de la Super Bowl y la apaga en cuanto termina.
Alguien que, hasta que su mejor amiga no se echó un novio forofo de la pelotita, veía las siglas NFL fuera de contexto y asumía que alguien se había equivocado al abreviar Norman Fucking Rockwell , el mejor álbum de Lana del Rey.
Pero eso nadie tendría por qué saberlo, así que es ofensivo que asuma que «no entiendo de fútbol».
—¿Sabes a quién no le importa que sea una leyenda aparte de a mí, la chica que no entiende de fútbol ?
A los patrocinadores. Esto ya no es lo que era, ¿entiendes?
La prioridad sigue siendo el dinero, sí, pero nadie se va a arriesgar a que le boicoteen la empresa o le hagan pasar vergüenza por incentivar «el talento de DiMarco».
.., que, por lo visto, es el de sacar los pies del tiesto.
Ahora es el turno de Capobianco de cruzar los brazos sobre el pecho y reclinarse en el sillón para mirarme de hito en hito.
Sé que va a sustituir la estrategia del ruego por la de la manipulación pasiva antes incluso de que separe los labios.
Muy pocos saben —aunque empiezan a intuirlo, porque nos estamos delatando con la flagrante publicidad en redes sociales— que el marketing no es sino el arte de la psicología utilizada en contra del vulgo.
Durante mis años formativos estudié más técnicas de persuasión que modelos de mercado.
—¿No te atrae la idea de enfrentarte a un reto? —plantea con una media sonrisa sabedora—. Vienes de representar a una superestrella del pop como no se ha visto otra desde Madonna. Lo único que se me ocurre más difícil que eso es salvar a DiMarco del escarnio.
«Perro no come perro», dice el refrán. Brady Capobianco reconoce en mí lo que reconoce en sí mismo, una ambición desmedida por autoproclamarse genio y figura en su sector.
Pero yo no me dejo arrastrar por ella.
Al menos, no este día lunes.
—Precisamente porque vengo de representar a una superestrella del pop no quiero perder valor en la industria dedicando mi tiempo a un severo caso de me-da-igual-todo.
Tu jugador, Capobianco, tiene un grave problema de comportamiento, ¿entiendes?
Se beneficiaría más de la mano dura de un entrenador de perros que de mi experto consejo.
Para tratarse del cabecilla de un equipo de fútbol, y esto es, un tipo que dándose un garbeo por los vestuarios habrá escuchado todo género de barrabasadas calificadas por un juzgado de guardia como delitos contra el honor, se ofende bastante rápido con mi comentario.
Hombres.
—¿Es que te ha hecho algún desmán, acaso? Sé que no tienes pelos en la lengua y yo soy el que te ha pedido que me hables sin tapujos, pero... Ah. Ya entiendo —acaba suspirando—. Tienes algo personal contra él, ¿verdad?
A lo mejor debería detenerme a explicar quién es él, aunque crea que su pronombre debiera ser, más bien, «ese» o «esa cosa». Desvelaré el misterio: «esa cosa», como digo, es Myles DiMarco, el wide receiver de los Boston Beasts.
Para no-entender-de-fútbol, sí sé lo siguiente: su posición en el juego es crucial porque recibe la pelota del quarterback , corre rutas preestablecidas y bloquea las jugadas del enemigo con su propio cuerpo.
Esto último es lo que debió causarle el golpe que un buen día le arruinó el intelecto para tratar a las damas como corresponde.
Que ya no es ni como damas, sino como seres humanos.
Los wide receivers pueden recibir, valga la redundancia, sopapos como panes por parte del equipo enemigo en su propósito de ayudar a los corredores a avanzar. Y soy la prueba viviente —su testigo de mal comportamiento, de hecho— de que ha sufrido suficientes para quedarse lelo.
DiMarco es el único jugador que no aparece en las fotografías que estampan la pared dominante del despacho de Capobianco. Lo agradezco. Estoy segura de que incluso desde una imagen de celulosa se las arreglaría para mirarme como si ya me hubiera visto desnuda...
... Cosa que no ha sucedido y no sucederá mientras la Tierra gire alrededor del sol.
A la pregunta de si tengo algo personal contra él, la respuesta es la mar de sencilla.
Lo que tengo es amor propio y dignidad, y cualquier sujeto sin modales que ose cuestionar una verdad incontestable como lo es mi valor recibirá mi desprecio eterno en esta vida y en las próximas diez reencarnaciones.