El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 33 #3
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Durante un segundo, no parece comprender qué está mirando. Después baja los ojos hacia mi mano y el humor abandona por completo su rostro. No hay un gesto exagerado, ni una exclamación, solo un silencio absoluto.

Abro la caja.

El anillo es sencillo. Oro blanco, una piedra central y dos más pequeñas a cada lado. Lo elegí porque me recordó a ella: luminoso sin esforzarse por llamar la atención, elegante sin parecer frágil.

—Samuel —susurra.

Me siento de nuevo en el suelo, junto a la bañera, y le tomo la mano.

—Tenía pensado hacerlo mejor.

Nina parpadea varias veces.

—No sé si quiero saber qué significa para ti hacerlo mejor.

—Con ropa, por lo menos.

Una risa pequeña se le rompe entre los labios, acompañada de algo que se parece demasiado a un sollozo.

Le cojo la mano mojada y paso el pulgar por sus nudillos.

—La primera vez éramos demasiado jóvenes y pensamos que querernos iba a arreglar todo lo demás. No lo hizo.

Nina sostiene mi mirada.

A pesar del temblor que todavía siento en los dedos, a pesar de las palabras que he repetido mentalmente durante semanas y que parecen haber desaparecido, comprendo que no necesito ninguna. Nina ya conoce la historia entera.

Ella asiente despacio.

—No lo fue.

—No.

Se ríe con lágrimas en los ojos y noto que por fin puedo volver a respirar.

—No quiero recuperar la vida que teníamos, Nina. Quiero la que podamos hacer ahora.

Saco el anillo.

—Cásate conmigo.

Los ojos de Nina se llenan de lágrimas y yo acaricio con el pulgar la parte interior de su muñeca.

Nina se ríe entre lágrimas.

—¿Otra vez?

—Todas las veces que haga falta.

—¿Y si digo que no?

—No lo harás.

Arquea una ceja, recuperando por un instante la expresión insolente que me ha perseguido media vida. Pero dura poco, la ironía desaparece y lo que queda es ella, sencillamente Nina.

—Sí —dice.

No respiro.

Ella se inclina hacia mí.

—Sí, Samuel. Claro que quiero volver a casarme contigo.

Saco el anillo de la caja y se lo coloco. Me cuesta hacerlo porque ambos tenemos las manos mojadas y porque ella no deja de reír y llorar al mismo tiempo, pero cuando la piedra queda en su dedo, el aire regresa de golpe a mis pulmones.

Nina mira el anillo durante unos segundos. Después a mí.

—Ven.

—Estás mojada.

—Acabas de pedirme matrimonio mientras me bañaba, Samuel.

Se pone de pie antes de que pueda detenerla. El agua cae por su cuerpo y la espuma se desliza por su piel, formando pequeños montones sobre la alfombra y el suelo. Le tiendo una toalla, pero ella la ignora y abre los brazos con una sonrisa que ya me advierte de sus intenciones.

Sale de la bañera y se lanza hacia mí. La sujeto por la cintura antes de que apoye los pies por completo, levantándola por instinto, y ella me rodea el cuello con los brazos mientras deja una franja de espuma sobre mi camiseta.

La llevo fuera del cuarto de baño mientras ella se ríe contra mi cuello. Su piel está resbaladiza y caliente, y tengo que sujetarla con más fuerza cuando una burbuja de espuma cae al suelo cerca de mi pie.

Al llegar a la cama, la dejo sobre las sábanas y ella se hunde entre las almohadas, dejando una marca húmeda y varias manchas de espuma.

Me quedo mirándola, con el pelo mojado extendido alrededor de la cabeza, la piel todavía brillante y la mano levantada frente a sus ojos para contemplar el anillo.

—Me gusta —dice.

—Menos mal.

—Habría dicho que sí aunque fuera horrible.

Me siento a su lado y tengo que concentrarme para escapar de la increíble visión que es Nina completamente desnuda en la cama, con un rastro de espuma aún en el cuerpo.

La beso todavía sonriendo, notando el sabor salado de alguna lágrima que no ha terminado de secarse. Nina desliza la mano por mi nuca, y el anillo roza mi piel. La sensación me obliga a cerrar los ojos.

Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya.

—Hay algo más.

Le aparto el cabello de la mejilla. Ahora que ha llegado el momento, la segunda confesión me asusta más que la primera. No porque tema que se niegue ni porque crea que deba responderme hoy, sino porque este deseo toca una parte de nuestra historia que nunca ha dejado de doler del todo.

—No quiero que pienses que necesito nada más para estar bien —digo—. Ni para sentir que somos una familia.

Su expresión se vuelve seria.

—Lo sé.

—Lorenzo es mi hijo. No cambiaría nada de él, ni de cómo es nuestra relación ahora.

Nina acaricia mi nuca, esperando, aunque seguramente ya sabe lo que voy a decirle.

—Me gustaría tener otro hijo.

Lo digo sin apartar los ojos. La frase queda entre nosotros, sencilla y enorme, y noto cómo los dedos de Nina se detienen sobre mi piel.

Me incorporo un poco para poder verla mejor.

Durante años no me permití imaginarlo. Tener otro hijo me parecía una traición a todo lo que no había vivido con Lorenzo, como si desear una segunda oportunidad significara reconocer que la primera no había sido suficiente.

Después comprendí que no quería reemplazar nada.

Quería aprender una forma de paternidad que no empezara con llamadas a deshoras y calendarios compartidos.

—Quiero vivirlo desde el principio —continúo—.

Quiero estar cuando lo sepamos. Ir contigo a las revisiones, escuchar el latido, discutir por un nombre durante meses y fingir que no estoy preocupado cuando llegue el parto.

Quiero levantarme por la noche, cambiar pañales, llegar tarde a entrenar porque alguien ha vomitado sobre mi camiseta.

Una sonrisa aparece despacio en su boca, pero sus ojos siguen húmedos.

—¿Cuánto llevas pensando en esto?

—No lo sé. Comprendí que Lorenzo ya no era un niño y que me había perdido demasiadas cosas.

—Samu…

—No quiero otro hijo para reparar lo que pasó con él.

Sé que no funciona así. Quiero tenerlo porque me gustaría que la vida nos diera la oportunidad de vivirlo juntos.

De verdad. Sin kilómetros entre nosotros.

Sin horarios para llamar. Sin preguntarme si estoy invadiendo tu vida cada vez que quiero saber cómo está.

Quiero que Lorenzo tenga un hermano o una hermana, aunque probablemente se pase los primeros años fingiendo que le molesta.

Y quiero verte con nuestro bebé, Nina. Quiero estar allí esta vez.

La voz se me rompe apenas en las últimas palabras, lo suficiente para que ella lo escuche.

Nina se incorpora y se sienta frente a mí, sujetando la toalla contra su pecho. Me acaricia la mandíbula con el dorso de los dedos.

—No sabes cómo habría sido.

—No.

—Podría ser difícil.

—Lo sé.

—Ya no tenemos veintidós años —su sonrisa se apaga poco a poco.

—No tienes que responder.

—Sí tengo que responder.

—Nina.

—No quiero que vuelvas a decidir por mí ni siquiera para protegerme de una conversación.

Cierro la boca. Eso también lo he aprendido.

Ella baja la mirada hacia el anillo y gira la mano para que la piedra atrape la última luz que entra desde la terraza.