33 #2
—Todavía no hemos hecho nada.
Gira dentro de mis brazos. Sus manos suben hasta mi cuello.
La beso, esta vez despacio, muy consciente de la forma en que se pega a mí como si durante un rato tampoco quisiera estar en ninguna otra parte.
Cuando nos separamos, mantiene la frente contra la mía.
—¿Tenemos algún plan?
—Cena.
—¿Dónde?
—No sé.
Se aparta de golpe.
—¿Cómo que no sabes?
—Lo ha organizado el hotel.
—Samuel Leone dejando algo en manos de otra persona. Esto sí que es un milagro de Navidad.
Le doy un golpe suave en la cadera cuando pasa a mi lado y su risa llena la habitación. Eso es exactamente lo que quería, no ver París o cenar en un sitio caro. Ella y su risa, esa es mi Navidad perfecta.
◆◆◆
Cenamos tarde en un restaurante pequeño donde nadie nos molesta más allá de dos fotografías al entrar. Caminamos un rato después, sin demasiado rumbo, abrigados hasta las orejas.
No recuerdo la última vez que hicimos algo así.
Cuando éramos jóvenes siempre había prisa. Dinero que todavía no sobraba, un entrenamiento al día siguiente, Lorenzo de bebé, compromisos, vuelos, gente esperando.
Pero esta noche solo somos nosotros.
Nina se detiene frente a un escaparate lleno de adornos de Navidad.
Cuando regresamos al hotel es casi medianoche.
Nina se quita los zapatos nada más entrar y cruza la habitación descalza hasta la ventana. París sigue ahí, brillante, excesiva, preciosa.
Yo cierro la puerta.
Ella gira.
—¿Mañana qué hacemos?
—Lo que quieras.
—Respuesta peligrosa.
—Tienes veinticuatro horas.
—¿Y si quiero quedarme aquí todo el día?
La mirada cambia.
Mi cuerpo responde antes que la cabeza, como siempre con ella.
—París lleva unos años funcionando sin nosotros.
◆◆◆
La oigo reír desde el cuarto de baño antes de que consiga averiguar qué ha hecho.
No es una carcajada escandalosa, sino esa risa suya que empieza baja, como si intentara contenerla por educación, y termina escapándosele porque Nina nunca ha sido demasiado buena fingiendo cuando algo le hace gracia.
Dejo el vaso de agua sobre la cómoda y cruzo la habitación con la sospecha de que debería prepararme para encontrar una inundación, una toalla ardiendo o cualquier otra catástrofe doméstica provocada por una mujer que lleva veinte minutos asegurando que sabe utilizar los mandos de una bañera con más botones que el panel de un avión.
—No entres —dice al escucharme.
Me detengo con la mano sobre el picaporte.
—¿Has roto algo?
—No.
—¿Estás segura?
Hay una pausa demasiado larga.
—Depende de lo que consideres romper.
Abro la puerta.
El cuarto de baño está cubierto por una neblina fina que empaña los espejos y vuelve borroso el paisaje al otro lado de la ventana. Huele a bergamota, a jabón y hay una cantidad absurda de espuma que se desborda por uno de los lados de la bañera.
Nina está hundida hasta los hombros, con el cabello recogido en lo alto de la cabeza y una expresión de inocencia tan poco convincente que ni siquiera ella consigue mantenerla.
—Has usado todo el bote —digo.
Se lleva un poco de espuma entre los dedos y sopla.
Me siento en el suelo junto a la bañera, apoyando la espalda contra el lateral de hierro esmaltado.
La caja que llevo en el bolsillo del pantalón se clava en mi muslo cuando flexiono una pierna, y durante un segundo todo lo que hay alrededor pierde nitidez.
La compré en Florencia hace casi un mes.
Desde entonces la he llevado conmigo varias veces sin encontrar el momento, o quizá solo no he encontrado el valor.
He hablado ante estadios enteros. He dado instrucciones en vestuarios donde nadie se atrevía a respirar.
He jugado finales con un tobillo que apenas podía apoyar y he lanzado penaltis sabiendo que millones de personas miraban.
Nada de eso se parece a sentarme junto a una bañera, con Nina a menos de medio metro, y notar en el bolsillo esa caja.
—Estás muy callado —dice.
—Estoy disfrutando de la paz.
Ella deja caer la cabeza hacia atrás y cierra los ojos.
Tiene las mejillas ligeramente sonrosadas por el agua caliente y varios mechones se le han escapado del moño, pegándosele al cuello húmedo.
Podría mirarla durante horas. Lo he hecho muchas veces, desde la otra punta de una habitación, desde una grada, desde una pantalla, y también cuando está a unos centímetros de distancia en mi cama.
Ahora puedo tocarla.
A veces todavía me cuesta aceptar algo tan sencillo.
—Ven —le digo.
Abre un ojo.
—Ya estoy aquí.
—Gírate.
—¿Por qué?
—Voy a lavarte el pelo.
Esta vez abre los dos.
Se incorpora lo suficiente para deshacerse el moño.
El cabello le cae por la espalda y oscurece al mojarse, formando ondas desordenadas sobre sus hombros.
Me tiende el bote de champú, la curva de su boca delata que está satisfecha.
Siempre le ha gustado que la cuide. Antes yo interpretaba esa necesidad como una responsabilidad que podía fallar, ahora comprendo que dejar que alguien se apoye en mí no siempre significa cargar con su peso.
Me arrodillo detrás de la bañera y aparto su pelo hacia atrás.
La primera vez que lo toco apenas ejerzo presión, más consciente de su piel que del movimiento, y Nina suelta el aire despacio mientras inclina la cabeza hacia mis manos.
Extiendo el champú desde la raíz y masajeo con los dedos, sin prisa, notando cómo se relajan sus hombros a medida que avanzo.
—No sabía que fueras tan bueno —murmura.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí.
—Eso es mentira. Sé incluso que ordenas las camisetas por colores.
—Es más práctico.
Paso los pulgares por sus sienes y ella vuelve a cerrar los ojos.
El agua golpea débilmente contra la porcelana cada vez que se mueve.
No hay teléfonos. No hay horarios. No hay entrenamientos al amanecer, entrevistas, viajes, ruedas de prensa ni gente esperando algo de nosotros. Lorenzo está en el viñedo con Elena.
—Así —dice ella, llevándose una mano hasta la nuca para guiarme—. Un poco más fuerte.
Obedezco.
—Eres muy exigente —bromeo.
—He esperado muchos años para tener servicio completo.
Mis dedos se detienen apenas un instante. Nina lo nota y ladea la cabeza para mirarme por encima del hombro. Ya no hay humor en sus ojos, aunque tampoco tristeza.
—Samu.
—Estoy bien —digo y le doy un beso en la sien.
Lo pienso mientras vuelvo a mover las manos entre su pelo y descubro que es cierto.
Estoy bien, pero no bien de una manera provisional, como quien atraviesa una semana sin que ocurra nada grave y decide no pedir demasiado.
Bien de verdad. Sin esa vigilancia constante que me acompañó durante años, sin la convicción de que cualquier cosa buena llevaba escondida una fecha de caducidad.
—¿En qué piensas? —pregunta.
—En que antes me habría puesto nervioso.
—¿Por lavarme el pelo?
—Por estar tranquilo.
Nina permanece inmóvil.
—No lo entiendo.
—Cuando todo iba bien, esperaba que algo pasara. Como si la calma fuese una advertencia.
La confesión sale sin esfuerzo. Durante mucho tiempo confundí la fortaleza con no entregar nunca el lugar exacto donde podían hacerme daño.
—¿Y ahora? —pregunta.
Miro París por encima de su cabeza. La luz inunda la ciudad, aunque el cielo no está despejado.
—Ahora no.
Ella se gira despacio, haciendo que el agua y la espuma se arremolinen a su alrededor.
Apoya los brazos sobre el borde de la bañera y me mira desde muy cerca.
En otras circunstancias bromearía. Diría algo para apartar la intensidad del momento antes de que pudiera hacerle daño.
Esta vez solo levanta una mano mojada y me acaricia la mejilla.
—Has aprendido muchas cosas.
—He tardado bastante.
—Eres futbolista. Nadie esperaba rapidez mental.
Nina sonríe y me moja la cara a propósito, deslizando los dedos hasta mi nuca.
Su sonrisa cambia. No desaparece, pero se vuelve más lenta, más consciente, y el aire del cuarto de baño parece concentrarse en el pequeño espacio que queda entre los dos. Nina siempre ha sido capaz de hacer eso: convertir un contacto mínimo en una promesa que mi cuerpo desea con fuerza.
Me inclino y la beso. No con prisa ni con la necesidad desesperada de otras veces. La beso despacio porque por fin podemos permitirnos la lentitud.
Cuando me aparto, ella tarda un instante en abrir los ojos.
—El champú —dice.
—¿Qué?
—Me lo tienes que aclarar.
Cojo la ducha de mano y regulo el agua antes de acercarla a su cabeza.
Nina se vuelve de nuevo y yo protejo su frente con una mano mientras dejo que el agua arrastre la espuma.
Lo hago con cuidado, apartando los mechones de sus ojos, siguiendo la curva de su nuca hasta que el pelo queda limpio y pesado sobre su espalda.
Hay algo tan doméstico en el gesto que me corta la respiración.
Durante años imaginé la felicidad como una sucesión de grandes momentos: estadios llenos, trofeos, viajes, contratos, la clase de cosas que se pueden señalar en una fotografía.
Nadie me explicó que podía consistir en arrodillarse junto a una bañera y aclarar el pelo de la mujer a la que quieres mientras ella se queja de la temperatura.
—Demasiado fría —dice.
—Está templada.
—Para ti. Tú te duchas con agua de deshielo.
Subo un poco la temperatura.
—¿Mejor?
Dejo la ducha y exprimo con suavidad el exceso de agua de las puntas. Ella permanece de espaldas, ajena a la mano que introduzco en el bolsillo cuando termino. Mis dedos encuentran los bordes de la caja.
Podría esperar.
Podría llevarla mañana a cenar, pedir que colocaran velas, vino y cualquiera de esas cosas que la gente considera apropiadas.
Podría preparar un discurso, asegurarme de no olvidar nada, crear un momento que ella pudiera contar sin tener que explicar que estaba desnuda, cubierta de espuma y discutiendo conmigo por la temperatura del agua.
Pero nada de eso sería nuestro, y entre nosotros las cosas nunca han ocurrido como estaban previstas.
—Nina.
Hay algo en mi voz que hace que se vuelva.
—¿Qué pasa?
Saco la caja.