El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 33
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samuel

El gimnasio está lleno a esta hora. Los ventanales tienen una fina capa de condensación por el contraste entre el frío de diciembre y el calor que hay dentro.

Llevo cuarenta minutos entrenando: primero bicicleta, después movilidad y ahora fuerza.

Mateo está en el banco de al lado haciendo una serie de press.

Cojo la botella de agua y bebo mientras espero mi siguiente serie. Desde aquí se ve uno de los campos de entrenamiento, ha helado esta noche y la hierba todavía está blanca.

Mateo se deja caer otra vez en el banco.

—¿Qué tal con Nina?

Desde el partido de Praga todo el mundo sabe que hubo problemas.

—Bien.

—¿Bien de “no nos hemos matado” o bien de verdad?

Carga otro disco en la barra.

—De verdad.

Mateo levanta las cejas.

—¿Valeria está en Navidad? —pregunto.

La expresión le cambia un poco.

—Sí. Al final vamos todos al viñedo de Paolo.

—¿Todos?

—Eso dice Martina. Aunque teniendo en cuenta que está embarazada otra vez, probablemente en dos semanas haya decidido que no quiere ver a nadie.

—¿Otra vez?

—¿No lo sabías?

—No.

—Joder. Olvida que te lo he dicho.

—¿Cuánto?

—Tres meses, creo. Lo sé por Valeria.

Asiento. Paolo llevaba tiempo diciendo que Nico necesitaba un hermano, no me sorprende que se hayan puesto a ello, lo que va a ser difícil es organizarse con dos niños estando él fuera la mitad de año.

Cambio de ejercicio y nos movemos hacia la zona de poleas. Durante unos minutos hablamos del entrenamiento, del partido del domingo y de un extremo del rival que Leicester quiere que vigilemos especialmente. La conversación cambia otra vez mientras espero que Mateo termine.

—Ezio no ha dicho aún si viene —dice.

—¿Por qué?

Mateo baja la voz aunque no hay nadie cerca.

—Giulia está pasando unos días malos.

Entiendo antes de que termine.

—¿Otra vez?

Asiente.

Ezio no habla mucho del tema. Ninguno de nosotros lo hace, en realidad. Sabemos que llevan tiempo intentando tener hijos y sabemos cuándo algo ha salido mal porque desaparece un poco del grupo, deja de responder tonterías en WhatsApp y Giulia se va al pueblo unas semanas a descansar.

—¿Han empezado otro tratamiento?

—Creo que sí. No sé detalles. Valeria habló con Giulia hace unos días y me dijo que no preguntáramos.

Mateo apoya los antebrazos en las rodillas y durante un momento ninguno dice nada.

Empiezo mi serie y cuando termino, me pasa la botella que he dejado a sus pies.

—Es raro —dice de repente—. Hace diez años hablábamos de coches, partidos y dónde salir. Ahora hablamos de embarazos, tratamientos, colegios y esas cosas.

—Tú sigues hablando de coches. ¿Valeria y tú no os lo habéis planteado?

—¿Tener hijos? Dice que nos queda mucho tiempo. Y mi madre la apoya. Estoy solo en esto.

Terminamos otra ronda. Me noto mejor que al empezar, las piernas más sueltas y la cabeza también. Mateo se pone de pie y estira los hombros delante del espejo.

—Paolo quiere que vayamos todos.

Lo miro a través del espejo.

—Tú, Lorenzo, Nina y Elena —me aclara.

No contesto inmediatamente.

—Nina tendrá trabajo.

—Pregúntale.

Mateo gira la cabeza despacio y yo vuelvo a colocar el peso.

—Ya hablaré con ella.

—Apúntalo en el calendario del frigorífico —bromea Mateo.

La frase me hace pensar en Nina y cómo la otra noche arrancó el calendario y tuve que correr tras ella por toda la casa mientras se reía. El resultado es que ya no hay calendario en la puerta del frigorífico.

Mateo ve mi expresión antes de que me dé tiempo a fingir que no pasa nada.

—Madre mía.

—Cállate.

—Estás fatal.

Mateo se coloca frente a la máquina, todavía riéndose.

—Martina dice que lleguemos el veinticuatro por la mañana. Comida larga, vino, chimenea.

Asiento sin decir nada. Lorenzo estaría encantado, Elena probablemente también, aunque protestaría primero por costumbre. Nina conoce a todos y, después de los últimos meses, ya no tiene sentido que siga fuera del grupo.

Mateo termina la serie y deja caer los brazos.

—¿Vais?

—Sí.

La respuesta sale antes de que termine de pensarlo.

Él sonríe.

—Bien.

Cojo la toalla del banco y me la paso por la nuca.

—Pero Nina decide si viene, y Elena también.

Mateo recoge su sudadera.

Salimos del gimnasio hacia el vestuario y al abrir la puerta entra una ráfaga de aire frío del pasillo que me obliga a subir la cremallera de la chaqueta. Mateo sigue hablando de algo relacionado con la comida de Navidad, pero ya apenas lo escucho.

Cuatro días en el viñedo.

Lorenzo, Elena, Nina.

Todos juntos.

Debería bastarme.

Y, sin embargo, mientras camino hacia las duchas, empiezo a pensar que hace demasiado tiempo que Nina y yo no hacemos absolutamente nada solos.

La idea no tarda mucho en crecer. Esa misma noche se lo cuento a Lorenzo mientras cenamos, sin entrar en demasiados detalles: quiero llevarme a su madre un par de días en Navidad y necesito que me ayude a que no sospeche nada.

Deja el tenedor sobre el plato y tarda menos de cinco segundos en decidir el destino.

—París.

—¿Por qué París?

Me mira como si la pregunta fuera estúpida.

—Porque es París.

No encuentro ningún argumento contra eso, además está lo suficientemente cerca para que pueda ir después del entrenamiento del veintitrés y regresar antes del siguiente.

—París —digo.

Lorenzo vuelve a comer como si el asunto estuviera resuelto, pero a mitad del siguiente bocado levanta otra vez los ojos.

—¿Le vas a pedir matrimonio?

Me quedo quieto un segundo. Es extraño cómo hemos pasado del silencio de hace unos meses a que haga estas preguntas con tanta facilidad.

—Ya tengo el anillo.

Lorenzo mastica despacio.

—Ah.

Eso es todo. Ni un discurso ni una pregunta más.

El problema es el vuelo.

No porque no pueda comprar dos billetes a París, sino porque entreno el veintitrés y los horarios comerciales me obligan a perder media tarde entre aeropuerto, controles y esperas.

Se lo comento a Ezio porque cometo el error de preguntarle si conoce a alguien que pueda organizar un traslado rápido.

Su respuesta llega por teléfono diez minutos después.

—Coge el avión.

—No.

—¿Para qué me preguntas entonces?

—He preguntado si conocías algún servicio.

—Sí. El mío. Está parado.

—Me da igual.

—A mí no. Cuesta una fortuna tenerlo parado.

Me apoyo contra la puerta del dormitorio. Nina está abajo, en el salón, ayudando a Lorenzo con algo del colegio.

—Puedo pagar un vuelo privado.

—Eso sería ofensivo —dice—. Florencia-París. Os deja allí y vuelve. El veinticinco por la noche os recoge. Llegas a entrenar el veintiséis.

Guardo silencio.

—Samuel.

—¿Qué?

—Coge el puto avión.

—Una vez —acepto al final.

Nina aparece en casa el veintitrés a las cuatro de la tarde con una maleta pequeña, un abrigo largo color camel y esa expresión de quien ya sospecha algo.

Lorenzo baja detrás de ella cargando otra bolsa.

—¿Por qué llevas traje? —me pregunta Nina en cuanto me ve.

Miro mi ropa.

Pantalón oscuro, jersey negro, abrigo.

—No llevo traje.

—Para ir al viñedo estás demasiado elegante.

Me acerco a cogerle la maleta.

—¿Tienes todo?

—Sí. Aunque tu hermana me ha obligado a meter dos vestidos como si Paolo hubiera convertido la Navidad en una gala.

—Elena exagera.

Nina mira a Lorenzo, luego otra vez a mí.

—Todos estáis raros.

—Tú siempre piensas que escondemos algo.

Lorenzo recoge su chaqueta.

—Yo me voy con Elena.

Nina se queda quieta.

—¿Cómo? ¿No venías con nosotros? —pregunta ella.

—Cambio de planes —digo intentando permanecer serio.

—¿Qué cambio de planes?

Lorenzo se acerca y le da un beso en la mejilla.

—Te quiero, mamá —dice.

—Lorenzo.

Pero él ya está caminando hacia la puerta con Elena.

—Samuel —dice entonces Nina.

Me gusta demasiado cuando dice mi nombre de esa forma, así que no trato de ocultar mi cara de satisfacción.

—¿Dónde vamos?

—Ven —digo y cojo su maleta—. ¿No confías en mí?

Sus ojos se entrecierran.

—Te odio un poco.

—Lo sé.

Me acerco y le robo un beso.

—Vamos.

Empieza a sospechar de verdad cuando no tomo la carretera hacia el viñedo.

—¿Lorenzo sabe algo?

Sigo sin responder y Nina gesticula de forma exagerada.

—Mi propio hijo.

Me río.

—No te ha mentido.

—Me dijo que preparara ropa para el viñedo.

Cuando entramos en la zona privada del aeropuerto mira incrédula a nuestro alrededor.

—¿Qué has hecho? —dice al ver el avión.

Nos detenemos y aparco el coche en la zona que me indican.

—Es de Ezio.

Nina parpadea.

—¿En serio?

No discuto más con ella. El personal se acerca para recoger las maletas.

—París —digo entonces.

Su expresión cambia de golpe.

—Dos noches.

—¿Solo nosotros?

—Solo nosotros.

Se queda quieta un momento y poco a poco su expresión cambia.

—Samuel Leone... —dice y sujeta la solapa de mi abrigo para que me acerque y me besa.

Esta vez no es un beso corto. No es discreto tampoco.

Tengo una mano en su cintura antes de pensarlo y la acerco más. Hace frío, hay gente alrededor y probablemente alguien está esperando a que subamos, pero me da exactamente igual.

Cuando se aparta está respirando un poco más rápido.

Yo también.

◆◆◆

París está iluminada cuando aterrizamos.

Es lo primero que veo desde el coche mientras nos acercamos al centro: luces blancas entre los árboles, escaparates cubiertos de dorado, calles llenas de gente, terrazas cerradas con cristal y pequeños mercados navideños apareciendo entre edificios que Nina reconoce antes que yo.

Lleva todo el trayecto pegada a la ventanilla.

El hotel está cerca del río. No es enorme ni especialmente llamativo desde la calle, pero cuando subimos a la habitación entiendo por qué Ezio insistió en que reservara esta.

Las cortinas están abiertas.

París ocupa toda la pared.

Tejados oscuros, luces cálidas, el Sena reflejando la ciudad y, al fondo, la Torre Eiffel iluminada contra el cielo de diciembre.

Nina deja el bolso sobre una butaca.

Se acerca al cristal.

Yo me quedo detrás.

—Samuel.

—¿Qué?

—Ven.

Me acerco hasta quedar a su espalda. Ella busca mi mano y me la coloca alrededor de la cintura.

Apoya la espalda contra mi pecho.

—Esto es absurdo.

—¿Malo?

Se ríe bajo.

—Muy malo para mis expectativas futuras.

—No pienso hacer esto cada Navidad.

Le beso el pelo riendo.

—Gracias —dice.