32
nina
Subo a Fiesole por la carretera de siempre, hace uno de esos días de diciembre engañosamente templados, sol limpio y apenas viento.
He quedado con Lorenzo a las diez para ir a comprar algunos regalos de Navidad y, mientras conduzco entre los cipreses, intento no pensar demasiado en que será la primera Navidad que pasemos los tres en la misma ciudad desde que era un niño.
Son las diez menos cinco cuando aparco. Entro sin llamar, como llevo haciendo desde hace semanas, aunque después de nuestra última discusión vacilo al empujar la puerta.
La música suena baja en algún sitio de la casa y Samuel está junto a la encimera con una taza de café, un pantalón de chándal gris y absolutamente nada más.
Tiene el pelo húmedo y la piel dorada, aunque es invierno; el tatuaje le cruza el pecho y desaparece hacia la cintura del pantalón de una forma que me obliga a recordar que estoy enfadada con él.
O que lo estaba.
—Buenos días —digo.
Samuel se vuelve con la taza en la mano y me dedica una mirada lenta que no ayuda en absoluto.
—Buenos días.
—¿Dónde está Lorenzo?
—Arriba. Termina de vestirse.
Dejo el bolso sobre una silla.
—¿Sabías que venía?
—Sí.
—Y has decidido recibirme así.
Baja la vista hacia sí mismo como si acabara de descubrir que no lleva camiseta.
—He salido a correr.
—Hay ocho grados.
—Para correr hacía calor.
—Qué casualidad.
Arquea la ceja, provocador, y decido ignorarlo.
—No todo gira alrededor de ti, Nina.
—No, claro. Solo tu decisión de pasearte medio desnudo cinco minutos antes de que llegue.
Antes de que pueda contestar, Lorenzo aparece con la chaqueta puesta y la mochila colgada de un hombro. Nos mira a los dos, tarda nada en comprender la situación y pone cara de cansancio.
—Papá, ponte una camiseta.
Samuel toma otro sorbo de café.
—Estoy en mi casa.
—Está mamá.
—Tu madre ya me ha visto sin camiseta.
—Por favor —decimos Lorenzo y yo al mismo tiempo.
Eso consigue que Samuel se ría.
Lorenzo niega con la cabeza, cada día más parecido a su padre cuando está convencido de que el resto de la humanidad es idiota.
—Me falta el cargador. Ahora bajo.
Desaparece escaleras arriba.
El silencio que deja detrás ya no es incómodo, pero tampoco es el de hace unas semanas.
Ahora sabemos demasiadas cosas.
Samuel deja la taza y se acerca. Mi espalda termina apoyada contra el marco de la puerta y entonces me pregunto si piensa besarme.
Lo peor es que quiero que lo haga.
—¿No te has puesto eso a propósito? —pregunto otra vez.
—¿Sigues pensando en eso?
—Es difícil pensar en otra cosa cuando tienes el pecho a veinte centímetros.
Baja la vista entre nosotros. Su cuerpo está a punto de rozarme, aunque mi bolso hace barrera improvisada.
—Son menos.
Esta vez sonríe de verdad. Está tan cerca que noto todavía el olor limpio de la ducha y el calor de su cuerpo, pero no me toca. Después de todo lo que nos dijimos, esa distancia mínima tiene más efecto que si hubiera puesto las manos encima de mí.
—Podría besarte —dice.
—Podrías.
—Y tú podrías volver a enfadarte conmigo.
—También.
Espera. Eso es lo que me sorprende.
Samuel siempre ha sido bueno esperando en un campo. Nunca lo fue tanto conmigo.
Levanto una mano y paso el índice por su esternón, bajando despacio, pero me detengo antes de llegar a su ombligo. Su mandíbula se tensa.
—Eso es jugar sucio —dice.
—Nina.
Arriba se escucha un cajón cerrarse, los dos miramos hacia las escaleras.
Samuel se separa despacio.
—¿Te quedas esta noche? —pregunto.
—Aún tenemos cosas que arreglar —dice bajando la voz.
—Lo sé.
Lorenzo baja con el cargador en la mano y Samuel se pone una camiseta que hay sobre el sofá antes de que pueda volver a protestar.
Cinco minutos después estamos los tres fuera y Lorenzo está hablando de un árbol de Navidad que, según Samuel, tiene que medir por lo menos dos metros porque el salón lo admite y, según Lorenzo, significa que alguien tendrá que subirse a una escalera para colocar la estrella.
Los escucho discutir en la tienda mientras caminamos hacia el coche. Seguimos enfadados por algunas cosas, seguramente volveremos a discutir por otras.
Cuando llegamos al coche, espero a que Lorenzo abra el maletero para hablar con Samuel.
—Me quedo a dormir —susurro.
Se queda quieto.
—¿Qué?
—No pienso repetírtelo, Leone.
La sonrisa le aparece despacio, pero tiene la prudencia de no decir nada. Mejor. Porque si lo hace, todavía estoy a tiempo de cambiar de opinión.
◆◆◆
Hay una luz concreta en Florencia justo cuando sale el sol, normalmente la veo cuando tengo rodaje a primera hora de la mañana, cuando aprovechamos en verano que el sol todavía no mata cualquier color.
Esta mañana la veo tumbada en la cama, con Samuel Leone a mi lado, muy cerca.
Tiene los ojos cerrados, pero no está dormido del todo, lo noto en la respiración, así que dejo que mis dedos recorran la línea que le sube por el pecho hasta el hombro, esa que parece una rama dependiendo de cómo le dé la luz.
—¿Qué es esto? —pregunto, aunque ya le he preguntado antes.
—Una rama.
—Ya veo que es una rama, Leone. Pregunto qué significa.
Se queda callado un momento, y por un instante creo que voy a tener la misma respuesta. Pero entonces dice, con la voz todavía ronca de sueño:
—Cada línea es un año malo. Si cuentas las ramas pequeñas, sabes cuáles han sido peores de lo normal.
Me incorporo un poco, apoyada en el codo, y antes de que pueda contenerme, pongo la voz seria, la voz de entrevista, la que usa delante de cualquier micrófono desde que tiene memoria.
—«Creo que el equipo ha trabajado muy duro esta semana» —digo, clavando los ojos en un punto fijo de la pared como si hubiera una cámara—. «Vamos partido a partido. Lo importante es el grupo.»
Samuel abre los dos ojos de golpe.
—No hagas eso.
—«Estamos centrados en lo nuestro. No miramos la clasificación.»
—Nina.
—«El míster sabe lo que hace y confiamos plenamente en él.» —Le pongo una mano sobre el pecho, justo encima de la rama de los años malos, y bajo la voz un grado más, todavía más solemne—. «Y sobre lo personal, prefiero no hablar. Eso es solo mío.»
Y entonces pasa. No la sonrisa de siempre, no el gesto que reserva para las cámaras, sino una risa de verdad, de las que le sacuden el pecho de verdad, y se tapa la cara con el brazo como si necesitara esconderse de su propia reacción.
—Joder, Nina.
—¿Qué? Es buenísimo. Deberías hacer publicidad de banca con esa voz.
—Para.
Pero sigue riéndose, y yo me quedo quieta, sin tocarlo, porque hace más de una década conocí a un chico que se reía de cualquier tontería, y luego desapareció durante mucho tiempo dentro de un hombre serio con un brazalete en el brazo, y ahora, de pronto, a las seis y veinte de la mañana, ese chico ha vuelto.
Cuando se calma, todavía con los ojos brillantes, me mira como si me viera por primera vez en mucho tiempo, no a la actriz, no a la ex, no a la madre de Lorenzo, solo a mí.
Samuel niega con la cabeza y me pasa los dedos por el brazo, despacio, desde el hombro hasta la muñeca.
—No tienes ni idea de cuánto te quiero, ¿verdad?
Lo dice de golpe, y consigue que me quede sin respiración, ni siquiera tengo latido, estoy segura, entonces me sujeta y me pone sobre su cuerpo.
Le paso los dedos por la mandíbula, por donde empieza a asomar la barba de dos días.
—Cuando te fuiste, pensé en llamarte cada noche durante meses.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque dijiste que era definitivo —dice mientras sus manos acarician mis caderas—, porque no sabía hacerlo sin sentir que estaba rogándole a alguien que ya no me quería.
Me quedo en silencio, con la mano quieta sobre su pecho, su corazón late bajo la palma, y pienso en cuántas veces, en estos meses, he visto exactamente esa versión de él, la contenida, la que no se queja, la que aprieta la mandíbula en vez de decir lo que siente.
—Lo siento —digo, y es lo único honesto que se me ocurre.
Samuel sube su mano por mi espalda hasta mi nuca, enreda mi pelo entre sus dedos, observándome lo que me parece una eternidad.
—Bésame —dice.
No tiene que repetirlo. Me inclino para besarlo y sus brazos me rodean con fuerza.
Siento las puntas de mis pezones duras contra su torso y su cuerpo despierta bajo el mío.
Muerdo su mandíbula, su cuello y me deslizo, bajando besando sus tatuajes.
Le arranco un gemido cuando mi lengua recorre su longitud y veo cómo todos sus músculos se tensan.
No tiene ni idea de cuánto le quiero, no me he atrevido a decírselo, pero sí puedo demostrárselo.
Su respiración se vuelve más rápida y se queja cuando me separo de él, aunque no voy a irme, solo me coloco lo justo para sentarme sobre sus caderas, permitiendo que me invada lentamente.
—Nina, no me he puesto...
—Lo sé.
No me suelta.
—¿Estás segura?
La pregunta no tiene nada que ver con que dude de mí. Es Samuel siendo Samuel, incluso ahora, responsable.
Le acaricio la mandíbula, donde empieza a asomar la barba.
—Sí. ¿Y tú?
Su mirada cambia.
—Sí.
Samuel me rodea la cintura y se incorpora conmigo todavía encima, obligándome a sujetarme a su cuello mientras nuestros cuerpos quedan pegados, pecho contra pecho.
El movimiento es limpio, fácil; noto la fuerza de sus brazos, de su abdomen, la forma en que me sostiene sin esfuerzo mientras una de sus manos baja hasta mi cadera.
Me mueve despacio contra él y me quedo sin aire al sentirlo dentro de mí.
Samuel acerca la boca a la mía, apenas rozándola.
—¿Por dónde íbamos? —dice.
Todo lo que llevamos semanas intentando ordenar queda fuera de la habitación: el club, las entrevistas, las fotografías y ese miedo absurdo a repetir exactamente los mismos errores.
Nada está solucionado porque nos acostemos juntos.
Pero esta mañana tampoco necesitamos solucionarlo todo.
Por ahora, el mundo puede esperar fuera de esta habitación.