El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 31
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samuel

Mientras llevo a Lorenzo al entrenamiento no dejo de pensar en la discusión con Nina.

—Mamá no va a dejar el trabajo —dice de repente Lorenzo.

Aprieto un poco más el volante.

—Ya lo sé.

—Pues parecía que estabais discutiendo por eso.

—No estábamos discutiendo porque deje de trabajar.

Lorenzo tarda unos segundos.

—¿Es por la foto con esa chica?

—Esa foto no es nada, Lorenzo, no pasó nada.

—Pero estabas riéndote —dice—, y la agarrabas.

—Había más gente, recortaron la foto, estábamos celebrando el partido.

Eso parece tranquilizarle un poco, y ahora mira al frente.

—Pero estás cabreado porque ella trabaja.

—Ya te lo he dicho. No quiero que deje de trabajar.

Seguimos en silencio un par de kilómetros.

—¿Estás enfadado con ella? —pregunta.

—Sí.

—¿Y vas a volver?

No me gusta tener esta conversación en coche, ahora, con mi hijo. Estoy enfadado, claro que estoy enfadado, pero quiero mirarle a la cara y decirle que no tengo dudas de lo que quiero. Y lo que quiero es a Nina.

—Sí. Voy a volver.

Lorenzo no contesta y entiendo que esa era la única respuesta que necesitaba.

Entramos en la ciudad deportiva, aparco el coche y saludo a un par de técnicos con los que me cruzo. A los cinco minutos, mi teléfono vibra.

Don César. Ya le han dicho que estoy aquí.

—Tengo reunión en el despacho —digo, sin más—. Querrán ver lo de las redes.

Lorenzo espera, muy serio, sigue sorprendiéndome lo maduro que es para tener solo trece años.

—Me lleva a casa el padre de Toni.

—Bien.

Ya está echándose la bolsa al hombro cuando lo detengo.

—Lorenzo.

Se vuelve.

—Lo de tu madre y yo es privado. Si alguien te pregunta por la entrevista o por las fotos, no tienes que explicar nada ni defender a nadie. ¿Entendido?

—Sí —dice sin dudar.

—Tú entrena.

—Eso pensaba hacer.

La respuesta me arranca casi una sonrisa. Le doy un toque en la nuca al pasar y lo veo alejarse hacia los campos mientras yo me quedo un poco en el aparcamiento, con las manos en las caderas, tomando un par de respiraciones profundas.

Don César no suele citarnos. Cuando quiere, entra en el vestuario, habla con nosotros, aparece en los viajes importantes, se sienta en la grada cuando entrenamos a puerta abierta; sabe qué jugador está lesionado, cuál acaba de ser padre y quién lleva tres partidos durmiendo mal, aunque nadie se lo haya contado.

Pero su despacho es otra cosa. Ahí se habla de contratos, sanciones, problemas.

El responsable de comunicación está sentado frente a él cuando entro. Tiene una carpeta abierta encima de la mesa y el móvil boca abajo. Don César levanta la vista, señala la silla libre y espera a que cierre la puerta.

—Buen partido en Praga.

—Empatamos.

—Y os clasificasteis.

Me siento y él espera. Lleva toda la vida haciendo eso, te mira hasta que decides si vas a hablar o no. No hablo. El de comunicación acaba cediendo primero.

—La entrevista sigue circulando. Ha bajado algo desde ayer, pero algunos medios están intentando mantener el tema. Esta mañana han llamado dos programas para pedir reacción del club.

—¿Y qué habéis dicho?

—Nada.

Asiento.

—Bien.

Don César junta las manos sobre la mesa.

—¿Qué queréis hacer?

El responsable de comunicación abre la carpeta.

—Tenemos varias opciones. Una es no entrar. Otra, emitir una declaración muy breve dejando claro que el club dispone de estructura de apoyo familiar, asistencia a jugadores y acompañamiento a las familias...

—No —digo antes de que continúe.

Los dos me miran.

—Samuel —empieza Don César.

El de comunicación se inclina un poco hacia delante.

—Estamos recibiendo acusaciones de que el club protege comportamientos privados impropios.

—Ella no dijo eso.

El hombre baja la mirada hacia la carpeta.

—Los titulares sí.

—Los titulares no son Nina.

Don César arquea apenas una ceja, me apoyo en el respaldo.

Sigo cabreado con ella, eso no ha cambiado, sigo pensando que fue imprudente, pero llevo desde que he salido de su casa con su voz en mi cabeza: yo también era tu gente.

—No quiero un comunicado contra ella —digo.

—Nadie ha dicho que sea contra ella —responde comunicación.

—Sabéis cómo funciona esto. Publicáis una lista de todo lo que hace bien el club justo después de su entrevista y el mensaje es que ella miente.

Don César no aparta los ojos de mí.

—¿Miente?

—Sobre nuestro matrimonio, no —respondo con firmeza—. Sobre lo demás, creo que generaliza. Y se lo he dicho.

—Lo imaginaba —murmura Don César.

—¿Por qué? —pregunto.

—Porque llevas veinte años discutiendo conmigo cuando crees que algo es injusto. No ibas a empezar ahora a ser diplomático en casa.

El de comunicación baja la cabeza para esconder una sonrisa.

Don César vuelve a ponerse serio.

—Samuel, esto no es solo una cuestión personal. Eres el capitán. Si alguien utiliza tu historia para cuestionar al club, tenemos obligación de proteger nuestra imagen.

—Y yo tengo obligación de no convertir a Nina en enemiga del club porque haya contado cómo vivió su matrimonio conmigo.

El responsable de comunicación interviene.

—Podríamos matizar únicamente los aspectos institucionales.

—Hablad con su equipo —suelto de repente.

—¿Con su equipo?

—Con Vittoria, su agente.

Me mira, dudando si hablo en serio.

Don César se recuesta en su silla y cruza las manos sobre la mesa.

—Explícate.

Tomo aire, esto debería ser sencillo.

—Si alguna entrevista, campaña o aparición de Nina puede afectar directamente al club, habláis con su equipo. Si algo nuestro puede afectarla a ella, también. No conmigo para que yo vaya a casa a explicarle lo que tiene permitido decir.

—No estamos acostumbrados a trabajar de esta forma con las parejas de los jugadores —dice el responsable de comunicación.

—Nina no es solo mi pareja.

Mi pareja. Ya está, ya lo he dicho.

—Tiene agente, prensa, contratos y una carrera propia. Tratadla como eso.

Don César apoya los dedos sobre la mesa.

—Acabas de decir pareja.

—Sí —afirmo, ya está dicho, no hay forma de que Don César vaya a olvidarlo.

—Pensaba que todavía estabais... —hace un gesto con la mano— viendo qué pasa.

—Yo también.

—¿Y?

Pienso en la discusión con Nina, en su cara cuando me preguntó qué era.

—Y es mi pareja.

Don César asiente lentamente, esta vez no sonríe.

—¿Ella sabe que lo has decidido?

Joder.

—Hablaremos.

Don César deja escapar un sonido parecido a una risa.

—Eso espero. No me gustaría ser tú si ella se entera de que estás contándome esto antes de decírselo a ella.

El de comunicación no puede contener una risa esta vez y el ambiente cambia un poco.

—Hay otra cuestión —dice comunicación—. La cena de Navidad.

—¿Qué pasa con ella?

—Está invitada.

—¿Desde cuándo? —pregunto, genuinamente sorprendido.

—Desde que volvieron a hablar de vuestra relación en prensa hace semanas. Se envió invitación a las parejas registradas y a los familiares cercanos.

—Nina no estaba registrada como pareja.

—Se envió a su nombre como invitada del presidente.

Giro la cabeza hacia Don César, él se encoge de hombros.

—Sé cuándo mi capitán necesita un empujón.

—No sé si vendrá —contesto, molesto.

—Eso tendrá que decidirlo ella —dice Don César—. Nuestra nueva política es que no hablamos por ella, Leone.

Don César sostiene mi mirada un segundo más y después señala al hombre de comunicación.

—Llama a Vittoria. Hoy. Nada de declaraciones públicas. Que nuestros equipos hablen y revisen cualquier cosa que pueda convertirse en otro incendio.

—De acuerdo.

—Y no quiero que nadie presione a la mujer para que rectifique lo que dijo de su matrimonio.

Esta vez soy yo el que levanta la vista.

—Si fue verdad, fue verdad —acepta Don César.

No sé qué responder.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía. —Su expresión se endurece—. Si vuelve a sugerir que permitimos que media plantilla lleve una doble vida, entonces sí tendremos una conversación distinta.

—Me parece justo.

—Y tú, deja de salir en fotografías con rubias el mismo día que tu mujer critica a los futbolistas.

El de comunicación se atraganta con una risa.

—Había veinte personas alrededor.

—En la fotografía había dos, Samuel. No eres un juvenil recién llegado para caer en esas tonterías.

El muy cabrón está disfrutando.

Da la reunión por terminada y en cuanto salgo al pasillo saco el móvil. Tengo un mensaje de Lorenzo.

“Silva dice que mañana podemos llegar media hora antes para tirar faltas. ¿Puedes?”

Miro el calendario. Entrenamiento por la mañana. Reunión de vídeo. Una entrevista que ya había aceptado después de comer.

Podría llevarlo Elena.

Escribo al departamento de prensa:

“Necesito retrasar la entrevista de mañana una hora. Tengo algo personal.”

Tardo menos de diez segundos.

Luego vuelvo a WhatsApp.

"Sí. Te recojo yo.”

Guardo el móvil y sigo caminando hacia el vestuario.