El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 30
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samuel

Spoiler: veinte minutos era todo nuestro tiempo.

Había llegado pronto. El entrenamiento terminó casi una hora antes porque el míster decidió cortar la última parte de la sesión, y conduje de vuelta pensando que quizá podría comer con ellos antes de que Lorenzo se despertara de la siesta.

La puerta de la terraza estaba abierta. Nina estaba bajo la pérgola del jardín, tumbada con las piernas estiradas y la cara vuelta hacia el sol.

Llevaba unos pantalones cortos negros y una camisa blanca abierta sobre un top verde; se había recogido el pelo en una coleta, aunque varios mechones se le habían escapado alrededor de la cara.

En la mesita, junto a la tumbona, había dejado un vaso de zumo y el intercomunicador de bebés.

Me quedé quieto un momento.

No me había oído llegar. Crucé el jardín y me senté en el borde de la tumbona, intentando no hacer demasiado ruido, pero la estructura crujió bajo mi peso y Nina abrió los ojos.

—¿Qué haces aquí?

—Vivo aquí.

—Muy gracioso.

Se incorporó un poco sobre los codos y consultó el reloj de su muñeca, uno pequeño de oro que le había regalado por nuestro primer aniversario hacía casi un año.

—Pensaba que llegabas después de las dos.

—Hemos terminado antes.

Debería haber entrado en casa, darme una ducha y cambiarme. Todavía llevaba la ropa de entrenamiento y la camiseta se me pegaba a la espalda, pero Nina empujó mi pierna con el pie descalzo antes de que pudiera moverme.

Siempre me habían gustado sus pies. Eran estrechos, alargados, y antes llevaba las uñas perfectamente pintadas casi todo el tiempo.

Desde que había nacido Lorenzo ya no. Algunas cosas habían desaparecido desde que había nacido Lorenzo.

Seguía siendo guapísima, eso no había cambiado.

Tampoco lo que sentía cada vez que la veía.

—Estás mojado —dijo.

—Estoy sudado. Ni siquiera me he duchado para venir rápido.

—Muchísimo mejor.

Se dejó caer otra vez contra el respaldo. La camisa se le deslizó de un hombro y, durante un instante, me quedé mirando sus labios.

—¿Y Lorenzo?

Nina señaló con la barbilla el intercomunicador.

—Durmiendo en la cuna. Por fin. Lleva desde las seis de la mañana sin dejar que lo suelte ni un minuto.

Miré hacia las ventanas de arriba.

—Entonces tenemos...

—No.

Volví la cabeza hacia ella. Ya se estaba riendo.

—No he terminado la frase.

—Te conozco.

—No sabes qué iba a decir.

—Claro que sí.

Me incliné un poco.

—¿Qué iba a decir?

—Que tenemos media hora.

—Puede que más.

—Samuel, nuestro hijo nos odia. Nunca tenemos más.

Me reí y Nina suspiró de una forma que me hizo bajar la vista hacia su boca de nuevo.

—Me gusta cuando te ríes.

La frase me pilló desprevenido.

—Pareces más joven.

—Tengo veintitrés años.

—Por dentro tienes treinta.

Le agarré el tobillo.

—Repítelo.

—Viejo.

Tiré suavemente de ella hacia mí. Nina soltó una carcajada mientras intentaba sujetarse a la tumbona, aunque tampoco puso demasiado empeño. Cuando quedó más cerca, apoyó el pie contra mi estómago para frenarme.

—Estoy descansando —protestó—. Y tú necesitas una ducha.

Le aparté el pie, rodeé su tobillo con la mano y dejé que los dedos subieran despacio por su pierna.

—Samuel.

La sonrisa se me escapó antes de poder evitarla.

—¿Qué?

—¿Qué haces?

—Nada.

—Estás haciendo algo.

—Todavía no.

Me rodeó el cuello con los brazos antes de que tuviera que acercarme más.

Así de fácil.

Con Nina siempre había sido así. Ella tiró ligeramente de mí, apoyé una mano junto a su cadera para no echarle todo mi peso encima y nos quedamos unos segundos demasiado cerca, compartiendo el mismo aire sin llegar a besarnos.

—¿Seguro que duerme? —pregunté.

—Veinte minutos, como mucho.

—Eso es muy poco tiempo.

—Pues lo estás desperdiciando.

La besé.

Nina se rio contra mi boca antes de devolverme el beso con más ganas, y aquel sonido hizo lo mismo que siempre: me quitó de encima todo lo demás. El entrenamiento, el vestuario, el partido del domingo, las llamadas que todavía tenía pendientes.

Nina tiró de mi cuello hasta obligarme a inclinarme más, pero la tumbona protestó debajo de los dos y tuvimos que separarnos.

—Eso ha sonado raro —dijo.

—Aguanta.

—Samuel...

La cogí por la cintura antes de que pudiera terminar y me puse de pie con ella. Nina soltó una exclamación y me rodeó automáticamente con las piernas.

—¡Samuel, bájame!

—¿Has dicho algo?

—¡Vas a hacerte daño!

—Cojo más peso que tú todos los días.

Pero ya me estaba besando otra vez.

Caminé hacia la casa con ella agarrada a mí. Nina me dejó un beso en la mandíbula y después otro en el cuello, y tuve que sujetarla mejor cuando se rio porque casi consiguió que perdiera el paso.

Entré en casa y cerré la puerta de la terraza detrás de nosotros, dentro hacía fresco y, casi al mismo tiempo, los dos dejamos de hablar.

Escuchamos.

La casa seguía en silencio. Lorenzo dormía.

Subí las escaleras con ella todavía en brazos. Nina me besó otra vez a mitad de camino, despacio esta vez, y cuando llegamos al rellano me mordió suavemente el labio.

—Date prisa —dijo.

—Ya voy.

Llegué al dormitorio y entorné la puerta con el pie.

Durante un rato no hubo nada más.

Ni fútbol, ni viajes, ni el calendario de la cocina con semanas enteras marcadas en rojo porque yo estaba fuera y que, cada vez que lo miraba, me recordaba cuánto iba a echarla de menos.

Solo ella.

Solo nosotros.

Y entonces todavía parecía suficiente.