El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 29 #5
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Pongo la palma sobre la mesa, y aprieto los párpados. Cuando vuelvo a mirarla, ella no se ha movido.

—No me conviertas otra vez en el cabrón de nuestra historia porque es más fácil.

Su cara cambia.

—Tú también tomaste decisiones. Te fuiste. Te llevaste a Lorenzo. Lo mandaste a un internado. Estuviste años construyendo una vida sin preguntarme cómo encajaba yo en ella.

—No metas esto.

—¿Por qué no?

—Porque estamos hablando de ahora.

—Tú acabas de meter nuestro matrimonio.

—Porque es mi experiencia.

—Pues esta es la mía.

Los dos respiramos demasiado rápido.

—Mi experiencia —continúo, y sin poder evitarlo levanto la voz— es que un día me pediste el divorcio, después te fuiste de casa, a los dos años cruzaste al otro lado del mundo, y durante años acepté lo que decidías porque era lo mejor para Lorenzo o porque estabas trabajando o porque no había otra opción.

Así que no me vengas ahora con que solo uno de los dos construyó su carrera encima de la vida del otro.

Nina tarda en continuar, como si mi explicación la hubiera pillado por sorpresa.

—Yo no estaba bien.

—Y yo no lo sabía, Nina. ¿Qué quieres que haga con eso? ¿Que vuelva diez años atrás? Dime qué quieres.

—Que no lo repitas.

—¿Por una puta llamada? ¿Es eso, Nina?

—Por lo que había detrás, porque no soportas que toque tu mundo.

—Eso es una gilipollez.

—Entonces demuéstrame que no.

—¿Cómo?

—Tengo una carrera, Samuel. Voy a hacer entrevistas. Voy a trabajar con hombres que te van a caer mal. Voy a irme semanas. Va a haber fotos. Rumores. Cosas que no puedas controlar. Y no pienso volver a pedir permiso para tener mi propia vida.

Sus ojos se endurecen.

—No voy a volver a dejar que un hombre me silencie.

Siento el golpe, y sé que no está hablando solo de mí.

—No me compares con él —digo y mi voz sale más baja—. No me pongas en el mismo sitio. Puedes enfadarte conmigo, puedes decirme que fui un marido de mierda. Pero no me pongas en el mismo lugar que él.

—No te estoy poniendo en el mismo sitio.

—Es injusto, Nina. El club es mi trabajo. Es mi gente.

—Yo también era tu gente.

Nina tiene los ojos brillantes, pero no llora. No lo hará. Pero yo siento igualmente cómo se me aprieta el pecho al verla así. Sé cuánto tiene de verdad, pero también sé lo que yo he vivido.

—Yo también era tu gente —repite—. Y durante años mi sitio fue el último.

Me paso una mano por la cara.

—Ayer esperaba que no acusaras a todo un club de tapar infidelidades.

—No dije eso.

—Joder, Nina. ¿Qué quieres que haga? ¿Que llame a Don César y le diga que tú tienes derecho a hablar mal del club porque eres mi novia?

La palabra me sale sola. Novia.

—¿Soy tu novia ahora? —dice, con un tono de ironía que me enciende.

—Sabes lo que quiero decir.

—No. Quiero escucharlo.

—Nina.

—Cuando toca defender el club sabes perfectamente quién eres, qué representas, cuáles son tus responsabilidades. Pero cuando toca decir qué soy yo, de repente todo es complicado.

—Sabes que no es verdad.

—Entonces dime qué soy.

Está enfadada. Y verla tan guapa y tan segura me está partiendo en dos.

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé. Algo adulto.

—¿Adulto? ¿Quieres hablar de adultos? Un adulto entiende que sus palabras tienen consecuencias.

—Y otro entiende que no puede pedir a una mujer que se calle para protegerle.

Se acerca hasta quedar delante de mí.

—Dime que puedes con una mujer que no va a hacerse pequeña para que tú te sientas grande.

El cuerpo se me tensa entero.

—Aguanta que tenga opinión. Aguanta que no te guste. Aguanta que mi carrera tenga consecuencias para ti.

Su cara se endurece.

—¿Eres bastante hombre para estar al lado de una mujer real, Samuel?

Nina levanta la barbilla.

—¿Eres bastante hombre para aguantar esto? Mi carrera. Mi boca. Mi opinión. Mis viajes. Mis errores. Que no siempre esté de acuerdo contigo. Que no vaya a convertirme en una sonrisa bonita en la grada para que todo el mundo crea que somos perfectos.

Siento el pulso en la mandíbula.

—No vuelvas a preguntarme si soy bastante hombre.

—¿Por qué?

—Porque no tienes ni puta idea de lo que me ha costado llegar hasta aquí.

—Yo sí lo sé.

—No estabas, Nina, tú tampoco estabas.

Por primera vez desde que hemos empezado a discutir, dejo de pensar.

—No estabas —repito, más bajo—. Cuando me rompí, no estabas.

Cuando volví a una casa vacía, no estabas.

Cuando pasé años viendo a nuestro hijo por vídeollamada, tampoco.

Así que no me preguntes si soy bastante hombre para aguantar a una mujer real.

Llevo diez años aguantando una vida que no elegí y no he necesitado que nadie me aplauda por ello.

Nina no responde enseguida.

Nos quedamos frente a frente.

Demasiado cerca otra vez.

—Entonces dime tú —digo—. ¿Qué hago cuando tu trabajo me afecta?

—Hablas conmigo.

Nina parpadea.

—Pero tú tampoco puedes hacer lo que te dé la gana y esperar que no tenga consecuencias para nosotros. No puedo pagar yo por lo que hizo otro hombre.

Nina se cruza de brazos.

—No puedo hacer esto.

Todo mi enfado se pierde en cuanto lo dice.

—Yo tampoco.

Doy un paso hacia ella por puro impulso, estamos a menos de medio metro, podría tocarla, abrazarla contra mi pecho, como me muero por hacer desde que he visto que sus ojos se empañaban.

Porque todo lo demás, mi enfado, el club, su trabajo, me importa una mierda.

Aunque ella no se dé cuenta aún. Hace semanas que tocar a Nina se ha convertido otra vez en algo natural, una mano en su cintura al pasar, sus dedos buscando los míos debajo de una mesa, su cuerpo a mi lado por las mañanas.

Dejo las manos a los lados.

—No voy a pedirte que dejes tu trabajo —digo—. Ni que hables menos. Pero tienes que hacerme un sitio en tu vida, Nina. No puedes decidir que cada vez que algo te dé miedo yo estoy intentando encerrarte.

La dureza de su expresión cede apenas.

—¿Y tú? —pregunta—. ¿Vas a hacerme sitio a mí incluso cuando no quede bien en la foto?

No llego a contestar.

Escuchamos pasos en el pasillo y los dos giramos la cabeza.

Lorenzo aparece con el abrigo puesto. No pregunta qué ha pasado, probablemente ha escuchado todo.

—Vámonos.

Cojo su bolsa. Lorenzo se acerca a Nina, le da un beso en la mejilla y sale hacia la puerta.

—Después hablamos —digo, y salgo detrás de nuestro hijo.