29 #4
No me molesta. Estoy acostumbrado. La mayoría son educados, preguntan antes, agradecen después. Un chico con una camiseta de la selección italiana me enseña que tiene mi nombre escrito en la espalda. Dos estudiantes me piden que firme una servilleta porque no tienen otra cosa.
También hay un grupo de chicas.
Cinco o seis. Veintipocos. Probablemente universitarias, aunque tres hablan italiano. Se acercan a nuestra mesa con confianza y ahí hacen la primera foto.
No tengo ni idea de quién la hace. Un amigo del grupo, quizá. Yo estoy riéndome de una tontería de Mateo y una de las chicas se ha colocado a mi lado. Noto su brazo alrededor de mi cintura cuando la cámara ya está levantada.
Durante una fracción de segundo pienso en apartarme, porque sé cómo funcionan las fotografías: un brazo en una cintura, una risa capturada en el momento correcto, un encuadre que corte a las otras diez personas alrededor.
Una historia completa construida en medio segundo.
—Otra —pide alguien.
La siguiente ronda de gente se acerca poco después.
Esta vez son más. Alguien ha debido publicar que estamos aquí porque la discreción inicial desaparece.
Seguridad impide que se acerquen todos a la vez, pero Berti les dice que no pasa nada y durante diez minutos aquello se convierte en una sucesión de fotos.
Estoy cansado, pero también estoy más relajado, quizá por eso dejo de pensar tanto.
Una chica rubia se coloca a mi derecha para una fotografía. Otra se pone al otro lado. La primera me rodea la espalda. Yo mantengo los brazos a los lados.
—Sonríe, Leone —dice Berti desde detrás.
La rubia me dice algo que no entiendo por la música y se acerca hacia mi oído. Inclino la cabeza para escuchar.
—Mi madre está enamorada de ti desde hace veinte años.
Me río.
—Dile que lo siento.
Ella se ríe y me toca el brazo al marcharse, sin embargo, sé exactamente qué imagen acaba de quedar.
A las doce y cuarenta me levanto.
—Nos vamos.
Berti protesta. Mateo se pone el abrigo sin discutir. Los demás empiezan a recoger también porque, aunque les joda reconocerlo, cuando el capitán se levanta normalmente se acaba la noche.
Al salir hay más gente junto a la puerta, no prensa profesional. Teléfonos.
Siempre teléfonos.
Un par de chicas del grupo anterior están fumando fuera. Al vernos apagan los cigarrillos y se acercan.
—Una última, por favor.
Nos colocamos cuatro jugadores y cinco personas que ni siquiera sé quiénes son. Hay brazos, abrigos, bufandas, gente apretándose para caber en el encuadre. Una de ellas queda pegada a mi costado.
Hacen dos fotos. En la tercera alguien grita algo sobre el partido y todos nos reímos.
Esa será la foto, lo sé. La que parecerá una noche mucho más divertida de lo que ha sido.
Durante el trayecto al hotel nadie habla demasiado. El cansancio nos cae de golpe encima. Al llegar subimos directamente. Son casi la una. Nos despedimos en el pasillo y Mateo abre nuestra habitación.
—¿Crees que he hecho una gilipollez? —digo mientras dejo tirado el abrigo en la silla.
No hace falta que sea más específico, con Mateo no.
—Creo que estás cabreado.
Mateo abre la maleta y saca una camiseta para dormir.
—No has engañado a nadie. No has ligado con nadie. No has hecho nada que no hagamos cientos de veces al año con aficionados.
Se cambia de camiseta y se quita los zapatos.
—El problema no es ese, Samu, y lo sabes —entra en la cama y apaga la luz de su mesita—. Buenas noches.
Entro al baño y me lavo los dientes. Me miro en el espejo un momento. No estoy cabreado, ya no, ahora solo estoy cansado y tengo ganas de meterme en la cama y dormir.
Pongo la alarma del móvil y antes de apagar la luz de mi mesita cometo el error de volver a revisar las redes.
La fotografía ya está circulando.
Cinco aficionados, cuatro jugadores, una chica pegada a mi costado y yo riéndome de algo que no recuerdo.
Luego, la foto recortada, solo una chica y yo. El texto:
LEONE CELEbrA LA CLASIFICACIÓN EN PRAGA.
Cinco segundos después vibra un mensaje. Nina. Una captura de pantalla con la fotografía y un mensaje:
”Qué rápido funciona todo.”
Me quedo inmóvil. Joder. Empiezo a escribir.
“No ha pasado nada.”
Lo borro. Marco su número. No responde.
Cuelgo antes de que entre el buzón.
Vuelvo a llamar. Esta vez rechaza la llamada. Eso sí me cabrea.
Llega un mensaje:
“Mañana.”
Solo eso. Hace unas horas ella me decía que una fotografía no cuenta lo que pasa cuando se apagan las cámaras, ahora tiene una fotografía delante y ya ha decidido lo que significa.
Vuelvo hacia la cama.
—Deja el puto móvil de una vez y duérmete, Samu —gruñe Mateo.
Lo mando a la mierda mentalmente.
Luego bloqueo el teléfono y lo dejo boca abajo.
Mañana vuelvo a Florencia.
◆◆◆
Aterrizamos en Florencia poco después de las once.
En el aeropuerto nos espera un coche del club. Dejo la bolsa en casa, me cambio rápido y conduzco hasta Florencia. La ciudad está llena de gente de compras, terrazas ocupadas a pesar del frío, escaparates de Navidad. Todo parece exactamente igual que hace dos días.
Son poco más de las dos cuando llego al edificio de Nina.
Marco el código. Cuatro siete dos uno. Recuerdo la primera vez que me lo dio, los dos en la acera fingiendo que aquello no significaba nada.
Llamo con los nudillos antes de entrar y ella me abre al momento. Lleva un jersey de cuello alto, rosa claro, y el cabello rubio cae sobre sus hombros. Está guapísima, eso no ha cambiado.
Entro y ella se queda de pie en el salón. Está claro que esto no va a ser fácil.
—Lorenzo está cambiándose.
—Bien.
No hay saludo, ni un beso. Como si todo lo que hemos construido durante las últimas semanas no existiera.
—¿Quieres café?
—¿Vamos a hablar? —digo, irritado por su calma.
—Claro.
Ese tono.
—Habla —dice.
—No pasó nada anoche.
—Ya lo sé —dice, tan rápido que me deja confuso.
—¿Entonces?
—No estoy enfadada porque crea que te acostaste con una chica en Praga.
—Bien. Porque no lo hice.
Nina se cruza de brazos.
—Sé perfectamente que no pasó nada. Vi todas las fotos, no solo la que te mandé. Estaban tus compañeros, había aficionados, medio bar. No soy idiota.
—Entonces explícame el mensaje.
—¿Qué rápido funciona todo? —pregunta—. Exactamente lo que decía.
—No significa nada.
Hay algo absurdo en esto, porque los dos sabemos que no pasó absolutamente nada, sin embargo estamos dispuestos a discutir por ello.
—Me llamaste ayer como si hubiera atacado personalmente a tu familia —dice—. Y unas horas después apareces en fotos rodeado de mujeres.
—Aficionados.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de llamarlas mujeres como si...
—Eran mujeres, Samuel. Guapas. Jóvenes. Pegadas a ti. Eso es lo que se ve.
—¿Y?
Nina suelta una risa breve.
—Que ayer me diste una conferencia sobre lo peligroso que es hablar de una imagen pública sin conocer lo que pasa de verdad, y horas después te dejas hacer una foto sabiendo exactamente en lo que se va a convertir.
—No hice nada.
—Entonces, ¿por qué te estás defendiendo?
—No hagas eso —digo—. No vuelvas a convertir esto en que el fútbol está siempre por encima de todo.
—¿Por qué? ¿Porque ya no quieres escuchar esa parte?
—Porque no es verdad. Y yo viví esos diez años también.
—Deja de comportarte como si contar mi experiencia fuera una traición.
—No es contar tu experiencia lo que me molesta.
—¿No?
—No.
—Pues acláramelo, porque ayer me llamaste desde otro país para decirme cómo tendría que haber hablado de mi matrimonio.
—Te dije que no generalizaras.
—No soy responsable de que ames a ese club más que a media humanidad.
Me quedo inmóvil. Ella también lo nota.
—Hay gente real detrás de lo que dijiste.
—También la había detrás de lo que yo viví. Tú conoces a Ezio, a Paolo, a Mateo, tus amigos. Yo conozco lo que era ser la mujer de un futbolista cuando tenía veintidós años, un bebé y una carrera que tuve que dejar antes de que pudiera empezar. No voy a pedir perdón por hablar de eso.
Nina da otro paso.
—¿Sabes qué es lo que más me cabrea? Que ni siquiera te das cuenta.
—¿De qué?
—De que en cuanto lo que digo le incomoda al club, esperas que yo sea invisible.
—Eso no es verdad. Nunca he querido que no hables.
—Pues demuéstramelo —dice.
—¿Qué quieres que demuestre?
—Que puedes estar con una mujer que no va a callarse para hacerte la vida más cómoda.
—Nina.
—Durante años medí lo que decía, lo que hacía, lo que aceptaba, los trabajos que cogía, los que rechazaba, las ciudades donde podía estar, las semanas en que tenía que desaparecer porque tú estabas de concentración.
Y sí, yo tomé decisiones. No eras mi dueño.
Nunca lo fuiste. Pero no me vengas con que todo fue una elección perfectamente libre porque los dos sabemos que no funcionaba así.
—Yo tampoco tenía libertad.
—Tú estabas haciendo tu carrera.
—Estaba trabajando.
—Y yo también quería trabajar.
—Nunca te lo impedí.
La frase sale demasiado rápido. Nina se queda muy quieta.
—Claro —dice—. Nunca me lo impediste.
Camina hasta la ventana, se detiene y vuelve.
Está nerviosa. Es la primera vez desde que ha regresado a Italia en que la veo enfadada de verdad. Y yo también lo estoy. Lo sé porque tengo esta presión en el pecho y me tengo que esforzar en cada respiración.
—No hace falta decirle a una mujer «deja tu trabajo» para que termine dejando su trabajo.
—Yo tenía contrato.
—Yo tenía oportunidades.
—No es lo mismo.
En cuanto lo digo sé que he vuelto a cagarla.
Nina abre los ojos.
—¿Perdón?
—No he dicho que fuera menos importante.
—Has dicho que no es lo mismo.
—Porque no lo era.
—¿Porque tú eras futbolista y yo una actriz que todavía no salía en televisión?
—Porque había veinte personas dependiendo de que yo estuviera en un campo a una hora concreta.
—Y había una dependiendo de mí.
Silencio.
Lorenzo. Nuestro hijo. Ella fue la que se encargó de cuidarlo desde que nació. Yo ni siquiera me planteé que tenía que estar en casa, que Nina podía necesitar ayuda.
No supe ver lo que era tener un hijo. Jamás me he perdonado por eso.
—No metas a Lorenzo.
—Estoy hablando de lo que pasó.
—Joder, Nina.