29 #3
Me levanto y salgo al pasillo del vestuario. Hay movimiento de personal, así que sigo hasta encontrar una escalera de servicio y cierro la puerta detrás de mí.
—¿Has visto la entrevista? —pregunta.
—Sí.
Silencio.
—Completa o los cortes.
Eso me molesta más.
—He visto suficiente.
—Entonces no la has visto completa.
Apoyo una mano en la barandilla metálica.
—¿Qué coño estabas haciendo?
Al otro lado no responde inmediatamente.
—Una entrevista de trabajo.
—Has dicho que el club tolera que los jugadores hagan lo que quieran mientras rindan.
—No lo he dicho yo.
—Llevas meses aquí. Meses. ¿Cuántas veces has estado dentro del club en esos meses?
—No estamos hablando de estos meses.
—Hace diez años.
La pausa es mínima.
—Entonces habla de nosotros —digo—. Habla de mí. Di que yo no estaba, que tú dejaste trabajos, que nuestro matrimonio se fue a la mierda porque no supimos hacerlo mejor. Pero no metas a todo un vestuario en nuestra historia.
—No he metido a tu vestuario.
—Has dicho que los clubes saben que sus jugadores salen, se van de juerga y luego venden imágenes familiares.
—Porque pasa.
Aprieto los dientes.
—Dime con quién pasa. Dame nombres —exijo, cada vez más cabreado.
—No voy a darte nombres y lo sabes.
—Entonces no generalices.
—Samuel, no seas absurdo.
—No soy absurdo. Soy el capitán del club al que acabas de colocar en todos los periódicos de Italia como una empresa que tapa las juergas de sus jugadores.
—Eso es un titular. No lo que dije.
—Llevas años tratando con prensa. Sabes perfectamente que pueden convertir cualquier cosa en un titular.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que dijera que vivir casada con un futbolista fue maravilloso porque ahora hemos decidido acostarnos otra vez?
Cierro los ojos.
—No metas eso.
—Está metido desde que has llamado.
—Estoy hablando del club.
—Claro, el club es intocable. No soportas que haya dicho algo negativo de ellos.
—No hagas esto, Nina.
—He hablado públicamente de mi vida.
—Utilizando mi trabajo.
—Mi vida estaba organizada alrededor de tu trabajo.
Nos quedamos callados.
Ahí está la verdad, fea, pero la verdad.
La escalera está helada. Tengo la camiseta pegada todavía a la espalda por la humedad de la ducha y el cuerpo cansado del partido, pero también noto otra cosa, una presión detrás del esternón.
—Podrías habérmelo dicho —digo.
—¿Necesito tu permiso?
—Joder, Nina. No conviertas todo en eso.
—¿En qué?
—En que alguien intenta controlarte.
Me arrepiento, no porque piense que no tenga derecho a estar enfadado, porque sé exactamente dónde acabo de tocar.
—Nina...
—Me preguntaron cómo fue mi matrimonio y contesté —su voz cambia, más fría, más profesional—. Me preguntaron qué aprendí viviendo dentro del fútbol profesional y contesté. No voy a fingir que todo era maravilloso para proteger la imagen de tu club.
—Hay cincuenta personas trabajando ahora mismo porque has utilizado al club como ejemplo de una mierda que no representa a este club.
—Para ti.
—Para mí y para mucha gente.
—Y para mí representa otra cosa.
Durante unos segundos solo escucho su respiración al otro lado.
Pienso en Lorenzo.
—¿Está Lorenzo contigo?
—Está arriba. Estudiando.
—¿Ha visto algo?
—Probablemente. Tiene trece años y conexión a internet.
Me paso la mano por la cara.
—Genial. ¿Qué le has dicho?
—La verdad. Que la gente está exagerando una entrevista y que no tiene nada que ver con él.
—Sí tiene que ver con él cuando están publicando fotos de nuestra boda y de él de bebé. Y van a poner las de él jugando.
—Eso es lo que te preocupa, claro. Su carrera.
—Joder, Nina, no estoy diciendo eso. No puedes decir eso y pensar que no ha pasado nada. Lo sabes de sobra.
—¿Entonces qué? —Su voz sube de nuevo—. ¿No vuelvo a conceder una entrevista? ¿No digo que dejé trabajos porque el calendario de tu club siempre iba primero?
—Nina...
—¿Qué parte quieres que borre?
No contesto. No quiero que borre lo que pasó, pero no quiero que lo haya puesto delante de millones de personas de esta forma.
—Podías haber hablado de nosotros sin decir que los clubes toleran infidelidades, juergas y vidas falsas.
—No he dicho «infidelidades».
—Has hablado de hombres abrazando a sus mujeres el domingo después de pasar tres noches fuera.
—Era un ejemplo.
—Un ejemplo de mierda.
—Vale.
Ese «vale» no es rendición.
—Joder, Nina, acabo de jugar un partido europeo y la primera pregunta que me han hecho al terminar ha sido si mi club miente a las mujeres de los jugadores.
—Lo siento —Lo dice rápido, con tono sincero.
Respiro un par de veces intentando calmarme, pero estoy demasiado cabreado.
—Mañana hablamos —digo y miro la pared gris de la escalera.
—Sí.
—Buenas noches, Nina.
Me quedo quieto unos segundos con el teléfono en la mano.
Mateo me llama desde la puerta, le sigo al autobús.
—Berti está organizando bajar después a tomar algo.
—Tenemos vuelo mañana —le advierto.
—Estamos clasificados y Leicester ha dicho una.
No tengo ganas, quiero volver al hotel, meterme en la cama, llamar a Lorenzo quizá, dormir ocho horas y regresar a Florencia.
Es lo que haría normalmente. Lo correcto. Lo que llevo haciendo años.
El móvil vibra otra vez y miro la pantalla. Es otra publicación.
Una fotografía de Nina y yo hace más de diez años, en una gala del club.
El titular: Nina Leone rompe el silencio sobre los años dorados del capitán. Todo era imagen.
Eso tampoco lo ha dicho, lo sé, pero da igual, los titulares se alimentan de medias palabras. Bloqueo el teléfono y lo vuelvo a guardar.
—¿Dónde? —pregunto.
Mateo tarda un segundo.
—¿Qué?
—Dónde vais.
—Al bar del hotel primero —dice, con el ceño fruncido, dudando—. Luego Berti conoce un sitio cerca.
Salimos hacia el autobús con el resto del equipo.
Fuera del estadio sigue haciendo un frío de mierda, pero hay aficionados detrás de las vallas y cámaras apuntándonos mientras subimos. Firmo dos camisetas, me hago una fotografía con un chaval que lleva mi número y entro el último.
Me siento junto a la ventana y Mateo a mi lado.
◆◆◆
El bar del hotel está cerrado para nosotros.
No literalmente. Hay clientes en las mesas del fondo, pero el club ha reservado una zona detrás de unos paneles de madera donde podemos estar sin tener treinta teléfonos apuntándonos cada vez que alguien levanta una copa.
Leicester no baja. Tampoco el director deportivo.
Han dado permiso hasta la una y han dejado suficientemente claro que en tres días tenemos partido.
Cuando llegamos, Berti ya ha pedido cerveza para media plantilla.
—Una —le digo a Mateo mientras nos quitamos los abrigos.
Nos sentamos en una mesa larga cerca de la cristalera.
Hace frío al otro lado y la humedad ha empañado los ventanales.
Desde aquí se ven las luces de la calle y gente caminando con bufandas mientras dentro todavía llevamos encima esa energía rara que queda después de jugar, el cuerpo acelerado todavía, la cabeza retumbando de los gritos de la afición.
Alguien brinda por la clasificación. Después por el gol. Durante un rato funciona. Me río. Me termino media cerveza.
Tengo el peso del móvil en el bolsillo y de vez en cuando la conversación con Nina se me cuela en la cabeza. Sigo enfadado.
—¿Está Lorenzo bien? —pregunta Mateo después de un rato.
—Sí.
—Entonces lo demás se arregla.
A veces olvido que debajo de todas las gilipolleces Mateo siempre ha sido el más sensato de todos nosotros.
A las doce menos cuarto empiezan a marcharse algunos. Los fisios han desaparecido hace rato, varios compañeros suben directamente a las habitaciones y Berti recibe un mensaje que le cambia la cara.
—Vamos.
—¿Adónde? —pregunta Lester.
Berti nos enseña la pantalla. Es un local pequeño a quince minutos andando, aunque evidentemente no vamos a ir andando porque al club le daría un ataque si doce jugadores profesionales salieran a pasear por Praga a medianoche en diciembre.
Su amigo ha reservado una zona privada. Música, algo de beber, nada especialmente complicado.
Miro el reloj.
—Tenemos que estar de vuelta a la una.
—Capitán —protesta Berti—, son las doce menos diez.
Al final vamos ocho.
No me apetece, pero tampoco quiero subir a la habitación. Prefiero treinta minutos más de ruido.
El coche del club nos deja junto a una puerta discreta en una calle estrecha. Un hombre de seguridad que reconoce a Berti nos abre. Dentro la música es más alta de lo que esperaba, luces bajas, paredes oscuras, mesas pequeñas y gente que parece saber perfectamente quiénes somos.
Nos llevan a una zona lateral algo elevada. Hay un sofá largo, dos mesas y cierta distancia del resto del local. Pido agua.
—Eres tristísimo —bromea Mateo.
—Tengo treinta y cinco años.
—Eso no es una enfermedad.
—Mañana me lo cuentas cuando no puedas levantarte.
Berti escucha desde el otro lado.
—Yo tengo veintisiete.
—Y la inteligencia de diecinueve.
La respuesta provoca varias risas y, por un rato, vuelvo a desconectar.
Hay una diferencia entre estar de fiesta y salir después de un partido.
Esto último consiste principalmente en sentarte, hablar demasiado alto porque hay música y ver cómo los más jóvenes todavía tienen energía para moverse de la mesa.
Los veteranos permanecemos donde estamos con una copa y la dignidad justa para no admitir que preferiríamos estar tumbados.
A los diez minutos alguien nos reconoce oficialmente.
Hasta entonces había habido teléfonos discretos, alguna mirada, un grupo de chicos en la barra señalándonos. Lo normal.
—Perdonad —dice desde el borde de la zona privada—. Sé que no deberíamos molestar, pero hemos viajado para el partido.
Lleva la bufanda del club todavía alrededor del cuello. Me levanto antes de que termine la frase.
—¿Habéis estado en el estadio?
La mujer sonríe.
—Primera fila del sector visitante.
Su marido me enseña una fotografía en el teléfono, los dos con nieve detrás y una bandera enorme.
Nos hacemos fotos.
Cuando se marchan ya se ha roto la barrera.
Ocurre siempre.
Alguien ve que has aceptado una fotografía y automáticamente aparecen seis personas más.