El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 29
80%

29

samuel

El mensaje de mi agente llega cuando estamos terminando de desayunar.

“No abras Redes. Nada. Llámame cuando puedas.”

Lo leo dos veces, y dejo el móvil boca abajo junto al plato.

Al otro lado de la mesa Mateo está discutiendo con Berti sobre el café del hotel, son del tipo de persona que se despierta al cien por cien de energía y pueden discutir desde las seis de la mañana.

No soy de esos. Necesito silencio y calma al levantarme.

Fuera, detrás de los ventanales del comedor, Praga está cubierta por un cielo blanco; ha nevado durante la noche y queda una capa fina sobre los tejados, media plantilla ha hecho fotos al bajar a desayunar.

Cojo la taza. El café está peor de lo que dice Mateo.

El teléfono vuelve a vibrar.

Esta vez es el responsable de comunicación del club.

“Samuel, no entres en redes hasta que hablemos contigo."

"No respondas a prensa."

"Leicester está informado. Luego te buscamos.”

Esto ya es diferente. Comunicación del club no suele escribirme a las ocho y cuarto de la mañana para recomendarme que no mire el teléfono.

Levanto la vista.

Un miembro del equipo de prensa habla junto a la puerta con uno de los directivos que ha viajado con nosotros y continúan caminando hacia la salida.

Vuelvo al móvil. No hay ninguna llamada de casa.

Ningún mensaje de Elena. Lorenzo me escribió anoche después de cenar para preguntarme si hacía frío aquí, Nina me mandó una fotografía veinte minutos después: Lorenzo tumbado en su sofá con cuenco enorme de cereales que, según ella, estaba comiendo «como cena equilibrada porque su padre no está para vigilarlo».

Los dos están bien.  Elena también. Hablé con ella antes de subir al avión. Si hubiera ocurrido algo en casa, alguno me habría llamado.

Así que no es grave. Guardo el teléfono en el bolsillo y termino de desayunar.

A las nueve tenemos vídeo.

Leicester empieza puntual y durante cuarenta minutos repasamos cómo sale el rival cuando recupera en campo propio, dónde deja espacio el lateral y qué ocurre cuando su mediocentro recibe de espaldas. Hay dos secuencias que repite tres veces. En la segunda, me señala con el mando.

—Si roba aquí, no salgas con él. Aguanta medio segundo.

Asiento.

—Va a buscar el pase interior.

Mi móvil permanece en silencio dentro del bolsillo de la sudadera.

Cuando termina la sesión, varios compañeros se levantan y salen hacia las habitaciones antes de la activación.

Yo recojo la botella de agua y el cuaderno que nunca utilizo pero que el cuerpo técnico insiste en dejarnos encima de la mesa, y noto otra de esas miradas.

Esta vez es uno de los técnicos, me mira a mí, después a Mateo y enseguida encuentra algo interesantísimo en la cremallera de su chaqueta.

—Esto empieza a tocarme los cojones —digo.

Mateo camina a mi lado por el pasillo.

—¿El qué?

—Que sois malísimos fingiendo.

—Yo no estoy fingiendo nada.

—Llevas toda la mañana haciendo como si no supieras qué pasa.

Se detiene delante del ascensor y pulsa el botón.

—Vale. Sé un poco.

Las puertas se abren y entramos. Dentro hay dos jugadores más. No insisto. Si el club ha pedido silencio, él no va a saltarse una orden porque yo se lo pregunte en un ascensor.

Nos bajamos los dos. Compartimos habitación, esta temporada tampoco hago uso de mi derecho como capitán a tener habitación individual.

Dejo la tarjeta sobre la mesa y voy hacia la ventana.

Desde aquí se ve parte del río, oscuro, igual que los tejados.

Llegamos ayer por la tarde, entrenamos por la noche en el estadio y hoy solo tenemos activación, rueda de prensa y descanso antes del partido de mañana.

Diciembre en Europa. Un jueves fuera, cuatro días después de liga y tres antes del siguiente partido.

Mateo se deja caer en el sillón junto a la ventana y saca el móvil.

—¿Qué tal con Nina?

La pregunta me sorprende, no es que lo nuestro sea secreto, no lo es, hace unos días en el grupo de WhatsApp comenté que salíamos a cenar, hubo bromas, consejos irónicos, y todos saben lo que está pasando, aunque no haya hecho un anuncio oficial.

Sigue mirando la pantalla con una expresión demasiado inocente. Esa cara siempre significa problemas.

—¿Por qué preguntas?

Cojo una botella de agua del minibar.

Nina se quedó en casa la última noche, trajo a Lorenzo del entrenamiento y mi hermana pidió cena para los cuatro.

Se hizo tarde, yo volaba al día siguiente.

No lo planeamos, solo sucedió. De la misma forma que no hemos planeado que haya ropa suya en mi cuarto, o un cepillo de dientes para ella.

Ha ido pasando sin que lo hablemos, sin que tengamos un calendario ni un plan.

No me asusta, es lo raro, antes necesitaba saber fechas, horarios, tener todo planeado, ahora con Nina funciona diferente.

Sale unos días a rodar fuera, la llevo a su apartamento y me quedo esa noche mientras Lorenzo duerme en su cuarto, otras veces es ella la que viene a nuestra casa.

—Estás sonriendo —dice Mateo.

Intento ignorarlo, pero esta vez no me está saliendo muy bien.

—Joder, Samuel.

Se ríe y deja el móvil.

—Entonces, ¿qué? ¿Habéis vuelto?

La pregunta me molesta un poco, porque aún no sé la respuesta.

—Estamos viendo qué pasa.

Parpadea varias veces.

—¿Samuel Leone acaba de decir «estamos viendo qué pasa»?

—No vuelvo a contarte nada.

—No, espera. —Se incorpora—. Quiero disfrutarlo. ¿Dónde está el hombre que hace un calendario cada mes?

—Nunca he hecho eso.

—¿Y Lorenzo?

—Lo sabe.

—¿Cómo se lo ha tomado?

Pienso en mi hijo entrando en la cocina el domingo por la mañana, viendo a Nina con una de mis camisetas mientras preparaba café y quedándose inmóvil durante dos segundos. Lorenzo abrió el frigorífico.

«¿Queda zumo?»

Eso fue todo.

—A su manera —contesto.

Mateo sonríe.

Mateo se levanta cuando llaman a la puerta desde el pasillo.

—Activación en veinte.

—Lo sé.

Ya está llegando a la salida cuando se vuelve.

—Me alegro.

No hace ninguna broma esta vez.

No hay mensajes nuevos. Sí uno de Nina, enviado hace siete minutos.

“Lorenzo asegura que las matemáticas se inventaron para impedir que los adolescentes sean felices."

"¿Algún argumento de autoridad como padre?”

Debajo ha mandado una fotografía de un cuaderno abierto sobre la mesa y una mano de Lorenzo haciendo un gesto obsceno desde fuera de plano.

Se me escapa una risa.

Nina está bien. Los dos están bien.

Lo demás puede esperar.

La activación dura poco más de media hora.

Movilidad, carrera suave, trabajo de reacción.

Después comemos temprano y tenemos dos horas de descanso obligatorio antes de salir al estadio para la última sesión previa.

Leicester controla mucho estas concentraciones; no porque crea que vayamos a escaparnos a conocer Praga a mitad de una semana europea, sino porque cuando hay dos partidos semanales, cada media hora de descanso cuenta.

Estoy entrando en el ascensor después de comer cuando un encargado de prensa me llama.

—Samuel.

Está al final del pasillo con el director deportivo.

—¿Qué pasa?

—Ha salido una entrevista de tu exmujer esta mañana.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Solo un ajuste pequeño en el estómago.

—Está circulando bastante.

—¿Qué ha dicho?

Intercambian miradas, como si yo fuera un chaval recién llegado.

—Preferimos hablarlo después del partido.

Eso sí consigue que me tense.

—Me habéis dicho que no abra redes. Mi agente me ha escrito. Lleváis toda la mañana como si hubiera muerto alguien y ahora queréis que espere hasta mañana.

—No es nada personal grave —dice enseguida—. Ni relacionado con Lorenzo.

—¿Elena?

—Nada que ver con tu familia.

Asiento una vez y la presión en el pecho baja.

—Entonces decidme qué ocurre.

Él exhala por la nariz.

—La entrevista forma parte de la promoción de la serie. Le preguntan por volver a Italia, por vuestra relación, por cómo fue estar casada contigo. Algunas respuestas se han sacado ya de contexto.

No digo nada.

—Habla del club. Indirectamente.

Eso cambia algo.

—¿Cómo?

—Samuel —interviene el director deportivo—, no queremos que entres en esto. Mañana tenemos un partido importante. Comunicación lo está gestionando. No has hecho nada y nadie te está pidiendo explicaciones.

Me cabrea la condescendencia con la que me están tratando, soy el capitán, tengo experiencia de años y no me gusta que me traten como un crío recién llegado.

—¿Qué ha dicho?

Baja un poco la voz porque pasan dos empleados del hotel.

—Que durante vuestro matrimonio tu carrera de futbolista marcaba el ritmo de toda la familia.

Que los clubes hablan mucho de cuidar al jugador, pero no se preocupan de qué queda en la casa cuando os vais.

Y ha contado que cuando nació Lorenzo tú viajabas constantemente y que ella rechazó trabajos porque tu calendario no permitía otra cosa.

Me quedo quieto.

Nada de eso es mentira, ese no es el problema

—¿Ha nombrado al club?

—Dice que siempre os trataron bien. Que el problema es la estructura donde todo gira alrededor del rendimiento del jugador. La frase completa no es especialmente agresiva. Los titulares sí.

Claro.

—¿Y el presidente?

—Hablará contigo, tranquilo.

Eso significa que está cabreado. Me froto la mandíbula.

—¿Nina sabe que esto está pasando?

—Su equipo de prensa estará encima. Seguro.

Saco el móvil casi por reflejo y él me detiene.

—Samuel.

—No voy a entrar en redes.

—Tampoco la llames ahora.

Eso no me gusta.

—No podéis decirme a quién llamar.

—No te lo estoy ordenando como club. Estás a veinticuatro horas de un partido europeo, ella estará gestionando una tormenta de prensa. No es el momento.

Miro la pantalla bloqueada.

Hace menos de una hora estaba bromeando conmigo sobre los deberes de Lorenzo.

—¿Hay alguna declaración mía prevista?

—Ninguna. Si mañana te preguntan en rueda de prensa, el míster cortará el tema.

Guardo el teléfono.

—Bien.

Parece relajarse.

—Después del partido hablamos todos.

Sigo hacia el ascensor. Dentro, cuando las puertas se cierran, saco el móvil otra vez. Abro la conversación con Nina, no Instagram.