El partido de vuelta (Corazones en la Toscana 5) 28 #3
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Suspiro y me acerco a él. Apoyo mi cabeza en su pecho y escucho cómo respira, controlado, profundo. Él me rodea con los brazos con cuidado, dándome tiempo, y al cabo de unos minutos siento sus labios en mi cabello.

—Vamos, te ayudo a hacer la comida —dice.

Cuando vuelvo a mirarle, no soy capaz de saber qué está pensando. Está serio. Muchísimo.

Nos ponemos a preparar la comida y sin darme cuenta, hablamos de cosas sencillas, sin importancia, como si no hubiera pasado nada.

Lorenzo llama a media tarde. Nos pide permiso para quedarse a dormir en casa de Toni. Hemos pasado el día descansando, la mayor parte del tiempo en el jardín, aprovechando que no hace demasiado frío.

Por la noche, Samuel busca una película en la televisión mientras yo me tumbo junto a él, con cuidado de no dejar todo el peso sobre su costado.

La película es de guerra, aunque también es una historia de amor, no presto mucha atención.

Tengo todo lo que ha pasado hoy dando vueltas dentro de mi cabeza, como si aún no me creyera del todo que estoy de nuevo en la casa de Samuel, la que fue nuestra casa, y que esta noche vamos a volver a dormir juntos.

Empiezo sin planearlo.

—El primer año fue bien —digo, mirando la pantalla—. O creí que era bien. Ahora no sé distinguirlo.

Samuel no dice nada, solo me acaricia muy despacio el brazo pasando los dedos por mi piel.

—Era atento. Muy atento. De los que lo organizan todo, de los que siempre saben el restaurante correcto y el hotel correcto y lo que te gusta —continúo—. Tardé en entender que eso no era cuidar. Era controlar.

Me doy cuenta de que su respiración es más lenta, como si fuera consciente de ella.

—Empezó con las palabras. Que si esta película no era para mí. Que si ese papel me quedaba grande. Que si mis amigos no me convenían —sigo—. Siempre con una sonrisa. Siempre con una razón que parecía lógica.

Se queda completamente quieto.

—Y yo lo escuchaba. —Cierro los ojos un segundo—. Lo escuchaba porque estaba sola.

Su mano sobre mi hombro.

—La primera vez que me golpeó fue una noche después de una premiere —digo, intentando mantener la voz lo más plana posible—. Habíamos bebido. Yo había hablado demasiado tiempo con alguien, según él. Y en el coche...

Paro un momento, necesito tomar aire.

—Me pidió perdón esa misma noche. Lloró. Me dijo que nunca había hecho algo así, que yo lo sacaba de quicio de una forma que no podía controlar, que si lo dejaba se hundiría.

Samuel se pone tenso, su respiración se detiene apenas medio segundo.

—Y me quedé —digo—. Me quedé porque pensé que era mi culpa. Que algo había hecho.

—No hiciste nada.

—Lo sé ahora. Entonces llevaba dos años oyendo que todo lo que salía mal era por mí. Que yo era demasiado. O demasiado poco. Que sin él no era nadie en esa industria.

Él no dice nada más.

—Intenté dejarlo —digo casi sin voz—. Dos veces. La primera volvió con flores y con un contrato nuevo y con la promesa de que las cosas cambiarían. La segunda...

Paro de nuevo.

—La segunda me quedé embarazada.

Siento como si me quedara sin aire, me quedo quieta, muy quieta, no me atrevo a mirarlo a la cara.

—No lo planeé. No era el momento. Pero cuando lo supe... cuando lo supe quise tenerlo. No sé explicarlo.

Cierro los ojos, los tengo llenos de lágrimas.

—Durante unas semanas fue diferente. Más calmado. Más presente. Pensé que quizá...

No termino la frase.

—Perdí al bebé con tres meses. —Una pausa larga—. Sola. Él estaba en Nueva York en una reunión que no podía cancelar.

Tomo una respiración profunda y consigo continuar.

—Cuando volvió todo fue extraño —se me quiebra la voz—. Él hizo como si no hubiera sucedido nada. Quería que volviera al trabajo y yo… bueno, yo solo podía llorar.

Samuel me coge la mano.

—Lo dejé al mes siguiente —digo sacando las últimas fuerzas—. Y entonces sí que me quedé sola de verdad. Porque toda esa gente que tenía alrededor era su gente. Sus contactos. Su industria. Las llamadas pararon. Los papeles pararon. Regresé con Vittoria y ella no dudó en aceptarme de nuevo.

—Hijo de puta —dice en voz baja.

—Sí.

Le aprieto la mano.

—Por eso el contrato aquí era importante —dice—. No por el dinero. Por tener algo mío. Algo que no pasara por él ni por nadie que lo conociera.

—Lo entiendo.

—Y por Lorenzo —añado—. Por estar cerca de Lorenzo.

—Lo sé —dice y pasa el pulgar por mi mejilla.

—Ya está —digo.

—Ya está —repite.

La película termina después de un rato. Subimos de nuevo al cuarto, su cuarto ahora, y cuando me tumbo junto a él en la cama todo es diferente.

Me siento libre de una forma en que no me he sentido en mucho tiempo.

Cuando subimos al dormitorio, Samuel tarda en encontrar una postura que no le moleste en las costillas, ya no lleva vendaje y el fisioterapeuta ha dado permiso para que entrene mañana.

Yo me cambio en el baño y, al regresar, sigue despierto, tumbado boca arriba.

Apago la luz y me giro.

Samuel sigue despierto.

—Ven —dice.

Apoyo la cabeza en su hombro y busco una postura que no le haga daño. Su brazo se cierra despacio alrededor de mi cintura cuando ya estoy acomodada contra él.

Le noto dejar un beso en el pelo, lo lleva haciendo todo el día y me quedo escuchando su respiración mientras nos quedamos dormidos.